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viernes, 3 de febrero de 2017

Don Juan y la naturaleza

Dicen que la naturaleza es sabia y pasa factura. A veces la adición es enorme, mucho más de lo esperada, como si se hubiese gastado a cuenta durante mucho tiempo.
Esta vez la cuenta fue impagable, porque la naturaleza se ensañó de verdad, hasta creo que en forma desmedida. La desidia dirigencial, la voracidad empresarial y la impericia en la ejecución de las obras, fueron parte de este cóctel forjado en el tiempo, que tuvo un desenlace casi terminal.
Don Juan Velázquez fue el primer afectado, ya que con sus ochenta años solo pudo salvar lo que más quería. El “Viejo” como le decían en el pueblo, había llegado desde Theobald, una localidad del sur de Santa Fe, perteneciente al Partido de Constitución y se había afincado muy cerca de La Emilia, del lado santafecino, a metros del puente que cruza el Arroyo del Medio, límite natural de con la Provincia de Buenos Aires, donde se encontraba el casco de la ciudad. Su soledad se mitigaba con la compañía de su perro bóxer atigrado, llamado Tobías. Lo había encontrado con dos de sus hermanos cachorritos, a la vera del arroyo. Estaban en muy mal estado de salud y solo había sobrevivido el macho. La huerta, un gallinero y la jubilación de la Textil antes que quiebre, eran su sustento. Su vida se forjaba en la monotonía extrema, se levantaba muy temprano, con el canto del gallo y el sol apareciendo en el este, por detrás de los álamos.
Después de darle de comer a los animales y atender la huerta, cruzaba el puente para dirigirse a su lugar en el mundo: El Estadio Jacinto López.


Su segunda casa, en realidad, su casa principal, porque el rancho fue mutando en cada inundación, ya que la frecuencia con la que el agua desbordaba el arroyo hacía que su vivienda sea desarmable y sus muebles muy precarios. Cada vez que sus alarmas se encendían, llevaba sus pocas pertenencias a un depósito elevado que había preparado para la ocasión, cerraba con candado tomaba sus gallinas y acompañado de su perro se dirigía hacia algún lugar seco, para esperar que baje al agua.
Unos días después cuando la humedad escurría, volvía a su terreno y reconstruía su rancho. Pero la edad le empezó a jugar en contra y cada vez le costaba más realizar la reconstrucción.
Era feliz con su vida seminómade, porque amaba su tierra y tenía el corazón negro y blanco, colores representativos del pueblo, colores que identificaban al lugar a través de la pasión de su gente por el Club Social y Deportivo La Emilia, esa misma pasión que Don Juan le dedicaba en todo momento al emblema de los “emilianos”.
Con los vaivenes propios de la economía, y los sacrificios de cualquier club de pueblo, los “Pañeros” pudieron mantener el Club y participar de los torneos regionales y nacionales. En cada partido de local Don Juan y Tobías se hacían presentes en el Estadio.
El Viejo” pese a su carácter hosco tenía grandes virtudes, una era su espíritu para levantarse una y mil veces, la otra era su servicialidad con el prójimo. La gente disfrutaba de otras de sus grandes virtudes: su destreza musical con la guitarra criolla . Muchas veces tocaba en la plaza o en su rancho, donde se armaban interminables fogones, con buen vino y las infaltables empanadas de Doña Estela.
En los años de lealtad al “Pañero” solo faltaron a dos partidos, en realidad el ausente fue Don Juan, ya que como cábala vinieron a buscar a Tobías al segundo partido y el bóxer, muy campante y con la camiseta albinegra, se fue a la cancha con Chelo, el hijo de Don Jaime, el verdulero y La Emilia ganó. La ausencia de Don Juan se debió a un terrible cólico renal que lo tumbó un mes, hasta que su tía Chola, vino a lomo de un zaino desde Teobald, con sus noventa años, y unos ungüentos que hicieron despedir las piedras que había acumulado en sus riñones.
Solo por algo así podía faltar a un entrenamiento, a un partido de inferiores o de primera. Ni la lluvia, ni el calor, ni la edad hacían calmar su pasión. Durante muchos años siguió de visitante al primer equipo durante los torneos de la Liga Nicoleña, ahora la edad le había pasado factura y solo iba al Jacinto López, acompañado siempre por el fiel Tobías.
La situación del agua venía mal; un tiempo atrás en una crecida del arroyo el agua se había llevado todo y entre ese todo, en un descuido, se había llevado al Tobías, con todo lo que significaba. Tres horas después, bajo un torrencial diluvio, aparecía totalmente embarrado el bóxer.
En esa ocasión, desde el Municipio, ofrecieron al “Viejo” reubicarlo en otro sitio más alto. La negativa fue terminante. Había pasado toda la vida en ese lugar y lo sentía propio, por cuanto la mudanza no pasaba por su cabeza.
Don Juan, era solitario y solidario. Típico viejo que animaba cualquier reunión, que alegraba todas las fiestas en el club y los bailes de carnaval. Había sido un gran bailarín y folclorista, sus velocidad en los dedos ya no era la misma y su voz se fue perdiendo, por lo que se convirtió en un gran trovador.
Mucha gente en el pueblo se preguntaba por su ciclotimia. Del tipo alegre al hosco había una delgada línea y pocos sabían el motivo. La vida no le había dado hijos y su único amor falleció cuando era muy joven, fue cuando yacía en sus brazos que juramentó volver a encontrase luego de su muerte. Ya en la curva descendente , ya con el reencuentro a la vuelta de la esquina, se puede decir que Don Juan cumplió su promesa y no porque no exista la tentación diaria, sino porque era un tipo de palabra. Por eso el pueblo sabía que jamás mudaría la casa de la vera del Arroyo del Medio.
Pero en estos dos últimos meses la naturaleza se ensañó con La Emilia y Don Juan. Para fin de año el curso del arroyo desbordó y nuevamente arrasó con el rancho y algunas pertenencias, pero actuó el plan de contingencia del “Viejo” con sus alarmas, su depósito en la altura y su huida con las gallinas y el perro Tobías a sitios más elevados.
Cuando todo escurrió y volvió a armar el rancho, ocurrió lo peor...
No había pasado un mes cuando el pueblo de La Emilia soportó la mayor tragedia hídrica en sus ciento veinticuatro años de existencia. No hubo alarmas que previeran semejante desastre, fueron sonando las campanitas improvisadas por Don Juan, en los distintos niveles de agua y cuando se dio cuenta la masa líquida arrasaba el rancho, no pudiendo salvar siquiera las cosas esenciales, solo alcanzó a vestirse con lo que tenía a mano, llegar hasta el gallinero, abrirlo y tomar la bataraza como pudo, un poco de las alas, un poco de sus plumas blancas, ya que tuvo que apurar la acción porque llegaba el agua.
Abrazado a “La Pamela”, como el “Viejo” llamaba a la gallina ponedora que más apreciaba y con el “Tobías” asustado cruzándose entre sus piernas, intentó buscar un lugar alto, mientras la lluvia era torrencial y el cauce del arroyo salía de su curso completamente. Pronto se cortó la luz en el pueblo y todo se hizo más difícil.
La magnitud del agua hizo que el esfuerzo de los “emilianos” fuera infructuoso, intentaron salvar los electrodomésticos más chicos y algo de ropa. Sin luz, apenas lograron apilar los muebles, salvar a las mascotas y poner a salvo a los más pibes.
Comenzaron a circular las canoas de los mismos vecinos, acudiendo a los hogares donde había niños muy pequeños, ancianos o discapacitados, para intentar ponerlos a salvo con algún familiar menos afectado. Fue una noche de terror.
Por la mañana, el panorama era desolador. El agua anegaba todo el pueblo, que solidariamente intentaba pasar el mal momento.
La casa de Don Jaime, el verdulero, como la de sus vecinos contiguos habían sufrido las consecuencias de la inundación. Mientras trabajaban llevando los cajones de verduras a un lugar alto, comentaron y comenzaron a preocuparse por el destino de Don Juan.
Un rato después Nacho y Chelo, en un viejo bote, fueron en búsqueda del “Viejo”.
Nunca lograron llegar, era imposible que algo haya quedado en pie, en la otra margen del arroyo. Ni siquiera el mástil que Don Juan había alzado con la bandera argentina, junto a la negra y blanca de La Emilia. Con preocupación se dirigieron al lugar donde en cada inundación se cobijaba Don Juan junto a su perro Tobías. Todo inundado y ningún rastro. Comenzaron a desesperarse y a hacer correr la voz sobre su desaparición. Empezaron a acercarse canoas y botes con vecinos para sumarse a la búsqueda, que fue realizada casa por casa; cuando llegaron a las inmediaciones de la fábrica, por uno de los laterales del Estadio Jacinto López, Chelo, que iba en el bote con su hermano Nacho reconoció el ladrido de Tobías. Se acercaron y al llamado del bóxer, este respondía con un profundo ladrido. Era él y si estaba el perro, seguramente estaba el “Viejo”.
Aseguraron con una soga el bote a un árbol y fueron al portón principal, mientras llegaban otros vecinos alertados por los hijos del verdulero. Ingresaron al estadio, que también estaba inundado y directamente fueron en busca de los ladridos. Mientras recorrían la tribuna del desolado club, entre el barro y el agua, divisaron a Tobías, quien acudió al llamado de Chelo, mostrando toda su alegría al verlo. Minutos después, guiados por el bóxer llegaron a Don Juan, quien se encontraba acostado en los escalones, ataviado solamente con su casaca negra y blanca a rayas, totalmente embarrada y rota, acompañado por su bataraza “Pamela”. Su pierna derecha lastimada, su frente cortada, el ojo hinchado y el codo derecho sangrado, daba muestras del terrible golpe que había sufrido en plena tormenta.
Estaba vivo, que era lo más importante, pero su estado revestía preocupación. No lo podían mover debido al temor de que el golpe haya afectado algo óseo; mientras algunos vecinos iban a buscar un médico para revisarlo, otros le traían algo de ropa para cambiarlo, agua y comida. Estaba lúcido, pero se lo notaba perdido. Reaccionó cuando le pidió a Chelo que le traigan otra camiseta, porque la que tenía puesta estaba mojada. No había caso, llevaba al “Pañero” en el corazón y no había contingencia climatológica que lo haga cambiar de parecer.
Estaba en su casa, en la tribuna de siempre, en el escalón en el que se sentaba habitualmente junto a su compañero Tobías, bajo un tibio sol que amenazaba dar una mano.
El desastre estaba consumado y habría que comenzar de nuevo, pero en ese comenzar de nuevo no había margen para cambiar el amor y la pasión que el “Viejo” sentía por el Club que tenía en su divisa, el color de su sangre.
El agua comenzaba a bajar y seguramente vendría lo peor. El sol comenzaba a salir en su máxima expresión, iluminando esa tribuna negra y blanca con el nombre de “La Emilia”, esa inscripción acuñada a fuego en el corazón de Don Juan…




Eduardo J. Quintana 
Texto Inédito
@ejquintana010



"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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3 comentarios:

  1. Me hiciste emocionar Eduardo, el futbol tiene estas cosas. Gracias.
    Jorge de San Nicolás

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  2. La vida siempre tiene revancha y muchos Don Juanes sobrevivirán a las inclemencias naturales.
    Aguante La Emilia
    Carlos de Rosario

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  3. Ante politicos corruptos, la pasion del futbol para apaciguar el desastre.
    Elisa Barrios de San Nicolás

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