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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




jueves, 27 de agosto de 2015

Con el cinco en la espalda



Dedicado al Leoncito

La definición de ídolo es una palabra completa y compleja que en el fútbol se tergiversa de forma tal que a cualquiera le endilgan el mote. Hoy los pibes estás confundidos, tantos los hinchas que idolatran a cualquier “perejil”, como los jugadores que por ganarse al público se besan la camiseta sin sentirla; un ídolo es aquel que demuestra con su amor, su pasión y por sobre todo con su fidelidad respetar lo más lindo que tiene el fútbol que es la “gordita caprichosa”
En el club hay un ídolo de esos que escasean, Juan Manuel Matienzo más conocido como “el Yoni” y no hay que corregir el sobrenombre, no es Johnny como indica el imperio es “el Yoni” como lo llamaba su madre. Una especie de “Juan chiquito” que contrastaba con la grandeza de la idolatría que el pueblo tenía con él. La leyenda cuenta que ese amor entre hinchas y jugador se generó con las miles de batallas ganadas ahí en el medio, donde el sol no calienta, quema.
Pero no es solo una la historia que cuentan en el pueblo. Los más grandes hablan del día que ganaron el campeonato, donde el Yoni se banco la parada en el medio, poniendo sus atributos en cada jugada y que en la vuelta olímpica, rengueando, tomado del hombro del Pato Solís besaba su camiseta mirando el cielo.
Ídolo total el centrohalf del Cacique, el apodo que tenía el club donde jugaba cada fin de semana y tanta idolatría le traía complicaciones en su trabajo. Radiólogo del hospital del pueblo, el Yoni sacaba muchísimas placas diarias de pacientes que iban contentos a ver al crack, con quienes seguramente no solo se atenderían sino que se sacarían una foto, conseguirían un autógrafo o al menos hablarían del partido del fin de semana.
Cuando se jugaba el clásico la sala de rayos del hospital era una romería de gente que pasaba a saludarlo o bien lo esperaba para acompañarlo al entrenamiento nocturno. Su bella novia era la más cuidada del pueblo y no había hombre alguno que le regalase un piropo inadecuado.
Un ídolo con todas las letras y la verdad que se lo había ganado no solo dentro del campo de juego, sino también en el día a día, en el trato con los suyos y también con los adversarios del pueblo vecino. Porque el Yoni era adorado por los hinchas del Cacique, pero a su vez era respetado por los clásicos adversarios. Dicen los que saben que de allí, de un clásico nació el respeto y el amor de todos. Fue hace unos cinco años, en una final por el torneo local en que se encontraron ambos rivales. Entre un pueblo y otro había cincuenta y siete kilómetros de distancia por una ruta provincial asfaltada pero no muy cuidada. Esa noche anterior el Yoni tuvo guardia y descansó muy poco, pensaba dormir toda la mañana. A las cuatro de la tarde el juez del cotejo pitaría el inicio y el desgaste iba a ser sobrehumano. Llegó a su casa, tomó unos mates cebados por su madre y se recostó a soñar otra batalla.
El partido se jugaría con ambas parcialidades y se esperaba en el Fuerte un lleno total. Tres mil hinchas locales y cerca de quinientos visitantes. La caravana de la Banda vendría por la ruta y estacionaría sus camiones en el mercado de hacienda, desde donde serían escoltados por la policía.
Pasado el mediodía la mamá del Yoni lo despertó con una triste noticia, uno de los camiones que transportaban hinchas de la Banda había desbarrancado en una curva la ruta, cerca del río.
El Yoni, se vistió rápido, tomó su guardapolvo, el maletín y corrió hasta el hospital, donde lo esperaba la ambulancia de alta complejidad que había inaugurado el pueblo, como presagiando el incidente. En media hora estaban en el lugar, había más de cincuenta heridos, muy pocos de gravedad. La policía ordenaba el tránsito y así jugadores e hinchas ilesos siguieron rumbo al estadio. Faltaban dos horas para el partido y el Yoni sacaba placas en la ambulancia a hinchas con la camiseta adversaria, muchas veces con manchas de sangre producto del accidente. Algunos lo reconocían y le agradecían, los que no sabían quién era el radiólogo, los menos, eran avisados por el resto y quedaban sorprendidos por su hospitalidad.
Faltaba muy poco para el comienzo del partido cuando atendió a uno de los “hinchas caracterizados” de la Banda, que lo reconocíó en el preciso momento en que ingresó a la ambulancia y como gratificación le regaló su camiseta. Era el último paciente. El camión había sido remolcado y todos los accidentados trasladados al hospital. La emergencia había llegado al final y el Yoni agotado pidió al chofer de la ambulancia que ponga sirena y lo lleve al Fuerte, como era  llamado el estadio del Cacique.
Así fue, con la sirena estridente a todo volumen, a velocidad máxima y cambiándose dentro de la ambulancia se dirigieron hacia el estadio. En poco más de la mitad del tiempo utilizado en la ida, tomando un atajo de tierra, pidiendo paso al control policial, deteniéndose justo en la puerta de acceso, el Yoni bajó e ingresó corriendo al estadio. El juez iba a pitar el comienzo de cotejo, cuando el mediocampista central comenzó a los gritos, trepó el alambrado como un mono y salto hacia el campo ante el griterío de todos los hinchas. El técnico le tiró la camiseta e hizo el cambio antes de comenzar. El saliente compañero, lejos de ofuscarse abrazó al Yoni como lo que era, su ídolo y con una rápida carrera tomó posición en el verde césped, mientras todo el estadio coreaba su nombre.
Él simplemente levantó sus brazos, giró lentamente aplaudiendo a cada tribuna en señal de gratitud, miró al cielo elevando una plegaria y acomodó su camiseta, esa misma, la de siempre, la camiseta del Cacique con el cinco en la espalda...



 Eduardo J. Quintana 
  Texto inédito 
@ejquintana010

 "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"


 

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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jueves, 13 de agosto de 2015

De regreso a casa

Cuando la noche, es más noche y el frío carcome los huesos, la mente se nubla al extremo de no poder pensar en el futuro.
¿Qué futuro?
Con este presente trágico, el futuro soñado se ve cada día más lejano. Como si la sangre se enfriase, al punto de helar las ideas y desmantelar el optimismo que era moneda corriente en la vida del hombre común.
El esfuerzo de años de trabajo y sacrificios extremos, había quedado debajo de las aguas alocadas, incontrolables e incontroladas.
Los sueños de una familia emprendedora sepultados por la desidia y la mediocridad de políticos marginales e ideas prebendarias.
Una multitud de hermanos amuchados en galpones fríos, igualados en la miseria y en el dolor del corazón. Ese corazón que aún palpita para reavivar la esperanza.
Un país movilizado para tenderle la mano solidaria que apacigüe tanta desolación.
Miles de chicos sin escuela, sin juguetes y con las secuelas propias de no entender ¿por qué a ellos? Inocentes criaturas.
En un rincón, como cualquier rincón, estaba él. Acurrucado, con un pijama regalado, con su cara de ángel y una lágrima que surcaba lentamente su mejilla izquierda. Tan lentamente que parecía no querer alejarse de sus ojos.
¿Hay alguna imagen más desgarradora, que un pibe llorando desde el corazón?
¿Quién sabe los motivos del llanto?
Su padre sí lo sabía. Manuel era un pibe futbolero, esos que se crían con una pelota en el pie izquierdo. Uno de esos pibes que tiene como cuna un potrero.
¿Y su pelota? Su pelota número cinco, que mágicamente le habían traído los Reyes Magos, ya no estaba. La pelota de fútbol, sus juguetes, su ropa, sus muebles, todo había quedado debajo de la furia del río.
La tierna lágrima daba paso a otra y a otra más, hasta que el abrazo maternal provocó el comienzo de los sollozos mutuos, fundiendo los recuerdos en uno sólo.
De su pasado de prodigio futbolista, sólo había quedado el par de botines.
Sólo, es un decir, porque Manuel es de esos pibes que llevan muy dentro el fuego futbolero.
Y pasó la noche. Y pasaron los días. Las muestras de hermandad aumentaron proporcionalmente a las ganas de volver a casa. Y un día el agua bajó.
Se volvieron a ver los autos, el asfalto, las fachadas de las casas. Pero también aparecieron los muertos, los animales mutilados, las alimañas, el olor nauseabundo. La desolación.
La horrible impresión de abrir la puerta de casa y ver un panorama estremecedor.
De los muebles sólo quedaban maderas, de los recuerdos no quedaba nada.
El abrazo de una familia destrozada y la esperanza que apareció como una enviada de Dios.
Con el movimiento del agua, como un llamado propio de un cuento de ensueño; ella, impávida y redonda, flotando y girando como contenta por el reencuentro.

Ella, que sobrevive a miles de vicisitudes, que es amada y odiada al mismo tiempo.
Ella, acudiendo al consuelo de Manuel.
Él, feliz, abrazando su pelota con todo el amor de un niño.
Y la esperanza de volver a empezar.

 Eduardo J. Quintana 

Texto inédito 
@ejquintana010

 
 "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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sábado, 27 de junio de 2015

Al ángulo



Un lugar común, típico de sueños celestiales y cuentos religiosos. El sitio para que los buenos depositen su alma y estiren los años de convivencia con algunos seres queridos, separados en el tiempo y en la distancia.
Me reencontraría con mis viejos, con mi hermana, con Susana, el gran amor de mi vida
Allí estarían mis amigos y compañeros de andanzas, como el Gallego Dringue y el Maceta Guzmán, quienes formaban parte de mi vida.
Volveré a sentarme en una mesa de café para charlar de tango, de política y por sobre todo, de fútbol. Contar anécdotas de mis heroicas hazañas defendiendo el arco de Juventud de Valle Viejo, el equipo que me llevó a ser reconocido en todo el pueblo.
Allí estaba la entrada, como siempre la había soñado. Un arco con brillos, un gran cartel de bienvenida y un señor de cabellera y larga barba blanca.
Me parecía ver una escena repetida. Es que con el transcurso de los años y entrada la vejez, la teatralización de la muerte era moneda corriente en mi pensamiento.
El anciano de pelo desprolijo, me condujo a saludar al dueño de casa. Mis nervios se acrecentaron a medida que se acercaba la distancia que me separaba del sillón donde se encontraba él. Y digo él, como si se tratara de un vecino común y corriente. Él, era nada más y nada menos que el Creador.
Cuando tocó mi turno, le estreché la mano efusivamente, agradeciéndole por dejarme ingresar al cielo. Su mano resplandecía, tenía un brillo superior, una magia poco común.
Y yo sentí que algo me pasaba. Era una sensación rara, como si esa mano alguna vez la hubiese estrechado, como si ese brillo me hubiese iluminado.
Le expresé la sensación de haberlo conocido y recibí de contestación, una respuesta terminante.
-          Por supuesto que nos hemos visto, usted fue el arquero de Juventud de Valle Viejo en la final de 1956.
-          ¿Y usted cómo sabe? Le pregunté con una insolencia impredecible.
-          Porque presencié la final de ese Campeonato, que le ganaron uno a cero a Club de Ciencias.
-          ¿Estuvo allí presente?
-          Sí, fue un 25 de Noviembre, sábado por la tarde y la verdad es que salieron campeones, pero la sacaron barata.
-          Me acuerdo como si fuera hoy – le dije -si empatábamos, salían campeones ellos.
-          Por supuesto y si no fuese por su gran atajada final, la copa hubiese cambiado de mano.
Tenía razón, fue una atajada consagratoria. Desde ese día, pasé a ser un personaje conocido en el pueblo. Fue tal el idilio con la gente, que se instauró ese día, 25 de Noviembre, como “el Día del Arquero”.
Cada 25 de Noviembre, se organizaba un partido de fútbol en homenaje a aquel Campeonato de Liga. Muchas veces me preguntaron sobre la importancia de dicho triunfo.
¡Pucha si era importante!
Fue el primer Campeonato logrado por un equipo de Valle Viejo y fue el primer clásico ganado contra el vecino pueblo San Jerónimo. Un pueblo cinco veces más grande, con una rica historia futbolera y varias veces campeón de la Liga del Valle.
Si habrá sido apoteótica la victoria lograda en la final, que cada 25 de Noviembre se repetía el magnífico tiro libre de la Boga Rodríguez y la colosal estirada del arquero, “el mismo que viste y calza”. Volé con mano cambiada de derecha a izquierda. La pelota fue dirigida por la Boga, por encima de la barrera, al palo más alejado. Imagínense, 46 minutos del segundo tiempo, mi mano que le dijo no a la lógica y la parcialidad del Valle que gritó victoria.
¿Cuántas veces habré contado esta historia?
Con la mirada perdida, un sin fin de anécdotas pasando por mi cabeza y mi mano estrechada con afecto y admiración, absorbiendo el brillo impactante que provenía de su interior, como si fuera una pequeña estrella con cinco dedos que me atrapaba con una magia increíble.
Luego de la cordial bienvenida con recuerdos de mi paso terrenal, pasé a vivir en el mundo de los eternos, donde volvieron las historias entre mis amigos, que ya habían ingresado al lugar con anterioridad. La mesa del café y una silla vacía, una silla destinada a mí y otra vez, apreciar a la barra unida como en otras ocasiones.
El Gallego Dringue, Maceta Guzmán, el Zurdo Ríos, Pancho Quiroga y la silla vacía reservada para mí. Con la efusividad típica de la ausencia y la distancia, y los abrazos de hermandad de cinco amigos que volvían a juntarse; me apoderé del lugar asignado.
Volvieron a situarse en mi mente miles de recuerdos y anécdotas.
Por ser el último en llegar, traía noticias frescas del pueblo. Aunque desde allí arriba, más precisamente desde un mirador privilegiado, se podía apreciar todo.
Sentado en la mesa circular, comencé a sentir el cariño de los celestiales habitantes de ese paraíso. Como si me conocieran.
-          ¡Adiós Maestro! Gritó un veterano de pelo cano.
Saludé alzando mi mano, con cara de incrédulo y un signo de interrogación en mis ojos.
-          Te conocen todos, Paco. Me dijo El Gallego, con cara de felicidad.
-          ¿De dónde me conocen?
-          En realidad todos saben de vos, por la anécdota del la final del ’56.
-          ¿Cómo?
-          ¿Qué té extraña, Paco? Esa atajada fue única en la historia. Agregó el Maceta.
-          No fue para tanto, che. Una atajada, en una ignota final de un campeonato de Liga.
-          ¿Ignota? Acá fue muy comentada esa final.
En realidad nadie podía explicar el porque de la difusión de aquella jugada histórica para la Liga del Valle, pero totalmente ignorada por el resto del mundo deportivo.
-          ¡Maestrooo! Gritó una mujer a lo lejos.
Eran comunes las muestras de afecto, alrededor de la mesa se habían arremolinado amigos de mis amigos, mujeres y hasta algunos chiquilines.
Todos esperando nuevamente que Paco, el gran arquero Paco Bernadas, contase por enésima vez, aquella gran atajada de la Final de la Liga del Valle 1956.
“Iba el primer minuto de descuento, de los dos que había adicionado Epifanio Díaz, el gran árbitro cuyano; con el marcador uno a cero, producto de un gol conquistado por Panchito en el primer tiempo; cuando el wing derecho de Ciencia encaró por el ala izquierda de nuestra defensa y el Zurdo lo tocó de atrás, justo, justo a milímetros de la línea del área grande. No fue penal de casualidad, porque el wing, un tal Romerito, cayó dentro del área y el árbitro desde lejos corrió marcando la pena máxima. Si no era por el Juez de Línea, que señaló la falta fuera del área, Epifanio Díaz hubiese marcado penal, por suerte, le hizo caso al línea, y marcó el tiro libre.”
El silencio era total y todas las miradas apuntaban a Paco, demostrando lo interesante que resultaba la anécdota contada por el propio protagonista.
“La Boga Daniel Rodríguez, dueño de todas las jugadas importantes del partido, tomó la pelota y la colocó a cinco centímetros de la línea del área grande, mirando desde el arco hacia la izquierda. El inside de la contra era un mago con su pie izquierdo y un eximio ejecutor de tiros libres, y a decir verdad, en esa posición, era medio gol. Pero en el fútbol las lógicas no existen, por lo que formé la barrera con cuatro jugadores, a los cuales se les sumaron otros dos jugadores de ellos, que estorbaban la visual. Para ver la pelota me tuve que tirar bien contra mi palo derecho, con lo que corría el riesgo que la Boga coloque la pelota por encima de la barrera, haciendo estéril cualquier volada.”
Silencio total, no se escuchaba ningún ruido, a medida que se acercaba el desenlace de la jugada, la tensión nerviosa de los presentes, que cuando me di cuenta eran cerca de cincuenta, todos arremolinados alrededor de la mesa.
“Una eternidad resultó el tiempo entre que armé la barrera y que se ejecutó la pena. Estaba casi convencido que la pelota iría bien combada por encima de la barrera; también estaba seguro que si la pelota iba al ángulo superior izquierdo de mi arco, jamás llegaría a desviarla. Pero hay una regla, casi estúpida, que culpa al arquero si la pelota ingresa en el palo que defiende. Y digo regla casi estúpida, porque por encima de la barrera, o al palo del arquero, el gol vale igual. Entonces la secuencia propia de un tiro libre riesgoso a punto de ejecutarse. Brazos en jarra de Rodríguez; seis pasos de distancia, con una breve inclinación, la barrera armada, mi figura agazapada y todo un estadio enmudecido”
Y si de enmudecidos hablamos, ese era el estado en que estaban todos los presentes que seguían con asombro mi relato, la épica epopeya del ’56 y una atajada inolvidable.
“El silbato del árbitro y la carrera de la Boga  que toma marcha, todas las miradas puestas en esa jugada y la mía en particular fija en el balón, al que veía entre las piernas del adversario que intentaba obstaculizar mi visión. Cara interna del botín izquierdo, toque suave y la bola que comienza a girar, elevándose lentamente por encima de la barrera, sin que esta pudiera desviar la globa que siguió su camino hacia el lugar citado, el ángulo superior izquierdo. Uno, dos pasos hacia mi izquierda y la mirada fija en el lento peregrinar de la pelota, que enamorada del gol, iba a buscar inexorablemente un destino de gloria.
Segundos separaban a la pelota del gol, el mismo tiempo que separaba el silencio del griterío general.”
Aquí me detengo un instante para hacerles una pregunta. ¿Ustedes se imaginan que hubiese pasado si la lógica futbolera hubiese existido, o sea si la pelota se hubiese detenido contra la red?
Una pregunta de difícil respuesta, ya que todos los presentes estaban ahí justamente porque no había sido gol, por el simple hecho, si simple se puede llamar, de honrar al arquero héroe de la final del ’56. Obviamente nadie respondió, porque los hechos ya eran conocidos.
“La pelota llegó al arco, perfectamente dirigida y en el instante en que se producía el ingreso; mi brazo derecho estirado, porque me tiré con mano cambiada, mi mano derecha completamente abierta y con la punta de los dedos desvié la pelota al corner. Fue un click entre el silencio sepulcral y nervioso, previo al disparo y la algarabía de los hinchas de Juventud, que explotaron de emoción.”
Las sonrisas volvieron a mostrarse en el rostro de los presentes y las muestras de afecto se reprodujeron.
Momentos después  El Gallego Dringue, Maceta Guzmán, el Zurdo Ríos, Pancho Quiroga y el gran héroe del ’56, Paco Bernadas, quedaron nuevamente en la intimidad de una mesa de amigos. Allí surgieron nuevas preguntas:
-          ¡Qué admiración te tienen, Paco! Afirmó Maceta Guzmán.
-          Nunca me hubiese imaginado, que tanto tiempo después, la gente me reconocería de esta manera.
-          Pero Paco, hay tantas cosas que nunca imaginamos y verdaderamente pasan. Respondió el Zurdo.
-          Tenés razón Zurdo, ¿Vos te imaginabas que con una atajada así, se iba a definir el Torneo del ’56? Preguntó Panchito Quiroga.
-          No la verdad, es que jamás me lo hubiese imaginado; es más les cuento una intimidad, cuando la Boga Rodríguez acarició la pelota, yo pensé que era gol y me tiré por las dudas.
-          Para la foto, asintió Pancho.
-          Claro viejo, era imposible que llegase a esa pelota, pero cerré los ojos…
-          ¿Cerraste los ojos, Paco? Preguntaron al unísono.
-          Sí amigos, para que les voy a mentir. Cerré los ojos, volé, estiré el brazo derecho, abrí bien la mano y se los juro, pero se los juro de verdad, creo que de los nervios, no sentí que la pelota me toque. Es increíble pero fue así, pensé que había sido gol de Rodríguez.
Todos se miraron en silencio, hasta que El Gallego Dringue tiró la frase:
-          Entonces viejo, fue la mano de Dios…
Nos reímos todos festejando el chiste, mientras yo besaba mi mano derecha, la mano heroica, la cual todavía tenía aquel brillo resplandeciente... 



 Eduardo J. Quintana 

@ejquintana010
Del libro "de fútbol y barrio"

 
  "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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lunes, 22 de junio de 2015

Un Cacho de Caballito


Del libro "Con la ilusión en ascenso"
Un homenaje a los hinchas del Club Ferro Carril Oeste y a un emblema del Barrio
Gerónimo "Cacho" Saccardi
En la voz de Santiago Corei


lunes, 9 de marzo de 2015

La consagración de Sudor Sánchez



Hay veces que las cosas no son como uno quieren que sean, ni en la vida cotidiana, ni en la proyección a futuro. Ni en lo familiar, ni en lo laboral, ni en lo físico.
Carlos María Sánchez, había heredado virtudes y defectos de sus progenitores. La bondad de su madre, su personalidad y por sobre todo el don de buena gente. De su padre su amor por el trabajo y el fútbol, virtudes inigualables e insustituibles que solo se heredan. La contextura física proveniente de los genes paternos, le trajo aparejados diversos problemas, entre ellos una excesiva y profunda emanación de su glándula sudorípara que le provocaba estar siempre con sus remeras transpiradas.
De pibe sufría horrores con ese problema; en época escolar su transpiración traspasaba el guardapolvo blanco, tenga o no tenga abrigo debajo, haga calor veraniego o frío invernal. No pasó mucho tiempo para que sus compañeros lo apodaran “Sudor”, algo que en sus comienzos le trajo innumerables rabietas, decepciones y consultas con el psicólogo. Largas sesiones contando sus peripecias en torno a su gran problema. Su primera sesión fue a los ocho años, ese día para Carlos María fue inolvidable porque lloró mucho, sin cesar, dentro y posterior a su confesión lo que significó un gran desahogo.
Guarda en su memoria dos fechas de sus sesiones con el psicólogo, aquella a los ocho años y la última, la de despedida cuando cumplió los veintiún años y ya se había afianzado en primera división.
Porque las vueltas de la vida hicieron que “Sudor” Sánchez comenzara su carrera como futbolista en un pequeño club de su pueblo, Granadero Calvo. Cercano a la cordillera, entre viñedos, se levantaba la canchita del Club Sportivo Salvadores. Sus primeros pasos en las divisiones menores y el espaldarazo a base de goles que lo colocaron en la primera división jugando la Liga Zonal para su querido “Violeta” como se llamaba al Sportivo Salvadores por el color de su divisa.
Cuando Carlos María Sánchez, se calzaba su camiseta se olvidaba de los problemas que lo aquejaban. El violeta se volvía oscuro y verdaderamente, como quieren los hinchas, transpiraba su casaca. Más que transpiraba la camiseta, chorreaba sudor, cosa que a muchos compañeros o adversarios molestaba porque en algunos movimientos bruscos rociaba a su alrededor del líquido que emanaba su cuerpo.
Había que ver la cara de los defensores cuando eran alcanzados por los flujos salados que expulsaba su pelo al cabecear o sus compañeros cuando, goleador él, lo abrazaban en algún festejo. Se notaba que molestaba porque a medida que pasaban los partidos y subía en la tabla de goleadores, cada vez menos colegas se acercaban a festejar.
Por eso y solo por esa actitud Sudor Sánchez adquirió el festejo que patentó como propio y consistía un giro de trescientos sesenta grados símil al de una bailarina clásica, desparramando sudor hacia todo su alrededor.
La psicología le había hecho bien convirtiendo el problema de su transpiración excesiva en algo particularmente vistoso para sus hinchas que cada día lo veneraban más. Pero también había de lo otro, lo negativo, algo que rondaba con lo discriminatorio como aquella expulsión cuando el Gordo Bazán, referí de la Liga lo amonestó y en la protesta lo salpicó con su sudor y le sacó la roja. Bazán puso en su informe que lo había agredido y como no había ni televisión, ni veedor, se hubiese comido diez partidos de suspensión si no fuese por una pueblada que armó la misma gente del Sportivo que redujo la pena a un par de encuentros.
Hoy ya no le molesta su apodo, al contrario lo disfruta; por eso la inolvidable fecha en que se despidió del psicólogo, fue un lunes 22 de diciembre que realizó la última sesión con el profesional que lucía la camiseta violeta con el número nueve en la espalda y el apodo “Sudor” en la parte superior, con la que Carlos María Sánchez había hecho el gol de la victoria un día antes y le había dado el primer campeonato de Liga a su querido Sportivo Salvadores de Granadero Calvo. Ese domingo 21 de diciembre a la tarde, con un sol radiante y una humedad sofocante, al promediar el segundo tiempo “Sudor” Sánchez encaró con pelota dominada a los defensores quienes intentaron detenerlo tomándolo de sus brazos sudados y aceitados, quedando en ridículo ante su propia parcialidad y cuando salió a atorarlo el arquero lo dribleó con una gambeta larga dejándolo desparramado en el piso, yendo camino al gol que le dio al Sportivo el triunfo para alcanzar el campeonato. Consumado el gol corrió toda la cancha para ir a festejar con sus hinchas a los que les regaló una de sus piruetas giratorias y litros de sudor…



 Eduardo J. Quintana
Texto inédito
@ejquintana010


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