Bienvenidos

Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




miércoles, 18 de septiembre de 2013

Como David y Goliat



En el parque no existen los dueños de los espacios libres y menos, si estos tienen un árbol para hacer de palo o un espacio para poner una botella, la muda de ropa o bien la mochila, contando siete pasos, entre uno y otro, siete pasos que representarán los arcos de esas maravillosas canchas de fútbol ficticias e imaginarias, donde no existe el área grande, menos el semicírculo y donde la pelota “se va”, cuando parece alejada, o cuando termina el cantero y empieza la civilización de piedritas de ladrillo rojo o donde caminan los no futboleros y los incipientes ciclistas de ciudad. Las hay oblicuas; anchas y cortas o muy angostitas y tremendamente largas. Pero indudablemente las complicadas, son las que tienen algún estorbo en el medio, un árbol, alguna columna de luz y ni que hablar las que lindan con alguna pared, donde no hay laterales.
Por eso, en el parque, hay un sitio que aunque esté seco o embarrado, llueva o haya un sol que resquebraja la tierra, de mañana o de tardecita, siempre está ocupado. Es más bien en el centro, cerca de los juegos para pibes, un poquito tirado para el lado de la avenida. No sé, tendrá sesenta metros por veinticinco y forma un hermoso rectángulo, sin árboles, con pasto a los costados y sólo tierra en el centro. De una cabecera una torre de iluminación y una palmera, a pleno sol; de la otra cabecera, un plátano y nada más. Ese nada más era el palo imaginario formado por las pertenencias o por alguna botella plástica, aunque esta última  no era muy conveniente, debido a que el “chutazo” al palo, tiraba al diablo la botella y daba lugar a discusiones estériles, que terminaban siempre mal. La altura del arco era otro dilema, porque si el arquero era bajito el travesaño virtual era bajo y al revés, si el arquero era lungo. A lo ancho, la canchita llegaba hasta la línea ilusoria de un ombú, y en el opuesto, al camino de cemento donde se encontraban los bancos de madera con respaldo, donde solía sentarme a mirar los interminables partidos a “doce” y las revanchas a “seis”, mientras tomaba unos mates en la sombra. Los días de semana esa era mi platea preferencial; porque los sábados y domingos, el parque se llenaba y me tenía que resguardar bajo la sombra del ombú, justo del otro lado.

Hoy vi un partidazo de pibes chicos, que se yo, trece, catorce años. Tenían un arquero maravilloso, con un buzo que le quedaba enorme, un defensor que sacaba todo y un zurdito que me endulzó el mate. Ganaron como cuatro partidos seguidos y el uno se cansó de sacar pelotas. Encima jugaban con una de esas que parecen un globo, livianita, con los gajos abiertos, que parece que en cualquier momento se va a reventar.
En un momento determinado cuando faltaban tres goles para terminar el cotejo, aparecieron unos pibes más grandes y haciéndose los capangas del lugar, se pusieron a pelotear, mientras los más chicos intentaban seguir jugando. En un momento, un grandote con la camiseta número 10 de Independiente, pateó la pelota tan alto que la clavó en la horqueta del árbol que hacía las veces de palo.
-       ¿Qué hacés salame, le gritó el arquero? Mientras lo encaraba
-       ¿A quién le dijiste salame? Se acercó el grandote con cara de pocos amigos.
-       ¿Te lo dije a vos amargo, o ves otro salame?
Parecía guapo el arquerito que tenía una camiseta que decía Gato en la espalda, pero cuando estuvieron frente a frente, cara a cara, se notó la diferencia de edad y estatura. Pero el “Gato” ni se inmutó.
-       ¿Por qué colgaste la pelota en el árbol?
-       Porque se me antojó. ¿Por qué hay algún problema? Le respondió el “símil del Rolfi”
-       Problemas no, porque los pibes ya la bajaron, pero me parece que sos un poquito grandote para hacer esas pavadas.
Yo miraba todo desde el ombú, donde me había ubicado luego del tercer partido, hasta que en un momento que la cosa se había puesto más violenta, se me ocurrió intervenir.
-       Che diez….
No recibiendo contestación alguna.
-       Che diez, a vos te hablo, no te hagas el sordo. ¿No te das cuenta que los pibes están jugando?
Un silencio sepulcral se apropió de “la canchita”.  Nadie contestó la afirmación de un hombre grande, quizá por respeto, quizá porque no había contestación lógica posible. Mientras volví a aportar.
-       Por qué  no lo dirimen con fútbol
-       ¿Con un partido? Preguntó el arquero de los más grandes
-       No, en una serie de cinco penales. Contesté, viendo la poca viabilidad que había, que un partido termine sin violencia.
-       ¿Serie de penales? Preguntó el tal “Rolfi”
-       Sí, cinco penales cada equipo, en el arco del árbol y el bolso que tiene sombra…¿Les parece bien?
Se miraron y ambos equipos asintieron.
-       Lo único que le pedimos es que usted haga de juez. Acotó el arquerito apodado “Gato”, intentando equilibrar un futuro hecho de violencia.
Designaron los cinco shoteadores y sortearon quien comenzaría y con qué pelota patearían, si con la último modelo que tenían los grandotes o con la desvencijada con las cual jugaban lo chiquitos. 


Ganó el sorteo el equipo “rojo” quien decidió comenzar atajando. Como para matizar el sorteo, pregunté:
-       ¿Cuál es el nombre de los equipos?
-       Los Villeros. Contestó el chiquito.
-       No tenemos nombre. Aseveró el “Rolfi”
-       Bueno entonces, los Villeros y…”los del Rolfi”
Y allí fueron al arco del plátano. El Gato se frotaba las manos. Conté los doce pasos, hice una marca con una rama y coloqué la pelota. Acomodó el central de los “Villeros”, tomó carrera y con mucha calidad la puso al lado del bolso. Un grandote con la camiseta de Peñarol y el número dos en la espalda. Tomó carrera y gol.. Uno a uno. Y así siguieron alternadamente. Cuando hacían el gol los chiquitos, también lo hacían “los del Rolfi”, y cuando lo erraban unos, también lo pifiaban los otros, hasta que llegaron al quinto penal. Para los “Villeros” se preparó el arquerito, lo esperaba agazapado el guardavallas de los grandes, tomó larga carrera y le pegó fuerte, muy fuerte al palo izquierdo, el balón impactó en el tronco del plátano, caminó por la imaginaria línea y pegó contra la mochila, volando esta e ingresando lentamente en el arco. “Los del Rolfi” ensayaron una tímida protesta por la voladura de la mochila que hacía de palo, pero concedí el gol, desestimando cualquier irregularidad.
Llegó el turno del diez, quien acomodó la pelota, tomó una larga carrera, se acomodó los cordones, se subió las medias, ante la atenta mirada del Gato, que esperaba cruzado de brazos. Tres, dos, uno y “el Rolfi” que impacta la pelota con una violencia inusual, muy de abajo y no me pregunten qué pasó, porque les juro que no lo vi. La pelota en el momento del impacto con el botín o cuando pegó en la corteza del árbol se reventó y el cuero cayo mansito en los brazos del Gato, quien salió corriendo a abrazarse con sus compañeros, ante la impotencia del grandote número diez.
No hubo quejas, porque no hubo tiempo, los Villeros levantaron en andas a su arquero, el pequeño David había vencido a Goliat y así se fueron, festejando con gran algarabía y grandeza. La cancha quedaba vacía, los Villeros se iban sin su pelota desvencijada, pero con toda la felicidad a cuesta. Los del “Rolfi” también se retiraron entre discusiones y reproches. Yo, íntimamente festejaba, mientras preparaba otro mate para esperar el próximo partido que se estaba armando.

Así es el fútbol y aunque parezca milagroso, hay veces que David y Goliat, tienen hasta la misma estatura futbolística.

Y la verdad, ese es el fútbol que más me gusta…


Eduardo J. Quintana
@ejquintata010

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hazte miembro de este blog y tu mensaje respetuoso, siempre será bienvenido