Bienvenidos

Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




domingo, 16 de julio de 2017

El premio era una Plastibol



-          Te cambio las de Santoro y Raimondo, por la de Quique Wolff.
-          ¡No, ni loco!
-          Dale no seas malo, te doy las de Santoro, Raimondo y el Lobo Fisher.
-          ¡Te dije que no!

Y me fui enojado en busca de otros chicos que tuvieran la figurita que me faltaba para completar la colección de fútbol.
Solo me faltaba una, para llenar los tres álbumes que coleccionaba en ese momento. Uno era de River y Boca, y lo tenía lleno desde hacía tiempo. El otro, Huracán y San Lorenzo, también completo. Solo me restaba llenar el álbum de Racing, vaya paradoja, justo el equipo del cual era hincha fanático.
Cada vez que pasaba por el frente del kiosco, me detenía a mirar los tres premios que se entregaban. Por uno lleno, te daban la Pulpo de goma; por dos, una Plastibol y si llenabas los tres, te premiaban con la pelota de cuero.
Era hermosa, con gajos hexagonales rojos y blancos. Número cinco de cuero fuerte y cosida a mano. Lo reitero, era una belleza, grandota y como toda pelota nueva, mantenía el cuero liso y suave. A mi paso sentía que me llamaba, parecía que deseaba que fuera yo quien jugase con ella.
Pero el tiempo pasaba y no encontraba la figurita que necesitaba para llenar el querido álbum.
Pensé varias veces en canjear los dos completos por la plastibol blanca, pero no me daba por vencido y no quería sufrir el desaliento que producía saber que no podía completar, justamente, el de mi querido club.
Quique Wolff era un ídolo para mí y para muchos. En mi caso, jugaba con la camiseta número cuatro en la espalda por admiración hacia él.
Así que el desafío de llenar el álbum era doble, diría triple. Tendría la figurita de Quique, el equipo de Racing completo y mi pelota de cuero profesional.
Me imaginaba con la redonda de gajos hexagonales en el aire, bajándola con el pecho suavemente, hasta llegar a mi pie derecho, para terminar metiéndole un terrible “chutazo” al ángulo o quizá, pegándole como Quique en un tiro libre, poniéndola lejos del arquero que volaba infructuosamente.
Es que con la Pulpo todos éramos fenómenos; en cambio con la Plastibol cuando le querías pegar con chanfle, nunca agarraba el efecto. La de cuero era otra cosa.
Le pedí mil veces a mi viejo que me compre figuritas y así lo hacía. Pero al abrir los paquetes, las figus rectangulares pasaban a engrosar la “pila de las repetidas”, que eran tantas como para llenar varios álbumes.
Mi viejo constantemente me repetía: "Si juntase todo el dinero que gasté en figuritas, te compraría una docena de Pintier de cuero”. 
Pero en realidad, el placer que significaba completar el álbum para recibir a cambio la pelota, era el verdadero desafío.
Por momentos, atinaba a darme por vencido y cambiar los dos llenos por el balón plástico; pero cuando salía del colegio y pasaba por el kiosko, sentía una atracción especial por de la de cuero, que hacía que siguiese intentando la proeza.
Un viernes en su vuelta del trabajo, papá me trajo cinco paquetes de figuritas, asegurándome:

-          ¡Tomá, son las últimas que te compro, eh!

Abrí el primer paquete y todas repetidas; en el segundo y el tercero, lo mismo. El cuarto paquete lo abrí con bronca, como presintiendo que se repetiría la escena. Y la acción se repitió.
A mi lado, mi papá contemplaba la situación y la mueca de tristeza que presentaba mi rostro.
Por eso tuvo el atrevimiento de sacar de mis manos el último paquete, agregando:

-          ¡Este paquete lo abro yo...!

Un suspenso se apoderó del ambiente. Muy lento y prolijo como hacía todo, abrió un lado, arrancando la clásica tirita que surge de la apertura del paquete.

-          Onega. Dijo en la primera.
-          Potente
-          Avallay. Dijo con la tercera en la mano y yo que me daba por perdido.
-          Wolff
-          ¿Quique Wolff...? Pregunté a los gritos.
-          Sí, Quique Wolff, el rubio que juega de cuatro en Racing.

Lo abracé como si hubiese ganado el premio mayor de la lotería.

-          Gracias papá, gracias, porque es la figurita que me faltaba para llenar el álbum.

Tomé la cola de pegar y realicé la acción que venía imaginando desde tiempo atrás, pegar prolijamente a mi ídolo Quique Wolff.
Una vez completos los tres equipos, coloqué mi nombre y apellido sobre la línea punteada, me dirigí a retirar la pelota número cinco de cuero con gajos hexagonales del kiosco, escena que soñé siempre  y realicé con total alegría.

-          Hola Don Evaristo
-          Hola pibe. ¿Qué buscás...?
-          Vengo a cambiar los álbumes por la pelota de cuero.
-          ¿Tenés los tres completos? Alcanzámelos muchachito.

Y procedí a entregarlos en mano, suponiendo que los sellaría y me los devolvería. Esa era la regla que normalmente se utilizaba, uno entregaba las figuritas, el kiosquero las sellaba para que no se vuelvan a utilizar y las devolvía en perfecto estado.

-         San Lorenzo – Huracán, completo. River – Boca, completo. Racing - Independiente,       completo. ¡Muy bien, pibe!
-          ¿Le puedo pedir un favor, Don Evaristo'
-          Claro pibe. ¿Qué necesitás?
-          Si lo tiene que sellar, trate de hacerlo del lado del equipo de Independiente.
-          No pibe, lo tengo que sellar por equipo. Me contestó el kiosquero
-          Ah, que lástima. Bueno aunque sea déjeme libre la figurita de Wolff.
-          ¿Y para qué, nene?
-          Por si algún día lo veo.
-          ¿Sí lo ves, qué? Me preguntó intrigado Don Evaristo.
-          Si lo veo, le pido que me autografíe la figurita. Le dije al kiosquero, mientras de reojo miraba la número cinco, que estaba en la vidriera.
-          Pero pibe, el álbum me lo tengo que quedar.

Un frío recorrió mi espalda, un sudor apareció en mi frente. Mi cara empalideció de tal forma, que Don Evaristo se asustó.

-          ¿Qué pasa pibe, te sentís mal?
-          No Don Evaristo, ignoraba que el álbum se lo quedaba usted.
-          Si muchacho cambiaron las reglas, ahora vos dejás los álbumes y te llevás la pelota de cuero.

Y ahí me fui, no tan contento, pero con la frente alta de haber cumplido el cometido.
El sábado con mi papá fuimos a jugar al fútbol al parque, él atajaba y yo pateaba los tiros libres, como Quique Wolff, el mismo de las figuritas.  La pelota chanfleada siempre se me iba por arriba del travesaño. Era difícil con la Plastibol darle el efecto justo.
¿Las figuritas...? Las tengo guardadas y juro que cuando lo vea a Quique le voy a pedir que me la autografíe.



Eduardo J. Quintana
  Del libro "Pasiones de pibe"
@ejquintana010

 "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
Dejá tu comentario en este Blog


miércoles, 29 de marzo de 2017

Con la ilusión en ascenso – Segundo Tiempo

Muchas cosas han cambiado en la vida de Julieta Ramírez, el haber crecido, haberse casado, armado su propia familia, comprado su casita y haber tenido un hijo. Otras tantas han cambiado en el entorno, en la ciudad, en el barrio, en el tren que siempre utilizaba, en la educación de la gente, en los espectáculos que se ven en el fútbol, dentro y fuera del campo de juego.
Tan solo veinte años habían pasado de la última vez y pareciere toda una vida. Al principio le costó acostumbrarse a dejar de ir a ver a su equipo, fueron tres años ininterrumpidos, en épocas donde se podía ir a la cancha tanto de local como de visitante y en la cual se vivía una previa familiar importante con viaje incluido. Esos inolvidables periplos en colectivo, tren o eventualmente en micro, donde podían contarse todo lo que quizá no se hablaba en la semana por falta de tiempo.

Quizá por eso la mirada perdida en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Con el recuerdo en la memoria de la primera vez de la mano de su papá Alberto, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; hasta llegar al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol.

Quizá por eso lo llevaba junto al pecho y lo apretaba con los dos brazos, haciéndolo suyo, haciéndole sentir los latidos del corazón, al compás del constante ronroneo del tren que se desplazaba a gran velocidad, como la vida misma.

Aquellos años gloriosos en que se abrazaban en cada gol como si fuera propio y aquella inolvidable vuelta olímpica en el ansiado ascenso familiar que vivieron juntos, de la mano. Infaltables en cada partido, papá Alberto y su hija Julieta, hasta que la salud del papá empezó a teclear.

Quizá por eso las dos camisetas eran una, los dos corazones eran uno y las dos pasiones eran consecuentes a la locura. Las estaciones iban pasando como los años y la vuelta estaba ahí cerca.

También recordar la mala, la tragedia deportiva y la otra, la que marcó a Julieta para toda la vida, la larga enfermedad de Alberto, junto al descenso de su equipo, como un destino cifrado por la maldad de la vida misma. La partida de ese padre, ese compañero, ese amigo que dejó una huella imborrable y una irrecuperable sensación que con él, había muerto el fútbol para siempre. Que ya nada sería lo mismo.

Quizá por aquellas sensaciones vividas en el ayer junto a su padre. Sensaciones que se repiten con su pequeño hijo y que asombran por su similitud. Imágenes repetidas. Preguntas reiteradas y la modernidad de los trenes que modifican el paisaje interior, mientras el exterior pasa raudamente como los recuerdos.

Se había olvidado del fútbol, de aquellas salidas inolvidables con su padre, de aquella mano áspera que la apretaba ante el peligro y la acariciaba ante el desasosiego de la derrota. De aquel descenso inexplicable y sobre todo de la enfermedad que impidió ver la vuelta juntos.

Quizá porque la distancia se acortaba y el reloj se aproximaba a la hora del inicio, el corazón de Julieta palpitaba como nunca, cuando el tren detuvo su marcha y bajó en la estación esperando el saltito de su hijo como si fuera el propio, tomándolo de la mano para recorrer el andén.

La radio fue su compañera mientras se ausentó de las canchas y la camiseta, su vestimenta mientras escuchaba los partidos. El amor llegó tan rápido como se fue y con él un regalo de Dios, Joaquín. Con ese hijo se exaltó la pasión por los colores y el legado familiar. La búsqueda por el ascenso se hizo karma y hubo que esperar seis años para lograrlo.

Quizá por eso al salir de la estación de trenes, la brisa que rozó su rostro, corriendo esa lágrima que surcaba la comisura de sus ojos. Una mezcla de nostalgia y felicidad se unían en una expresión única y alguna vez repetida por ella misma y otro protagonista.

Seis años después del nacimiento de Joaquín y ante la gran posibilidad de ascender a la categoría que jamás debería haber abandonado, fue que su hijo con la camiseta puesta instó a su madre a volver a una cancha de fútbol y la resistencia fue nula.

Quizá por eso fue que recorrió las mismas cuadras de la mano de su hijo, que decenas de veces caminó de la mano de su padre, pero esta vez con un llanto de emoción, con un dejo nostalgioso de aquellos hermosos momentos vividos. Recuerdos que ahondaron en su corazón cuando vio cerca la entrada del estadio, aquella que muchísimas veces cruzó de la mano de su padre.

Cuando llegó el día del partido por el ascenso, sintió la necesidad de complacer a su hijo que sería como complacer a su padre y realizó aquella rutina hasta llegar al tren, sentarse en la ventanilla y perder su mirada en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Quizá fue por que comenzó a palpitar el corazón con ritmo frenético cuando de la mano de su hijo Joaquín, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; llegó al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol con esa ilusión de ascenso que presagiaba felicidad plena, tanto en la tierra y como en el cielo…


Eduardo J. Quintana 
@ejquintana010
 
del libro "Con la ilusión en ascenso - Segundo Tiempo"
 
 
 



"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
 
Dejá tu comentario en este Blog  

jueves, 16 de junio de 2016

El Búfalo y la Libertad



El sentido de pertenencia, el amor por un barrio, por los colores del corazón, por la herencia recibida, perduran en el tiempo y no sabe de claudicaciones. Porque uno nace sabiendo qué colores defenderá toda su vida y a través del tiempo, disfrutará aún más los momentos de gloria. La experiencia adquirida con los años, mejora aún más ese amor perdurable y genuino que engloba las sensaciones más hermosas de la vida de un futbolero, cuyo momento cúlmine es, sin dudas, la serenata de amor que representa la vuelta olímpica.

Nació en el lugar que quiso y amó su tierra como pocos, la defendió como parte de una manada y siendo joven, se sintió invencible. El futuro, le tendría deparado miles de sorpresas.

Quizá por eso, el loco festejo y la rara sensación de verse reflejada en lugares donde el resto de los días fueron de lucha y hoy, la victoria golpea la puerta. Porque Libertad tiene veinticinco años, de los cuales la gran mayoría fueron de frustraciones futboleras. Sus padres, le contaban de las épocas en que se tutearon con la gloria. Sus abuelos, le hablaban de los años dorados y Libertad, los miraba incrédula, como cuando niña escuchaba cuentos de hadas y superhéroes.

Poco a poco, fue tomando el protagonismo que tienen los búfalos cuando muestran toda su fuerza y compiten por el dominio de la manada. Todos a su alrededor comenzaron a respetarlo.

Los pósteres del “Polaco” Della Marchesina y del “Mago” Orsi que adornaban las paredes de su habitación, parecían necesitar una alegría. Libertad, era de esas personas que amaba algo y lo hacía con el corazón abierto. En su vida, no había lugar para novios, ya que todo se lo dedicaba a Excursionistas y el único tatuaje artificial, lo tenía en su omóplato derecho, el escudo verde y blanco, eterno emblema del Bajo Belgrano, enmarcado por su cabello lacio azabache que, en conjunto, engalanaban su angelical espalda. Esa era la parte artificial de su cuerpo, porque el verdadero escudo lo tenía tatuado en su corazón.

Con su hembra partió en busca de otros horizontes, con la sola premisa de armar su propia manada y la idea de volver, algún día, a su lugar de origen como nuevo líder.

Por eso, cuando aquel 12 de mayo de 2015, el ídolo de su padre, Guillermo Szeszurak, asumía la dirección técnica del club de sus amores, la ilusión golpeó la puerta del corazón de Libertad.

Pero en Excursionistas, nunca nada es fácil y los vaivenes de los números, redondearon una buena campaña que no alcanzó para festejar el logro. Ese año el abuelo Martín, aquel que había inculcado a Libertad el amor por el “Verde”, aquel que llevaba de la mano a la niña, muy niña, a la platea del “Coliseo” del Bajo Belgrano, fue a llenar la tribuna del cielo.

En pocos años, el “Búfalo” formó su propia familia que fue creciendo con el paso del tiempo, probó de volver a su lugar,  pero faltaba que se den las cosas.

Con el abuelo alentando desde arriba, Guillermo Szeszurak y su cuerpo técnico en el banco, con dirigentes de esos que conocés de toda la vida, un grupo de gladiadores en la cancha y la gente acompañando cada partido, la hazaña del ascenso no quedaba tan lejos.
Pero siempre hay un pero en Excursionistas y con una mitad de campeonato irregular, las chances de campeonar se esfumaban rápidamente.

Buscó otros horizontes mientras la manada seguía su crecimiento. Se lo notaba triste, como encerrado en su propio destino, a sabiendas de que algún día volvería al lugar que deseaba.

Después de escuchar por radio, la derrota en la séptima fecha con Berazategui, Libertad fue a su habitación, se recostó y durmió. Las pesadillas del comienzo, se convirtieron en un plácido sueño y que se hizo hermoso cuando en él, apareció el abuelo Martín y le habló de la mística ganadora de Guillermo Szeszurak y de la certeza que “Este era el año”. Fue un bálsamo que le permitió salir de su tristeza, ponerse orgullosa la camiseta verde y blanca, que era como su traje de novia y jurarse la vuelta olímpica en el “Coliseo”, junto a sus padres.

Se sintió rey en cada lugar en el que mostró su inteligencia y su fuerza. Venció a todo quien se le enfrentó y cuidó de su rebaño, quien ya tenía un pequeño líder heredero.

Excursionistas no perdió más y con un par de victorias y otros tantos empates, llegó a jugar el clásico con Laferrere, lejos de su rival en la tabla de posiciones. Libertad disfrutó de la magia del fútbol de “Cachete” Ruiz y la entrega del resto de los gladiadores, gritó hasta quedar sin voz y sintió a su abuelo pulular entre las plateas de madera de la tribuna lateral, como un presagio de lo que vendría. El “Villero” no perdió un solo punto más. La confianza que brindaba Guillermo Szeszurak hacía que, Libertad, sienta que aquella frase que su abuelo le había dicho en aquel sueño, se le apareciera a cada instante. “Este es el año”.
Un día decidió volver a sus pagos, el viejo líder había muerto y asumió la supremacía de la manada en base a su fuerza y a la convicción que podía cumplir su objetivo.

Seis partidos consecutivos con victorias, descollantes tareas de su jugador estrella, el magnetismo de un equipo pergeñado por el ídolo del club que había vuelto a cumplir su sueño. Libertad estaba incluida en ese sueño que se sintió realidad, en la epopeya del Gabino Sosa.
Por eso, el 11 de junio quedará grabado en las retinas de la morocha villera, porque abrazada a sus padres, vestidos de verde y blanco y con el lagrimal fácil, sufrieron hasta el final del partido y cuando nada hacía prever que la hazaña no se concretaría, un centro bombeado al segundo palo y ese fatídico cabezazo de Ayala, que se cuela en el palo izquierdo de Arias Navarro. Un silencio sepulcral se apoderó del “Coliseo”, un manto de dolor atravesó el corazón de miles de hinchas a quienes la historia, se les vino como noche.

Juntó a todos los suyos y les demostró cual era el camino a seguir. La lucha por subsistir, sentar bases sólidas y crecer. La manada, lo convirtió en líder indiscutido, en guía de su propio destino.

Y mientras la desazón de los padres de Libertad se hacía carne, mientras Carlos Salom y su cabezazo se hacía presente en la memoria villera, Libertad levantó su vista, miró al juez de línea y vio ese halo de luz en el banderín levantado marcando posición adelantada y la cara del abuelo Martín que, con un guiño de ojo cómplice, la vuelve a la vida, le devuelve la ilusión, le brinda la máxima satisfacción futbolera y no paró más de llorar. Se abrazó con sus padres como pocas veces lo había hecho, miró al cielo, estiró sus brazos como señal de agradecimiento, de amor por quien le había inculcado el sentimiento por Excursionistas.

La alegría, se apoderó de la manada. El crecimiento fue incesante y positivo. La vida le devolvió la ilusión de ser aún más grande, se lo propuso y lo logró. Una vez grande, se sintió libre. Se sintió “Búfalo rey…”

Y al grito de Dale Campeón, Dale Campeón acompañaba la vuelta olímpica desde la tribuna misma de su casa, mientras dentro del césped sintético, dirigentes, jugadores, cuerpo técnico y el mismísimo “Búfalo”, le regalaban el ascenso tan soñado a los hinchas y a Libertad…

 

Eduardo J. Quintana  
Texto Inédito
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
Dejá tu comentario en este Blog  

sábado, 11 de junio de 2016

El día del ascenso

Las sirenas aturdían a la multitud, que se había congregado alrededor de nuestros cuerpos inmóviles, tendidos en el asfalto húmedo.
Recuerdo que era un día Jueves, lluvioso, desapacible, con una niebla espesa, que provocó que no viera la luz roja del semáforo y el consecuente impacto con un colectivo que cruzaba en forma transversal. Eso sí, recuerdo el impacto, y no recuerdo más nada.
Hay un hueco en la historia entre el momento del choque y la acción de escuchar las voces de los médicos, intentando infructuosamente mi recuperación.
Todos mis miedos estaban centrados, en no saber cual era la situación de mi novia Mariela, que por efecto del golpe, había sido transportada por una ambulancia, a un sanatorio cercano.
Sentí como varios brazos subían mi cuerpo a una camilla y como varios de esos mismos brazos, me introducían dentro de una ambulancia preparada para terapia intensiva.
Allí tomé conciencia de la gravedad de mi estado, y de la magnitud del choque. Comencé a sentir los pinchazos en mis brazos, el oxígeno puro que provenía de un respirador artificial y las voces de los médicos, entremezcladas con el bip-bip del monitor que controlaba los pulsos de mi corazón.
Yo tenía gran parte de mis sentidos intactos, pero no podía abrir los ojos, ni mover mi cuerpo; escuchaba cada palabra, la sirena de la ambulancia, el ruido del monitor, pero mi cerebro enviaba la señal de movimiento y estos no se llevaban a cabo.
La ambulancia se detuvo y en esos instantes escuché a los médicos decir, que Mariela se encontraba bien y fuera de peligro. Eso realmente me trajo una satisfacción interna, que no podía expresar, pero que se reflejaba en un alivio por dentro.
Ya en el sanatorio, comenzaron los preparativos para la operación; en la cual, según los médicos, correría serio peligro de muerte.
Podía morirme, estaba latente la muerte, y corría con la ventaja y la desventaja de saberlo.
Pero no podía morirme.
No podía morirme, porque no me había despedido de mis viejos. No podía morirme, porque le había prometido casamiento a mi novia Mariela.
Pero mi mayor preocupación, era que no podía morirme sin ver ascender a Excursionistas.
¡Sí, el Sábado, mi Excursionistas jugaba la final para el ascenso a Primera División!.
Por primera vez en el profesionalismo, el Verde del Bajo Belgrano, de ganar, jugaría en “Primera A”. Y yo, justamente un hincha de toda la vida, un fanático seguidor de la divisa verdiblanca, no lo podría ver.
No me podía morir justo ahora, sin vivir la mágica sensación de ver a Excursio, jugar en la Bombonera.
No me podía morir, si toda la vida esperé esta oportunidad.
Pero la muerte estaba allí, cerca, tan cerca que llenaron mi cuerpo de cables y me hicieron media docena de exámenes para preparar la operación, que alargaría mi vida.
Por un momento me dormí internamente, con el miedo propio de no poder despertar, de ya no sentir la sensación de vivir.
El largo sueño se vio truncado por el llanto acongojado de mamá y papá, que tomaban mis manos inmóviles y rogaban a Dios por mi vida.
No sabía como explicarles cuanto los quería y que les estaría eternamente agradecido, por cuanto me habían dado. El llanto de mi madre era continuo, en cambio mi papá sollozaba más espaciadamente.
Pobre papi, justo la  semana que Excursio subiría a primera, yo lo enclaustraba en el sanatorio.
Pobre mami, ella me tuvo en su vientre y ahora suplicaba por mi vida.
Durante esa noche de Jueves, madrugada de Viernes; desfilaron por la sala de Terapia Intensiva, mis tíos, mis hermanos, los padres de Mariela y mi barra de amigos.
Indirectamente, me despedían y yo los escuchaba atentamente.
Eran todas loas hacia mi persona, esas típicas alabanzas que se hacen a los muertos.
Pero yo no estaba muerto, sentía y vivía como cualquier ser humano, sólo que no podía expresarlo.
Estaba presente mi amigo Toto. ¡Que tipo bárbaro “el Toto”!, yo sabía que me quería un montón y que sabía que pensaría en un momento así. Unos minutos después, tomó mi mano y me dijo:
-          No te podés morir ahora, hermano.
Entendí su súplica. El Toto quería decir: “No te podés morir ahora, que Excursio puede ascender”.
Pero fue más diplomático, seguramente porque mi vieja estaba en la sala y no quería que sufra.
Si pudiera transmitir mi pensamiento y mis deseos, seguramente el Toto iría a la cancha, el próximo Sábado, para alentar por mí a Excursionistas.
Me volví a dormitar internamente, y esta vez se extendió hasta la hora de la operación.
La viví toda; sentí la anestesia para dormir mi cuerpo ya dormido, el ruido constante de los monitores, el bisturí yendo y viniendo, las interconsultas médicas sobre la gravedad de mis heridas internas. Estaban trabajando en mi cabeza y la operación parecía más complicada de lo previsto.
En un momento determinado, mi corazón comenzó a fallar y los médicos trabajaron con aparatos sobre él, ante el bip inconstante del monitor, que demarcaba que mi corazón ya no tenía la fortaleza de siempre.
Las voces empezaron a entremezclarse y sobre todo a alejarse de mi audición.
Por primera vez en mi vida, comencé a asustarme. No podía morirme.
De repente, comenzó una siesta que duró todo el día.
Desperté, con la voz de los médicos comentando lo difícil de la operación, que había demandado ocho horas de trabajo y que no había salido bien.
Escuché el llanto conmovedor de mis padres, cuando el médico explicó el desenlace de la operación.
Me daban como máximo 24 hs. de vida, sólo 24 hs., o sea que yo sabía que moriría el Sábado. Mi estado era irreversible.
Con la muerte tan cerca, pasaron por mi cabeza muchas cosas, entre ellas la final que jugaría Excursionistas por el ascenso.
Esa mañana de Sábado, comenzó un largo peregrinar de familiares y amigos.
Un momento me conmovió más que el resto, cuando entró a la sala mi novia Mariela y se abrazó a mí llorando desconsoladamente. Se echaba culpas por el accidente; pues ella me había pedido ir a dar una vuelta, pese a las inclemencias del tiempo.
Si pudiese escucharme, le diría cuanto la amo.
Como me hubiese gustado casarme con ella y por sobre todo, le pediría que no me olvide.
Aunque me gustaría que sea libre rápidamente de la cruz de mi muerte, para que rehaga su vida.
¡Pasaba el tiempo y yo seguía con vida!. ¡Cómo me gustaría saber la hora!.
Me imaginaba que el Toto y los pibes estarían en la cancha, alentando a Excursionistas.
Yo sin poder moverme, hacía fuerza para la victoria. En ese momento, escuche decir a mi viejo que eran las cuatro de la tarde. O sea que según mis cálculos, había terminado el primer tiempo; ¿cómo iría mi Excursio, ganaría o perdería?, ¿quién sabe?.
Otra vez volvió el sueño y las voces que se alejaban. Otra vez esa horrible sensación y el sonido de los médicos trabajando sobre mi cuerpo.
Y el llanto de mis padres, entremezclado con el de mi novia.
¿Cuánto tiempo habría pasado?. ¿Yo, habría muerto?. ¿Cómo iría el partido?.
Muchas preguntas sin respuestas y las fuerzas que se apagaban. Las voces cada vez se alejaban más y el llanto general era cada vez más intenso.
El final se acercaba. En un instante determinado, ingresaron un grupo de personas, las distinguía por sus voces.
Ahí estaba el Toto, a quien internamente le decía.
-          Vení Toto,............ ¿qué pasó?.
E inesperadamente el Toto, como presintiendo mi llamado, se acercó a mi oído y me dijo:
-          ¡ Ascendimos hermano, Excursionistas es de primera!
Y mi grito interno, mi grito de corazón, ¡Excursionistas, Excursionistas!.
Y el llanto que se hizo general, en cada uno de los presentes.
Los brazos de mi novia que me abrazaban con amor y las manos de mi madre que acariciaban mi rostro; ambas invadidas por la congoja y el dolor que significaba mi despedida.
Ese sueño que se aproximaba nuevamente y las voces del llanto que se alejaban definitivamente, dando paso a mi vida eterna.
Justo el día que Excursionistas, llegaba a primera división.


 Eduardo J. Quintana
Del libro "Cenizas de la vida - Cien años de amor a Excursionistas"
@ejquintana010


"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

Dejá tu comentario en este Blog