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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.



Espero les agrade.








viernes, 22 de abril de 2022

Las rejas y el amor

 

-          Que locura la que hizo el Gordo.

-          Algo escuché. ¿Vos sabés bien como fue la historia, Raúl…?

-          Me contó Tato que habló con él. Mirá ahí viene.

Mientras Raúl señalaba con el dedo índice a Tato, que venía caminando hacia el bar, el Cholo pedía un vermut con ingredientes para preparar el ambiente y así escuchar por boca del amigo, la historia que llegaba desde Eduardo Castex.

-          Buenas…

-          Tato querido. ¿Cómo anda la vieja?

-          Ahí anda con todas sus mañas a cuesta.

La silla vacía que esperaba y Francisco, el mozo, que llega con una botella de Gancia, soda y platitos con algunas cositas ricas.

-          Gallego, ¿pusiste esas berenjenas que hace tu esposa…?

-          Ya vienen, ya vienen. Contesta el mozo, ante el apuro por probar la exquisitez.

-          Che, ¿quién garpa esto? -Acota Tato- Miren que ando seco.

-          Invito yo…

Ante la contestación del Cholo, fueron al grano.

-          Contá lo del Gordo Spina, Tato. ¿Qué pasó…?

-          El gil se mandó otras de sus locuras… Aseguró Raúl que ya sabía parte de la historia contada por el mismo Tato.

La alocución comenzó con un terminante:

-          Estuvo preso el pelotudo...

La cara del Cholo empalideció y el Gallego, mozo siempre expectante, acercó una silla para escuchar la historia, que prometía ser cinematográfica. Todas las miradas apuntaban a Tato quien, en forma pausada, contó la historia que incluía a Melina Castro, Julián Spina y a Joaquín Demián Spina Castro.

Cuando el año pasado el Gordo y Melina recibieron la noticia del embarazo, fue todo felicidad. El Doctor Carlos Manuel Albarracín, ginecólogo, obstetra y amigo de la familia Castro, fue quien tomó las riendas del cuidado de Melina y el bebé, desde el minuto uno del embarazo. El análisis de sangre, las primeras ecografías, la comprobación del sexo y el mes a mes, pasaron por el conocimiento y la confianza del Dr. Albarracín.

 

Hasta ahí la historia conocida por Tato, Raúl y el Cholo, que mantenían contacto permanente con el Gordo, a través de las redes sociales. El Gallego, atendía una mesa y volvía a escuchar como seguía la narración.

 

En un partido importante de Racing en Avellaneda, Julián y Melina viajaron a Buenos Aires y en una reunión familiar, compartieron la noticia. Para los abuelos llegaría el primer nieto, algo que coqueteaba con la felicidad, que no era plena, por la distancia que los separaría. La panza crecía y la ansiedad se tornaba inmanejable. Joaquín tenía fecha para la tercera semana de abril. Doña Felisa, la madre de Meli y la embarazada decían que iba a ser ariano. El papá, Don Pedro Castro y Julián se jugaban por un taurino. De un signo o de otro había una fecha muy significativa para toda la familia: el 22 de abril de 2022.

 

-          ¿Qué pasaba en esa fecha, Tato?

La misma pregunta se hicieron todos y la respuesta fue muy pasional.

-          El 22 de abril cumpliría el Centenario, Racing de Castex.

-          ¿No me digas que…? Pregunta a medias el Cholo.

-          Y ustedes saben lo que significa el Albo para esa familia.

-          Seguí contando, Tato.

Raúl sabía la historia, pero le encantaba escuchar a Tato contarla. Lo hacía pausado y con voz firme. Para ese momento, varios habitués del bar estaban atentos a la alocución del narrador.

 

En febrero la panza de Melina era impactante. Ya había ingresado en el séptimo mes y pese a los cuidados por la pandemia, seguía trabajando en el banco. El Gordo repartía emociones entre su paternidad, el paso firme que Racing mantenía para ganar el Bicampeonato Provincial y el Centenario del Club

Abril sería un mes inolvidable. Racing se consagraba en Santa Rosa campeón, por segunda vez consecutiva; justo unos días antes que el Dr. Albarracín inicie los preparativos para ultimar los detalles del nacimiento de Joaquín. Melina tenía contracciones cada vez más seguidas. La fecha se acercaba. El 20 de abril hubo un aviso. El bolso estaba preparado. La ultima ecografía lo encontraba a Joaquín preparado.

 

En el bar no se escuchaba, ni la máquina de café, ni el ruido del tintinear de las cucharitas. Habían bajado el volumen de la televisión, ya que la expectativa era generalizada.

-          El Gordo estaría muy nervioso. Asevera el Cholo.

-          Conociéndolo –opina Raúl- estaría más preocupado que nazca el 22 de abril, que la repetición de las contracciones, cada vez más seguidas, de Melina.

En esa parte de la historia, el Gallego mete un bocado:

-          No la hagas tan larga, che…

Tato que vuelve a la historia:

 

El jueves a las nueve de la noche, el Gordo agarró el bolso, lo cargó en el auto, tomó a Melina del brazo y la ayudó a sentarse en la parte trasera. El tiempo de las contracciones se había acortado. En el auto y antes de salir, avisó a Don Pedro, a Doña Felisa y al Doctor Albarracín.

Al llegar al hospital, la esperaban en la vereda con una silla de ruedas. Julián estacionó el auto y se dirigió a la guardia.

-          Vamos a inducirla. Avisó el Dr. Albarracín.

-          ¿Cómo inducirla…? Pregunto, nervioso, el Gordo

-          Sí, la vamos a preparar. Llamen a la partera que esté lista y a todos los asistentes, en una hora los quiero a todos en la sala de parto.

Julián mira la hora en el celular y acota:

-          ¿Cuánto dura la inducción…?

El médico, atento a todos los preparativos, no contestó esa pregunta y el Gordo que insistió.

-          ¿Doc, a qué hora nacerá?

-          Antes de la medianoche, Joaquín está en tus brazos.

-          ¿Y mientras tanto qué hago?

-          ¿Vas a presenciar el parto?

-          Sí, quiero estar presente.

-          Bueno, tranquilízate, sentate ahí y esperá que te avise para cambiarte.

En momentos que entran los familiares de Melina, Julián se sentaba en los sillones de la sala de espera.

-          ¿La llevaron? Preguntaron al unísono Doña Felisa y Don Pedro Castro.

-          Sí, la van a inducir.

 

El suspenso que le ponía Tato a la historia, la hacía más apasionante. Todos en el bar esperaban el desenlace con un respeto enorme. Sentían que estaban en esa sala de espera, tan nerviosos como los protagonistas.

A las once y quince, el Doctor le avisa a Julián que Melina ya estaba con trabajo de parto, que se cambie. En la sala, mientras se ponían los camisolines, el Gordo encaró a Albarracín para pedirle un favor:

-          ¿Doc, se podrá aguantar hasta las doce…?

-          ¿Cómo…?

-          Preguntaba, si se podrá demorar el parto hasta la medianoche…

-          ¿Cómo vamos a dilatar el nacimiento?

-          Digo, faltan treinta minutos…

-          ¿Cuál sería el motivo…?

-          Que nacería el mismo día en que Racing cumple cien años…

-          ¿Me estás hablando en serio, Spina?

Justo en ese momento la partera avisa que ya es hora. El Gordo con su camisolín y su cofia celeste, se para delante de la puerta y le dice en un tono menos amistoso:

-          Le estoy hablando en serio Doctor.

Un asistente que vuelve a golpear la puerta y Albarracín que le dice a Spina:

-          Correte por favor…

-          Te estoy hablando en serio Carlitos

Julián estaba nervioso, colorado, transpirado. Ya no era Doctor, ni Albarracín, ni el trato de usted.

-          Te estoy hablando en serio Carlitos, no me la compliques. Faltan quince minutos…

Otra vez golpean la puerta, que ya estaba trabada por Spina del lado interior y el Doctor Albarracín que grita:

-          Llamen a la policía que este pelotudo no me deja salir…

Dos minutos después, dos agentes que hacían guardia en el hospital, le indican a Julián que abra que en la sala de parto necesitaban al Doctor Albarracín.

-          Ya está Spina, lograste tu cometido, espero no le pase nada a Melina, ni al bebé, sino lo vas a pagar caro.

Eran 23.55 horas del jueves 21 de abril de 2022, mientras el Doctor Albarracín apuraba su paso rumbo a la sala de parto, la policía esposaba a Julián Spina para llevarlo detenido.

En el exterior fuegos artificiales, aplausos, bocinas y griterío. En la sala de parto el llanto desconsolado de Joaquín Demián Spina Castro. Las lágrimas del Gordo mostraban la felicidad paterna y futbolera del deber cumplido; la extenuación de Melina se enmarcaba en el deseo más hermoso que una mujer puede tener, ser madre.

-          ¿Y lo llevaron preso a Julián, Tato? Preguntaba el Cholo en nombre de todos

-          Sí, lo subieron esposado a un patrullero y lo llevaron a la comisaría.

-          ¿No pudo conocer a su hijo?

-          No, hasta la tarde siguiente. Porque el Doctor no hizo la denuncia, sino se hubiese quedado unos días entre rejas y se le hubiese iniciado una causa penal.

-          ¿Y la esposa se enojó? Preguntó el Gallego.

-          No, cómo se va a enojar si Melina es tan hincha de Racing como el Gordo.

-          Ah, pero es una familia de locos. Acota una mujer que tomaba algo con una amiga…

-          ¿Y qué pasó después…?

Con la pregunta del Cholo, Tato ponía final a la historia.

Melina salió de alta el día viernes por la tarde y fue a buscar a Julián a la comisaría, con el bebé en brazos. Juntos se abrazaron y lloraron de felicidad.

Caminaron unas cuadras, entraron a “La Fortaleza” e hicieron lo que correspondía, bautizaron al pequeño Joaquín, vistiéndolo con la camisetita albinegra.

¿De qué otra forma se puede bautizar un hincha de Racing…?

 

Tato terminó de contar la historia, entre lágrimas de emoción y aplausos. Fue ahí donde sacó una foto que le habían enviado desde Castex. En la misma se veía el verde césped del “Estadio Héctor Nervi”, con la nueva tribuna de fondo y los tres vestidos con el atuendo Albo. Apoyada en el piso una bandera recién confeccionada blanca con letras negras que esbozaba: “Joaquín y Racing locura por 100pre”

(Foto extraída de Internet)

Eduardo J. Quintana

Cuento inédito

IG: eduardo.quintana961

Facebook y Twitter: @ejquintana010


jueves, 31 de marzo de 2022

Coleccionista

 Crisis económica 2001/2003

 

-          ¿Sabés una cosa Franjita?

-          ¿Qué pasa Flaco?

-          Vino un tipo el otro día fanático de Racing, y me dijo que coleccionaba camisetas de fútbol.

-          Mirá que bien, un lindo hobbie tiene el hombre.

-          Sí viste, un poco caro, pero un hobbie nostálgico.

Hay coleccionistas de muchas cosas, numismática, filatelia, marquillas de cigarrillos, ceniceros, pero este fiel futbolero coleccionaba camisetas de fútbol.

 

Cien años de historia, una multitud de ilusiones en un atuendo antiguo.

Recuerdo como si fuera hoy, el comienzo de la racha negra. Yo era un pibito de seis o siete años. La vieja cancha de Platense, alambrado con rombos hasta allá arriba donde empezaba el alambre de púas. Allí juntos, el abuelo Juan, el tío Alberto, mi viejo y yo. Como siempre, la familia unida por la pasión futbolera de cada domingo, porque el fútbol era domingo...Como ir a misa.

 

-          Mirá Flaco...

-          Una reliquia Franjita. ¿De dónde la sacaste?

-          Tiene una historia increíble. ¿Te gusta?

-          ¡Y cómo no me va a gustar...! Es hermosa.

-          Viste Flaco, de piqué, con cuellito y bolsillo.

Las camisetas de antes eran así, un atuendo para el jugador y para la gente. No como ahora que las camisetas, son espacios publicitarios para mejorar los ingresos de cada club.

La de Ríver era blanca con la banda roja (sí, la que le cruza el alma). La de Boca era la tradicional azul oro con la franja horizontal. La del “Rojo” era roja. La de San Lorenzo azulgrana, la del “Globo” blanca con vivos rojos, la de Platense blanca con la franja horizontal marrón y así todas. Cada equipo respetaba sus colores, su identidad.

Había una camiseta titular y otra suplente.

 

Me acuerdo como si fuera hoy, bien pegaditos al alambrado. Mirando el partido de reserva. No había gran cantidad de público, simplemente porque era el último partido y no jugaban por nada... bahh... no jugaban por nada es una falta de respeto. Jugaban por la camiseta. Tengo una vaga idea que en ese partido atajó Ataúlfo Sánchez. Un arquero que me quedó grabado más por lo simpático del nombre, que por su trayectoria. Jugaba el “Topo” García Sangenis, Carlitos Squeo, “Cucaracha” Sánchez y él. El número nueve.

 

-          Che Franja...

-          ¿Qué?

-          ¿Y el número?

-          Tenía el número nueve de cuerina.

-          ¿Cómo de cuerina...?

-          Sí Flaco, de una especie de cuerina muy finita.

-          ¿Y qué iban pegados?

-           No, cosidos en el borde. Los profesionales, lo cosían por dentro con máquina de coser y las viejas de los pibes del barrio, le daban una puntada a mano por afuera.

 

En cada partido final, los jugadores intercambiaban camisetas o se las ofrendaban a los hinchas y cuando digo se las ofrendaban, era así, textual. Buscaban a un hincha en la tribuna poblada y le regalaban la camiseta. Y nadie osaba sacársela. No era como ahora que se matan por una camiseta y después la venden. Si se choreaban una “Pintier” era para jugar en el barrio. Hoy se roban una Nike de doscientos pesos y la venden por dos mangos.

Y como era el último partido del año, sabíamos que si apuntábamos bien, quizá ligáramos una celeste y blanca original. Y ni bien asomaron por el túnel, el viejo empezó con los gritos... Changooooo... Changooooo.

 

-          Che Franja...¿Quién era el nueve?

-          El “Chango” Cárdenas.

-          ¿Qué? ¿Esta camiseta era del “Chango” Cárdenas...?

-          Sí Flaco, del mismísimo “Chango”, el del misil al Celtic.

-          No lo puedo creer. Si la ve el muchacho que vino el otro día, se vuelve loco.

-          Es como la que usó en el “Centenario”, aquel 4 de Noviembre.

 

Changoooo... Changooo, gritaba el viejo a toda voz. Y el “Chango”, que gira la cabeza, mira la tribuna y se sonríe ante el pedido.

Changooo... vení, vení. Gritaba mi viejo.

¿Qué va a venir? —Pensaba yo en silencio— Mirá si el “Chango” va a venir hasta el alambrado. Mirá si él, el más famoso en esa época, va a venir a pedido de mi viejo.

Y aunque es de no creer... vino.

 

-          Che Franja, ¿y por qué no tiene el número y está así apolillada?

-          No es apolillada, por favor, si la cuido como un tesoro.

-          Pero está hecha pelota.

-          ¿Sabés por qué?

-          No.

-          Porque la usaba. Porque el que me veía con la camiseta del “Chango”, con el nueve en la espalda, me ponía de centrodelantero.

-          Ahhh, claro y así jugabas siempre.

-          Y sí, vos me viste jugar... Si no fuera por la camiseta del “Chango”, más de una vez me hubiera quedado afuera de algún partido. Pero tenía la nueve y ahí jugaba de "centrofóbal", hasta que se daban cuenta que era un tronco.

 

El  ídolo que se dignaba a venir hasta el alambrado y mi viejo que le dice: “Chango”, le das la camiseta a mi pibe. Él se rio y le dijo: - Que se quede acá, que cuando termina el partido, se la regalo. Creo que de los nervios el partido no me importó. Platense nos bailó y a mí la verdad, me importó poco. Si mal no recuerdo, fue cuatro a dos y en la nebulosa tengo un gol de emboquillada, que le hicieron a Ataúlfo.

 

-          Che Franja, volvió el coleccionista de camisetas y le conté que tenés la del “Chango”.

-          Sí...¿Y qué te dijo?

-          Que quiere hablar con vos, para hacerte una oferta por la camiseta.

-          ¿Por la del “Chango”?

-          Sí y fijate porque creo que paga bien.

 

Terminó el partido, los jugadores se saludaban, como lo hacen siempre. Las miradas del Abuelo Juan, del Tío Alberto, de mi viejo Raúl y por sobre todo la mía, siguieron la trayectoria del “Chango” Cárdenas. Se acercó a un jugador de Platense, se sacó la camiseta y....

 

-          Negro, si te ofrece buena guita, ¿qué vas a hacer?

-          ¿Me lo tenés que preguntar?

-          Y sí Franja, habla de cinco o seis gambas.

-          ¿Quinientos o seiscientos pesos?

-          Sí... Un paquete de guita... Pensalo.

 

Changooo...Changooo...Gritaban mi viejo, Juancito y el tío. Yo estaba totalmente decepcionado. Cárdenas con la camiseta en la mano, se saludaba con uno de ellos. Y en el saludo, se iban todas las ilusiones de tener la nueve de él... del héroe de la Copa del Mundo.

Con ese nefasto intercambio, caían mis sueños de poner un “sablazo” en algún ángulo de un ignoto arquero, en algún parque porteño. Con ese impensado intercambio, se perdía en la historia, mi loca carrera para abrazarme con el inexistente aguatero. Una lágrima caía por mi mejilla, una lágrima de impotencia ante la negativa realidad que deshacía en pedazos, el supuesto abrazo final con Juan José Pizzuti.

 

-          ¿Y Franja...?

-          ¿Y qué?

-          ¿Te escribió el coleccionista?

-          ¿Sí?

-          ¿Y...?

-          Me ofreció entre quinientos y seiscientos pesos.

-          ¡Qué bueno....! Te podés comprar la camiseta de Petrobrás y te sobra guita.

 

Changoooo...

Y Cárdenas que gira la cabeza, mira la tribuna, nos busca, le pide disculpas al jugador de Platense y viene al trotecito con la celeste y blanca en su mano derecha. Llega al alambrado, se sube a la par de mi viejo, se estira un poco, se la da en la mano y me dice: - Cuidala pibe.

 

-          ¿Y qué le contestaste, Franja?

-          ¿Cómo qué le contesté?

-          Y claro, andás sin un peso y te ofrecen quinientos mangos...

-          ¿Y eso que tiene que ver?

-          ¿Cómo que tiene que ver? ¿No estarás pensando en guardarte la camiseta y decirle que no...?

 

Mi viejo bajó del alambrado, que para mí era muy alto y me dio la preciada camiseta del “Chango”. La miré, me sequé las lágrimas con su sudor y la guardé...


La guardé para siempre en mi corazón...



(Foto extraída de Internet)


Eduardo J. Quintana

Cuento extraído del libro "La grandeza es otra cosa y otros cuentos racinguistas"



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