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lunes, 17 de septiembre de 2012

De regreso a casa



Cuando la noche, es más noche y el frío carcome los huesos, la mente se nubla al extremo de no poder pensar en el futuro.
¿Qué futuro?
Con este presente trágico, el futuro soñado se ve cada día más lejano. Como si la sangre se enfriase, al punto de helar las ideas y desmantelar el optimismo que era moneda corriente en la vida del hombre común.
El esfuerzo de años de trabajo y sacrificios extremos, había quedado debajo de las aguas alocadas, incontrolables e incontroladas.
Los sueños de una familia emprendedora sepultados por la desidia y la mediocridad de políticos marginales e ideas prebendarias.
Una multitud de hermanos amuchados en galpones fríos, igualados en la miseria y en el dolor del corazón. Ese corazón que aún palpita para reavivar la esperanza.
Un país movilizado para tenderle la mano solidaria que apacigüe tanta desolación.
Miles de chicos sin escuela, sin juguetes y con las secuelas propias de no entender ¿por qué a ellos? Inocentes criaturas.
En un rincón, como cualquier rincón, estaba él. Acurrucado, con un pijama regalado, con su cara de ángel y una lágrima que surcaba lentamente su mejilla izquierda. Tan lentamente que parecía no querer alejarse de sus ojos.
¿Hay alguna imagen más desgarradora, que un pibe llorando desde el corazón?
¿Quién sabe los motivos del llanto?
Su padre sí lo sabía. Manuel era un pibe futbolero, esos que se crían con una pelota en el pie izquierdo. Uno de esos pibes que tiene como cuna un potrero.
¿Y su pelota? Su pelota número cinco, que mágicamente le habían traído los Reyes Magos, ya no estaba. La pelota de fútbol, sus juguetes, su ropa, sus muebles, todo había quedado debajo de la furia del río.
La tierna lágrima daba paso a otra y a otra más, hasta que el abrazo maternal provocó el comienzo de los sollozos mutuos, fundiendo los recuerdos en uno sólo.
De su pasado de prodigio futbolista, sólo había quedado el par de botines.
Sólo, es un decir, porque Manuel es de esos pibes que llevan muy dentro el fuego futbolero.
Y pasó la noche. Y pasaron los días. Las muestras de hermandad aumentaron proporcionalmente a las ganas de volver a casa. Y un día el agua bajó.
Se volvieron a ver los autos, el asfalto, las fachadas de las casas. Pero también aparecieron los muertos, los animales mutilados, las alimañas, el olor nauseabundo. La desolación.
La horrible impresión de abrir la puerta de casa y ver un panorama estremecedor.
De los muebles sólo quedaban maderas, de los recuerdos no quedaba nada.
El abrazo de una familia destrozada y la esperanza que apareció como una enviada de Dios.
Con el movimiento del agua, como un llamado propio de un cuento de ensueño; ella, impávida y redonda, flotando y girando como contenta por el reencuentro.
Ella, que sobrevive a miles de vicisitudes, que es amada y odiada al mismo tiempo.
Ella, acudiendo al consuelo de Manuel.
Él, feliz, abrazando su pelota con todo el amor de un niño.
Y la esperanza de volver a empezar.

Eduardo J. Quintana

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