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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




domingo, 22 de junio de 2014

Las sanatas del tío Rubén



-          Cuando jugué la final del Metropolitano del 69, los defensores no tuvieron forma de pararme. Es más, hasta hice echar de la cancha al dos de ellos.
Atentos como siempre los chicos miraban y escuchaban al tío Rubén, que era una especie de líder en contar anécdotas. Su palabra generaba miles de preguntas y cada pregunta tenía una respuesta, que a los oídos de los chicos, sonaba sensata.
El tío Rubén, como ellos lo llamaban, era una de esas típicas personas que sabían sobre todos los temas. Si se hablaba de ingeniería, él había estudiado en la Facultad, si hablaban de autos el opinaba como un experto mecánico, si hablaban de flores y plantas, él había tenido viveros; pero por sobre todas las cosas si hablaban de fútbol, él había sido un eximio jugador de primera división.
Su paso por la categoría máxima lo había hecho en un equipo del interior y su fama la había adquirido en el exterior, donde pasó gran parte de su juventud.
Mostraba orgulloso sus recortes de diarios donde se recordaba su nombre o donde aparecía entre la muchedumbre dando la vuelta olímpica.
Los chicos y ya no tan chicos solían sentarse a su lado y escuchar las miles de anécdotas, como haberle hecho un gol a Amadeo Carrizo o haberle realizado un caño al mismísimo Pelé.
-          El venía con pelota dominada y como nosotros íbamos ganando uno a cero, el técnico me mandó a apretar en el mediocampo. Cuando me enfrentó con su endiablada gambeta, con mi tranquilidad habitual, le birlé la pelota y la llevé hacia el costado izquierdo de la cancha. Quedé de espaldas y sentí sus brazo apoyado en mi espalda, pisé la pelota la amasé, giré sobre ella y la toqué por debajo de sus piernas, dejándolo completamente desairado.
La cara de sorpresa de quienes lo escuchaban era tal, que nadie especulaba con realizarle alguna pregunta y ni hablar de dudar de sus anécdotas. Es que el tío Rubén hablaba con tanta seguridad y detallaba tan bien cada jugada que no daba lugar a duda alguna.
-          Este recorte es de ese partido, acá la gente ingresó a la cancha y me levantó en andas.
Y era verdad, en los hombros de alguien que estaba en medio de la multitud, sobresalía una persona con el torso desnudo. Pero la foto era tan vieja que no se distinguía bien. Ante la duda Javier preguntó:
-          ¿Y ese es usted?
-          ¿Tenés alguna duda? Contestó con vehemencia el tío Rubén
-          No, no, solo que no se distingue bien...
Era así, no podía quedar lugar a la duda, porque este héroe futbolístico tenía una respuesta para cada pregunta e inspiraba respeto ante las dudas.
Es así que ante la pregunta de Tincho infló su pecho.
-          ¿Tío Rubén, jugó en algún Mundial?
Hizo un silencio, se levantó del sillón donde se encontraba, suspiró, esbozó una sonrisa complaciente, tomó su pipa, la encendió y respondió:
-          Claro Tincho, el Mundial del 54



Un silencio sepulcral de respeto acompañó su respuesta. Encima, para ser aún más respetado por los chicos fumaba en pipa y no sé porqué, la pipa inspira ese no se qué, ese pensamiento de que quien la fuma, es un tipo serio.
-          ¿En el Mundial 54, y dónde fue?
-          En Bélgica.
Palabra santa, si el tío Rubén dijo que jugó el Mundial del Bélgica, era cuestión de escucharlo.
-          Fue ahí donde sufrí una seria lesión en la rodilla. Justo en la final con Alemania.
Era verdad que Rubén, perdón el tío Rubén tenía una lesión en la rodilla izquierda, que hacía casi indispensable el uso de bastón permanente.
Su renguera era evidente y mientras la pipa reproducía la imagen de una vieja locomotora de vapor con su humo espeso, los chicos se acomodaban para escuchar la mejor de las anécdotas.
-          Estuvimos concentrados previamente dos meses, en una base militar de Neuquén, con un régimen militar de horarios, visitas y entrenamientos.
La cara de los chicos era tal, que parecían estatuas. El único ruido provenía de un reloj a péndulo.
-          Nos levantábamos a las siete de la mañana, desayunábamos y el técnico nos daba una pequeña charla táctica.
-          ¿Veían videos?
-          No Javier, en aquella época no había videos, lo que se conocía era por ver a las selecciones en vivo, en el Sudamericano o en algún viaje a Europa, pero nadie sabía nada de las selecciones de Asia y África. Aunque los africanos eran bastante troncos y los asiáticos muy fríos. Solo había que temerle a los europeos y a los brasileros.
Desde el primer Mundial en 1930 los resultados se alternaron entre brasileros, uruguayos, argentinos, alemanes, italianos y en una oportunidad cada uno ingleses y franceses.
Siempre hay sorpresas.
-          Los dos meses de concentración fueron tediosos e interminables. El régimen que se aplicaba era el militar. Nos levantábamos a las siete de la mañana, desayunábamos mate cocido con pan tostado y mermelada. Y después, a entrenar.
Contado de esa forma, más que un entrenamiento futbolístico parecía militar.
-          Entrenábamos haciendo ejercicios físicos en plena naturaleza y sin nada de elementos modernos. Al mediodía volvíamos a bañarnos, almorzar y a hacer una linda siesta.
Quién hizo el Servicio Militar, sabe que ese tipo de actividades eran comunes. Pero los chicos nada sabían, o sea que todo el relato les resultaba asombroso, tan asombroso que permitía extenderlo tanto como el tío Rubén quisiera.
-          Así, era el exilio en Neuquén. Nos levantábamos de la siesta a las cuatro de la tarde y otra vez a entrenar. Dos meses con estricto régimen de comidas y entrenamientos, como para llegar al Mundial y ganarlo.
Recién cuando terminaba alguna explicación, los pibes esbozaban alguna pregunta.
-          Tío Rubén. ¿Cómo viajaron a Bélgica?
-          En barco hijo, en barco
-          ¿Y fueron muchos días?
-          Sí chicos, muchos días viendo solamente agua y cielo alrededor. El barco se llamaba “Santa Esmeralda” y lo teníamos todo completo para la delegación. Era un espectáculo, entrenábamos en la cubierta, como si fuera un gimnasio al aire libre.
-          ¿Y dónde desembarcaron?
-          Ehh.....En Bélgica, creo…


Ese tipo de dudas generaban preguntas inmediatas, que con un silencio, gesto adusto y una pitada de pipa enseguida disipaba.
-          Tío Rubén. Cuéntenos como fue el Mundial
-          Miren, el Mundial de Bélgica se caracterizó por el buen fútbol. Pelota al pié, precisión, y goleo. Como nosotros éramos todos cracks, nos sacamos rivales de encima enseguida. Primero fue Escocia, cuatro a cero, con dos goles míos. Después Polonia, uno a cero. Más tarde vino el cuco del torneo Turquía, le hicimos siete, con cuatro goles míos. Pasamos a la siguiente ronda y eliminamos a Francia e Italia. Ese fue mi mejor partido, hice tres goles.
-          ¿Tres goles a Italia? Preguntó Tincho.
-          Sí señor, tres goles a Italia. Uno de tiro libre, uno de penal y el tercero de chilena.
-          ¿De chilena...? ¡Qué bueno! Gritó Javier.
Los pibes denotaban felicidad en su cara. Un gol de chilena no se hace todos los días, por lo tanto merecía una acotación distinta.
-          Fue un centro bombeado de la derecha, lo pasó al marcador y como me quedaba muy arriba, tiré la chilena y salió bien.
Tío Rubén lo contaba como algo normal, pero un gol de chilena era algo épico.
-          Toda la prensa habló de mi actuación, de mi golazo de chilena y tanto hablaron que cuando llegamos a la esperada final con Alemania, duré en la cancha diez minutos.
-          ¿Por qué tío Rubén, lo echaron?
-          Sí me echaron los alemanes. Iban nueve minutos y me hicieron una falta al borde del área grande. Cuando acomodé la pelota para darle al arco, ya sabía que iba a ser un golazo de antología.
Contaba toda la acción como si fuera una batalla, cada detalle era minuciosamente descripto para que cada pibe estuviese en el lugar, ahí donde la pelota hacía la parábola perfecta.
-          Le di con cara interna del botín izquierdo y la pelota dio un recorrido casi perfecto, hasta llegar al ángulo superior izquierdo del arquero, que aunque se tiró con mano cambiada, nunca llegó a tocarla.


Otro épico gol contado por el Tío Rubén, es más, si uno cierra los ojos en medio del relato, y dedica el tiempo a escucharlo, podría sumergirse en el partido y gritar gol.
-          Salimos a festejarlo junto al banderín del córner y en ese momento, cuando todos mis compañeros estaban encima, sentí el terrible pinchazo en el tobillo izquierdo y ya no pude levantarme más.
-          ¿Qué se fracturó el tobillo? Pregunto el pequeño Sergio.
-          Me desmayé y cuando desperté estaba en un Hospital de Bruselas. Me habían operado el tobillo y habían extraído una pequeña bala.
-          ¿Por eso usa bastón, Tío Rubén?
-          Sí hijo, a partir de ese día nunca más pude caminar bien y obviamente el fútbol pasó a ser algo del pasado.
-          ¿Y quién salió campeón del mundo?
-          Nadie, se suspendió el partido por los incidentes, nunca encontraron al que disparó y se declaró el Mundial sin definición.
El timbre sonó en un par de oportunidades, en lo mejor del relato que no valía la pena que sea interrumpido. El papá de Tincho venía a retirar a su hijo, como cada padre haría lo propio con los suyos.
El pequeño Tincho caminaba con su papá rumbo a su hogar, pensativo, con cara de haber escuchado algo interesante.
-          ¿En qué pensás Tincho?
-          En el pobre tío Rubén.
-          ¿Por qué pobre tío Rubén? Repreguntó su padre
-          Porque no pudo jugar más al fútbol. Contestó Tincho.
-          ¿Qué se lesionó?
-          Sí papi, en el Mundial de Bélgica.
-          ¿Qué Mundial de Bélgica, hijo...?


Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"


Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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lunes, 16 de junio de 2014

La Matilde y el fóbal


Qué problema tienen las mujeres con el fútbol. ¿Celos tal vez? Puede ser, no te lo voy a negar. El hombre nace con una camiseta de fútbol y no la abandona hasta que muere.
Es cierto ese dicho que dice: “El hombre puede cambiar de casa, de religión, de mujer, pero nunca de equipo de fútbol”.
No sé a quien se le habrá ocurrido, pero es así. Y eso a las mujeres les cuesta mucho entenderlo. Y si bien cada día van más chicas a la cancha, todavía sigue ese rechazo hacia el deporte pasión de multitudes. Sabés, hay solo una cosa que las mujeres aceptan del fútbol: el mundial.
Son las hinchas número uno. Saben de todo y de todos los equipos. Formaciones, camisetas, los números, quién es el goleador, cómo se enfrentan las llaves. Vos necesitás algo de estadística y ellas lo saben. Pero tanta pasión trae problemas.
Si no me crees, preguntale a Robertito.
Roberto es un muchacho amigo de mi familia, que hace como veinte años se casó con la Matilde, hija del peluquero del barrio. Desde muy pibes se pusieron de novios y fueron un emblema para los vecinos.
Imaginate esos noviazgos interminables. A cualquier lugar donde iba Robertito iba la Matilde. Parecía una sanguijuela llena de amor y compañerismo.
Tanto amor se veía solamente opacado por las peleas de cada Sábado, de cada Domingo.
Chacarita, era muy importante en la vida de Roberto. Tan importante como para dejar de lado ese amor que crecía día a día y que se vería transformado en una hermosa familia. 


Desde muy pequeño, en compañía de su abuelo y su padre comenzó a vibrar en cada estadio donde “el funebrero” se hacía presente, con la típica pasión del futbolero, ese que todo da y nada pide. Ese mismo que con lluvia, frío o sol radiante; con calor, humedad, niebla o granizo,  entrega todo su fervor por los colores de la divisa que heredó en un testamento de amor de sus familiares directos.
Un desapacible sábado de invierno o un calcinante domingo de verano encontrará a Robertito alentando a su querido funebrero, con la fiel estirpe de los seguidores implacables.
En su casa, siendo un exponente fiel de la sociedad machista; su esposa, ama de casa por excelencia, en la soledad de un día de abandono, el día que juega Chacarita. La plancha como compañera, los deberes de su pequeña hija, la ropa para lavar como algunos de los quehaceres que a diario realizaba la Matilde. Y si el mate es compartir, ese día, el día de Chacarita tenía otro sabor, el sabor de la soledad, del martirio del pensamiento, de los celos.
La Matilde es celosa de nacimiento, celosa por naturaleza y Chacarita era el principal motivo de sus celos.
Qué increíble, Roberto era tachero, eso implicaba que mujeres por su vista pasarían de a cientos y se sabe que los tacheros cuentan historias en cada oportunidad que pueden. Historias reales y de las otras. Pero la Matilde no tenía celos de esas presunciones, ella solo tenía celos fóbicos a la camiseta roja, blanca y negra. Como si Chacarita fuera la mujer que compite con el amor de Roberto.
Quizá tenga algo de razón, por eso de dejarla sola tantas veces como Chacarita lo pidiese.
Como el día que nació Valentina, su hija. Justo fue sábado por la mañana, el día del clásico con Atlanta en Villa Crespo.
La alegría del nacimiento, el llanto, los abrazos, los proyectos, las visitas y la huida del sanatorio rumbo la cancha de la calle Humbolt, a cubrir los tablones de fervientes funebreros, en busca de la felicidad plena de vencer al eterno rival del viejo barrio.
Atrás había quedado el ida y vuelta en el pasillo contiguo a la sala de parto, los nervios previos a escuchar a la partera decir que era una nena. Atrás había quedado aquel abrazo con la Matilde y el posterior encuentro con Valentina.
Ese presente con el abrazo fanático con cuanto hincha de Chacarita encuentre a su lado, cuando el nueve metió en forma impecable un tiro libre desde el vértice del área grande.
La enfermedad futbolera no tiene límites en el corazón funebrero de Robertito y la Matilde nunca lo comprendió. Luchó contra ese competidor toda su vida y la verdad perdió siempre.
Sólo cada mundial los unía en un único grito, como si la pasión interna femenina con el fútbol se encendiera cada cuatro años. A Roberto le gustaba eso que la Matilde supiera quien era el dos de Italia o suspirara con el wing de Holanda.
Obviamente si Chacarita hubiese jugado en el mismo horario que la Selección Argentina, el inconveniente hubiese sido mayor, porque no cabía duda sobre que partido tendría más importancia. Para él, no había mejor jugador en el mundo que el que se había puesto la casaca funebrera y para ella eso era inentendible. Por eso de mezclar el patriotismo con la selección, de llorar cuando la bandera nacional aparece por televisión, de ponerse la camiseta para ver el partido en vivo. En cambio Roberto vivía el fútbol distinto, en realidad para él el fútbol era Chacarita y después el resto.
Era cómico verlos mirando un partido de la Selección, ella con la celeste y blanca, y él con la camiseta de Chaca. Daban la sensación de ser una pareja despareja. Por eso no extrañó el desenlace de las cientos de peleas. Porque Roberto era tan futbolero como machista y no toleró el cambio de actitud de la Matilde, el hecho de dejar de planchar sus camisas por ver una entrevista o de recalentar la comida del día anterior porque ese día se jugaban los cuartos de final del grupo dos.
Nunca se tragó ese cambio de roles, de tener que llevar a los chicos al colegio porque a la mañana se jugaba un partido entre Brasil y Croacia.
Pero el mundial pasa rápido y las cosas se acomodan. La vida sigue y Chacarita no cambia su rutina. La Matilde volverá a sus tareas cotidianas, esas que Roberto ve con normalidad.
Quedará guardada la camiseta argentina para otra oportunidad, para otro mundial.
En cambio la casaca de Chaca colgará una y otra vez en la soga, recién lavada, para volver al ritual de ponérsela limpita cada Sábado, cada Domingo.
Ese sometimiento siempre consentido por la Matilde, parecía casi irreversible. Nadie podía suponer que podía cambiar ese estado de somnolencia libertaria que desde el mismo momento de conocer a Roberto, la Matilde había adoptado.
Ese de estar pendiente de sus actos, de aceptar como propia la soledad de los fines de semana, donde era olvidada por el fútbol.
Por eso suena extraño que a días de empezar el Mundial de Brasil, la Matilde haya decidido semejante cosa. Un avance en el pensamiento, en sus ansias de cambio, en la visión externa de una situación límite..
Era casi revolucionario pensarlo, casi utópico imaginarlo.


La Matilde, aquella sumisa esposa que despotricaba Sábado a Sábado, Domingo a Domingo contra el fútbol. Aquella de la soledad del mate sin compartir, de los deberes de su hija y de los deberes de esposa. La misma de la plancha y el lavarropa. De la comida a horario y a punto. La Matilde, el ejemplo de esposa que Roberto había añorado, una mujer para su familia, para su marido, para su hija.
Suena extraño hasta comentarlo, que justo ella, la Matilde, haya abandonado todo para viajar a Brasil a seguir a su querida Selección Argentina.
Justo ella…




Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"


Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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