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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




domingo, 24 de abril de 2016

La lección de Giragós

Dedicado al compañero E.K.

Cosas impensadas. Jamás imaginaría el Barón Donabed allá en la vieja Leninakán natal que muchos años después su nieto Giragós daría una lección al mundo. Una magnífica lección de amor al prójimo en una tierra tan lejana y con costumbres tan disímiles.
El fútbol es muchas veces prenda de unión y muchas otras de discordia. El amor intercambia con el odio algunos aspectos del juego en su faz humana y se retroalimenta en la pasión que cada hincha impone por sus colores.
Cuando Arakel Sargissian, hijo de Donabeb, llegó a la República Argentina, se enamoró de dos cosas de Cecilia y del fútbol. Villa Gobernador Gálvez, en las afueras de la Ciudad de Rosario, fue el lugar para edificar una familia numerosa. Mujer y cinco hijos. Cuatro de ellas niñas y el único varón al que llamó Giragós. El único hombrecito, el menor, el mimado de sus hermanas. Inteligente, simpático, gran bailarín y por sobre todas las cosas un increíble jugador de fútbol.
Comenzó dando sus pasos en las divisiones menores del Club Atlético Coronel Aguirre, jugando de marcador central. Desde pequeño tuvo un elegante andar, toque sutil y un cabezazo perfecto.
Muy poco tiempo le llevó escalar divisiones y debutar en primera con solo diez y seis años. Jugaba con tipos que lo duplicaban en edad y crecía partido a partido.
Pero algo cambió en su vida futbolera, la finalización de la temporada trajo aparejado el retiro del Gordo Santiso por lo que el rojiverde contrató un marcador central de origen turco. Kemal Hasan Turán, un jugador rudo dentro y fuera de la cancha.
El armenio y el turco, uno jugando al lado del otro y toda una historia detrás que presagiaba una tormenta. Las miradas se cruzaban feas. Las diferencias se marcaban dentro de la cancha entre la elegancia de Giragós y la solvencia de Kemal. Uno salía jugando y el otro la revoleaba. Los hinchas estaban repartidos, el turco tenía agallas y despliegue. El armenio era la síntesis del fútbol.
Aquella premonición llegó en medio de un partido cuando Giragós salió jugando del fondo con cabeza levantada, con toque sutil para Kemal que intentó dominarla y la perdió con el nueve contrario quien encaró a Giragós, dribleándolo por la izquierda, no dejándole otra opción que cometerle penal, último hombre y expulsión.
Cuando el árbitro mostró la roja, la mirada del armenio fue directamente a los ojos de Kemal, quien lo desafió con un – Eso pasa por salir jugando
El pibe no esperó a llegar al vestuario, le surtió un golpe de knock out al pobre Turco que quedó tendido en el piso. Fue el comienzo de una guerra sin cuartel que desembocó en la partida de Giragós a jugar un año a préstamo a un club de Bell Ville.
Previo al pase y hasta cumplir la suspensión de casi diez partidos, Giragós Sargissian, el elegante marcador central, viajó con dos de sus hermanas a la ciudad natal de su padre, que había cambiado el nombre con la disolución de la Unión Soviética, la Capital de Shirak, volvió a llamarse Gyumrí y estaba recostruyéndose del violento terremoto que la azotó en diciembre de 1988.


Giragós y sus hermanas conocieron a parte de su familia armenia y visitaron lugares con muchísima historia. Conocieron más sobre los vaivenes políticos de la República en los distintos estadíos de su vida. El genocidio en manos de Imperio Otomano, la conformación de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas y la posterior independencia. Giragós sabía de esas historias contadas por su padre Arakel y quizá esa influencia indirectamente es la que lo hizo reaccionar contra su compañero de zaga.
Evidentemente el enfrentamiento no era producto de un entredicho entre un rústico half izquierdo y un lírico fullback derecho, ni tampoco de una burda jugada que terminó con la expulsión de Giragós en aquel clásico. La herida estaba abierta a través de la historia, de aquellas cosas que le contaba su padre y que él corroboraría en su viaje a Gyumrí.
No cicatrizaba, no se lo permitía la memoria de su abuelo Donabed, ni las imágenes de ciento de miles de armenios masacrados por los turcos.
Pero era fútbol y el deporte, si bien es competencia, también es integración.
Volvió a jugar al club de Bell Ville, donde hizo lo de siempre, deleitar a la afición con su elegancia y buen juego. En medio del torneo hubo un cruce entre su equipo nuevo y su ex equipo. Otra vez frente a frente el turco Kemal Hasan Turán y el armenio Giragós Sargissian, otra vez frente a frente la historia de otros que cada uno hacía propia.
El ambiente estaba tenso, los directivos del conjunto verde y rojo hicieron lo posible para que Giragós no juegue, pero este era ídolo del conjunto belvillense.
Todas las miradas estaban puestas en los ex compañeros de zaga, quienes se encontraron en muy pocas oportunidades dentro y fuera del campo de juego.
Mucho habían hablado los padres de Giragós, mucho lo habían aconsejado sus compañeros y el cuerpo técnico. Mucho lo había calmado su novia. Todo salió como era esperado y el partido concluyó con empate en uno y sin incidentes.
Los locales se retiraron del estadio y se dirigieron a sus casas; los del equipo santafesino se retiraron en dos combis rumbo a su ciudad. Había comenzado a caer el sol y algunas gotas.
Giragós cenó y se fue a descansar, durmió hasta la mañana siguiente sin sobresaltos. Se levantó, se duchó y fue a desayunar a un bar. Allí encontró la triste noticia, uno de los vehículos que trasladaba a los jugadores del equipo verde y rojo había chocado contra un camión y si bien no había víctimas fatales, sí heridos graves.
Giragós buscó denodadamente los nombres de sus ex compañeros y encontró que el más comprometido quien estaba internado en terapia intensiva era Kemal Hasan Turán.
Llamó telefónicamente al club para ponerse a disposición y por la tarde viajó a Gálvez para apersonarse al hospital donde estaban internados sus compañeros.
Una simple charla con el presidente del club que lo conocía de chico, alcanzó para saber el estado de salud de los cuatro hospitalizados que quedaban. El Sapo Míguez, el Juancho Migliosa y el Tito Vértiz estaban fuera de peligro. El único comprometido era el Turco Turán, que tenía los riñones destrozados y casi con seguridad deberían transplantarlo. El mayor problema era encontrar un órgano compatible.
Apesadumbrado fue a visitar a sus padres, aquella rencilla futbolera no le debería impedir ayudar a su compañero. Lo planteó en su casa y sus padres mucho más compenetrados con la “causa armenia” le aconsejaron lo contrario.
Volvió a Bell Ville pensando mucho, no entraba en su cabeza dejar pasar la oportunidad de ayudar a un ser humano con problemas de salud.
Su conflicto interno fue mayor cuando se enteró que era el único de todos los integrantes del club que tenía compatibilidad con el Turco Turán.
Las vueltas de la vida, el destino impuesto o como quiera llamarse unía el camino de acérrimos contrincantes en el fútbol y enemigos mortales en el campo histórico.
Esa noche al apoyar la cabeza en la almohada, Giragós ya sabía cual sería su decisión. Por eso durmió tranquilo, profundo y despertó feliz. Desayunó, entrenó con su equipo, habló con su técnico y con el presidente de su club, explicó las razonables causas de su próxima ausencia, aceptó sus riesgos y viajó con sus cosas a Villa Gobernador Gálvez.
Allí le comunicó su decisión a sus padres, habló con la esposa del Turco Turán, se sometió a los médicos y cerró una herida casi centenaria.
Todo salió bien. Rescindió el contrato con el club de Bell Ville y en noventa días estaba entrenando nuevamente.
Seis meses después con la verde y roja en el pecho, Giragós salió jugando desde el fondo, con esa elegancia característica de los cracks, levantó la cabeza tocó la pelota al Turco Turán, quien se esmeró para devolvérsela redonda. La redonda volvió al pie derecho de Giragós, quien la pisó, observó el panorama y puso un pase en profundidad al wing derecho, ante los aplausos de la gente y de la historia…



 Eduardo J. Quintana 
Texto inédito 
@ejquintana010
 "Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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sábado, 2 de abril de 2016

Tiempo de venganza


Transcurrieron las horas, los días, los años.
Transcurrió gran parte de la vida deambulando sueños, imaginando frases, recordando.
La herida de un puñal clavado en su corazón desde aquella trágica locura de Malvinas. Patriotismo a flor de piel y la sed de venganza que fue aplacándose con el transcurso del tiempo,  para dar paso a la razón, a la sensatez del pensamiento.
Aquella tarde de Mayo de 1982, a tanta distancia, con el frío insular dentro de las venas y la visión casi traumática de ver cerca la muerte.
Román era así, un pibe tierno y apasionado. Un tipo lleno de vida.
Pero por sobre todo era un pibe. Un típico alumno de esa secundaria que recién había terminado. Un hombre hecho a golpes y en un tiempo menor al que necesitan los jóvenes para desarrollar ciertos cambios. Un hombre con el llanto y el miedo a flor de piel.
Un tipo que un día sábado estaba viendo feliz, junto a sus amigos, a su querido Gallo de Morón y a la semana estaba inmerso en el delirio maniático de un borracho de capa y espada.
Lejos, tan lejos de su barrio, de sus padres, de sus amigos, de su fútbol y muy cerca de una vida irreal, provocadora y estéril.
Del calor de su barra de amigos, al frío de las balas que hacía estragos en la humanidad del moralmente diezmado ejército infantil.
Del abrazo fraternal con su padre, a la huida casi cobarde dejando un tendal de compañeros muertos a la vera de un sendero de escarchas, que se clavan en la humanidad virtual de Román. El cañoneo incesante, la vida misma que acaba de asestarle un duro revés, al ver a su compañero de carpa y trinchera, agonizar frente al filo de la bayoneta imperial.
La terrible rendición, la humillación de ver arriar su bandera, nuestra bandera, de su propia tierra. El despegue a una vida donde la derrota más crítica, más desleal, la produjo la propia sociedad.
Por eso quizá su sed de venganza, su intento de devolverle al presunto enemigo algo de su propio veneno, sintiendo como propio cualquier golpe asestado en la mejilla de un inglés.
El paso del tiempo, la vida misma. La reconstrucción de sus sentimientos, trajo un sin fin de ocasiones para disfrutar la vida de otra forma.
Conocer a Vanesa, enamorarse de su belleza, de su sentido del humor y su visión de la vida, apaciguó íntimamente el dolor. El pensar siempre en las mismas escenas, el oír el ruido tenaz del repiqueteo de las balas a su alrededor, el despertarse en las noches llorando, agitado, con una bayoneta clavada en el pecho.
Vanesa fue y es eso en su vida, la visión de un campo sin muertos y lleno de margaritas en flor. El abrazo, el beso apasionado sin huir en la adversidad. Vanesa es eso y más.
Vanesa es Deportivo Morón. Es el amor y la vivencia de volver a sentir que el gol es algo sublime. Es la muchedumbre en una tribuna feliz de tener un sentimiento común, el de amar y sentir que ese amor tiene el contrapunto de la devolución.
Por eso Vanesa es única. Porque la conoció allá en el difícil 84, en la cancha de El Porvenir, cuando los corría la policía.



Imágenes repetidas, esta vez con balas de goma. La cara de esa morocha asustada, que huía sin camino cierto. Esa camiseta blanca y roja inmersa en un cuerpo majestuoso y el aterrador miedo que la depositó en sus brazos, para siempre.
Fueron amigos muchos meses. Novios y amantes. Hasta que un día decidieron unir sus vidas, fue en el año 86, cuando se jugaba el Mundial de México.
Ella había llegado a su vida en un momento justo, como si fuese alguien enviado por el superior para poder contenerlo y llenarlo de amor.
El recuerdo de Malvinas seguirá latente por siempre, pese a Vanesa y a sus hijos.
Nunca podrá borrar de su mente los episodios vividos, las muertes, las horas dentro de la trinchera húmeda, fría y nauseabunda. Jamás quitará de sus retinas la cara del Correntino, mirándolo desconsolado con la herida sangrante en su pecho. Fue como una película de terror que uno nunca olvida. Los resabios de venganza quedaron atrás y no hubo motivo alguno para calmar dicha sed. Y cuando digo que no hubo motivos, lo expreso en tiempo pasado.
Así como Vanesa llegó de la nada, casi sin quererlo a la vida de Román, para llenar ese espacio de soledad que dormía en su corazón, hubo otro hecho que cambió su vida.
Justamente ese hecho ocurrió sentado junto a ella, en el sillón de su casa.
Fue un 22 de Junio de 1986 y si bien se recordará como un día histórico en la vida de los argentinos, fue un día particularmente emocionante para Román. Esa noche por razones que el médico no pudo determinar, una intensa fatiga pulmonar se apoderó del ex combatiente, a quien increíblemente le dictaminaron un día de descanso laboral. Justo ese día.
La  mañana pasó con sueño profundo, pero el sueño de un pasado que no ansiaba volver.
Vivía un sueño en presente. En la pantalla los jugadores se preparaban para la batalla futbolística. Por un lado la Selección de Inglaterra, Lineker y compañía enarbolando la insignia colonial. Por el otro, entonando el himno como grito de venganza y esperanza, el Diego y sus muchachos.
La respiración se agitó aun más, al ver la imagen del “más grande” entonando la canción patria. Allí apareció la cara del Correntino, pidiendo piedad. Las filosas bayonetas y los trajes súper modernos contra el frío.
Ver la bandera allá en lo alto, flameando libre y sin prejuicios de tercer mundo. Sentir en sus oídos el incesante cañoneo y la mano del teniente que ordenaba retirada, como la mano que se elevaba allá en lo alto, donde sólo Dios llega y la pelota que entra mansamente para abrazarse a la red. No era venganza, era demostrarles que Argentina existía y no era un cuento de perdedores.

Por eso, los ojos del general inglés que penetraban en el corazón de Román pidiendo rendición, ante los pies del león ingles. Ahí, justo ahí, por televisión y ante todo el mundo, un halo de luz blanca ingresó al Estadio Azteca e iluminó al “diez”. La pelota como una imaginaria paloma de la paz, proyectó la sensación de ser la elegida y comenzó a rodar atada a su pie izquierdo. Las patadas, como machetes filosos abriendo camino en los pastizales insulares, pasaban cerca pero no lastimaban y el mundo se empezó a abrir, como si se rindiera ante tanta majestuosidad. Ahí, justo ahí, por televisión y ante todo el mundo, caían ingleses como muñecos de nieve derretidos por el sol. Ahí, justo ahí, enfrentó al arquero, se abrió hacia la derecha y la tocó suave y sutilmente. Tan suave, como se escuchaba rugir al león herido de muerte, tan sutil como la estrella fugaz que pasa sin estridencia, por el cielo oscuro e inmenso. El corazón de los críticos se detuvo, la sensación de piedad inglesa hacía mella ante los ojos del Correntino que empujaban la pelota. La bandera otra vez arrugada, como aquella tarde de Rattin en Wembley y el grito de millones de americanos sedientos de aplastar en un estadio de fútbol, aunque sea, algo de la tiranía de los poderosos. El grito de gol hasta la extenuación y un pequeño vestigio de venganza, que le dio el fútbol y no le dieron los políticos de turno. Por el Correntino y otros cientos de pibes. Por la sociedad que lo hizo a un lado. Porque el fútbol es pasión y la pasión embriaga las ideas. Por la magnificencia del gol. Por el llanto de Román  y su abrazo con Vanesa. 
Por ello, por su abrazo con Vanesa...   


Eduardo J. Quintana 
@ejquintana010
Del libro "de fútbol y barrio"



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  "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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