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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




domingo, 16 de julio de 2017

El premio era una Plastibol



-          Te cambio las de Santoro y Raimondo, por la de Quique Wolff.
-          ¡No, ni loco!
-          Dale no seas malo, te doy las de Santoro, Raimondo y el Lobo Fisher.
-          ¡Te dije que no!

Y me fui enojado en busca de otros chicos que tuvieran la figurita que me faltaba para completar la colección de fútbol.
Solo me faltaba una, para llenar los tres álbumes que coleccionaba en ese momento. Uno era de River y Boca, y lo tenía lleno desde hacía tiempo. El otro, Huracán y San Lorenzo, también completo. Solo me restaba llenar el álbum de Racing, vaya paradoja, justo el equipo del cual era hincha fanático.
Cada vez que pasaba por el frente del kiosco, me detenía a mirar los tres premios que se entregaban. Por uno lleno, te daban la Pulpo de goma; por dos, una Plastibol y si llenabas los tres, te premiaban con la pelota de cuero.
Era hermosa, con gajos hexagonales rojos y blancos. Número cinco de cuero fuerte y cosida a mano. Lo reitero, era una belleza, grandota y como toda pelota nueva, mantenía el cuero liso y suave. A mi paso sentía que me llamaba, parecía que deseaba que fuera yo quien jugase con ella.
Pero el tiempo pasaba y no encontraba la figurita que necesitaba para llenar el querido álbum.
Pensé varias veces en canjear los dos completos por la plastibol blanca, pero no me daba por vencido y no quería sufrir el desaliento que producía saber que no podía completar, justamente, el de mi querido club.
Quique Wolff era un ídolo para mí y para muchos. En mi caso, jugaba con la camiseta número cuatro en la espalda por admiración hacia él.
Así que el desafío de llenar el álbum era doble, diría triple. Tendría la figurita de Quique, el equipo de Racing completo y mi pelota de cuero profesional.
Me imaginaba con la redonda de gajos hexagonales en el aire, bajándola con el pecho suavemente, hasta llegar a mi pie derecho, para terminar metiéndole un terrible “chutazo” al ángulo o quizá, pegándole como Quique en un tiro libre, poniéndola lejos del arquero que volaba infructuosamente.
Es que con la Pulpo todos éramos fenómenos; en cambio con la Plastibol cuando le querías pegar con chanfle, nunca agarraba el efecto. La de cuero era otra cosa.
Le pedí mil veces a mi viejo que me compre figuritas y así lo hacía. Pero al abrir los paquetes, las figus rectangulares pasaban a engrosar la “pila de las repetidas”, que eran tantas como para llenar varios álbumes.
Mi viejo constantemente me repetía: "Si juntase todo el dinero que gasté en figuritas, te compraría una docena de Pintier de cuero”. 
Pero en realidad, el placer que significaba completar el álbum para recibir a cambio la pelota, era el verdadero desafío.
Por momentos, atinaba a darme por vencido y cambiar los dos llenos por el balón plástico; pero cuando salía del colegio y pasaba por el kiosko, sentía una atracción especial por de la de cuero, que hacía que siguiese intentando la proeza.
Un viernes en su vuelta del trabajo, papá me trajo cinco paquetes de figuritas, asegurándome:

-          ¡Tomá, son las últimas que te compro, eh!

Abrí el primer paquete y todas repetidas; en el segundo y el tercero, lo mismo. El cuarto paquete lo abrí con bronca, como presintiendo que se repetiría la escena. Y la acción se repitió.
A mi lado, mi papá contemplaba la situación y la mueca de tristeza que presentaba mi rostro.
Por eso tuvo el atrevimiento de sacar de mis manos el último paquete, agregando:

-          ¡Este paquete lo abro yo...!

Un suspenso se apoderó del ambiente. Muy lento y prolijo como hacía todo, abrió un lado, arrancando la clásica tirita que surge de la apertura del paquete.

-          Onega. Dijo en la primera.
-          Potente
-          Avallay. Dijo con la tercera en la mano y yo que me daba por perdido.
-          Wolff
-          ¿Quique Wolff...? Pregunté a los gritos.
-          Sí, Quique Wolff, el rubio que juega de cuatro en Racing.

Lo abracé como si hubiese ganado el premio mayor de la lotería.

-          Gracias papá, gracias, porque es la figurita que me faltaba para llenar el álbum.

Tomé la cola de pegar y realicé la acción que venía imaginando desde tiempo atrás, pegar prolijamente a mi ídolo Quique Wolff.
Una vez completos los tres equipos, coloqué mi nombre y apellido sobre la línea punteada, me dirigí a retirar la pelota número cinco de cuero con gajos hexagonales del kiosco, escena que soñé siempre  y realicé con total alegría.

-          Hola Don Evaristo
-          Hola pibe. ¿Qué buscás...?
-          Vengo a cambiar los álbumes por la pelota de cuero.
-          ¿Tenés los tres completos? Alcanzámelos muchachito.

Y procedí a entregarlos en mano, suponiendo que los sellaría y me los devolvería. Esa era la regla que normalmente se utilizaba, uno entregaba las figuritas, el kiosquero las sellaba para que no se vuelvan a utilizar y las devolvía en perfecto estado.

-         San Lorenzo – Huracán, completo. River – Boca, completo. Racing - Independiente,       completo. ¡Muy bien, pibe!
-          ¿Le puedo pedir un favor, Don Evaristo'
-          Claro pibe. ¿Qué necesitás?
-          Si lo tiene que sellar, trate de hacerlo del lado del equipo de Independiente.
-          No pibe, lo tengo que sellar por equipo. Me contestó el kiosquero
-          Ah, que lástima. Bueno aunque sea déjeme libre la figurita de Wolff.
-          ¿Y para qué, nene?
-          Por si algún día lo veo.
-          ¿Sí lo ves, qué? Me preguntó intrigado Don Evaristo.
-          Si lo veo, le pido que me autografíe la figurita. Le dije al kiosquero, mientras de reojo miraba la número cinco, que estaba en la vidriera.
-          Pero pibe, el álbum me lo tengo que quedar.

Un frío recorrió mi espalda, un sudor apareció en mi frente. Mi cara empalideció de tal forma, que Don Evaristo se asustó.

-          ¿Qué pasa pibe, te sentís mal?
-          No Don Evaristo, ignoraba que el álbum se lo quedaba usted.
-          Si muchacho cambiaron las reglas, ahora vos dejás los álbumes y te llevás la pelota de cuero.

Y ahí me fui, no tan contento, pero con la frente alta de haber cumplido el cometido.
El sábado con mi papá fuimos a jugar al fútbol al parque, él atajaba y yo pateaba los tiros libres, como Quique Wolff, el mismo de las figuritas.  La pelota chanfleada siempre se me iba por arriba del travesaño. Era difícil con la Plastibol darle el efecto justo.
¿Las figuritas...? Las tengo guardadas y juro que cuando lo vea a Quique le voy a pedir que me la autografíe.



Eduardo J. Quintana
  Del libro "Pasiones de pibe"
@ejquintana010

 "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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miércoles, 29 de marzo de 2017

Con la ilusión en ascenso – Segundo Tiempo

Muchas cosas han cambiado en la vida de Julieta Ramírez, el haber crecido, haberse casado, armado su propia familia, comprado su casita y haber tenido un hijo. Otras tantas han cambiado en el entorno, en la ciudad, en el barrio, en el tren que siempre utilizaba, en la educación de la gente, en los espectáculos que se ven en el fútbol, dentro y fuera del campo de juego.
Tan solo veinte años habían pasado de la última vez y pareciere toda una vida. Al principio le costó acostumbrarse a dejar de ir a ver a su equipo, fueron tres años ininterrumpidos, en épocas donde se podía ir a la cancha tanto de local como de visitante y en la cual se vivía una previa familiar importante con viaje incluido. Esos inolvidables periplos en colectivo, tren o eventualmente en micro, donde podían contarse todo lo que quizá no se hablaba en la semana por falta de tiempo.

Quizá por eso la mirada perdida en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Con el recuerdo en la memoria de la primera vez de la mano de su papá Alberto, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; hasta llegar al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol.

Quizá por eso lo llevaba junto al pecho y lo apretaba con los dos brazos, haciéndolo suyo, haciéndole sentir los latidos del corazón, al compás del constante ronroneo del tren que se desplazaba a gran velocidad, como la vida misma.

Aquellos años gloriosos en que se abrazaban en cada gol como si fuera propio y aquella inolvidable vuelta olímpica en el ansiado ascenso familiar que vivieron juntos, de la mano. Infaltables en cada partido, papá Alberto y su hija Julieta, hasta que la salud del papá empezó a teclear.

Quizá por eso las dos camisetas eran una, los dos corazones eran uno y las dos pasiones eran consecuentes a la locura. Las estaciones iban pasando como los años y la vuelta estaba ahí cerca.

También recordar la mala, la tragedia deportiva y la otra, la que marcó a Julieta para toda la vida, la larga enfermedad de Alberto, junto al descenso de su equipo, como un destino cifrado por la maldad de la vida misma. La partida de ese padre, ese compañero, ese amigo que dejó una huella imborrable y una irrecuperable sensación que con él, había muerto el fútbol para siempre. Que ya nada sería lo mismo.

Quizá por aquellas sensaciones vividas en el ayer junto a su padre. Sensaciones que se repiten con su pequeño hijo y que asombran por su similitud. Imágenes repetidas. Preguntas reiteradas y la modernidad de los trenes que modifican el paisaje interior, mientras el exterior pasa raudamente como los recuerdos.

Se había olvidado del fútbol, de aquellas salidas inolvidables con su padre, de aquella mano áspera que la apretaba ante el peligro y la acariciaba ante el desasosiego de la derrota. De aquel descenso inexplicable y sobre todo de la enfermedad que impidió ver la vuelta juntos.

Quizá porque la distancia se acortaba y el reloj se aproximaba a la hora del inicio, el corazón de Julieta palpitaba como nunca, cuando el tren detuvo su marcha y bajó en la estación esperando el saltito de su hijo como si fuera el propio, tomándolo de la mano para recorrer el andén.

La radio fue su compañera mientras se ausentó de las canchas y la camiseta, su vestimenta mientras escuchaba los partidos. El amor llegó tan rápido como se fue y con él un regalo de Dios, Joaquín. Con ese hijo se exaltó la pasión por los colores y el legado familiar. La búsqueda por el ascenso se hizo karma y hubo que esperar seis años para lograrlo.

Quizá por eso al salir de la estación de trenes, la brisa que rozó su rostro, corriendo esa lágrima que surcaba la comisura de sus ojos. Una mezcla de nostalgia y felicidad se unían en una expresión única y alguna vez repetida por ella misma y otro protagonista.

Seis años después del nacimiento de Joaquín y ante la gran posibilidad de ascender a la categoría que jamás debería haber abandonado, fue que su hijo con la camiseta puesta instó a su madre a volver a una cancha de fútbol y la resistencia fue nula.

Quizá por eso fue que recorrió las mismas cuadras de la mano de su hijo, que decenas de veces caminó de la mano de su padre, pero esta vez con un llanto de emoción, con un dejo nostalgioso de aquellos hermosos momentos vividos. Recuerdos que ahondaron en su corazón cuando vio cerca la entrada del estadio, aquella que muchísimas veces cruzó de la mano de su padre.

Cuando llegó el día del partido por el ascenso, sintió la necesidad de complacer a su hijo que sería como complacer a su padre y realizó aquella rutina hasta llegar al tren, sentarse en la ventanilla y perder su mirada en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Quizá fue por que comenzó a palpitar el corazón con ritmo frenético cuando de la mano de su hijo Joaquín, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; llegó al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol con esa ilusión de ascenso que presagiaba felicidad plena, tanto en la tierra y como en el cielo…


Eduardo J. Quintana 
@ejquintana010
 
del libro "Con la ilusión en ascenso - Segundo Tiempo"
 
 
 



"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
 
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