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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

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martes, 24 de diciembre de 2013

La blancura de la novia


Dedicado a ella (ella sabe quién es)


En la relación con el tiempo cada día parecía contener menos horas y el desenlace parecía precipitarse raudamente. La espera de años entraba en sintonía con los nervios y la alteración de los mismos hacía que cada noche sea distinta en pensamientos, pero afín en la dificultad para conciliar el sueño. Parecía culminar un año redondo, el casamiento estaba cerca y su querido All Boys peleaba los primeros puestos del torneo apertura y faltando seis fechas contaba con chances de salir campeón. Qué año para casarse. Qué año para acercarse a una vuelta olímpica, la primera de la historia en la categoría superior, para alegrar a toda Floresta.
Días intensos de calor sofocante como corresponde para la época y una historia de amor que nació hace tiempo, más precisamente cinco años atrás, la historia de amor de pareja, porque la otra era de nacimiento, era de herencia, de corazón, porque ella y All Boys se amaban desde la gestación, porque sus padres eran del Albo y los abuelos nacieron en Floresta, adoptando a All Boys como su único equipo. Por eso se disfrutaba más esta gran campaña que los codeaba con los grandes y con la gloria deportiva. Su pasión no tenía límites y aunque los preparativos arreciaban y su novio no era amante del fútbol, no perdía oportunidad para concurrir a cada cancha donde el Albo se hacía presente, siempre con su grupo de amigos.
El noviazgo, que como dije, entraba en el quinto año, no era muy común, es más, muchos de sus amigos se preguntaban cómo había resistido a través del tiempo siendo tan distintos. Él era muy romántico, cosa que a ella le fascinaba, culto, inteligente, estudiante de teatro; un tipo muy instruido. Ella también estudiaba teatro (allí se habían conocido) pero tenía como prioridad el fútbol. Al principio hubo cortocircuitos, en épocas del ascenso del Nacional B a Primera, no había salidas los sábados, ya que viajaba a seguir a All Boys a todos lados y los viajes al interior en esa divisional eran frecuentes.


Quizá la mayor discusión la tuvieron un 23 de Mayo, día del cumpleaños de su novio, que se reunió con la familia, mientras ella estaba en el Gigante de Arroyito acompañando al Albo en esa epopeya que fue la promoción ganada a Rosario Central y el ascenso a Primera División. Fue tanta la euforia de los festejos que en el regreso fueron con toda la familia al Estadio Islas Malvinas, dejando el cumpleaños para otra ocasión. En la pelea posterior, en la echada en cara por el faltazo, ella fue muy clara: “Vos cumplís una vez al año, All Boys vive esto una vez cada tanto”. Frase que casi sepulta un noviazgo de más de dos años y que logró separarlos por una semana. Una semana de festejos.
El amor es así, hay veces que no entiende de razones pasionales, el amor entre personas; porque el otro, el futbolero, sólo entiende lo que dicta el corazón…
Estaba claro que ella y All Boys eran un sólo corazón. Por eso lucía orgullosa la camiseta albinegra, por eso su nombre estaba siempre asociado al Albo, por eso esa noche cuando se acostó, cuando abrazó la almohada, cuando empezó a girar buscando una posición para dormir, supo que el Sábado sería distinto y así fue. All Boys jugó su partido de visitante y lo ganó uno a cero. Con la serie de resultados de los punteros y sus seguidores, llegó a la última fecha con chances de salir campeón. El sueño estaba a pasos de ser cumplido. Vuelta olímpica un fin de semana, boda en el próximo y una nueva vida comenzaría.
Pero esa semana comenzaron los conflictos típicos de fin de año, la final se pospuso y con ella la incertidumbre. La probabilidad que jueguen el viernes siguiente era similar a que jueguen el sábado, día del casamiento. Decisión que el Comité Ejecutivo tomó el Martes: All Boys - Vélez Sarsfield en el estadio de Floresta, Sábado 19 horas. El mundo que se vino abajo en segundos y la respiración que se entrecorta y se junta con el interminable llanto. Nadie podría entender su pasión, su amor por All Boys, su sentimiento por el barrio que la vio nacer y por el fútbol que mamó de pequeña. Nadie podría consolar su corazón. Pocas veces se sumerge la vida en una sensación de esta naturaleza y sólo el ser humano futbolero entiende de estas vicisitudes, incomprendidas por el mundo.
Por eso cuando llegó el sábado y se vistió de blanco para cumplir su gran sueño se sintió feliz. Cuando vio que su familia la acompañaba, cuando vio a todos sus amigos con cara de felicidad, cuando entró al Estadio Islas Malvinas, supo que iba a cumplir cuanto el corazón mandaba. All Boys y nada más…


La transpiración se había adueñado de su ser y nunca pudo encontrar una posición que la relajara de su pesadilla, por eso muy temprano decidió levantarse y allí estaba colgado el hermoso vestido blanco, esperándola para cumplir su sueño real. Al pasar frente a él, lo acarició y prosiguió rumbo al baño. Frente al espejo vio su rostro feliz, con sus dos manos tomó el escudo de All Boys que se encontraba en la camiseta albinegra con la que había dormido y lo besó.
El amor es así, hay veces que no entiende de razones pasionales, el amor entre personas, porque el otro, el futbolero, sólo entiende lo que dicta corazón.
Y su corazón era Albo…


Eduardo J Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

   
La imágenes de este cuento fueron tomadas de internet


  
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viernes, 6 de diciembre de 2013

El festejo del Mudo Sarlenga



-          No viejo, pero les digo que él era distinto. ¿Te acordás Chulo?
-          ¡Cómo me voy a olvidar Betito, si gracias a él, tuve la máxima satisfacción que me dio el fútbol!
-          Yo también gocé muchachos, ese momento que cuenta el Chulo, lo gocé como nunca.
La vieja y repetida historia del “Mudo” Sarlenga, recorrió todos los bares capitalinos y hasta fue nota de un importante medio periodístico nacional.
Nadie olvidará aquel día de lluvia; nadie, incluido el “Mudo” Teófilo Sarlenga.
La verdad, que con todos los inconvenientes y operaciones que había soportado de pibe, era verdaderamente un día para no olvidar, por tanta emoción vivida.
Es que la lluvia hacía estragos en la humanidad de los veintidós jugadores y el árbitro Máximo Solarriaga. No era común que un partido se desarrollase bajo semejante diluvio.
Pero hay una teoría, los clásicos jamás deben suspenderse, y ese día se llevó a cabo dicha teoría.
Los años de profundas diferencias entre los dos pueblos vecinos se dirimían ahí, en una cancha de fútbol. La Liga del Noroeste, poseía clásicos inolvidables, San Carlos – Belgrano, Estrella Fugaz – Martiniano Veiga; pero el clásico entre Justiniano Duncan y el Sportivo Verá, era casi centenario.
Y si uno piensa que entre Justiniano Duncan, un pueblito de tres mil habitantes y Dique Verá, el vecino de tan sólo tres mil doscientos diqueños, existían sólo tres kilómetros de distancia, imaginará los diversos motivos que generaba tal enfrentamiento.
“Los duncanos”, apropiándose de las fuentes de trabajo del mismísimo Dique o “los diqueños” utilizando las aulas de la Escuela Nº 32, “Saturnino J. Duncan”.
Enfrentamientos por mujeres, por dinero; por cuanto motivo sea compartir un lugar común.
En Dique Verá se encontraba el Balneario Municipal y en Justiniano Duncan, la Sala de Primeros Auxilios.
Todo era disputa, y si de disputa se trataba, el fútbol no se quedaba atrás.
Los últimos diez clásicos habían sido ganados por Dique Verá y de esos diez enfrentamientos, cinco terminaron a las trompadas.
Ese día de lluvia torrencial, no sólo se dirimían historias amorosas, deudas económicas o problemas limítrofes. Ese día del diluvio, no sólo se jugaban cuestiones sentimentales o el partidismo del Intendente, un “diqueño” de pura cepa; sino que se definía la Liga del Norte.
Sportivo Verá, puntero invicto del campeonato, defendía el título e iba en busca del penta campeonato. Su escolta, el Club Recreativo Justiniano Duncan, visitaba a su eterno adversario, ubicado sólo a una unidad de la punta.
La mínima diferencia seguramente se debería constatar en la cancha, aunque el pueblo “duncano” esperaba que su eterno adversario, recibiera los favores del Intendente.
Para evitar suspicacias, el Doctor Jaime Nardoza, intendente reelecto por quinta vez al frente de la Municipalidad que aglutinaba ambos pueblos, contrató los servicios de un importante árbitro provincial: Máximo Solarriaga.
El estadio General Nardoza (legendario militar bisabuelo del Intendente), estaba completo, los medios gráficos calcularon aproximadamente cuatro mil personas. Tres mil doscientos “diqueños” y ochocientos estoicos hinchas del Justiniano.
Ya desde temprano, el aguacero fue impresionante y las graderías, los alambrados, los techos aledaños, los árboles y hasta los camiones que transportaron a los hinchas duncanos, se vieron enteramente colmados.
En el Sportivo Verá jugaban los legendarios Antonieti y Lozano, que poco tiempo después formaron el ala izquierda de un importante equipo de la Capital. Justamente el wing izquierdo, Lozano, era el goleador del campeonato.
En cambio en Justiniano Duncan, eran once laboriosos e ignotos jugadores, que pasaron inadvertidos para el fútbol profesional.
Todos, menos justamente Teófilo Sarlenga.
Pobre Teófilo, había pasado las mil y una durante su infancia y su adolescencia; hasta había viajado a la Capital para operarse las cuerdas vocales; pero nada, jamás pudo decir una sola palabra.
“El Mudo” era suplente del Bachi Botaro, el goleador del Justiniano. Pero el muy adoquín, faltando tres fechas para el final, le ensartó un tremendo ñoqui al juez, por lo que fue suspendido por dos años.
El partido siguiente lo reemplazó Pedro Santoro, que hizo el gol del triunfo y en el festejo, el “salame” se desgarró. Allí surgió la oportunidad del Mudo Sarlenga.
Ya desde el inicio, tanto el barro como el árbitro lograron su cometido, generaron un partido trabado. El empate era victoria para el Sportivo y al Justiniano sólo le quedaba una opción, ganar.
Encima de males a los diez minutos de juego, el Flaco Solórzano, nuestro half derecho se cortó con un botellazo que cabeceó, proveniente de un centro tirado desde la tribuna local, con una de tinto medio llena; teniendo que abandonar la cancha raudamente, rumbo al Hospital de Justiniano Duncan.
La cosa aún empeoró cuando se desgarró nuestro wing derecho, el Piti Monsalvo.
Iban veinte minutos de juego y el Justiniano había realizado las dos variantes permitidas.
Para continuar la mala racha, faltando dos para terminar el primer tiempo, un mal despeje del Turco Solchaga, fue a parar al pié izquierdo del zurdo Lozano, quien implacable selló el 1 a 0.
Así fueron al descanso, con el marcador por la mínima diferencia a favor del cada vez más puntero del campeonato, el Sportivo Verá.
Hay que imaginar el festejo de los “diqueños”, que a medida que pasaban los minutos, cada vez parecían más. Hasta la sonrisa y los gestos demagógicos que dibujaba el Intendente, desde el Palco de Honor.
No había dudas, la cosa para Justiniano Duncan, sonaba a mera hazaña, sólo un milagro cambiaría la historia, que parecía escrita de antemano.
Para proseguir con una tarde negra, a los cinco del segundo, en un rapto de impotencia el Turco Solchaga, nuestro “golquiper” le puso una terrible tranca al hábil Antonieti, situación que fue aprovechada por Solarriaga, el juez más bombero que conocí en mi vida, para dejarnos con diez hombres.
El Chulo González, con el buzo de arquero, tomo la posta del Turco y la verdad lo hizo bastante bien.
Uno a cero, con diez hombres, sin cambios y chapoteando en un verdadero fangal, la historia parecía imposible de revertirse.
Pero en el fútbol, siempre hay un pero. La única vez que pasamos la mitad de cancha, el pibe Farías, uno de los ingresados, colgó la pelota en un ángulo, y a cobrar.
Uno a uno y la cosa pintaba distinta, tan distinta que los gritos que se escuchaban provenían de la tribuna colmada del visitante, que en la cancha eran franca minoría.
¡Justiniano, Justiniano! El aliento bajaba como una ola imaginaria, desde la tribuna, y contagiaba a los jugadores visitantes.
Los “diqueños”, aspirando a mantener el empate, se amontonaron atrás formando dos hipotéticas líneas de cinco jugadores.
Jugando gran parte del segundo tiempo en cuarenta metros, con el heroico ataque del Justiniano y la estoica defensa del Sportivo, comenzaron a producirse los roces arteros, fricciones intencionales y foules innecesarios.
En uno de los tantos avances del diezmado conjunto visitante, el “Mudo” Sarlenga ingresó al área, encaró a los centrales, provocando que ambos, al mismo tiempo, lo levantaran arteramente por el aire. Tal fue el golpe, que el Mudo con un clásico gesto de grito sin voz, cayó provocando un desparramo de barro, agua y pasto.
Acto seguido, el Morsa Casano fuera de sí, le puso un mandoble en la cara al “fullback” derecho y el muy atorrante de Solarriaga, que ya les dije era un bombero, le muestra la roja. Y para completarla, del penal al Mudo, ni hablar.
Partido liquidado, diría un conocido relator. Los muy perros del Intendente y sus secuaces, festejaban alborozados un empate casi sellado.
La cosa cada vez era más cuesta arriba para los de Justiniano Duncan. Once contra nueve. En realidad, doce contra nueve y las piernas que ya no respondían.
Por eso decía al comienzo, que jamás el pueblo “duncano” olvidará ese día. El pueblo y el mismísimo Sarlenga; que a los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo, a los ochenta y ocho del partido, con la cancha totalmente embarrada, con las piernas que le temblaban de cansancio, con toda la fiesta local armada, arrancó desde su campo dejando rivales y guadañazos en el camino, dribleando con la pelota corta haciendo patito, amagando hacia uno y otro lado. Todo un campo lo separaba del arco del Sportivo Verá, un campo interminable. Y cuando salió el arquero, suavemente, la picó por encima de su cabeza, describiendo una hermosa parábola, que terminó con el balón entrando lentamente en el arco local.
Nunca nos vamos a olvidar de ese día, un inolvidable día para Justiniano Duncan.
Un inolvidable día para Teófilo Sarlenga y su loca carrera rumbo a la historia, emulando a un imaginario héroe en una desapacible tarde de fútbol.
La inolvidable imagen del festejo del Mudo Sarlenga gritando el gol de su vida, como un verdadero soprano.

Eduardo J. Quintana
del último libro "de fútbol y barrio"

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@ejquintana010


miércoles, 18 de septiembre de 2013

Como David y Goliat



En el parque no existen los dueños de los espacios libres y menos, si estos tienen un árbol para hacer de palo o un espacio para poner una botella, la muda de ropa o bien la mochila, contando siete pasos, entre uno y otro, siete pasos que representarán los arcos de esas maravillosas canchas de fútbol ficticias e imaginarias, donde no existe el área grande, menos el semicírculo y donde la pelota “se va”, cuando parece alejada, o cuando termina el cantero y empieza la civilización de piedritas de ladrillo rojo o donde caminan los no futboleros y los incipientes ciclistas de ciudad. Las hay oblicuas; anchas y cortas o muy angostitas y tremendamente largas. Pero indudablemente las complicadas, son las que tienen algún estorbo en el medio, un árbol, alguna columna de luz y ni que hablar las que lindan con alguna pared, donde no hay laterales.
Por eso, en el parque, hay un sitio que aunque esté seco o embarrado, llueva o haya un sol que resquebraja la tierra, de mañana o de tardecita, siempre está ocupado. Es más bien en el centro, cerca de los juegos para pibes, un poquito tirado para el lado de la avenida. No sé, tendrá sesenta metros por veinticinco y forma un hermoso rectángulo, sin árboles, con pasto a los costados y sólo tierra en el centro. De una cabecera una torre de iluminación y una palmera, a pleno sol; de la otra cabecera, un plátano y nada más. Ese nada más era el palo imaginario formado por las pertenencias o por alguna botella plástica, aunque esta última  no era muy conveniente, debido a que el “chutazo” al palo, tiraba al diablo la botella y daba lugar a discusiones estériles, que terminaban siempre mal. La altura del arco era otro dilema, porque si el arquero era bajito el travesaño virtual era bajo y al revés, si el arquero era lungo. A lo ancho, la canchita llegaba hasta la línea ilusoria de un ombú, y en el opuesto, al camino de cemento donde se encontraban los bancos de madera con respaldo, donde solía sentarme a mirar los interminables partidos a “doce” y las revanchas a “seis”, mientras tomaba unos mates en la sombra. Los días de semana esa era mi platea preferencial; porque los sábados y domingos, el parque se llenaba y me tenía que resguardar bajo la sombra del ombú, justo del otro lado.

Hoy vi un partidazo de pibes chicos, que se yo, trece, catorce años. Tenían un arquero maravilloso, con un buzo que le quedaba enorme, un defensor que sacaba todo y un zurdito que me endulzó el mate. Ganaron como cuatro partidos seguidos y el uno se cansó de sacar pelotas. Encima jugaban con una de esas que parecen un globo, livianita, con los gajos abiertos, que parece que en cualquier momento se va a reventar.
En un momento determinado cuando faltaban tres goles para terminar el cotejo, aparecieron unos pibes más grandes y haciéndose los capangas del lugar, se pusieron a pelotear, mientras los más chicos intentaban seguir jugando. En un momento, un grandote con la camiseta número 10 de Independiente, pateó la pelota tan alto que la clavó en la horqueta del árbol que hacía las veces de palo.
-       ¿Qué hacés salame, le gritó el arquero? Mientras lo encaraba
-       ¿A quién le dijiste salame? Se acercó el grandote con cara de pocos amigos.
-       ¿Te lo dije a vos amargo, o ves otro salame?
Parecía guapo el arquerito que tenía una camiseta que decía Gato en la espalda, pero cuando estuvieron frente a frente, cara a cara, se notó la diferencia de edad y estatura. Pero el “Gato” ni se inmutó.
-       ¿Por qué colgaste la pelota en el árbol?
-       Porque se me antojó. ¿Por qué hay algún problema? Le respondió el “símil del Rolfi”
-       Problemas no, porque los pibes ya la bajaron, pero me parece que sos un poquito grandote para hacer esas pavadas.
Yo miraba todo desde el ombú, donde me había ubicado luego del tercer partido, hasta que en un momento que la cosa se había puesto más violenta, se me ocurrió intervenir.
-       Che diez….
No recibiendo contestación alguna.
-       Che diez, a vos te hablo, no te hagas el sordo. ¿No te das cuenta que los pibes están jugando?
Un silencio sepulcral se apropió de “la canchita”.  Nadie contestó la afirmación de un hombre grande, quizá por respeto, quizá porque no había contestación lógica posible. Mientras volví a aportar.
-       Por qué  no lo dirimen con fútbol
-       ¿Con un partido? Preguntó el arquero de los más grandes
-       No, en una serie de cinco penales. Contesté, viendo la poca viabilidad que había, que un partido termine sin violencia.
-       ¿Serie de penales? Preguntó el tal “Rolfi”
-       Sí, cinco penales cada equipo, en el arco del árbol y el bolso que tiene sombra…¿Les parece bien?
Se miraron y ambos equipos asintieron.
-       Lo único que le pedimos es que usted haga de juez. Acotó el arquerito apodado “Gato”, intentando equilibrar un futuro hecho de violencia.
Designaron los cinco shoteadores y sortearon quien comenzaría y con qué pelota patearían, si con la último modelo que tenían los grandotes o con la desvencijada con las cual jugaban lo chiquitos. 


Ganó el sorteo el equipo “rojo” quien decidió comenzar atajando. Como para matizar el sorteo, pregunté:
-       ¿Cuál es el nombre de los equipos?
-       Los Villeros. Contestó el chiquito.
-       No tenemos nombre. Aseveró el “Rolfi”
-       Bueno entonces, los Villeros y…”los del Rolfi”
Y allí fueron al arco del plátano. El Gato se frotaba las manos. Conté los doce pasos, hice una marca con una rama y coloqué la pelota. Acomodó el central de los “Villeros”, tomó carrera y con mucha calidad la puso al lado del bolso. Un grandote con la camiseta de Peñarol y el número dos en la espalda. Tomó carrera y gol.. Uno a uno. Y así siguieron alternadamente. Cuando hacían el gol los chiquitos, también lo hacían “los del Rolfi”, y cuando lo erraban unos, también lo pifiaban los otros, hasta que llegaron al quinto penal. Para los “Villeros” se preparó el arquerito, lo esperaba agazapado el guardavallas de los grandes, tomó larga carrera y le pegó fuerte, muy fuerte al palo izquierdo, el balón impactó en el tronco del plátano, caminó por la imaginaria línea y pegó contra la mochila, volando esta e ingresando lentamente en el arco. “Los del Rolfi” ensayaron una tímida protesta por la voladura de la mochila que hacía de palo, pero concedí el gol, desestimando cualquier irregularidad.
Llegó el turno del diez, quien acomodó la pelota, tomó una larga carrera, se acomodó los cordones, se subió las medias, ante la atenta mirada del Gato, que esperaba cruzado de brazos. Tres, dos, uno y “el Rolfi” que impacta la pelota con una violencia inusual, muy de abajo y no me pregunten qué pasó, porque les juro que no lo vi. La pelota en el momento del impacto con el botín o cuando pegó en la corteza del árbol se reventó y el cuero cayo mansito en los brazos del Gato, quien salió corriendo a abrazarse con sus compañeros, ante la impotencia del grandote número diez.
No hubo quejas, porque no hubo tiempo, los Villeros levantaron en andas a su arquero, el pequeño David había vencido a Goliat y así se fueron, festejando con gran algarabía y grandeza. La cancha quedaba vacía, los Villeros se iban sin su pelota desvencijada, pero con toda la felicidad a cuesta. Los del “Rolfi” también se retiraron entre discusiones y reproches. Yo, íntimamente festejaba, mientras preparaba otro mate para esperar el próximo partido que se estaba armando.

Así es el fútbol y aunque parezca milagroso, hay veces que David y Goliat, tienen hasta la misma estatura futbolística.

Y la verdad, ese es el fútbol que más me gusta…


Eduardo J. Quintana
@ejquintata010

domingo, 4 de agosto de 2013

La vocación de Britos




Recuerdo esa imagen mientras me hamacaba en los juegos del Parque Chacabuco, con la mirada fija en los altos edificios de la calle Asamblea, con sus balcones llenos de macetas. Estructuras modernas, de diversas características, con infinidad de colores y reflejos que hacían el deleite de los estudiosos. Tenía nueve años y pasaba horas enteras mirando edificios, iglesias, museos. Los otros chicos jugaban a la guerra, al papá y a la mamá; al doctor y yo jugaba a ser ingeniero.
Ingeniero Civil, esa era mi verdadera vocación. Aprendí a revocar a los once años, cuando mi papá llamó a unos albañiles para refaccionar nuestra casa y yo pasaba horas enteras a su lado alcanzándole las herramientas, llenándole lo baldes de mezcla.

Ahora fijo la mirada en aquellos obreros que están trabajando bajo el sol en la terrible torre que están haciendo sobre la calle Miñones. Deben estar por el piso ocho o nueve, quitando las maderas de la loza. Ya hay partes donde están alzando las paredes, mientras el sol les pega de frente.

Cuando entré al secundario, obviamente a una escuela técnica, fui un alumno aplicado al máximo. Sabía positivamente que para ser un gran ingeniero, primero tendría que estudiar mucha matemática, física y debía aprender a dibujar, a proyectar. Demás está decir que Taller era mi materia preferida y a medida que llegó la especialización, más a mis anchas estaba. Los años iban pasando y mi vocación se iba reflejando en mis notas escolares.

Seguramente ese de jean y camisa con gorro blanco debe ser el arquitecto que está revisando la nueva loza o bien puede ser el ingeniero o el dueño de la constructora, que con lápiz y anotador en mano está verificando que esté todo en orden. Es increíble, va subiendo piso por piso, revisando cada parte de la estructura de hormigón, que envidia me da saber que podría ser tranquilamente yo quien estuviese en su lugar.

Nunca me voy a olvidar el día que me recibí de Maestro Mayor de Obras, la alegría que tenían mis viejos. Fui el mejor promedio. Sabía que era el preferido de todos los profesores. Mi carrera universitaria empezaba a delinearse detrás de la perseverancia. Mientras mis amigos jugaban al fútbol o hacían algún otro deporte, yo leía libros de construcción, libros de cálculos y comencé a interiorizarme y a estudiar sobre la construcción medieval.

Cada uno de los edificios que se esgrimen en el horizonte de Belgrano tienen lo suyo, hay torres muy modernas con esos espejos tornasolados que resaltan aún más con el reflejo solar, hay diferentes tipos de tanques de agua, hay balcones enterizos compartidos, hay balcones individuales y hasta los hay, horriblemente, sin balcones.
Cada arquitecto viene con su librito bajo el brazo, cada constructora se adapta a las necesidades del inversionista, pero todos, absolutamente todos los edificios, ya sean de varios pisos, torres o simples casas de bajo, tienen lo suyo.

Cuando estaba en cuarto año de ingeniería, con una beca que me otorgó el gobierno, viajé a España, Italia y Grecia para estudiar las distintas corrientes y estilos de construcción. Ingresar al Coliseo, a la Capilla Sixtina, al Partenón e imaginar tanta historia resumida en paredes de concreto, no tiene ni precio ni explicación.
Cuando volví de esa gira mi cabeza había hecho un clic, no sólo porque había conocido parte de la historia de la arquitectura antigua, sino porque también había conocido el amor. Una napolitana llamada Giuliana, guía en uno de mis viajes, hermosa ella, morocha de ojos verdes que vino a vivir conmigo al país para forjar un futuro en conjunto y que también caminó a mi lado en mi crecimiento profesional.
El estudio fue mi vida misma y Giuliana fue el broche de oro a esos años de progreso, hasta que un día nuestra relación se opacó y decidió retornar a su Nápoles natal.

El sol comenzaba su declive, una leve brisa corría de sur a norte, más o menos transcurría el minuto treinta y cinco y mis ojos quedaron varados en el horizonte imaginando el eclipse que produciría el sol con el edificio en construcción que ya empezaba a vaciarse, cuando de repente un estallido de voluntades estoicas que gritan Goool….Goool… y comenzaron los abrazos y las muestras de gratitud, y el técnico que me grita:
-          Dale Cholo, llevale agua a los pibes que están cansados

Y allí entré corriendo con el bidón en mano, a saciar la sed de los jugadores que exhaustos daban hasta la última gota de sudor para ganar el partido.
La vida me golpeó; las mujeres, la bebida, el juego, la soledad, las malas juntas, dejaron trunca mi carrera de ingeniero que abandoné cuando se fue Giuliana. Y acá estoy ahora dándole una mano a mi querido Verde de Bajo Belgrano, haciendo de saciador de sed, que les digo también es una vocación, desde la mismísima época de la esclavitud cuando el aguatero saciaba la sed de los gladiadores, que combatían en los circos de Roma y todo su imperio……
Mientras el sol se escondía detrás de la obra en construcción y desde las tribunas se escuchaba el resonante… Cursionistas…Cursionistas!!!!



Eduardo J. Quintana
del libro "Cenizas de la vida" 



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