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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




viernes, 26 de septiembre de 2014

Los clásicos botines

Hay cosas en el fútbol que a pesar de los años y la globalización televisiva se mantienen, sobre todo en la pureza del fútbol juego. Pequeñas cosas materiales ante la inmensidad de la pasión. La primera pelota, la primera camiseta, el primer par de botines, cosas que con el paso de los años no se olvidan fácilmente.
Los tiempos fueron cambiando y hoy es normal ver a un pibe de ocho o nueve años con un par de botines o que tenga dos o tres pelotas. El uso exclusivo de la camiseta de su club quedó relegado por las casacas internacionales o de la selección nacional y el pibe que viste la camiseta de su club tiene varias. Antes era distinto y cuando digo antes hablo de hace un tiempito. Un par de botines para una familia común era casi prohibitivo o sea que quien los tenía normalmente los cuidaba. La pelota de cuero que con el paso de los años pasó a ser algo parecido a la cuerina, se untaba con grasa de vaca para que no se reseque y las camisetas que tenían los números cosidos (en una tarea casi monumental de la vieja, con aguja e hilo) eran de piqué y bien cuidadas, sin polillas en el ropero, duraban años. Creo que se rompían de viejas, jamás en un manotazo del juego y menos por efectos del lavade.
Como decía, los tiempos cambiaron y hoy no solamente se destiñen, sino que al menor contacto con un manotazo, se rompen; pero los pibes tienen muchas y no las lloran. Creo que fueron perdiendo la noción del valor material de las cosas. Normalmente jugábamos con los Sacachispas, algo parecido a un botín de fútbol, con forma de bota corta, pero de tela y goma. Después estaban los que tenían viejos de guita y se podían calzar unos Fulvence y los ricos usaban los Adidas que venían con tapones de goma y también de metal. Otros como mi caso y muchos de mis amigos jugábamos con zapatillas, en el mejor de los casos de cuero, a veces con las de lona. En mi caso guardaba los sacachispas para ocasiones importantes.


Por eso recuerdo esa mañana de domingo, día del clásico de barrio contra los pibes de la cortada, que tenían un equipazo y con el que nos jugábamos algo más que un partido de fútbol. Es que en ese equipo jugaba Tito Parmesano, un crack que le había robado la novia a nuestro arquero el Flaco Garibaldi. Se jugaba algo más, porque estaba el pedante de Moquito Sosa y el fanfarrón del Gutiérrez, a quienes conocíamos de la escuela. Por eso era un verdadero clásico que no se suspendería por nada del mundo y una final, para mí, se jugaba los botines Sacachispas.
Los lavé con una semana de anticipación y pasaron un par de días enganchados con un broche de la soga. Cuando estaban por secarse una impensada lluvia los volvió a mojar y ya no se secaron. Pero como dije, una final se jugaba con botines, así que los usaría mojados y esa mañana de domingo, cuando me los puse, con el agua, el sol y el agua nuevamente, se habían achicado. Intenté de cualquier forma ponérmelos, estirarlos, con tanta mala suerte que ese domingo del clásico contra los pibes de la cortada, esa mañana donde se jugaba algo más que el honor, ese día desapacible de campo embarrado y humedad en el aire, los Sacachispas dijeron basta. Mojados y todo, intenté coserlos con hilo y aguja pero fue imposible; su vida útil había terminado y su destino era la basura. Saqué del ropero las viejas zapatillas de cuero y contrariado seguí con los preparativos.
Mi viejo y mi vieja miraban atentamente la situación, mientras degustaban unos ricos mates. Ante mi enojo tornado en desilusión, mi vieja me dijo:
-       ¿Vas con las zapatillas?
-       Sí ma, los Sacachispas se rompieron y no tienen más arreglo
-       Te duraron mucho, hijo
-       Y si mami, con tanto traqueteo se terminaron rompiendo.
Mi viejo miraba atentamente la situación y no emitía opinión
-       ¿Debe estar toda embarrada la cancha, no?
-       Sí mamá, llovió casi toda la semana
Llegaba la hora de partir, cuando llegué a la cocina donde estaban mis viejos y me acerqué a saludarlos, mi papá me pidió que deje el bolso y lo acompañe al cuarto de la terraza. Hice lo que me pidió. Ya delante de un placar viejo que había en el cuarto de las herramientas, acercó la escalerita de metal, la abrió lentamente pidiéndome que se la sostenga, subió cuatro escalones, abrió la puerta corrediza y extrajo una caja. Bajó los escalones con la caja en la mano y una vez en el piso, le pasó un trapo la abrió y extrajo un botín negro con las tres tiras blancas; flamantes, cuidados, lustrados, con tapones de plástico y cordones casi nuevos.
-       Tomá - me dijo – cuidalos.
-       ¿Y estos botines, papá?
Y recuerdo su contestación como si fuera hoy
-       “Son los botines de los Fulvencedores”
Se me llenaron los ojos de lágrimas, le di un abrazo de hijo a padre como agradecimiento y muestra de amor. Era tarde, los guardé en el bolso y partí raudamente.
Fue un partidazo, ganamos tres a dos dejando el honor a salvo. Jugué un gran encuentro, hice los tres goles que marcaron la victoria y los dediqué al aire, porque mi viejo no estaba en la cancha. Me hubiese gustado abrazarlo en cada gol, porque con los botines Fulvence era otra cosa. ¡Eran los botines de mi viejo…!





Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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viernes, 5 de septiembre de 2014

La mágica sensación del brindis


Dedicado al cálido pueblo Quintino

No sé como explicártelo, fue como que entró una luz por la banderola del comedor, en plena noche de lluvia, donde ni siquiera la luna se veía reflejada.    Un haz brillante, como un mágico rayo que choca las copas, produciendo el ruido del buen vidrio en un encuentro fugaz para ejercer el patrimonio de un brindis a la distancia. Fueron esos segundos, cuando llegaron las doce, cuando comenzaba un nuevo día y no proponíamos a festejar un nuevo cumpleaños de Fede.
-       ¿Cómo que festejaban el cumpleaños del Fede, si está tan lejos?
-       ¿Y qué tiene que ver, hermano?  La distancia hace más grande el amor.
Es verdad, la distancia agiganta eso que se produce en el estómago; las cosquillas que provoca la pasión, el nudo que producen las contingencias negativas y por sobre todo el hecho de sentirse presente.
-       ¿Y todo eso sentís?
-       Sí es extraño porque lo conocí de grande y comencé a quererlo como si lo hubiese visto al nacer.
-       ¿Y por qué pensás que pasa eso?
-       No se creo que la calidez que lo rodea es única, casi indescriptible
-       ¿Y él, está bien?
-       Mirá, tiene vaivenes; a veces toca el cielo con las manos y otras cae a la realidad de su propia humildad. Todo eso me llena el alma.
Eran las doce de la noche y el haz de luz choca de prepo las copas indicando que un nuevo cumpleaños había llegado.


-       ¿Y cuántos cumple el Fede?
-       Setenta y ocho, solo setenta y ocho.
Todo un pueblo festejaba. Todo el Quinto festejaba, Porque no era un cumpleaños normal, no eran solo setenta y ocho años; era el primer cumpleaños en Primera.
-       ¿Y eso te parece mucho?
-       Obvio ñato. Cómo no me va a parecer mucho si es el cumpleaños del Federico, mi Federico.
Justo a las doce entraba ese haz de luz celestial y las copas de mi esposa y mía chocaban festejando los setenta y ocho años del Federico, el Club Sportivo Federico Picón.
-       Sí hermano, el Federico del Quinto Cuartel de San Juan, ¿Qué otro?






Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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