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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




jueves, 27 de agosto de 2015

Con el cinco en la espalda



Dedicado al Leoncito

La definición de ídolo es una palabra completa y compleja que en el fútbol se tergiversa de forma tal que a cualquiera le endilgan el mote. Hoy los pibes estás confundidos, tantos los hinchas que idolatran a cualquier “perejil”, como los jugadores que por ganarse al público se besan la camiseta sin sentirla; un ídolo es aquel que demuestra con su amor, su pasión y por sobre todo con su fidelidad respetar lo más lindo que tiene el fútbol que es la “gordita caprichosa”
En el club hay un ídolo de esos que escasean, Juan Manuel Matienzo más conocido como “el Yoni” y no hay que corregir el sobrenombre, no es Johnny como indica el imperio es “el Yoni” como lo llamaba su madre. Una especie de “Juan chiquito” que contrastaba con la grandeza de la idolatría que el pueblo tenía con él. La leyenda cuenta que ese amor entre hinchas y jugador se generó con las miles de batallas ganadas ahí en el medio, donde el sol no calienta, quema.
Pero no es solo una la historia que cuentan en el pueblo. Los más grandes hablan del día que ganaron el campeonato, donde el Yoni se banco la parada en el medio, poniendo sus atributos en cada jugada y que en la vuelta olímpica, rengueando, tomado del hombro del Pato Solís besaba su camiseta mirando el cielo.
Ídolo total el centrohalf del Cacique, el apodo que tenía el club donde jugaba cada fin de semana y tanta idolatría le traía complicaciones en su trabajo. Radiólogo del hospital del pueblo, el Yoni sacaba muchísimas placas diarias de pacientes que iban contentos a ver al crack, con quienes seguramente no solo se atenderían sino que se sacarían una foto, conseguirían un autógrafo o al menos hablarían del partido del fin de semana.
Cuando se jugaba el clásico la sala de rayos del hospital era una romería de gente que pasaba a saludarlo o bien lo esperaba para acompañarlo al entrenamiento nocturno. Su bella novia era la más cuidada del pueblo y no había hombre alguno que le regalase un piropo inadecuado.
Un ídolo con todas las letras y la verdad que se lo había ganado no solo dentro del campo de juego, sino también en el día a día, en el trato con los suyos y también con los adversarios del pueblo vecino. Porque el Yoni era adorado por los hinchas del Cacique, pero a su vez era respetado por los clásicos adversarios. Dicen los que saben que de allí, de un clásico nació el respeto y el amor de todos. Fue hace unos cinco años, en una final por el torneo local en que se encontraron ambos rivales. Entre un pueblo y otro había cincuenta y siete kilómetros de distancia por una ruta provincial asfaltada pero no muy cuidada. Esa noche anterior el Yoni tuvo guardia y descansó muy poco, pensaba dormir toda la mañana. A las cuatro de la tarde el juez del cotejo pitaría el inicio y el desgaste iba a ser sobrehumano. Llegó a su casa, tomó unos mates cebados por su madre y se recostó a soñar otra batalla.
El partido se jugaría con ambas parcialidades y se esperaba en el Fuerte un lleno total. Tres mil hinchas locales y cerca de quinientos visitantes. La caravana de la Banda vendría por la ruta y estacionaría sus camiones en el mercado de hacienda, desde donde serían escoltados por la policía.
Pasado el mediodía la mamá del Yoni lo despertó con una triste noticia, uno de los camiones que transportaban hinchas de la Banda había desbarrancado en una curva la ruta, cerca del río.
El Yoni, se vistió rápido, tomó su guardapolvo, el maletín y corrió hasta el hospital, donde lo esperaba la ambulancia de alta complejidad que había inaugurado el pueblo, como presagiando el incidente. En media hora estaban en el lugar, había más de cincuenta heridos, muy pocos de gravedad. La policía ordenaba el tránsito y así jugadores e hinchas ilesos siguieron rumbo al estadio. Faltaban dos horas para el partido y el Yoni sacaba placas en la ambulancia a hinchas con la camiseta adversaria, muchas veces con manchas de sangre producto del accidente. Algunos lo reconocían y le agradecían, los que no sabían quién era el radiólogo, los menos, eran avisados por el resto y quedaban sorprendidos por su hospitalidad.
Faltaba muy poco para el comienzo del partido cuando atendió a uno de los “hinchas caracterizados” de la Banda, que lo reconocíó en el preciso momento en que ingresó a la ambulancia y como gratificación le regaló su camiseta. Era el último paciente. El camión había sido remolcado y todos los accidentados trasladados al hospital. La emergencia había llegado al final y el Yoni agotado pidió al chofer de la ambulancia que ponga sirena y lo lleve al Fuerte, como era  llamado el estadio del Cacique.
Así fue, con la sirena estridente a todo volumen, a velocidad máxima y cambiándose dentro de la ambulancia se dirigieron hacia el estadio. En poco más de la mitad del tiempo utilizado en la ida, tomando un atajo de tierra, pidiendo paso al control policial, deteniéndose justo en la puerta de acceso, el Yoni bajó e ingresó corriendo al estadio. El juez iba a pitar el comienzo de cotejo, cuando el mediocampista central comenzó a los gritos, trepó el alambrado como un mono y salto hacia el campo ante el griterío de todos los hinchas. El técnico le tiró la camiseta e hizo el cambio antes de comenzar. El saliente compañero, lejos de ofuscarse abrazó al Yoni como lo que era, su ídolo y con una rápida carrera tomó posición en el verde césped, mientras todo el estadio coreaba su nombre.
Él simplemente levantó sus brazos, giró lentamente aplaudiendo a cada tribuna en señal de gratitud, miró al cielo elevando una plegaria y acomodó su camiseta, esa misma, la de siempre, la camiseta del Cacique con el cinco en la espalda...



 Eduardo J. Quintana 
  Texto inédito 
@ejquintana010

 "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"


 

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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jueves, 13 de agosto de 2015

De regreso a casa

Cuando la noche, es más noche y el frío carcome los huesos, la mente se nubla al extremo de no poder pensar en el futuro.
¿Qué futuro?
Con este presente trágico, el futuro soñado se ve cada día más lejano. Como si la sangre se enfriase, al punto de helar las ideas y desmantelar el optimismo que era moneda corriente en la vida del hombre común.
El esfuerzo de años de trabajo y sacrificios extremos, había quedado debajo de las aguas alocadas, incontrolables e incontroladas.
Los sueños de una familia emprendedora sepultados por la desidia y la mediocridad de políticos marginales e ideas prebendarias.
Una multitud de hermanos amuchados en galpones fríos, igualados en la miseria y en el dolor del corazón. Ese corazón que aún palpita para reavivar la esperanza.
Un país movilizado para tenderle la mano solidaria que apacigüe tanta desolación.
Miles de chicos sin escuela, sin juguetes y con las secuelas propias de no entender ¿por qué a ellos? Inocentes criaturas.
En un rincón, como cualquier rincón, estaba él. Acurrucado, con un pijama regalado, con su cara de ángel y una lágrima que surcaba lentamente su mejilla izquierda. Tan lentamente que parecía no querer alejarse de sus ojos.
¿Hay alguna imagen más desgarradora, que un pibe llorando desde el corazón?
¿Quién sabe los motivos del llanto?
Su padre sí lo sabía. Manuel era un pibe futbolero, esos que se crían con una pelota en el pie izquierdo. Uno de esos pibes que tiene como cuna un potrero.
¿Y su pelota? Su pelota número cinco, que mágicamente le habían traído los Reyes Magos, ya no estaba. La pelota de fútbol, sus juguetes, su ropa, sus muebles, todo había quedado debajo de la furia del río.
La tierna lágrima daba paso a otra y a otra más, hasta que el abrazo maternal provocó el comienzo de los sollozos mutuos, fundiendo los recuerdos en uno sólo.
De su pasado de prodigio futbolista, sólo había quedado el par de botines.
Sólo, es un decir, porque Manuel es de esos pibes que llevan muy dentro el fuego futbolero.
Y pasó la noche. Y pasaron los días. Las muestras de hermandad aumentaron proporcionalmente a las ganas de volver a casa. Y un día el agua bajó.
Se volvieron a ver los autos, el asfalto, las fachadas de las casas. Pero también aparecieron los muertos, los animales mutilados, las alimañas, el olor nauseabundo. La desolación.
La horrible impresión de abrir la puerta de casa y ver un panorama estremecedor.
De los muebles sólo quedaban maderas, de los recuerdos no quedaba nada.
El abrazo de una familia destrozada y la esperanza que apareció como una enviada de Dios.
Con el movimiento del agua, como un llamado propio de un cuento de ensueño; ella, impávida y redonda, flotando y girando como contenta por el reencuentro.

Ella, que sobrevive a miles de vicisitudes, que es amada y odiada al mismo tiempo.
Ella, acudiendo al consuelo de Manuel.
Él, feliz, abrazando su pelota con todo el amor de un niño.
Y la esperanza de volver a empezar.

 Eduardo J. Quintana 

Texto inédito 
@ejquintana010

 
 "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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