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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

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miércoles, 29 de marzo de 2017

Con la ilusión en ascenso – Segundo Tiempo

Muchas cosas han cambiado en la vida de Julieta Ramírez, el haber crecido, haberse casado, armado su propia familia, comprado su casita y haber tenido un hijo. Otras tantas han cambiado en el entorno, en la ciudad, en el barrio, en el tren que siempre utilizaba, en la educación de la gente, en los espectáculos que se ven en el fútbol, dentro y fuera del campo de juego.
Tan solo veinte años habían pasado de la última vez y pareciere toda una vida. Al principio le costó acostumbrarse a dejar de ir a ver a su equipo, fueron tres años ininterrumpidos, en épocas donde se podía ir a la cancha tanto de local como de visitante y en la cual se vivía una previa familiar importante con viaje incluido. Esos inolvidables periplos en colectivo, tren o eventualmente en micro, donde podían contarse todo lo que quizá no se hablaba en la semana por falta de tiempo.

Quizá por eso la mirada perdida en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Con el recuerdo en la memoria de la primera vez de la mano de su papá Alberto, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; hasta llegar al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol.

Quizá por eso lo llevaba junto al pecho y lo apretaba con los dos brazos, haciéndolo suyo, haciéndole sentir los latidos del corazón, al compás del constante ronroneo del tren que se desplazaba a gran velocidad, como la vida misma.

Aquellos años gloriosos en que se abrazaban en cada gol como si fuera propio y aquella inolvidable vuelta olímpica en el ansiado ascenso familiar que vivieron juntos, de la mano. Infaltables en cada partido, papá Alberto y su hija Julieta, hasta que la salud del papá empezó a teclear.

Quizá por eso las dos camisetas eran una, los dos corazones eran uno y las dos pasiones eran consecuentes a la locura. Las estaciones iban pasando como los años y la vuelta estaba ahí cerca.

También recordar la mala, la tragedia deportiva y la otra, la que marcó a Julieta para toda la vida, la larga enfermedad de Alberto, junto al descenso de su equipo, como un destino cifrado por la maldad de la vida misma. La partida de ese padre, ese compañero, ese amigo que dejó una huella imborrable y una irrecuperable sensación que con él, había muerto el fútbol para siempre. Que ya nada sería lo mismo.

Quizá por aquellas sensaciones vividas en el ayer junto a su padre. Sensaciones que se repiten con su pequeño hijo y que asombran por su similitud. Imágenes repetidas. Preguntas reiteradas y la modernidad de los trenes que modifican el paisaje interior, mientras el exterior pasa raudamente como los recuerdos.

Se había olvidado del fútbol, de aquellas salidas inolvidables con su padre, de aquella mano áspera que la apretaba ante el peligro y la acariciaba ante el desasosiego de la derrota. De aquel descenso inexplicable y sobre todo de la enfermedad que impidió ver la vuelta juntos.

Quizá porque la distancia se acortaba y el reloj se aproximaba a la hora del inicio, el corazón de Julieta palpitaba como nunca, cuando el tren detuvo su marcha y bajó en la estación esperando el saltito de su hijo como si fuera el propio, tomándolo de la mano para recorrer el andén.

La radio fue su compañera mientras se ausentó de las canchas y la camiseta, su vestimenta mientras escuchaba los partidos. El amor llegó tan rápido como se fue y con él un regalo de Dios, Joaquín. Con ese hijo se exaltó la pasión por los colores y el legado familiar. La búsqueda por el ascenso se hizo karma y hubo que esperar seis años para lograrlo.

Quizá por eso al salir de la estación de trenes, la brisa que rozó su rostro, corriendo esa lágrima que surcaba la comisura de sus ojos. Una mezcla de nostalgia y felicidad se unían en una expresión única y alguna vez repetida por ella misma y otro protagonista.

Seis años después del nacimiento de Joaquín y ante la gran posibilidad de ascender a la categoría que jamás debería haber abandonado, fue que su hijo con la camiseta puesta instó a su madre a volver a una cancha de fútbol y la resistencia fue nula.

Quizá por eso fue que recorrió las mismas cuadras de la mano de su hijo, que decenas de veces caminó de la mano de su padre, pero esta vez con un llanto de emoción, con un dejo nostalgioso de aquellos hermosos momentos vividos. Recuerdos que ahondaron en su corazón cuando vio cerca la entrada del estadio, aquella que muchísimas veces cruzó de la mano de su padre.

Cuando llegó el día del partido por el ascenso, sintió la necesidad de complacer a su hijo que sería como complacer a su padre y realizó aquella rutina hasta llegar al tren, sentarse en la ventanilla y perder su mirada en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Quizá fue por que comenzó a palpitar el corazón con ritmo frenético cuando de la mano de su hijo Joaquín, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; llegó al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol con esa ilusión de ascenso que presagiaba felicidad plena, tanto en la tierra y como en el cielo…


Eduardo J. Quintana 
@ejquintana010
 
del libro "Con la ilusión en ascenso - Segundo Tiempo"
 
 
 



"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
 
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viernes, 3 de febrero de 2017

Don Juan y la naturaleza

Dicen que la naturaleza es sabia y pasa factura. A veces la adición es enorme, mucho más de lo esperada, como si se hubiese gastado a cuenta durante mucho tiempo.
Esta vez la cuenta fue impagable, porque la naturaleza se ensañó de verdad, hasta creo que en forma desmedida. La desidia dirigencial, la voracidad empresarial y la impericia en la ejecución de las obras, fueron parte de este cóctel forjado en el tiempo, que tuvo un desenlace casi terminal.
Don Juan Velázquez fue el primer afectado, ya que con sus ochenta años solo pudo salvar lo que más quería. El “Viejo” como le decían en el pueblo, había llegado desde Theobald, una localidad del sur de Santa Fe, perteneciente al Partido de Constitución y se había afincado muy cerca de La Emilia, del lado santafecino, a metros del puente que cruza el Arroyo del Medio, límite natural de con la Provincia de Buenos Aires, donde se encontraba el casco de la ciudad. Su soledad se mitigaba con la compañía de su perro bóxer atigrado, llamado Tobías. Lo había encontrado con dos de sus hermanos cachorritos, a la vera del arroyo. Estaban en muy mal estado de salud y solo había sobrevivido el macho. La huerta, un gallinero y la jubilación de la Textil antes que quiebre, eran su sustento. Su vida se forjaba en la monotonía extrema, se levantaba muy temprano, con el canto del gallo y el sol apareciendo en el este, por detrás de los álamos.
Después de darle de comer a los animales y atender la huerta, cruzaba el puente para dirigirse a su lugar en el mundo: El Estadio Jacinto López.


Su segunda casa, en realidad, su casa principal, porque el rancho fue mutando en cada inundación, ya que la frecuencia con la que el agua desbordaba el arroyo hacía que su vivienda sea desarmable y sus muebles muy precarios. Cada vez que sus alarmas se encendían, llevaba sus pocas pertenencias a un depósito elevado que había preparado para la ocasión, cerraba con candado tomaba sus gallinas y acompañado de su perro se dirigía hacia algún lugar seco, para esperar que baje al agua.
Unos días después cuando la humedad escurría, volvía a su terreno y reconstruía su rancho. Pero la edad le empezó a jugar en contra y cada vez le costaba más realizar la reconstrucción.
Era feliz con su vida seminómade, porque amaba su tierra y tenía el corazón negro y blanco, colores representativos del pueblo, colores que identificaban al lugar a través de la pasión de su gente por el Club Social y Deportivo La Emilia, esa misma pasión que Don Juan le dedicaba en todo momento al emblema de los “emilianos”.
Con los vaivenes propios de la economía, y los sacrificios de cualquier club de pueblo, los “Pañeros” pudieron mantener el Club y participar de los torneos regionales y nacionales. En cada partido de local Don Juan y Tobías se hacían presentes en el Estadio.
El Viejo” pese a su carácter hosco tenía grandes virtudes, una era su espíritu para levantarse una y mil veces, la otra era su servicialidad con el prójimo. La gente disfrutaba de otras de sus grandes virtudes: su destreza musical con la guitarra criolla . Muchas veces tocaba en la plaza o en su rancho, donde se armaban interminables fogones, con buen vino y las infaltables empanadas de Doña Estela.
En los años de lealtad al “Pañero” solo faltaron a dos partidos, en realidad el ausente fue Don Juan, ya que como cábala vinieron a buscar a Tobías al segundo partido y el bóxer, muy campante y con la camiseta albinegra, se fue a la cancha con Chelo, el hijo de Don Jaime, el verdulero y La Emilia ganó. La ausencia de Don Juan se debió a un terrible cólico renal que lo tumbó un mes, hasta que su tía Chola, vino a lomo de un zaino desde Teobald, con sus noventa años, y unos ungüentos que hicieron despedir las piedras que había acumulado en sus riñones.
Solo por algo así podía faltar a un entrenamiento, a un partido de inferiores o de primera. Ni la lluvia, ni el calor, ni la edad hacían calmar su pasión. Durante muchos años siguió de visitante al primer equipo durante los torneos de la Liga Nicoleña, ahora la edad le había pasado factura y solo iba al Jacinto López, acompañado siempre por el fiel Tobías.
La situación del agua venía mal; un tiempo atrás en una crecida del arroyo el agua se había llevado todo y entre ese todo, en un descuido, se había llevado al Tobías, con todo lo que significaba. Tres horas después, bajo un torrencial diluvio, aparecía totalmente embarrado el bóxer.
En esa ocasión, desde el Municipio, ofrecieron al “Viejo” reubicarlo en otro sitio más alto. La negativa fue terminante. Había pasado toda la vida en ese lugar y lo sentía propio, por cuanto la mudanza no pasaba por su cabeza.
Don Juan, era solitario y solidario. Típico viejo que animaba cualquier reunión, que alegraba todas las fiestas en el club y los bailes de carnaval. Había sido un gran bailarín y folclorista, sus velocidad en los dedos ya no era la misma y su voz se fue perdiendo, por lo que se convirtió en un gran trovador.
Mucha gente en el pueblo se preguntaba por su ciclotimia. Del tipo alegre al hosco había una delgada línea y pocos sabían el motivo. La vida no le había dado hijos y su único amor falleció cuando era muy joven, fue cuando yacía en sus brazos que juramentó volver a encontrase luego de su muerte. Ya en la curva descendente , ya con el reencuentro a la vuelta de la esquina, se puede decir que Don Juan cumplió su promesa y no porque no exista la tentación diaria, sino porque era un tipo de palabra. Por eso el pueblo sabía que jamás mudaría la casa de la vera del Arroyo del Medio.
Pero en estos dos últimos meses la naturaleza se ensañó con La Emilia y Don Juan. Para fin de año el curso del arroyo desbordó y nuevamente arrasó con el rancho y algunas pertenencias, pero actuó el plan de contingencia del “Viejo” con sus alarmas, su depósito en la altura y su huida con las gallinas y el perro Tobías a sitios más elevados.
Cuando todo escurrió y volvió a armar el rancho, ocurrió lo peor...
No había pasado un mes cuando el pueblo de La Emilia soportó la mayor tragedia hídrica en sus ciento veinticuatro años de existencia. No hubo alarmas que previeran semejante desastre, fueron sonando las campanitas improvisadas por Don Juan, en los distintos niveles de agua y cuando se dio cuenta la masa líquida arrasaba el rancho, no pudiendo salvar siquiera las cosas esenciales, solo alcanzó a vestirse con lo que tenía a mano, llegar hasta el gallinero, abrirlo y tomar la bataraza como pudo, un poco de las alas, un poco de sus plumas blancas, ya que tuvo que apurar la acción porque llegaba el agua.
Abrazado a “La Pamela”, como el “Viejo” llamaba a la gallina ponedora que más apreciaba y con el “Tobías” asustado cruzándose entre sus piernas, intentó buscar un lugar alto, mientras la lluvia era torrencial y el cauce del arroyo salía de su curso completamente. Pronto se cortó la luz en el pueblo y todo se hizo más difícil.
La magnitud del agua hizo que el esfuerzo de los “emilianos” fuera infructuoso, intentaron salvar los electrodomésticos más chicos y algo de ropa. Sin luz, apenas lograron apilar los muebles, salvar a las mascotas y poner a salvo a los más pibes.
Comenzaron a circular las canoas de los mismos vecinos, acudiendo a los hogares donde había niños muy pequeños, ancianos o discapacitados, para intentar ponerlos a salvo con algún familiar menos afectado. Fue una noche de terror.
Por la mañana, el panorama era desolador. El agua anegaba todo el pueblo, que solidariamente intentaba pasar el mal momento.
La casa de Don Jaime, el verdulero, como la de sus vecinos contiguos habían sufrido las consecuencias de la inundación. Mientras trabajaban llevando los cajones de verduras a un lugar alto, comentaron y comenzaron a preocuparse por el destino de Don Juan.
Un rato después Nacho y Chelo, en un viejo bote, fueron en búsqueda del “Viejo”.
Nunca lograron llegar, era imposible que algo haya quedado en pie, en la otra margen del arroyo. Ni siquiera el mástil que Don Juan había alzado con la bandera argentina, junto a la negra y blanca de La Emilia. Con preocupación se dirigieron al lugar donde en cada inundación se cobijaba Don Juan junto a su perro Tobías. Todo inundado y ningún rastro. Comenzaron a desesperarse y a hacer correr la voz sobre su desaparición. Empezaron a acercarse canoas y botes con vecinos para sumarse a la búsqueda, que fue realizada casa por casa; cuando llegaron a las inmediaciones de la fábrica, por uno de los laterales del Estadio Jacinto López, Chelo, que iba en el bote con su hermano Nacho reconoció el ladrido de Tobías. Se acercaron y al llamado del bóxer, este respondía con un profundo ladrido. Era él y si estaba el perro, seguramente estaba el “Viejo”.
Aseguraron con una soga el bote a un árbol y fueron al portón principal, mientras llegaban otros vecinos alertados por los hijos del verdulero. Ingresaron al estadio, que también estaba inundado y directamente fueron en busca de los ladridos. Mientras recorrían la tribuna del desolado club, entre el barro y el agua, divisaron a Tobías, quien acudió al llamado de Chelo, mostrando toda su alegría al verlo. Minutos después, guiados por el bóxer llegaron a Don Juan, quien se encontraba acostado en los escalones, ataviado solamente con su casaca negra y blanca a rayas, totalmente embarrada y rota, acompañado por su bataraza “Pamela”. Su pierna derecha lastimada, su frente cortada, el ojo hinchado y el codo derecho sangrado, daba muestras del terrible golpe que había sufrido en plena tormenta.
Estaba vivo, que era lo más importante, pero su estado revestía preocupación. No lo podían mover debido al temor de que el golpe haya afectado algo óseo; mientras algunos vecinos iban a buscar un médico para revisarlo, otros le traían algo de ropa para cambiarlo, agua y comida. Estaba lúcido, pero se lo notaba perdido. Reaccionó cuando le pidió a Chelo que le traigan otra camiseta, porque la que tenía puesta estaba mojada. No había caso, llevaba al “Pañero” en el corazón y no había contingencia climatológica que lo haga cambiar de parecer.
Estaba en su casa, en la tribuna de siempre, en el escalón en el que se sentaba habitualmente junto a su compañero Tobías, bajo un tibio sol que amenazaba dar una mano.
El desastre estaba consumado y habría que comenzar de nuevo, pero en ese comenzar de nuevo no había margen para cambiar el amor y la pasión que el “Viejo” sentía por el Club que tenía en su divisa, el color de su sangre.
El agua comenzaba a bajar y seguramente vendría lo peor. El sol comenzaba a salir en su máxima expresión, iluminando esa tribuna negra y blanca con el nombre de “La Emilia”, esa inscripción acuñada a fuego en el corazón de Don Juan…




Eduardo J. Quintana 
Texto Inédito
@ejquintana010



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Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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jueves, 26 de enero de 2017

Psicología de amor

Dedicado a D.P.

Haber llegado a España para mejorar el futuro familiar, fue algo decidido por el matrimonio formado por Sebastián y Verónica. Eran jóvenes, con cinco años de novio más ocho de casados, como para conocerse muy bien. Tenían dos hijos una nena de siete años, llamada Ludmila y un varoncito de seis llamado Gabriel. La niña iba a iniciar el segundo grado del colegio primario por lo cual no tendría problemas con la mudanza. El pibe debía comenzar con primer grado.
El lugar de destino, Las Palmas de la Gran Canaria, más precisamente en el Barrio Canalejas donde aproximadamente vivían ocho mil personas. En una situación casi casual, a Sebastián Carmona Illanes le habían ofrecido un muy buen empleo, con casa y automóvil en un importante Hotel de la ciudad, era, como su esposa, Contador Público Nacional y como tal, manejaría las finanzas del hotel de una familia amiga, a quienes habían conocido de casualidad en la Luna de Miel, cuando recibieron ayuda para cambiar un neumático pinchado en una ruta del sur argentino.

Verónica y Sebastián, se habían casado en su ciudad natal, Tres Arroyos y habían partido de luna de miel en su autito rumbo al sur, sin lugar fijo y por aproximadamente quince días. En una parte del trayecto ocurrió el encuentro con Ismael Frías y su mujer. Habían quedado varados sin poder cambiar una goma pinchada, porque el auxilio estaba también en una situación similar. La solidaridad hizo que pararan con su auto y los socorrieran. Primero se llevaron los dos neumáticos a reparar, mientras el auto quedó levantado con el crique en la banquina de la ruta y de regreso, aparte de traerles algo de beber, ayudaron a colocar la rueda. Allí nació una amistad entre las parejas. Ismael era de Buenos Aires y Pamela Rodríguez era española, ambos vivían en el sitio que a la postre sería el lugar de residencia de la familia Carmona.
Prosiguieron unos días de vacaciones juntos y allí se conocieron con más intimidad. Ismael Frías y Pamela Rodríguez se encontraron en unas vacaciones en Brasil y rápidamente se juntaron como pareja. Él dejó todos sus afectos y se fue a vivir a Brasil, para trabajar en el Hotel de su suegro, que falleció muy poco tiempo después, quedando la pareja a cargo de la cadena hotelera.

En momentos del casamiento, Verónica y Sebastián trabajaban en el Banco Nación de Tres Arroyos, ambos como contadores con gran proyección. Dos años después, tuvieron a Ludmila y enseguida a Gabriel.
Vivían bien en Tres Arroyos, tenían a sus familias, sus amigos y el Club que por herencia eran hinchas, Huracán. Ambas familias eran asiduas concurrentes al Estadio Roberto Lorenzo Bottino, donde sus lugares en la platea ya estaban asignados y se juntaban a pleno, cada fin de semana a ver a “Los Peludos”.

La vida en la ciudad era muy monótona y aunque estaban bien económicamente, ambos tenían ganas de progresar. Cuando recibieron el llamado de Ismael Frías desde España y surgió el importante ofrecimiento de trabajo en el hotel, que por la cifra y el bienestar, era casi imposible de rechazar, ambos estuvieron de acuerdo. También opinó Ludmila afirmativamente, en cambio, Gabrielito puso reparos y el motivo más grande era la falta de “El Globo de Tres Arroyos” en España. Estuvieron un par de días intentando convencerlo que con las redes sociales estaría conectado y podría ver los partidos, pero no había caso. La decisión estaba tomada e igual partirían los cuatro hacia la madre patria. Y así fue…

Con la tristeza de Gabriel y las buenas perspectivas del resto de los Carmona, un mes después estaban instalados en la bella ciudad de Las Palmas. Ya tenían casa, auto, trabajo y colegio para los niños. Estaban impactados por la majestuosidad de la isla, por el azul del mar, por los lujos y los barquitos amarrados. Era una ciudad hermosa que vivía el fútbol de una forma particular, Unión Deportiva Las Palmas era su equipo emblemático, teniendo como clásico rival al Club Deportivo Tenerife, pero el clásico no se vivía como en Argentina. Faltaba ese Huracán de Tres Arroyos – Quilmes o los infaltables clásicos vecinos con Ramón Santamarina, Olimpo o Villa Mitre de Bahía Blanca. Nada era igual en lo que a fútbol se refería.
Una ciudad hermosa y ordenada junto a un mar azul de aguas transparentes cosas que hacían extrañar menos a las playas de Claromecó; la pureza del campo, los vientos sureños y por sobre todo la pasión por la divisa blanca del “Peludo”, eran incomparables en el corazón de los tresarroyenses, sobre todo en el pequeño Gabriel que había adoptado el fanatismo por Huracán desde las mismas entrañas de su madre, cuando embarazada concurría con la familia al Estadio Roberto Lorenzo Bottino a ver al “Globo”
Sun primeras palabras no fueron mamá y papá, fueron “Globo” y “Huracán”; su primera ropa, fue la camisetita blanca y su primer juguete una pelota. No podía salir otra cosa de esa experiencia de vida que un niño apasionado por su club de fútbol y cuando todo eso inoculado de pequeño, comenzó a dar sus frutos, viajaron a España y se alejaron de los afectos.
Por eso el comportamiento de Gabriel resultó extraño desde el día en que se enteró de la partida y se acentuó aun más instalados en la isla. Pasaron los meses y su conducta se volvía cada vez más introvertida. Sus problemas de comunicación se agudizaron aún más con el comienzo del ciclo lectivo. Los docentes del establecimiento educativo comenzaron a preocuparse por su falta de participación en las clases y citaron a los padres. Gabriel, ya no hablaba.
Unos días después comenzaron los estudios que no arrojaban problemas físicos importantes. Verónica y Sebastián tuvieron reuniones con el niño por separado, juntos, y con un psicopedagogo. No había caso, el carácter de Gabrielito se había retraído al punto tal, que sus padres comenzaron a preocuparse de sobre manera. Pasaron por psicólogos, clínicos, neurólogos, foniatras, brujos, curanderos y todo el que pudiese estudiar la situación atípica de un niño chico.
Nadie pudo dar en la tecla.
No pasó mucho tiempo hasta que comenzó con fiebre, dolores de cabeza y a deambular por distintas clínicas. Los especialistas, no le encontraban la vuelta.
Sebastián lo llevó a ver a Las Palmas y en medio del primer tiempo del encuentro se quedó dormido. Nada lo incentivaba.
Solo había una cosa que lo distraía pero en soledad: su casa del árbol. Podía pasar horas sentado en su interior y como subía por la escalera de soga desde donde se accedía y luego la recogía, quedaba aislado.
Verónica, desde su primer piso podía observarlo y así quedarse tranquila que estaba bien o en su defecto, era su hija la que verificaba el estado de su hermanito desde la ventana de su habitación.
Impedía que suban a su casita, mantenía su intimidad y su soledad.
Entre aquel chico alegre que jugaba en las playas de Claromecó, a este niño que se recluía en su casa del árbol, había más de diez mil kilómetros de distancia, distancia que no existía entre su pequeño gran corazón y Huracán de Tres Arroyos.
Había pasado un largo tiempo desde aquella mudanza y todo había empeorado en la introversión de Gabriel. La situación económica de los Carmona había mejorado muchísimo y la laboral aun más, pero la angustia de no poder dilucidar el inconveniente que acarreaba el niño, hacía que nada se pudiese disfrutar. Pasó todo un año; obviamente Gabriel repitió primer grado, no logró hacer una sola amistad y por sobre todo había perdido su relación con Verónica y Sebastián. Llegó mediados de diciembre y los preparativos para pasar las fiestas en Tres Arroyos con la familia, animaron al menor.
Viaje en avión, luego en micro y una vez de vuelta a los pagos, donde el asombro se hizo carne en la familia. Gabriel era otra persona, se abrazaba con cuanto familiar o conocido se cruzara. Se lo veía feliz, su rostro volvía a tener esa sonrisa y sus palabras resurgieron de su boca en forma casi mágica. Nadie en la familia creía lo que Verónica y Sebastián contaban en cada comunicación. El tío Esteban, que tenía a Gabrielito como su sobrino preferido, se asombró al verlo feliz y vestido con la camiseta blanca, sobre todo en ese momento que le pidió que lo lleve al “Bottino”.
Era maravilloso verlo llorar de emoción en el circulo central del verde césped, girando trescientos sesenta grados para admirar las tribunas vacías. Cuando su tío puso las manos en su cabeza, el niño lo abrazó (hasta donde llegaba su altura) y le dijo: - Pensé que no lo iba a ver más…
Estaba enamorado desde sus entrañas del Globo y era el desarraigo el que había cambiado su conducta. En Tres Arroyos era feliz y eso no debería pasar inadvertido para sus padres.
Tanto Sebastián como Verónica tomarían nota de esa situación complicada en sus vidas, porque si bien en Mallorca todo era bienestar y futuro, la salud de Gabriel era una condición innegociable para cualquier sueño familiar.
Pasaron Nochebuena y Navidad en casa de los padres de Verónica. Fin de Año y Año Nuevo en el quincho de Tío Esteban. Todo fue hermoso e inolvidable, el afecto familiar y pueblerino de los Carmona, los Illanes, los Fernández y los Diaz que desde siempre compartían las fiestas, el crecimiento de los chicos y sobre todo la felicidad de Gabriel.
El 2 de enero por la mañana tenían vuelo de retorno a la isla, por eso la reunión del primero al mediodía tuvo a toda la familia completa presente en una mesa larguísima. Pero ya no era igual el estado de Gabrielito, ya se lo notaba nervioso y hasta moqueó en un reto.
A la tarde, mientras hacían la larga sobremesa del nuevo año, con pan dulce y mate, los chicos volvieron de jugar en la Plaza. Eran las seis y media, de un luminoso día, cuando Verónica se retiró a armar las valijas. Al pasar al lado de Ludmila, preguntó:

- ¿Gabrielito no está con vos?
- No, estaba con el “Rulo”. Contestó Ludmila.

Pero unos metros más adelante el “Rulo” estaba con los auriculares escuchando música sentado en la base del ombú de la plaza. Verónica se acercó y preguntó:

- ¿Rulito, Gaby no estaba con vos?
- No Vero, la última vez que lo vi, iba a preguntarle algo al padre.

La madre fue a su habitación a armar la valija sin consultar más nada. Anochecía en Tres Arroyos y el celular suena en manos de Verónica, era Sebastián…

- Me encontré con Rulo, que pensaba que Gaby estaba conmigo, pero yo no lo vi...¿Está con vos?
- No Seba, me imaginé que estaba con vos y me desentendí.
- ¿Y dónde está…?

No había respuestas, ambos cortaron el teléfono y se encontraron en casa de los Carmona, que alborotados se preparaban para salir a buscarlo. Tres Arroyos era chico y todos se conocían. Así que empezó la caminata preguntando a los conocidos, si alguien lo había visto. Nadie contestaba afirmativamente. Empezó la preocupación. Comenzó a oscurecer lentamente. Había tiempo y eran varios buscando a Gabriel. Cada uno tomaba una cuadra y tocaba timbre casa por casa. Otros recorrieron lugares puntuales. Cada tanto se juntaban en algún lugar. No había noticias de Gabrielito.
Cuando se dirigían hacia la Comisaría para hacer la denuncia, se encontraron con Esteban quien era íntimo amigo del comisario. Ya en la oficina de guardia y con los nervios de los padres a flor de piel, hicieron un mapa imaginario de los lugares donde habían buscado, en momentos que el Principal Juan Carlos Tombolini realizó la pregunta clave:

- ¿No hay ningún lugar donde el niño quisiese estar y ustedes no se lo permiten?

Esteban, Sebastián y Verónica cruzaron miradas y en un gesto casi al unísono salieron corriendo, cruzaron la plaza y a toda velocidad, llamando la atención de los vecinos, siguieron por Avenida Moreno hasta Suipacha, allí doblaron a la izquierda, en el camino se encontraron con “Radri” el cantinero del club, quien no sabía nada de Gabrielito. Siguieron corriendo hasta el lugar donde los tres imaginaron el final de la odisea: “El Estadio Roberto Lorenzo Bottino”
Golpearon el portón, segundos después salió “Pega”, a quien le preguntaron si había visto a Gabriel y ante la negativa de este, le pidieron ingresar a la platea. Estaba oscuro, “Pega” fue hasta el tablero de luces y comenzó a encender los focos alineados sobre la platea. Se separaron los tres para buscar entre las butacas. Cuando los focos estuvieron a toda potencia, se encendieron las tres columnas de la popular opuesta y allí recién, cuando se hizo prácticamente de día en el estadio, Verónica divisó en la popular algo oscuro. Corrieron los cinco, ya que a Esteban, Sebastián,Verónica y “Pega” se le había sumado “Peter”, otro muchacho del club, abrieron el portón y cuando se fueron acercando mermaron la marcha. Era él, vestido con la camiseta blanca con vivos rojos, acostado en el escalón, todo a lo largo, durmiendo plácidamente, con la cabecita apoyada en los brazos.
Respiraron, estaba bien, decidieron sentarse a su lado unos minutos. Verónica acariciaba su cabellera castaña, mientras Esteban y Sebastián discutían sobre lo sucedido. Gabriel, despertó y se sentó en silencio junto a su madre, la abrazó y comenzó a llorar. Poco a poco la familia fue entrando en la tribuna, entre ellos Ludmila que se abrazó a su hermano y a Verónica para sumarse al llanto.
Sebastián y Esteban seguían discutiendo, cada vez más acaloradamente. Hasta que un grito de Esteban conmovió a la familia:

- ¿Qué mierda tenés en la cabeza, lo enfermaste de chiquito con nuestra pasión por Huracán y cuando el pibe comienza a amar la camiseta, a llenar su vida del Globo, le querés imponer a Las Palmas? ¿Vos estás loco…?

Sebastián quedó sin palabras y con los ojos llorosos, era su hermano mayor el que hablaba de amor, ni más ni menos que de ese amor que profesaban ambos a la edad de Gabriel.
La tribuna popular del Bottino era testigo del cariño de un niño por sus colores, de la pasión hecha sangre en sus venas, de ese corazón con forma de globo que se elevaba en el sentimiento eterno del pequeño hincha, y la familia era cómplice de ese amor eterno.
Poco a poco fueron bajando los escalones de la popular, girando las cabezas para ver a Verónica, Ludmila y Gabriel fundidos en un abrazo. Unos metros más abajo, Sebastián completamente abatido con las palabras de su hermano, dejaba caer lágrimas más intensas.
Gabriel se suelta de su madre, baja unos escalones, se sienta pegadito a su papá y con sus brazos intenta rodear a Sebastián. Esa misión casi imposible, hizo la acción aún más tierna. Sebastián abre el brazo derecho y abraza a su hijo, quien le dice dos palabras que cambian la historia:

- Perdoname papi.

Profundizando el abrazo de padre e hijo y el llanto de los cuatro integrantes de la familia tresarroyense. La imagen de unión entre Sebastián y Gabriel, a la que se sumaron Ludmila y Verónica quedó grabada en una foto que quedó en la cabeza tanto de “Peter” como de “Pega”, que admiraban la escena desde la platea.
Tres Arroyos es una ciudad pequeña, de andar monótono y donde se conocían todos. No tenía ni los lujos de Las Palmas, ni playas con aguas azules. No podrían trabajar tan tranquilos como en el hotel, ni tendrían el pasar económico de la isla.
Pero Tres Arroyos tenía algo que faltaba en la Gran Canaria, tenía a Huracán, el club que amaba Gabriel y eso no tenía valor material.
Porque el que nace en Tres Arroyos y hereda la pasión por el Globo, sabe que su vida y sus sentimientos estarán siempre ligados, por más kilómetros de distancia que los separen…




Eduardo J. Quintana 
Texto Inédito


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viernes, 23 de diciembre de 2016

Las llaves de la felicidad

Explicar la realidad que uno vive hoy, sin remontarse a recordar el pasado reciente, es ineludiblemente imposible. Quizá mi felicidad de hoy esté íntimamente ligada al destino que me impuso la vida.
Pasé por un mal momento, esos que aparecen de repente y tardan en diluirse. Momento triste, donde uno elige la soledad para marginarse. Donde uno intenta aclarar el panorama gris de un día con alta nubosidad interior y con pronóstico de futuras tormentas. Días donde uno no ve el sol que tiene delante de la vista, ni escucha el sonido inconsistente del agua de mar, que monta en cólera sobre su oleaje bravío, entrelazado con la brisa que las acompaña a morir en las arenosas playas miramarenses. La decisión vista desde la posición de hoy fue sabia. No involucrar a nadie de mi entorno fue insospechadamente magnífico y la complicidad de mi abuelo Pedro, a quien estaré eternamente agradecido por prestarme el chalecito en Miramar, esa semana en la cual necesitaba tranquilidad y mente fría.
El despido en el trabajo es algo que invariablemente te lleva a la desazón personal y a la hecatombe económica. En un hogar sin ingresos, comienzan los problemas de pareja y ese desgaste diario transitado durante mucho tiempo deviene en la separación. Eso me pasó, como a tantos otros.
En un país en crisis, conseguir trabajo es una quimera y sin trabajo la vida se hace muy complicada. La presión arterial sube, la salud se deteriora y el riesgo de depresión emocional aumenta. Por eso decidí hablar con el abuelo Pedro, para ir a Miramar a despejar ideas y encontrar aire en la soledad.
Unos días de vida más que austera, un poco de pesca, caminatas por la playa casi fantasma y pensar. Cada mañana ver amanecer con el mar como testigo, es un placer que pocos conocen. Los días acompañaban pese a la época del año y el sol era un cómplice necesario en cada meditación. Una duna, siempre la misma, era la elegida para usar de mirador.
Cinco y media, la alarma del teléfono celular avisaba que había que levantarse, bañarse y desayunar. La salida de febo no esperaba, así que la celeridad al madrugar era religiosa y se compensaba con una hermosa siesta. La primera semana pasó así y si bien mi imaginación estaba a full, no encontraba en un futuro inmediato nada apacible y más pensando que se iban acabando los pocos víveres traídos en el micro, lo que complicaría la segunda semana de solitaria experiencia.
Llegó el fin de semana, el buen tiempo trajo mucha gente que molestaba ciertamente mis apetencias de tranquilizar mi alma, me recluí en mi casa a esperar que pase la multitud.
El lunes todo volvió a la normalidad y caña en mano, partí en la oscuridad de la noche hacia la playa. Como una rutina establecida, enterré el posa caña, coloqué la caña armada y subí a la duna a ver el amanecer.
Me senté en posición de meditación y sentí que algo molestaba mi pierna; toqué con la mano derecha y desenterré un llavero con un manojo de llaves. Me llamó la atención lo colorido del llavero que era circular, de un material plateado y en cuyo frente tenía un escudo verde y rojo con vivos blancos y las letras “CD”. Al dorso tenía grabada la leyenda “Círculo Deportivo Nicanor Otamendi”. Era un bonito llavero, con algo desconocido para mí, que contenía varias llaves y cuyo dueño debe haber buscado incansablemente.
Llegó la hora de la pesca. El agua estaba fría y costaba pasar el nivel de las rodillas, que con el oleaje mojaba la bermudas. La correntada provenía del norte y a minutos de haber lanzado, dos piques consecutivos marcaban que sendas borriquetas se habían enganchado y que fritas servirían para apaciguar el hambre del mediodía. Justo en el momento que las llevaba al balde, viví una acción digna de una película. Por la entrada a la playa, a unos ciento cincuenta metros, apareció una figura femenina. Solo se podían apreciar sus largas piernas y su cabellera castaño clara. Fue acercándose hacia el lugar donde había esperado el amanecer, en la duna y presagié lo que vendría.
Cuando vi su búsqueda, arrojé nuevamente la línea al mar, me acerqué lentamente y le dije:

- Hola

Se asustó. Traté de apaciguar su miedo

- Creo que sé que estas buscando

Saqué de mi bolsillo el manojo de llaves, separé el llavero y lo acerqué a su camiseta verde y roja a bastones verticales que tenía atada a la cintura con un nudo.

- Sin dudas, buscás esto…

Miró mi mano, sonrió y me miró a los ojos. Todas mis dudas, mis temores, mi nostalgia, mi depresión se fueron en una simple sonrisa. Sus hermosos ojos color almendra, su piel bronceada, si cabello lacio me eclipsaron. Me dijo “Gracias” y me creó un cosquilleo en la panza como cuando era niño y mi compañerita de jardín me dijo que estaba enamorada de mí.
Ella posó sus ojos en mí y de repente los desvió rumbo al mar y señaló con su dedo índice, al grito de:

- La caña…

Miré hacia el lugar del posacaña y se había caído. El hilo tenso hacía prever que algo se había enganchado. Corrí, tomé la caña, olvidándome completamente de esa hermosura de mujer y clavé. Comencé a girar el reel, maldiciendo el momento en que había picado, pero con el correr de las vueltas, me di cuenta que estaba ante algo grande. Giré la cabeza y vi su pelo revolotear en el viento, estaba a mi lado, cuando en eso gritó:

- Mirá allá, a la izquierda

Del agua chapoteaba una hermosa corvina, ella dejó las ojotas a mi lado, salió corriendo y se metió en el mar en busca de pez. Allí fue cuando vi desde atrás su hermosa figura, ataviada con un short blanco, muy corto, que dejaba ver sus impecables formas y su camiseta verde y roja anudada a la cintura con el número diez en la espalda. Instantáneamente dejé de recoger el hilo impactado por su belleza. Fue ahí cuando ella giró su cabeza y me dijo:

- No le aflojes el hilo que se escapa.

Hizo un movimiento brusco y se abalanzó sobre la corvina que no paraba de moverse, la trajo a salvo del escape y exclamó:

- ¡Qué hermoso ejemplar…!

Yo no le sacaba los ojos de encima...A ella...Mientras ella estaba fascinada con la corvina.
Puse la caña en el posa caña, saqué el teléfono celular de la riñonera y le pedí que levantara el pescado para sacarle una foto. Me quería llevar de recuerdo su imagen, no teniendo dimensión que en toda mi vida de pescador, jamás había sacado algo de un tamaño similar. Ni siquiera aproximado.
Pero a la vez, jamás había tenido enfrente una belleza semejante.
Posó para una, dos, tres fotos. Su belleza se agigantaba con el paso del tiempo. Sin avisar, se introdujo en el mar y se tiró justo cuando iba a romper una ola grande. Fue ahí donde entendí que existía Dios…

- Vení, metete, esta hermosa

No dudé, no pensé en la temperatura del agua, ni en la pobre corvina que daba sus últimos coletazos; me quité el buzo, la remera y salí a zambullirme al mar frío.
Creo que hasta sentí el agua tropical. Creo que hasta me olvidé de mis problemas.
Fueron no más de quince minutos, salimos a secarnos al sol. Primero charlamos de pie, después nos sentamos en el médano. Me contó un poco su historia, que no era tan trágica como la mía, aunque la soledad a veces la ponía de mal humor. Dijo: “La soledad”.

- ¿Cómo soledad? ¿No tenés novio, vos?
- No, hace dos años rompí una relación larga y después nunca encontré esa persona que me marque.

Un frío aún mayor que el del agua helada corrió por mi espalda y se acentuó, más aún, cuando me preguntó:

- ¿Vos tenés pareja...?
- Mi historia es larga, si querés te la cuento
- Tengo tiempo – respondió ella y repreguntó - ¿Estás muy ocupado?
- No, al contrario - respondí sin dudar - Me sobra el tiempo.

Un par de horas bajo el sol alcanzaron para adelantarnos algunas cosas de nuestras vidas y mientras limpiaba la corvina al lado del mar, le consulté algo que realmente no conocía:

- ¿Qué es Circulo Deportivo…?
- El Club de fútbol del que soy enferma desde que nací y al que voy a ver cada partido que el Estado me deja.
- ¿Esa camiseta es de Circulo Deportivo?
- Club Círculo Deportivo de Comandante Nicanor Otamendi.
- ¡No tenés nombre…!
- El Papero
- ¿El Papero? Pregunté desorientado.
- Sí, así le dicen y es porque Comandante Nicanor Otamendi es un lugar netamente productor de papas.
- No sabía
- Sí, anualmente se hace la Fiesta Provincial de la Papa
- ¿No me digas que saliste reina? Le pregunté mirándola de arriba a abajo.
- Sí, el año pasado. ¿Cómo sabías?

Me quedé en silencio, tomé fuerzas y le dije:

- Porque sos perfecta

Me sonrió, tomó la corvina abierta y me dijo:

- ¿Qué vas a hacer con esta?
- La voy a hacer a la parrilla – le contesté – Bien adobada y con un buen vino blanco.

Se hizo un silencio y ahí se me ocurrió algo.

- ¿Querés venir a cenar esta noche a mi casa?

No dudó ni un instante.

- Sí dale, me gusta la idea. ¿A qué hora?
- A la hora que quieras…

Mientras pensaba para adentro: “Vení ahora y quedate toda la vida”.

- Dale tipo ocho estoy por ahí y llevo un rico vino y el postre.

Otra vez quedé en silencio y pensando: “Que mejor postre que vos”.

- Dale, anotá mi número de celular, así quedamos en contacto y me pasás la dirección.

Me lo dijo con mucha simpleza y gran confianza. Una vez pasados los números llegaron las palabras más lindas de la mañana

- Fue un gusto encontrarte, el destino te puso acá y recuperé las llaves de mi casa. Gracias, nos vemos a la noche.

Se acercó, me abrazó, me dio un beso en la mejilla derecha y me repitió:

- Nos vemos a la noche…

Se dio media vuelta y se fue caminando lentamente, como sabiéndose mirada. Mis ojos seguían sus sensuales movimientos. A mitad de camino se dio vuelta, sonrió y me saludó con su mano.
No lo podía creer, su belleza era inconmensurable y esa camiseta verde y roja le quedaba pintada.
Cosas del destino, jamás había escuchado hablar del Club Circulo Deportivo, simplemente porque no me gustaba el fútbol. Pero no me gustaba el fútbol como no me gustaba el durazno o la cebolla, porque nunca lo había probado y justamente, esa fruta desconocida que era “El Papero”, me daba una oportunidad única: Cenar la corvina más grande que saqué en mi vida, junto a la mujer más bella que conocí y todo gracias al club de camiseta verde y roja.

Minutos después cuando ya estaba en mi casa limpiando y adobando la corvina, llegó un mensaje al celular que decía: “Hola lindo, no sé con que nombre agendarte. La pasamos tan bien que jamás nos preguntamos como nos llamamos. Luciana”
Así la guardé entre mis contactos, provisoriamente como Luciana CD y le contesté que mi nombre era Leandro Uriel Martínez Castro, recibiendo como contestación: “Listo Lean. Besitos” y un corazón.

A la tardecita, comencé a preparar el fuego despacio, a armar la ensalada y a preparar una picadita como para amenizar las espera. Luciana llego a las ocho para iluminar la noche con un vestidito blanco que dejaba ver sus piernas perfectas. Se acercó a la parrilla a ver la corvina en todo su esplendor. Olía bien y por el tamaño habría comida para varios días. Me dio un vino blanco y helado para poner en el freezer. Del bolso sacó un regalo, el libro con la historia del “Papero” que había escrito su padre Ubaldo Castiñeiras y un hermoso banderín.
Sabía que con su sensualidad y mi falta de fútbol, era presa fácil de convencer y así lo hizo. Comimos la picada con Fernet y charlamos de todo. Me había conquistado plenamente y por su sonrisa, su alegría y sus gestos, parecía que era recíproco.
Me contó sobre su amor por la verde y roja, su pasión por el fútbol, la fidelidad cada partido en que Círculo jugaba en el “Estadio Guillermo Trama”, tanto de ella como de su familia. Era muy compañera de su padre y como única hija, la protegida y adorada.
Conté mi historia complicada y el motivo de mi estadía en Miramar. Coincidimos que el destino había puesto las llaves, la corvina y esa hermosa cena, en el camino.
Pero en ese momento jamás imaginamos que una gran tormenta se avecinaba y entre risas e historias, quedamos atrapados en el aguacero. Luciana ingresó el auto al garaje techado, justo en el momento que el agua se convirtió en piedra. No hubo problemas, el destino seguía estando del lado de ambos.
Reímos, comimos, tomamos, nos divertimos. Cuando sonó el teléfono la bella Luciana le dijo a su padre que se quedaba hasta que pare y meneando la cabeza, separó el celular de su boca y me dijo:

- Dice papá que me cuides…

Como no cuidarla si era como un ángel, algo inimaginable en mi vida y encima la lluvia que hacía mucho más íntimo y romántico el momento.
Fue una noche hermosa por donde se la mire. Ella durmió en mi casa, amanecimos juntos y desayunamos en la duna mirando el amanecer. Fue hermoso, inolvidable.
Nos saludamos con un abrazo fraternal, donde se sintieron los corazones, y con un dulce y hermoso beso donde se sintió el sabor del amor. Ella subió al auto y partió rumbo a Comandante Nicanor Otamendi.
Quedé en el aire, mi corazón latía mucho más fuerte, el viento parecía cálido y el horizonte mucho más cercano. Mi vista perdida y los recuerdos de su sonrisa, de sus mimos, de sus abrazos, de ese hermoso beso final. La veía chapotear entre las olas con su camiseta verde y roja a rayas verticales con ese número diez indiscutido en su espalda. La veía irse con ese andar sensual y cansino, girando la cabeza para tirarme un beso. La veía diciéndome: “Dice papá que me cuides” con esa sonrisa pícara. La veía en mi pensamiento.

Había pasado la mañana, fui caminando hacia mi casa sin cruzarme a nadie a quien poder demostrarle mi alegría. Extrañaba que no llame. Acomodé y barrí un poco la casa. Hice la cama donde ella había dormido y saqué las cosas del sillón donde había intentado dormir yo. Preparé ensalada y comí otro trozo de la corvina, que estaba verdaderamente deliciosa y que había pasado inadvertida, ante la belleza de Luciana. Cuando estaba comiendo un poco del helado que sobró, sonó un mensaje en el celular. Era ella que me invitaba a ver un partido de fútbol, justo a mí que nunca había entrado a una cancha, más que nada por prejuicio familiar que por otra cosa.
No dudé un instante, dándole la bienvenida al fútbol en mi vida, le contesté que sería un gusto y osé preguntarle con quien “jugábamos”. Fue la palabra justa: “jugábamos”
Me contestó que jugábamos el clásico con Juventud Unida en el “Estadio Guillermo Trama” y que a ella le gustaría que vaya. Obvio que respondí afirmativamente y le pedí, que en un mensaje de voz (la quería escuchar) me ponga los datos y horarios de como viajar.
Me bañé, me vestí adecuadamente, escuché su mensaje y salí a tomar el micro que uniría los treinta y tres kilómetros de distancia que nos separaba con la mujer de mi vida.
Tomé el colectivo y en un rato entraba en Otamendi. Ella me esperaría en la terminal y allí estaba, ataviada con su hermosa camiseta, esperándome. El abrazo al bajarme fue conmovedor y el beso con una dulzura tal, que quedó su sabor en mi boca por largos minutos. Caminamos tres cuadras hasta su casa. Mentiría si no digo que estaba nervioso como a los catorce años, cuando entré a la casa de Teresita mi novia de la secundaria.
Vivía en una casa hermosa, ingresamos juntos. Primero ella, después yo y allí estaban sus padres y sus abuelos. Me temblaban las piernas. Todos vestidos con la casaca del “Papero”. Saludé uno a uno. A la mamá y a la abuelita les di un beso en cada mejilla (no sabía como se saludaba en Otamendi). Después saludé al abuelo y por último, al padre con un enérgico apretón de manos. Mucho respeto y una sonrisa de oreja a oreja de Luciana, quien ya había contado todo lo sucedido el día anterior.
Don Camilo, el abuelo, fue el encargado de darme la bienvenida. Todo muy formal.
Ubaldo, el papá de Luciana, era el único que mantenía el gesto adusto, mientras se abrazaba a su hija en un gesto que demarcaba territorio e imponía respeto. Tras la bienvenida, la mamá de Luciana tomó una bolsa y se la entregó a Ubaldo, quien me la obsequió con la frase:

- Cuidala y amala como a mi hija.
- Gracias – Le respondí.

Abrí la bolsa y en su interior estaba la casaca del Circulo Deportivo, la hermosa verde y roja, con el número nueve en la espalda. Una sorpresa. Pedí permiso para pasar al baño y colocármela. Me quedaba impecable; salí con una sonrisa y Luciana, me besó con mucho amor y solo esbozó un “Gracias” que me llegó al corazón.
Salimos caminando rumbo al estadio, a cada paso se sumaba algún vecino y cada uno de esos vecinos que se unían a la procesión, era presentado con formalidad. Era mágico, algo soñado y el afecto venía muy bien es este momento que estaba pasando. De un día para otro mi vida había cambiado de modo tal que la felicidad golpeaba la puerta.

Allí estaba junto al alambrado, en mi debut futbolero, ataviado con la camiseta del “Papero”, rodeado por el amor de la mujer que había llegado a mi vida hacía no más de treinta horas atrás y que parecía conocer de toda la vida, rodeado de una familia unida por herencia, rodeado por gente de pueblo y por sobre todo, rodeado de algo desconocido en mi vida como era el amor por la camiseta, el sentimiento futbolero y la pasión por un Club de pueblo.
Estaba viviendo el clásico Circulo Deportivo – Juventud Unida que pocos en el mundo conocen, con esa diversidad de colores que hacían de la previa, algo único. El rojo y blanco, similar a la insignia riverplatense por un lado y el verde y rojo por el otro, daban un marco hermoso, inimaginable en mi mente. Banderas, papelitos, cintas, gritos, salto permanente. La vibración en su máxima expresión. El éxtasis de todo un pueblo. La locura del amor.
Éramos más, nos hacíamos sentir más y lo digo en primera persona del plural porque siempre me hicieron sentir parte de la historia. Percibía que la camiseta verde y roja me llevaba a apreciar cosas que jamás había sentido y los brazos amarrados a mi cuerpo de Luciana, la sensación de haber encontrado el amor de mi vida. Porque cada gol fue un abrazo y un dulce beso. Fue un categórico tres a uno y un festejo hasta una hora después del partido y que en caravana por el pueblo se prolongó hasta la puesta del sol. Fue cena en casa de los Castiñeiras y dormir en la pieza de huéspedes. Fue desayuno y caminata por el pueblo. Fue tarde en el Club y caricias con Luciana.
Si uno piensa que fui a Miramar a buscar la paz interior que no tenía. Si uno analiza que un juego de llaves perdidas en una duna fue el comienzo de la historia. Si uno siente que el flechazo al corazón fue amor a primera vista. Si uno piensa que pasan los años y ese amor sigue intacto como aquel día, en que se zambulló en el mar con la casaca verde y roja con el diez en la espalda. Si uno recapacita lo difícil que resulta ser feliz con lo cotidiano, se da cuenta que el destino está marcado en la vida de una persona.
Ese destino que puso en mi camino a Luciana y a Círculo Deportivo, a la belleza hecha mujer y a la más pura pasión futbolera; a la madre de mis hijos y al eterno amor por la divisa “Papera”.
El destino juntó mi vida a la ellos, desde aquel día en la playa de Miramar hasta la eternidad…

 

Eduardo J. Quintana 
Texto Inédito

@ejquintana010


"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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jueves, 1 de diciembre de 2016

El mate de mi identidad

Pocos recuerdos de mi niñez, pocas imágenes de mi infancia. Casi borrosa en mi memoria aquella señora de faldas largas y rodete alto, tomándome de la mano. Sentándome en sus piernas y acariciando mi rostro angelical. Sus manos suaves, su olor particular y su acento al hablar, quedaron grabados para siempre en mi memoria.
Tenía tres años y eran mis primeras imágenes de la vida. No había padres que recordar.
De aquella mujer, ni recuerdos. Un hogar para niños fue el paso previo a que José María y Mabel me adoptaran. Recuerdo la casa porque fue en la que crecí. Un chalet en Ramos Mejía con fondo y pileta. Ahí conocí a “Toto”, mi inseparable cocker. Crecimos juntos.
Siempre que preguntaba por aquella señora de faldas largas a Mabel, con gesto adusto, cambiaba de tema. Como José María era gendarme nuestro lugar de residencia fue cambiando. Primero fue en Oberá - Provincia de Misiones en una casa de oficiales en la cual vivimos tres años. Después nos mudamos a San Antonio de los Cobres en la Provincia de Salta. No había compañeros de colegio de confianza, no había identidad. Nada era para siempre, como les pasaba a los otros chicos.
Así pasaron los años como hijo único, con padre ausente y madre sobreprotectora que no me permitía hacer deportes de masas. El fútbol me gustaba muchísimo, pero lo tenía prohibido y solo me dejaban jugar al tenis.
Intentaba siempre ligarme con amigos futboleros que veían partidos en sus casas, para poder disfrutarlos. Pero corría el riesgo que Mabel se enterase y pusiera una penitencia, por eso lo hacía periódicamente y muy sigilosamente. Recibía raquetas y juegos de ajedrez como regalos de mis padres adoptivos, nunca una pelota, ni una camiseta de fútbol. Mabel y José María lo detestaban e intentaban integrarme ese difuso sentimiento antifútbol; pero había algo dentro mio contrapuesto a ese pensamiento oscuro y que se exacerbaba a medida que pasaban los años. Algo interno, muy profundo y sentimental.
Ya afincados definitivamente en Mendoza, una provincia por demás futbolera, se agigantó ese amor por la pelota, lo cual comenzó a crearme conflictos familiares. En la secundaria, el fútbol comenzó a ser parte de mi vida y su práctica, una cosa cotidiana. Todos mis compañeros elogiaban mi juego y por Raúl Ordóñez me hice hincha de Argentino de Mendoza, más que nada porque tenía la camiseta con los colores de la Selección. Así fue como un día, con una mentira en mi casa, fui por primera vez a una cancha. Disfruté el partido, a los hinchas y el resultado. Terminé enamorándome del fútbol.
El encuentro fue una bisagra en mi vida, porque comencé a preguntarme muchas cosas; por ejemplo de dónde había heredado esas virtudes con la pelota, ese amor irrefrenable por el fútbol y por sobre todo la sensación que el celeste y blanco formaba parte de mi ser.
Nadie podía explicarme sobre mis padres naturales, ni de sus orígenes, ni de su forma de vida. Me pregunté una y mil veces sobre esa herencia recibida del amor por la pelota. Ni Mabel, ni José María podían explicarme cosas de mi pasado y mi vida estaba hecha, salvo por el fútbol, a imagen y semejanza de mis viejos adoptivos.
Así como hubo un día bisagra con respecto al fútbol, hubo una tarde por demás importante en mi vida. Luego del colegio, con los amigos habíamos ido a jugar a la pelota y promediando el partido, escucho que dos personas hablaban sobre mí. Imaginé que eran de algún equipo de la Liga, pero me sorprendí porque cuando terminó el partido ambos se acercaron y me preguntaron si era Patricio Rodríguez. Les respondí afirmativamente, con cierto temor, que ellos aplacaron inmediatamente. Se presentaron como Arístides y Arquímedes Rojas y consultaron si podían hablar con mi madre y mi padre. Cuando les consulté el motivo, me respondieron:

- Un tema particular que tendríamos que hablar con ellos personalmente y que no podemos adelantarte.

Y así fue, se apersonaron a mi casa y hablaron con mis padres. No estuve presente en la charla, pero escuché gritos y al ingresar a mi habitación noté los ojos llorosos de mi madre. Me preocupé.
En la cena y cuando estábamos los tres reunidos alrededor de la mesa, fui al grano:

- ¿Qué tienen para contarme?

Allí mi madre explotó en llanto y se retiró a su dormitorio. Mi padre con ojos cristalinos me reveló un secreto por años guardado y una mentira que cambió mi vida.

- Cuando nosotros te adoptamos no sabíamos tu procedencia. La asistente social nos comentó que tus padres habían muerto en un accidente y como no podíamos tener hijos, nos pareció de muy buen proceder adoptarte. Esos muchachos que vinieron a buscarte hoy, son tus hermanos de sangre.

No sabía si llorar del dolor o de la emoción. Viví mi vida engañado y había otra gente en el mundo que tenía mi sangre, buscándome. Me fui a dormir y tanto Mabel como José María entendieron mi estado de ánimo. Al día siguiente no fui a la escuela, llame a mis “hermanos” y les pedí verlos. Fue raro y emocionante porque el llanto y el abrazo fue entre tres. Sorpresas, muchas; mi nombre Alejandro Manuel Rojas, el nombre de mi madre Jorgelina Centeno y el de mi papá Manuel. Había nacido en Quilmes, más precisamente en la calle Alvear y Colón, lugar natal de mis padres y abuelos de sangre. Toda la familia era hincha de un centenario club de la ciudad, el Club Atlético Argentino de Quilmes. Otra vez el celeste y blanco y el nombre Argentino se habían cruzado en mi vida
Cuando les consulté a mis hermanos por el accidente, se miraron y Arístides, a quien apodaban “Tite”, tomó la palabra y preguntó:

- ¿Qué accidente...?
- El accidente donde murieron papá y mamá. Contesté inocentemente.

Se tomaron unos minutos y prometieron en el próximo encuentro contarme la historia. Cuando volví a casa, noté mucha preocupación en Mabel y José María, a quienes les consulté solamente una cosa:

- ¿Quién era la mujer que venía a verme al instituto?

- Era una persona, quien hasta enfermarse, había quedado como tu tutora. Pero fue por poco tiempo…

Me fui a mi habitación, con muchas dudas y esa incertidumbre de no saber toda la historia completa. Por la tarde, volví a hablar con mis hermanos y con la excusa de ir a jugar un partido de fútbol los invité a que me vengan a ver. Jugaba con la diez en la espalda y con la camiseta de mi club mendocino, la celeste y blanca de Argentino. Pero sucedió algo impensado; como jamás lo habían hecho también vinieron a verme Mabel y José María. Se juntaron y comenzaron a discutir. Me sacaron del partido y tuve que pedir el cambio. Intercedí porque se iban a las manos y en el momento de separar, “Quimi” como le decían a Arquímedes, lanzó una advertencia preocupante:

- ¿Se lo dicen ustedes o se lo decimos nosotros?

Miré seriamente a José María y le dije:

- ¿Qué es lo que me tienen que decir?

No se animaron, él tomo del brazo a Mabel que lloraba y la llevó. “Tite” me tomó del hombro y me dijo:

- Vení Ale, cambiate y vamos a tomar algo

Mientras “Quimi” hablaba con el técnico, que comprendía la situación, yo caminaba con mi hermano mayor rumbo al vestuario. Ducha y una larga charla, untada con mucha psicología y algo que ambos querían contarme, pero no directamente.

- Bueno hermanos, me están dando muchas vueltas, quieren cortar con tanta lata…

Y ahí fue donde me contaron como llegaron a mí y como no podía ser de otra manera era el fútbol el medio. Un video de un inside de la reserva de Argentino de Mendoza, llamado Patricio Rodríguez había llegado a manos de un representante amigo de los hermanos Rojas, quienes quedaron impactados por su juego, pero mucho más impactados por el parecido con su padre Manuel “El Zurdo” Rojas. Comezaron a hurgar en Organismos de Derechos Humanos, hasta que llegaron jurídicamente al Hogar de Niños, donde sacaron la filiación adoptiva y con ella los antecedentes de José María, gendarme en épocas de la dictadura cívico militar.
Mi rostro fue enrojeciéndose y una lágrima comenzó a surcar la mejilla. No paraba de recibir noticias y con ellas continuas sorpresas. Hasta que llegaron dos momentos cúlmines:

- A los viejos los mataron, Alejandro
- ¿Cómo qué los mataron?
- Los secuestraron fuerzas paramilitares en el año 1978 – Agregó Quimi – y los buscamos hasta hoy.

No tenía palabras para decir, solo escuchaba la triste realidad. 

- Cuando las fuerzas paramilitares ingresaron al departamento, solo se llevaron a mamá y papá y nos dejaron a los dos durmiendo en otra pieza. Contó Quimi.

- ¿No entiendo, y yo dónde estaba?

Un pequeño silencio en el ambiente y “Tite” que sale con una inesperada respuesta.

- Vos estabas en la panza de mamá, Ale…


Fue la primera vez que me quebré y solté en llanto abrazado a mis hermanos, una situación que si bien era anormal en mi vida, traía aparejado algo maravilloso, que era el calor de la sangre familiar.
Nada fue igual en mi vida desde ese mismo instante en que mis hermanos me contaron que los apropiadores secuestraron a mi madre embarazada y la hicieron parir antes de matarla.
Había preguntas que no tenían respuestas. ¿Cómo había llegado al hogar? ¿Quién era verdaderamente la señora de faldas largas? ¿Sabrían mis padres adoptivos mi procedencia?
Por eso fue primordial hablar con Mabel y José María, para aclarar ciertas situaciones necesarias, porque había otras que ya no tenían vuelta atrás. Y la charla lejos de ser reconciliadora, dejó más dudas. Siguieron insistiendo sobre la adopción de buena fe y que a ellos siempre les hicieron creer que la señora de faldas largas, era la tutora designada por el Instituto. Nunca sabré si era verdad todo lo que me contaron, porque me hicieron vivir en una mentira toda mi vida.
No hubo mucho más que decir, ni que hablar; cuando se terminaron los trámites de restitución pude volver con mi familia de sangre que era bastante numerosa.
Pero mis hermanos, asesorados por gente en la misma situación, se quedaron conmigo en Mendoza un par de meses hasta que terminé el año escolar, que coincidía con el final del ciclo secundario, permitieron que realice mi viaje de egresados y posteriormente emprendimos la vuelta al pago natal.
Tuvimos mucho tiempo para hablar y conocernos, aunque había cosas que nos ligaban en carácter y gustos. Mis hermanos jugaban bien al fútbol, pero según ellos, yo era lo más parecido al “Zurdo” en mi forma de correr, de tratar la pelota y por sobre todo en la magnífica pegada.
Me mostraron una foto gritando un gol de Argentino de Mendoza y me dijeron que la sacaron para compararla con una que tienen del “Zurdo”.

Pasó el mes y emprendí el regreso a Buenos Aires, después de muchos años, dejando atrás a Mabel y José María con toda su historia a cuestas. Dejé Mendoza y a Patricio Rodríguez, para volver a ser Alejandro Manuel Rojas, el hijo de Jorgelina y “El Zurdo” Manuel.
Tomé la causa de desaparecidos como propia y el fútbol como estilo de vida. Me integré a una familia que había nacido con una pelota en el pie.
Llegué a la casa de Alvear y Colón, donde me esperaba una multitud de gente. Familia, amigos de mis hermanos, vecinos, miembros de Organismos de Derechos Humanos y hasta cámaras de televisión. Habían recuperado un nuevo hijo y era noticia.
Con mi tranquilidad cuyana, saludé a cada una de las personas que se acercaron, respondí cada una de las preguntas y me introduje en mi hogar, que olía a humedad y fútbol.
“Quimi”, me llevó a recorrer la casa y a mostrarme mi habitación preparada para la vuelta; al abrir la puerta encontré aquello que todos me insinuaban y que personalmente no había podido comprobar. En una de las paredes dos gigantografías, una de Manuel “El Zurdo” Rojas con la camiseta del Mate, gritando un gol con la emblemática platea del estadio de la “Barranca Quilmeña” y en la otra Patricio Rodríguez con la camiseta de "La Academia" mendocina, gritando un gol, exactamente con el mismo gesto en el “Ingeniero Mauricio Serra”. Similitudes que quedaron reflejadas en dos fotos tomadas en distintas épocas, pero que reflejan la misma pasión, el mismo amor por los colores y el mismo virtuosismo para elevarse al festejar un tanto.
Me senté en la cama a admirar la foto de mi viejo y le pedí a “Quimi” y a “Tite”, que se había sumado a la sorpresa, que se sentaran a mi lado. Ellos seguramente esperaron que pregunte algo sobre mi padre, pero yo fui al grano:

- Háblenme de Argentino de Quilmes…


Desde ese momento comencé a escuchar la historia pormenorizada del club de mi sangre, del centenario Mate de Quilmes, ese que había nacido un 1° de diciembre de 1899 de la mano de estudiantes del Colegio Nacional Buenos Aires que quisieron anteponer al club de origen inglés del barrio, uno con sangre criolla, fundando así el primer club netamente argentino.
Me contaron del ascenso a Primera División en el año 1938, de aquellas dos finales contra el Quilmes Athletic Club y también sobre su estadio, que estaba a escasas cuadras. No hubo mucho más que decir.

- ¿Me llevan al estadio…?

Los hermanos que se miraron y gesticularon algo. “Tite” que salió de la habitación e instantes después, volvió con una bolsa que me entregó, mientras “Quimi” agregaba:

- Espero te quede linda como le quedaba al viejo

Saqué de la bolsa el obsequio, que era ni más ni menos que la camiseta del Club Atlético Argentino de Quilmes, la casaca celeste y blanca a listones verticales con el escudo en el corazón y al dorso el número 10, de mi viejo, y la leyenda “El Zurdo Rojas”. Me la coloqué y vestido para la ocasión partimos a la cancha que estaba a unas cuadras. Llegamos al portón e ingresamos como si fuera nuestra casa. En realidad, era nuestra casa…


Una vez en el césped, di una vuelta de 360°; miré cada detalle, cada lugar, cada tribuna.
Me detuve en la antigua platea techada y allí no pude contener todo lo que tenía adentro. Rompí en llanto abrazado a mis hermanos, un llanto de emoción, un llanto de dolor, un llanto que traía encerrado todo lo vivido. Volví a ser yo, Alejandro Manuel Rojas, “El Zurdo” Rojas; como decía la camiseta, como debería decir mi nuevo documento de identidad: Alejandro Manuel Rojas, argentino e hincha de Argentino de Quilmes, El “Mate” de mi identidad, el “Mate” de mi vida.


Eduardo J. Quintana 
Texto Inédito

@ejquintana010


"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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