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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




miércoles, 26 de septiembre de 2012

Tan chico pero tan grande



-          Viste como están las cosas ahora, con el tema de la violencia, los cambios de fecha, los partidos malos. La verdad no da ganas de ir a la cancha a morirse de calor un Sábado a la tarde y te lo digo yo que hace veinte....que digo veinte, treinta años que voy a ver a Excursionistas, con muchos más sinsabores que otra cosa, pero el verde tira. Vos no tenés ni idea lo que es ir a la cancha de Cláypole, Berazategui o viajar setenta kilómetros para ir hasta la cancha de Luján. Es toda una odisea, Cacho. Pero esta vez sí, la del Sábado en Colegiales fue la última...¡No voy más...!
Todo parecía indicar que esta simple charla de café era toda una despedida para el Beto, que como aquel que abandona su hogar o el que vende su auto después de haberlo dejado a pie, por calentura o por la razón misma de la sensatez, desencadenaría en una decisión sin retorno.
-          ¿Sabés cuantas veces te escuché decir esto Beto? Añadía Julito.
-          Esta vez es la definitiva, Julio, ya no hay vuelta atrás...Dije basta y es basta.
-          Dale Betito, la verde y blanca te tira, ¿cómo vas a dejar de ir? Acotó Cacho
Es que la barra del Café conocía al Beto más que nadie y a sólo tres horas de un Excursio- Lamadrid en el Bajo, esa revelación parecía sin sentido.
-          Lo que pasó el Sábado pasado en Colegiales no tiene nombre muchachos, la cana nos hizo una cama bárbara y casi cobramos para el campeonato.
-          ¿Pero qué pasó....? Preguntó Julio ante la atenta mirada de Cacho.
-          ¿Qué pasó....? ¡Qué se yo que pasó...! Yo fui a ver un partido de “fulbo” y terminamos todos en cana como delincuentes.
No parecía hablar en broma. La noche que estuvieron en cana el Beto y un par de amigos había hecho estragos en el corazón villero.
-          Después me hablan del folcklore del “fulbo” y que ocho cuartos....Yo no voy más. ¡Te lo juro por Dios, mirá...!
-          No Beto, no, no - interrumpiendo Cacho - no jurés por Dios, mirá si te arrepentís.
-          Te lo juro por Dios, Cacho, no voy más...
Decisión tomada. Todo indicaba que nada lo iba a hacer cambiar de opinión, ni las gruesas y desubicadas gastadas de sus amigos.
-          ¿Y también a quién se le ocurre ser de Excursionistas? Una puñalada de Cacho
-          ¿Porqué no vas a ver a Racing los Domingos y te dejás de joder Beto? Le recomendó Julio.
En esos momentos Juancito, el abuelo futbolero del Beto, arrimó una silla a la mesa y viendo la cara de su nieto, se entrometió preguntando que pasaba.
-          Nada Juan - contestó Cacho - su nieto no tiene mejor idea que ir a ver a Excursionistas, no a Morón o a Ferro que es de acá del barrio y juegan en el ascenso...A Excursionistas...
-          ¿Y ustedes saben porqué mi nieto sigue a todos lados a Excursionistas....?¡Qué van a saber si ustedes son unos troncos del mate!
El viejo era una enciclopedia de vivencias y sin que raye pregunta alguna, se puso a enumerar ciertos factores que hacían a su familia, futbolera e hincha del Verde del Bajo Belgrano.
-          ¡Qué van a saber ustedes, chambones! Repitió el abuelo.
Y empezó a desenfundar razones.
-          ¿Ustedes saben quién es el Loco Hóuseman? Qué van a saber si son hijos del "fobal" por televisión. En la época que yo estaba en la Subcomisión de Fútbol y dirigía la Cuarta Especial, se jugaba a la pelota y Excursionistas era una gran familia. Me acuerdo de Tuya....¡Qué tipazo ese!...Era el papá de Guillermo Tuya un zaguero que después jugó en Excursio. Íbamos a tomar mate con el uruguayo Collado, el canchero. Era la época que la Comisión Directiva tenía tipos que trabajaban con seriedad, como Masciotra, Zelaya o el mismísimo Pedro Guerra......Don Pedro..... ¿Ustedes tienen idea de lo que les estoy hablando?
El silencio era sepulcral, nadie emitía opinión y la voz del abuelo Juan era palabra santa.
-          Don Pedro, era un tipo sensacional que le daba de comer a más de uno con los Talleres Gráficos que tenía en la calle Rincón y Belgrano y aparte tenía cuña en la Fundación Evita, entonces conseguía siempre lo que uno le pedía, si hasta me salvó de una infección de pulmón y todo.
Se notaba gratitud en las palabras de Juan y respeto en el silencio de Cacho, Julio y el Beto.
-          ¿Saben cómo jugaba Dotto? Que van a saber ustedes si son unos quesos, que van a ver ahora partidos con táctica, que 4-3-3; que 4-4-2; que 3-4-1-2...Parecen números de teléfono...Antes “el eléctrico” Latapié iba hasta el fondo le tiraba el centro al nueve que era Barta y Barta la mandaba a guardar.....¿O porqué se piensan que a Barta lo vendieron a Chacarita? Dotto hacía una gambeta, descargaba a Barta y este la metía con el “cayo” del pie derecho....Me acuerdo de Juan Carlos Soler...¡Por Dios que jugador! Si hasta jugó en el Santos de Brasil.
Solamente atinaban a mirarse sin esbozar una sonrisa. El único movimiento que realizaban era el de mirar el reloj y ver como pasaban los minutos de enseñanza y se acercaba la hora del almuerzo sabatino.
-          Sin ir más lejos, ustedes que son jóvenes...¿No escucharon hablar de Carlos Ángel López? Ese no era un jugador de fútbol, era un poeta. La zurda más delicada que vi en mi vida. Cada pase, cada gambeta era como un cuadro de Miguel Ángel, una obra de arte y ni hablar si el tiro libre era cerca del área, del lado de la derecha, como para que patee un zurdo. Eso era música, Carlitos López era Gardel con la verdiblanca. Ustedes no saben la cantidad de goles que le hizo hacer a  Jorge Sanabria, que después fue goleador de Huracán; en ese equipo donde el cinco era Masciotra y uno de los centrales era el rubio Troncoso.
Pocos tipos en el mundo parecerían saber más de Excursionistas que Don Juan, “el abuelo Juan”. Pocos tipos eran tan agradecidos al club que lo vio como jugador, entrenador y directivo.
-          Esos eran directivos, no los de ahora que sólo quieren figurar para dedicarse a la política...¿Ustedes saben el respeto que se le tenía a un Pedro Guerra, al Doctor Bidoglio o a un José David? Eran unos monstruos.
Los elogios eran pocos para tan distinguidas personalidades del fútbol del ascenso, ese que vivían a pleno Don Juan y su nieto Beto.
-          Bueno che, la charla está muy buena pero son las dos de la tarde y yo me tengo que ir a “morfar”. Dijo Julito, enfilando hacia la salida.
-          Uyyyy, las dos de la tarde, mi "jermu" me va a matar, aseguró Cacho.
Y juntos Cacho, Beto y Julio salieron a la vereda, mientras Don Juan seguía explicándole al mozo sobre las gambetas de Dotto. Al llegar a la esquina se separaron, cada uno enfiló para su casa, cada uno menos Beto que cruzó a la vereda opuesta.
-          Beto...¿No vas para tu casa? Preguntó Cacho.
-          Esteeee.....no.....
-          ¿Y adonde vas? Preguntó Julio presagiando el destino.
-          Nooo...voy...paraaa.
Mientras el colectivo Quince llegaba a la parada y Beto aceleraba la marcha para subir.
-          Pero Beto...lo juraste por Dios....Gritaba Cacho, como buen cristiano.
-          Cacho, Julio...Dios me va a saber entender...
Y allí partió Beto, hacia el Bajo Belgrano, donde Excursionistas jugaba su partido con General Lamadrid.
Excursionistas...Tan chico pero tan grande.

Eduardo J. Quintana
del Libro "Cenizas de la vida"



viernes, 21 de septiembre de 2012

Jazmincitos




Un perfume original y miles de pétalos al viento. Hipnótica visión de una pradera interminable, adornada con cientos y cientos de jazmines en flor.
Caótica mezcla de blancos intensos alimentando la pigmentación de mis pupilas.
Reflejo pálido de un sol ficticio y el volar de abejas imaginarias por encima del áurea perfumada de cada jazmín. Como una estela cósmica de microscópicas estrellas, formando una mística atmósfera alrededor de cada flor blanca.
Blanco infinito en un horizonte perdido, allá a lo lejos, formado una línea divisoria con el cielo celeste monocolor.
Todo enmarcado dentro de la prolijidad típica del artista, engalanando con una firma que contrasta con el blanco jazmín.
Una bella obra de arte, en mi natural imaginación.

Eduardo J. Quintana
del libro "Formato de mujer"



lunes, 17 de septiembre de 2012

De regreso a casa



Cuando la noche, es más noche y el frío carcome los huesos, la mente se nubla al extremo de no poder pensar en el futuro.
¿Qué futuro?
Con este presente trágico, el futuro soñado se ve cada día más lejano. Como si la sangre se enfriase, al punto de helar las ideas y desmantelar el optimismo que era moneda corriente en la vida del hombre común.
El esfuerzo de años de trabajo y sacrificios extremos, había quedado debajo de las aguas alocadas, incontrolables e incontroladas.
Los sueños de una familia emprendedora sepultados por la desidia y la mediocridad de políticos marginales e ideas prebendarias.
Una multitud de hermanos amuchados en galpones fríos, igualados en la miseria y en el dolor del corazón. Ese corazón que aún palpita para reavivar la esperanza.
Un país movilizado para tenderle la mano solidaria que apacigüe tanta desolación.
Miles de chicos sin escuela, sin juguetes y con las secuelas propias de no entender ¿por qué a ellos? Inocentes criaturas.
En un rincón, como cualquier rincón, estaba él. Acurrucado, con un pijama regalado, con su cara de ángel y una lágrima que surcaba lentamente su mejilla izquierda. Tan lentamente que parecía no querer alejarse de sus ojos.
¿Hay alguna imagen más desgarradora, que un pibe llorando desde el corazón?
¿Quién sabe los motivos del llanto?
Su padre sí lo sabía. Manuel era un pibe futbolero, esos que se crían con una pelota en el pie izquierdo. Uno de esos pibes que tiene como cuna un potrero.
¿Y su pelota? Su pelota número cinco, que mágicamente le habían traído los Reyes Magos, ya no estaba. La pelota de fútbol, sus juguetes, su ropa, sus muebles, todo había quedado debajo de la furia del río.
La tierna lágrima daba paso a otra y a otra más, hasta que el abrazo maternal provocó el comienzo de los sollozos mutuos, fundiendo los recuerdos en uno sólo.
De su pasado de prodigio futbolista, sólo había quedado el par de botines.
Sólo, es un decir, porque Manuel es de esos pibes que llevan muy dentro el fuego futbolero.
Y pasó la noche. Y pasaron los días. Las muestras de hermandad aumentaron proporcionalmente a las ganas de volver a casa. Y un día el agua bajó.
Se volvieron a ver los autos, el asfalto, las fachadas de las casas. Pero también aparecieron los muertos, los animales mutilados, las alimañas, el olor nauseabundo. La desolación.
La horrible impresión de abrir la puerta de casa y ver un panorama estremecedor.
De los muebles sólo quedaban maderas, de los recuerdos no quedaba nada.
El abrazo de una familia destrozada y la esperanza que apareció como una enviada de Dios.
Con el movimiento del agua, como un llamado propio de un cuento de ensueño; ella, impávida y redonda, flotando y girando como contenta por el reencuentro.
Ella, que sobrevive a miles de vicisitudes, que es amada y odiada al mismo tiempo.
Ella, acudiendo al consuelo de Manuel.
Él, feliz, abrazando su pelota con todo el amor de un niño.
Y la esperanza de volver a empezar.

Eduardo J. Quintana