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sábado, 2 de abril de 2016

Tiempo de venganza


Transcurrieron las horas, los días, los años.
Transcurrió gran parte de la vida deambulando sueños, imaginando frases, recordando.
La herida de un puñal clavado en su corazón desde aquella trágica locura de Malvinas. Patriotismo a flor de piel y la sed de venganza que fue aplacándose con el transcurso del tiempo,  para dar paso a la razón, a la sensatez del pensamiento.
Aquella tarde de Mayo de 1982, a tanta distancia, con el frío insular dentro de las venas y la visión casi traumática de ver cerca la muerte.
Román era así, un pibe tierno y apasionado. Un tipo lleno de vida.
Pero por sobre todo era un pibe. Un típico alumno de esa secundaria que recién había terminado. Un hombre hecho a golpes y en un tiempo menor al que necesitan los jóvenes para desarrollar ciertos cambios. Un hombre con el llanto y el miedo a flor de piel.
Un tipo que un día sábado estaba viendo feliz, junto a sus amigos, a su querido Gallo de Morón y a la semana estaba inmerso en el delirio maniático de un borracho de capa y espada.
Lejos, tan lejos de su barrio, de sus padres, de sus amigos, de su fútbol y muy cerca de una vida irreal, provocadora y estéril.
Del calor de su barra de amigos, al frío de las balas que hacía estragos en la humanidad del moralmente diezmado ejército infantil.
Del abrazo fraternal con su padre, a la huida casi cobarde dejando un tendal de compañeros muertos a la vera de un sendero de escarchas, que se clavan en la humanidad virtual de Román. El cañoneo incesante, la vida misma que acaba de asestarle un duro revés, al ver a su compañero de carpa y trinchera, agonizar frente al filo de la bayoneta imperial.
La terrible rendición, la humillación de ver arriar su bandera, nuestra bandera, de su propia tierra. El despegue a una vida donde la derrota más crítica, más desleal, la produjo la propia sociedad.
Por eso quizá su sed de venganza, su intento de devolverle al presunto enemigo algo de su propio veneno, sintiendo como propio cualquier golpe asestado en la mejilla de un inglés.
El paso del tiempo, la vida misma. La reconstrucción de sus sentimientos, trajo un sin fin de ocasiones para disfrutar la vida de otra forma.
Conocer a Vanesa, enamorarse de su belleza, de su sentido del humor y su visión de la vida, apaciguó íntimamente el dolor. El pensar siempre en las mismas escenas, el oír el ruido tenaz del repiqueteo de las balas a su alrededor, el despertarse en las noches llorando, agitado, con una bayoneta clavada en el pecho.
Vanesa fue y es eso en su vida, la visión de un campo sin muertos y lleno de margaritas en flor. El abrazo, el beso apasionado sin huir en la adversidad. Vanesa es eso y más.
Vanesa es Deportivo Morón. Es el amor y la vivencia de volver a sentir que el gol es algo sublime. Es la muchedumbre en una tribuna feliz de tener un sentimiento común, el de amar y sentir que ese amor tiene el contrapunto de la devolución.
Por eso Vanesa es única. Porque la conoció allá en el difícil 84, en la cancha de El Porvenir, cuando los corría la policía.



Imágenes repetidas, esta vez con balas de goma. La cara de esa morocha asustada, que huía sin camino cierto. Esa camiseta blanca y roja inmersa en un cuerpo majestuoso y el aterrador miedo que la depositó en sus brazos, para siempre.
Fueron amigos muchos meses. Novios y amantes. Hasta que un día decidieron unir sus vidas, fue en el año 86, cuando se jugaba el Mundial de México.
Ella había llegado a su vida en un momento justo, como si fuese alguien enviado por el superior para poder contenerlo y llenarlo de amor.
El recuerdo de Malvinas seguirá latente por siempre, pese a Vanesa y a sus hijos.
Nunca podrá borrar de su mente los episodios vividos, las muertes, las horas dentro de la trinchera húmeda, fría y nauseabunda. Jamás quitará de sus retinas la cara del Correntino, mirándolo desconsolado con la herida sangrante en su pecho. Fue como una película de terror que uno nunca olvida. Los resabios de venganza quedaron atrás y no hubo motivo alguno para calmar dicha sed. Y cuando digo que no hubo motivos, lo expreso en tiempo pasado.
Así como Vanesa llegó de la nada, casi sin quererlo a la vida de Román, para llenar ese espacio de soledad que dormía en su corazón, hubo otro hecho que cambió su vida.
Justamente ese hecho ocurrió sentado junto a ella, en el sillón de su casa.
Fue un 22 de Junio de 1986 y si bien se recordará como un día histórico en la vida de los argentinos, fue un día particularmente emocionante para Román. Esa noche por razones que el médico no pudo determinar, una intensa fatiga pulmonar se apoderó del ex combatiente, a quien increíblemente le dictaminaron un día de descanso laboral. Justo ese día.
La  mañana pasó con sueño profundo, pero el sueño de un pasado que no ansiaba volver.
Vivía un sueño en presente. En la pantalla los jugadores se preparaban para la batalla futbolística. Por un lado la Selección de Inglaterra, Lineker y compañía enarbolando la insignia colonial. Por el otro, entonando el himno como grito de venganza y esperanza, el Diego y sus muchachos.
La respiración se agitó aun más, al ver la imagen del “más grande” entonando la canción patria. Allí apareció la cara del Correntino, pidiendo piedad. Las filosas bayonetas y los trajes súper modernos contra el frío.
Ver la bandera allá en lo alto, flameando libre y sin prejuicios de tercer mundo. Sentir en sus oídos el incesante cañoneo y la mano del teniente que ordenaba retirada, como la mano que se elevaba allá en lo alto, donde sólo Dios llega y la pelota que entra mansamente para abrazarse a la red. No era venganza, era demostrarles que Argentina existía y no era un cuento de perdedores.

Por eso, los ojos del general inglés que penetraban en el corazón de Román pidiendo rendición, ante los pies del león ingles. Ahí, justo ahí, por televisión y ante todo el mundo, un halo de luz blanca ingresó al Estadio Azteca e iluminó al “diez”. La pelota como una imaginaria paloma de la paz, proyectó la sensación de ser la elegida y comenzó a rodar atada a su pie izquierdo. Las patadas, como machetes filosos abriendo camino en los pastizales insulares, pasaban cerca pero no lastimaban y el mundo se empezó a abrir, como si se rindiera ante tanta majestuosidad. Ahí, justo ahí, por televisión y ante todo el mundo, caían ingleses como muñecos de nieve derretidos por el sol. Ahí, justo ahí, enfrentó al arquero, se abrió hacia la derecha y la tocó suave y sutilmente. Tan suave, como se escuchaba rugir al león herido de muerte, tan sutil como la estrella fugaz que pasa sin estridencia, por el cielo oscuro e inmenso. El corazón de los críticos se detuvo, la sensación de piedad inglesa hacía mella ante los ojos del Correntino que empujaban la pelota. La bandera otra vez arrugada, como aquella tarde de Rattin en Wembley y el grito de millones de americanos sedientos de aplastar en un estadio de fútbol, aunque sea, algo de la tiranía de los poderosos. El grito de gol hasta la extenuación y un pequeño vestigio de venganza, que le dio el fútbol y no le dieron los políticos de turno. Por el Correntino y otros cientos de pibes. Por la sociedad que lo hizo a un lado. Porque el fútbol es pasión y la pasión embriaga las ideas. Por la magnificencia del gol. Por el llanto de Román  y su abrazo con Vanesa. 
Por ello, por su abrazo con Vanesa...   


Eduardo J. Quintana 
@ejquintana010
Del libro "de fútbol y barrio"



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  "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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2 comentarios:

  1. Muy Buen Blog !
    Los invito a visitar mi blog !
    http://geraldocapillo.blogspot.com/
    Gracias !

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