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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

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miércoles, 29 de marzo de 2017

Con la ilusión en ascenso – Segundo Tiempo

Muchas cosas han cambiado en la vida de Julieta Ramírez, el haber crecido, haberse casado, armado su propia familia, comprado su casita y haber tenido un hijo. Otras tantas han cambiado en el entorno, en la ciudad, en el barrio, en el tren que siempre utilizaba, en la educación de la gente, en los espectáculos que se ven en el fútbol, dentro y fuera del campo de juego.
Tan solo veinte años habían pasado de la última vez y pareciere toda una vida. Al principio le costó acostumbrarse a dejar de ir a ver a su equipo, fueron tres años ininterrumpidos, en épocas donde se podía ir a la cancha tanto de local como de visitante y en la cual se vivía una previa familiar importante con viaje incluido. Esos inolvidables periplos en colectivo, tren o eventualmente en micro, donde podían contarse todo lo que quizá no se hablaba en la semana por falta de tiempo.

Quizá por eso la mirada perdida en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Con el recuerdo en la memoria de la primera vez de la mano de su papá Alberto, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; hasta llegar al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol.

Quizá por eso lo llevaba junto al pecho y lo apretaba con los dos brazos, haciéndolo suyo, haciéndole sentir los latidos del corazón, al compás del constante ronroneo del tren que se desplazaba a gran velocidad, como la vida misma.

Aquellos años gloriosos en que se abrazaban en cada gol como si fuera propio y aquella inolvidable vuelta olímpica en el ansiado ascenso familiar que vivieron juntos, de la mano. Infaltables en cada partido, papá Alberto y su hija Julieta, hasta que la salud del papá empezó a teclear.

Quizá por eso las dos camisetas eran una, los dos corazones eran uno y las dos pasiones eran consecuentes a la locura. Las estaciones iban pasando como los años y la vuelta estaba ahí cerca.

También recordar la mala, la tragedia deportiva y la otra, la que marcó a Julieta para toda la vida, la larga enfermedad de Alberto, junto al descenso de su equipo, como un destino cifrado por la maldad de la vida misma. La partida de ese padre, ese compañero, ese amigo que dejó una huella imborrable y una irrecuperable sensación que con él, había muerto el fútbol para siempre. Que ya nada sería lo mismo.

Quizá por aquellas sensaciones vividas en el ayer junto a su padre. Sensaciones que se repiten con su pequeño hijo y que asombran por su similitud. Imágenes repetidas. Preguntas reiteradas y la modernidad de los trenes que modifican el paisaje interior, mientras el exterior pasa raudamente como los recuerdos.

Se había olvidado del fútbol, de aquellas salidas inolvidables con su padre, de aquella mano áspera que la apretaba ante el peligro y la acariciaba ante el desasosiego de la derrota. De aquel descenso inexplicable y sobre todo de la enfermedad que impidió ver la vuelta juntos.

Quizá porque la distancia se acortaba y el reloj se aproximaba a la hora del inicio, el corazón de Julieta palpitaba como nunca, cuando el tren detuvo su marcha y bajó en la estación esperando el saltito de su hijo como si fuera el propio, tomándolo de la mano para recorrer el andén.

La radio fue su compañera mientras se ausentó de las canchas y la camiseta, su vestimenta mientras escuchaba los partidos. El amor llegó tan rápido como se fue y con él un regalo de Dios, Joaquín. Con ese hijo se exaltó la pasión por los colores y el legado familiar. La búsqueda por el ascenso se hizo karma y hubo que esperar seis años para lograrlo.

Quizá por eso al salir de la estación de trenes, la brisa que rozó su rostro, corriendo esa lágrima que surcaba la comisura de sus ojos. Una mezcla de nostalgia y felicidad se unían en una expresión única y alguna vez repetida por ella misma y otro protagonista.

Seis años después del nacimiento de Joaquín y ante la gran posibilidad de ascender a la categoría que jamás debería haber abandonado, fue que su hijo con la camiseta puesta instó a su madre a volver a una cancha de fútbol y la resistencia fue nula.

Quizá por eso fue que recorrió las mismas cuadras de la mano de su hijo, que decenas de veces caminó de la mano de su padre, pero esta vez con un llanto de emoción, con un dejo nostalgioso de aquellos hermosos momentos vividos. Recuerdos que ahondaron en su corazón cuando vio cerca la entrada del estadio, aquella que muchísimas veces cruzó de la mano de su padre.

Cuando llegó el día del partido por el ascenso, sintió la necesidad de complacer a su hijo que sería como complacer a su padre y realizó aquella rutina hasta llegar al tren, sentarse en la ventanilla y perder su mirada en un horizonte lejano, cuando la ciudad pasaba a contramano por la ventanilla del tren, presagiando el paso del tiempo que irresponsablemente no se detenía.

Quizá fue por que comenzó a palpitar el corazón con ritmo frenético cuando de la mano de su hijo Joaquín, subiendo a los saltitos cada uno de los escalones de la tribuna local, vistiendo la gloriosa camiseta con los colores del corazón, esos colores del club de toda la familia; llegó al lugar de siempre, bien arriba, al sol, juntos, casi apretujados como demostrando que el amor se compartía también en una cancha de fútbol con esa ilusión de ascenso que presagiaba felicidad plena, tanto en la tierra y como en el cielo…


Eduardo J. Quintana 
@ejquintana010
 
del libro "Con la ilusión en ascenso - Segundo Tiempo"
 
 
 



"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
 
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jueves, 16 de junio de 2016

El Búfalo y la Libertad



El sentido de pertenencia, el amor por un barrio, por los colores del corazón, por la herencia recibida, perduran en el tiempo y no sabe de claudicaciones. Porque uno nace sabiendo qué colores defenderá toda su vida y a través del tiempo, disfrutará aún más los momentos de gloria. La experiencia adquirida con los años, mejora aún más ese amor perdurable y genuino que engloba las sensaciones más hermosas de la vida de un futbolero, cuyo momento cúlmine es, sin dudas, la serenata de amor que representa la vuelta olímpica.

Nació en el lugar que quiso y amó su tierra como pocos, la defendió como parte de una manada y siendo joven, se sintió invencible. El futuro, le tendría deparado miles de sorpresas.

Quizá por eso, el loco festejo y la rara sensación de verse reflejada en lugares donde el resto de los días fueron de lucha y hoy, la victoria golpea la puerta. Porque Libertad tiene veinticinco años, de los cuales la gran mayoría fueron de frustraciones futboleras. Sus padres, le contaban de las épocas en que se tutearon con la gloria. Sus abuelos, le hablaban de los años dorados y Libertad, los miraba incrédula, como cuando niña escuchaba cuentos de hadas y superhéroes.

Poco a poco, fue tomando el protagonismo que tienen los búfalos cuando muestran toda su fuerza y compiten por el dominio de la manada. Todos a su alrededor comenzaron a respetarlo.

Los pósteres del “Polaco” Della Marchesina y del “Mago” Orsi que adornaban las paredes de su habitación, parecían necesitar una alegría. Libertad, era de esas personas que amaba algo y lo hacía con el corazón abierto. En su vida, no había lugar para novios, ya que todo se lo dedicaba a Excursionistas y el único tatuaje artificial, lo tenía en su omóplato derecho, el escudo verde y blanco, eterno emblema del Bajo Belgrano, enmarcado por su cabello lacio azabache que, en conjunto, engalanaban su angelical espalda. Esa era la parte artificial de su cuerpo, porque el verdadero escudo lo tenía tatuado en su corazón.

Con su hembra partió en busca de otros horizontes, con la sola premisa de armar su propia manada y la idea de volver, algún día, a su lugar de origen como nuevo líder.

Por eso, cuando aquel 12 de mayo de 2015, el ídolo de su padre, Guillermo Szeszurak, asumía la dirección técnica del club de sus amores, la ilusión golpeó la puerta del corazón de Libertad.

Pero en Excursionistas, nunca nada es fácil y los vaivenes de los números, redondearon una buena campaña que no alcanzó para festejar el logro. Ese año el abuelo Martín, aquel que había inculcado a Libertad el amor por el “Verde”, aquel que llevaba de la mano a la niña, muy niña, a la platea del “Coliseo” del Bajo Belgrano, fue a llenar la tribuna del cielo.

En pocos años, el “Búfalo” formó su propia familia que fue creciendo con el paso del tiempo, probó de volver a su lugar,  pero faltaba que se den las cosas.

Con el abuelo alentando desde arriba, Guillermo Szeszurak y su cuerpo técnico en el banco, con dirigentes de esos que conocés de toda la vida, un grupo de gladiadores en la cancha y la gente acompañando cada partido, la hazaña del ascenso no quedaba tan lejos.
Pero siempre hay un pero en Excursionistas y con una mitad de campeonato irregular, las chances de campeonar se esfumaban rápidamente.

Buscó otros horizontes mientras la manada seguía su crecimiento. Se lo notaba triste, como encerrado en su propio destino, a sabiendas de que algún día volvería al lugar que deseaba.

Después de escuchar por radio, la derrota en la séptima fecha con Berazategui, Libertad fue a su habitación, se recostó y durmió. Las pesadillas del comienzo, se convirtieron en un plácido sueño y que se hizo hermoso cuando en él, apareció el abuelo Martín y le habló de la mística ganadora de Guillermo Szeszurak y de la certeza que “Este era el año”. Fue un bálsamo que le permitió salir de su tristeza, ponerse orgullosa la camiseta verde y blanca, que era como su traje de novia y jurarse la vuelta olímpica en el “Coliseo”, junto a sus padres.

Se sintió rey en cada lugar en el que mostró su inteligencia y su fuerza. Venció a todo quien se le enfrentó y cuidó de su rebaño, quien ya tenía un pequeño líder heredero.

Excursionistas no perdió más y con un par de victorias y otros tantos empates, llegó a jugar el clásico con Laferrere, lejos de su rival en la tabla de posiciones. Libertad disfrutó de la magia del fútbol de “Cachete” Ruiz y la entrega del resto de los gladiadores, gritó hasta quedar sin voz y sintió a su abuelo pulular entre las plateas de madera de la tribuna lateral, como un presagio de lo que vendría. El “Villero” no perdió un solo punto más. La confianza que brindaba Guillermo Szeszurak hacía que, Libertad, sienta que aquella frase que su abuelo le había dicho en aquel sueño, se le apareciera a cada instante. “Este es el año”.
Un día decidió volver a sus pagos, el viejo líder había muerto y asumió la supremacía de la manada en base a su fuerza y a la convicción que podía cumplir su objetivo.

Seis partidos consecutivos con victorias, descollantes tareas de su jugador estrella, el magnetismo de un equipo pergeñado por el ídolo del club que había vuelto a cumplir su sueño. Libertad estaba incluida en ese sueño que se sintió realidad, en la epopeya del Gabino Sosa.
Por eso, el 11 de junio quedará grabado en las retinas de la morocha villera, porque abrazada a sus padres, vestidos de verde y blanco y con el lagrimal fácil, sufrieron hasta el final del partido y cuando nada hacía prever que la hazaña no se concretaría, un centro bombeado al segundo palo y ese fatídico cabezazo de Ayala, que se cuela en el palo izquierdo de Arias Navarro. Un silencio sepulcral se apoderó del “Coliseo”, un manto de dolor atravesó el corazón de miles de hinchas a quienes la historia, se les vino como noche.

Juntó a todos los suyos y les demostró cual era el camino a seguir. La lucha por subsistir, sentar bases sólidas y crecer. La manada, lo convirtió en líder indiscutido, en guía de su propio destino.

Y mientras la desazón de los padres de Libertad se hacía carne, mientras Carlos Salom y su cabezazo se hacía presente en la memoria villera, Libertad levantó su vista, miró al juez de línea y vio ese halo de luz en el banderín levantado marcando posición adelantada y la cara del abuelo Martín que, con un guiño de ojo cómplice, la vuelve a la vida, le devuelve la ilusión, le brinda la máxima satisfacción futbolera y no paró más de llorar. Se abrazó con sus padres como pocas veces lo había hecho, miró al cielo, estiró sus brazos como señal de agradecimiento, de amor por quien le había inculcado el sentimiento por Excursionistas.

La alegría, se apoderó de la manada. El crecimiento fue incesante y positivo. La vida le devolvió la ilusión de ser aún más grande, se lo propuso y lo logró. Una vez grande, se sintió libre. Se sintió “Búfalo rey…”

Y al grito de Dale Campeón, Dale Campeón acompañaba la vuelta olímpica desde la tribuna misma de su casa, mientras dentro del césped sintético, dirigentes, jugadores, cuerpo técnico y el mismísimo “Búfalo”, le regalaban el ascenso tan soñado a los hinchas y a Libertad…

 

Eduardo J. Quintana  
Texto Inédito
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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sábado, 11 de junio de 2016

El día del ascenso

Las sirenas aturdían a la multitud, que se había congregado alrededor de nuestros cuerpos inmóviles, tendidos en el asfalto húmedo.
Recuerdo que era un día Jueves, lluvioso, desapacible, con una niebla espesa, que provocó que no viera la luz roja del semáforo y el consecuente impacto con un colectivo que cruzaba en forma transversal. Eso sí, recuerdo el impacto, y no recuerdo más nada.
Hay un hueco en la historia entre el momento del choque y la acción de escuchar las voces de los médicos, intentando infructuosamente mi recuperación.
Todos mis miedos estaban centrados, en no saber cual era la situación de mi novia Mariela, que por efecto del golpe, había sido transportada por una ambulancia, a un sanatorio cercano.
Sentí como varios brazos subían mi cuerpo a una camilla y como varios de esos mismos brazos, me introducían dentro de una ambulancia preparada para terapia intensiva.
Allí tomé conciencia de la gravedad de mi estado, y de la magnitud del choque. Comencé a sentir los pinchazos en mis brazos, el oxígeno puro que provenía de un respirador artificial y las voces de los médicos, entremezcladas con el bip-bip del monitor que controlaba los pulsos de mi corazón.
Yo tenía gran parte de mis sentidos intactos, pero no podía abrir los ojos, ni mover mi cuerpo; escuchaba cada palabra, la sirena de la ambulancia, el ruido del monitor, pero mi cerebro enviaba la señal de movimiento y estos no se llevaban a cabo.
La ambulancia se detuvo y en esos instantes escuché a los médicos decir, que Mariela se encontraba bien y fuera de peligro. Eso realmente me trajo una satisfacción interna, que no podía expresar, pero que se reflejaba en un alivio por dentro.
Ya en el sanatorio, comenzaron los preparativos para la operación; en la cual, según los médicos, correría serio peligro de muerte.
Podía morirme, estaba latente la muerte, y corría con la ventaja y la desventaja de saberlo.
Pero no podía morirme.
No podía morirme, porque no me había despedido de mis viejos. No podía morirme, porque le había prometido casamiento a mi novia Mariela.
Pero mi mayor preocupación, era que no podía morirme sin ver ascender a Excursionistas.
¡Sí, el Sábado, mi Excursionistas jugaba la final para el ascenso a Primera División!.
Por primera vez en el profesionalismo, el Verde del Bajo Belgrano, de ganar, jugaría en “Primera A”. Y yo, justamente un hincha de toda la vida, un fanático seguidor de la divisa verdiblanca, no lo podría ver.
No me podía morir justo ahora, sin vivir la mágica sensación de ver a Excursio, jugar en la Bombonera.
No me podía morir, si toda la vida esperé esta oportunidad.
Pero la muerte estaba allí, cerca, tan cerca que llenaron mi cuerpo de cables y me hicieron media docena de exámenes para preparar la operación, que alargaría mi vida.
Por un momento me dormí internamente, con el miedo propio de no poder despertar, de ya no sentir la sensación de vivir.
El largo sueño se vio truncado por el llanto acongojado de mamá y papá, que tomaban mis manos inmóviles y rogaban a Dios por mi vida.
No sabía como explicarles cuanto los quería y que les estaría eternamente agradecido, por cuanto me habían dado. El llanto de mi madre era continuo, en cambio mi papá sollozaba más espaciadamente.
Pobre papi, justo la  semana que Excursio subiría a primera, yo lo enclaustraba en el sanatorio.
Pobre mami, ella me tuvo en su vientre y ahora suplicaba por mi vida.
Durante esa noche de Jueves, madrugada de Viernes; desfilaron por la sala de Terapia Intensiva, mis tíos, mis hermanos, los padres de Mariela y mi barra de amigos.
Indirectamente, me despedían y yo los escuchaba atentamente.
Eran todas loas hacia mi persona, esas típicas alabanzas que se hacen a los muertos.
Pero yo no estaba muerto, sentía y vivía como cualquier ser humano, sólo que no podía expresarlo.
Estaba presente mi amigo Toto. ¡Que tipo bárbaro “el Toto”!, yo sabía que me quería un montón y que sabía que pensaría en un momento así. Unos minutos después, tomó mi mano y me dijo:
-          No te podés morir ahora, hermano.
Entendí su súplica. El Toto quería decir: “No te podés morir ahora, que Excursio puede ascender”.
Pero fue más diplomático, seguramente porque mi vieja estaba en la sala y no quería que sufra.
Si pudiera transmitir mi pensamiento y mis deseos, seguramente el Toto iría a la cancha, el próximo Sábado, para alentar por mí a Excursionistas.
Me volví a dormitar internamente, y esta vez se extendió hasta la hora de la operación.
La viví toda; sentí la anestesia para dormir mi cuerpo ya dormido, el ruido constante de los monitores, el bisturí yendo y viniendo, las interconsultas médicas sobre la gravedad de mis heridas internas. Estaban trabajando en mi cabeza y la operación parecía más complicada de lo previsto.
En un momento determinado, mi corazón comenzó a fallar y los médicos trabajaron con aparatos sobre él, ante el bip inconstante del monitor, que demarcaba que mi corazón ya no tenía la fortaleza de siempre.
Las voces empezaron a entremezclarse y sobre todo a alejarse de mi audición.
Por primera vez en mi vida, comencé a asustarme. No podía morirme.
De repente, comenzó una siesta que duró todo el día.
Desperté, con la voz de los médicos comentando lo difícil de la operación, que había demandado ocho horas de trabajo y que no había salido bien.
Escuché el llanto conmovedor de mis padres, cuando el médico explicó el desenlace de la operación.
Me daban como máximo 24 hs. de vida, sólo 24 hs., o sea que yo sabía que moriría el Sábado. Mi estado era irreversible.
Con la muerte tan cerca, pasaron por mi cabeza muchas cosas, entre ellas la final que jugaría Excursionistas por el ascenso.
Esa mañana de Sábado, comenzó un largo peregrinar de familiares y amigos.
Un momento me conmovió más que el resto, cuando entró a la sala mi novia Mariela y se abrazó a mí llorando desconsoladamente. Se echaba culpas por el accidente; pues ella me había pedido ir a dar una vuelta, pese a las inclemencias del tiempo.
Si pudiese escucharme, le diría cuanto la amo.
Como me hubiese gustado casarme con ella y por sobre todo, le pediría que no me olvide.
Aunque me gustaría que sea libre rápidamente de la cruz de mi muerte, para que rehaga su vida.
¡Pasaba el tiempo y yo seguía con vida!. ¡Cómo me gustaría saber la hora!.
Me imaginaba que el Toto y los pibes estarían en la cancha, alentando a Excursionistas.
Yo sin poder moverme, hacía fuerza para la victoria. En ese momento, escuche decir a mi viejo que eran las cuatro de la tarde. O sea que según mis cálculos, había terminado el primer tiempo; ¿cómo iría mi Excursio, ganaría o perdería?, ¿quién sabe?.
Otra vez volvió el sueño y las voces que se alejaban. Otra vez esa horrible sensación y el sonido de los médicos trabajando sobre mi cuerpo.
Y el llanto de mis padres, entremezclado con el de mi novia.
¿Cuánto tiempo habría pasado?. ¿Yo, habría muerto?. ¿Cómo iría el partido?.
Muchas preguntas sin respuestas y las fuerzas que se apagaban. Las voces cada vez se alejaban más y el llanto general era cada vez más intenso.
El final se acercaba. En un instante determinado, ingresaron un grupo de personas, las distinguía por sus voces.
Ahí estaba el Toto, a quien internamente le decía.
-          Vení Toto,............ ¿qué pasó?.
E inesperadamente el Toto, como presintiendo mi llamado, se acercó a mi oído y me dijo:
-          ¡ Ascendimos hermano, Excursionistas es de primera!
Y mi grito interno, mi grito de corazón, ¡Excursionistas, Excursionistas!.
Y el llanto que se hizo general, en cada uno de los presentes.
Los brazos de mi novia que me abrazaban con amor y las manos de mi madre que acariciaban mi rostro; ambas invadidas por la congoja y el dolor que significaba mi despedida.
Ese sueño que se aproximaba nuevamente y las voces del llanto que se alejaban definitivamente, dando paso a mi vida eterna.
Justo el día que Excursionistas, llegaba a primera división.


 Eduardo J. Quintana
Del libro "Cenizas de la vida - Cien años de amor a Excursionistas"
@ejquintana010


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Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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domingo, 24 de abril de 2016

La lección de Giragós

Dedicado al compañero E.K.

Cosas impensadas. Jamás imaginaría el Barón Donabed allá en la vieja Leninakán natal que muchos años después su nieto Giragós daría una lección al mundo. Una magnífica lección de amor al prójimo en una tierra tan lejana y con costumbres tan disímiles.
El fútbol es muchas veces prenda de unión y muchas otras de discordia. El amor intercambia con el odio algunos aspectos del juego en su faz humana y se retroalimenta en la pasión que cada hincha impone por sus colores.
Cuando Arakel Sargissian, hijo de Donabeb, llegó a la República Argentina, se enamoró de dos cosas de Cecilia y del fútbol. Villa Gobernador Gálvez, en las afueras de la Ciudad de Rosario, fue el lugar para edificar una familia numerosa. Mujer y cinco hijos. Cuatro de ellas niñas y el único varón al que llamó Giragós. El único hombrecito, el menor, el mimado de sus hermanas. Inteligente, simpático, gran bailarín y por sobre todas las cosas un increíble jugador de fútbol.
Comenzó dando sus pasos en las divisiones menores del Club Atlético Coronel Aguirre, jugando de marcador central. Desde pequeño tuvo un elegante andar, toque sutil y un cabezazo perfecto.
Muy poco tiempo le llevó escalar divisiones y debutar en primera con solo diez y seis años. Jugaba con tipos que lo duplicaban en edad y crecía partido a partido.
Pero algo cambió en su vida futbolera, la finalización de la temporada trajo aparejado el retiro del Gordo Santiso por lo que el rojiverde contrató un marcador central de origen turco. Kemal Hasan Turán, un jugador rudo dentro y fuera de la cancha.
El armenio y el turco, uno jugando al lado del otro y toda una historia detrás que presagiaba una tormenta. Las miradas se cruzaban feas. Las diferencias se marcaban dentro de la cancha entre la elegancia de Giragós y la solvencia de Kemal. Uno salía jugando y el otro la revoleaba. Los hinchas estaban repartidos, el turco tenía agallas y despliegue. El armenio era la síntesis del fútbol.
Aquella premonición llegó en medio de un partido cuando Giragós salió jugando del fondo con cabeza levantada, con toque sutil para Kemal que intentó dominarla y la perdió con el nueve contrario quien encaró a Giragós, dribleándolo por la izquierda, no dejándole otra opción que cometerle penal, último hombre y expulsión.
Cuando el árbitro mostró la roja, la mirada del armenio fue directamente a los ojos de Kemal, quien lo desafió con un – Eso pasa por salir jugando
El pibe no esperó a llegar al vestuario, le surtió un golpe de knock out al pobre Turco que quedó tendido en el piso. Fue el comienzo de una guerra sin cuartel que desembocó en la partida de Giragós a jugar un año a préstamo a un club de Bell Ville.
Previo al pase y hasta cumplir la suspensión de casi diez partidos, Giragós Sargissian, el elegante marcador central, viajó con dos de sus hermanas a la ciudad natal de su padre, que había cambiado el nombre con la disolución de la Unión Soviética, la Capital de Shirak, volvió a llamarse Gyumrí y estaba recostruyéndose del violento terremoto que la azotó en diciembre de 1988.


Giragós y sus hermanas conocieron a parte de su familia armenia y visitaron lugares con muchísima historia. Conocieron más sobre los vaivenes políticos de la República en los distintos estadíos de su vida. El genocidio en manos de Imperio Otomano, la conformación de la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas y la posterior independencia. Giragós sabía de esas historias contadas por su padre Arakel y quizá esa influencia indirectamente es la que lo hizo reaccionar contra su compañero de zaga.
Evidentemente el enfrentamiento no era producto de un entredicho entre un rústico half izquierdo y un lírico fullback derecho, ni tampoco de una burda jugada que terminó con la expulsión de Giragós en aquel clásico. La herida estaba abierta a través de la historia, de aquellas cosas que le contaba su padre y que él corroboraría en su viaje a Gyumrí.
No cicatrizaba, no se lo permitía la memoria de su abuelo Donabed, ni las imágenes de ciento de miles de armenios masacrados por los turcos.
Pero era fútbol y el deporte, si bien es competencia, también es integración.
Volvió a jugar al club de Bell Ville, donde hizo lo de siempre, deleitar a la afición con su elegancia y buen juego. En medio del torneo hubo un cruce entre su equipo nuevo y su ex equipo. Otra vez frente a frente el turco Kemal Hasan Turán y el armenio Giragós Sargissian, otra vez frente a frente la historia de otros que cada uno hacía propia.
El ambiente estaba tenso, los directivos del conjunto verde y rojo hicieron lo posible para que Giragós no juegue, pero este era ídolo del conjunto belvillense.
Todas las miradas estaban puestas en los ex compañeros de zaga, quienes se encontraron en muy pocas oportunidades dentro y fuera del campo de juego.
Mucho habían hablado los padres de Giragós, mucho lo habían aconsejado sus compañeros y el cuerpo técnico. Mucho lo había calmado su novia. Todo salió como era esperado y el partido concluyó con empate en uno y sin incidentes.
Los locales se retiraron del estadio y se dirigieron a sus casas; los del equipo santafesino se retiraron en dos combis rumbo a su ciudad. Había comenzado a caer el sol y algunas gotas.
Giragós cenó y se fue a descansar, durmió hasta la mañana siguiente sin sobresaltos. Se levantó, se duchó y fue a desayunar a un bar. Allí encontró la triste noticia, uno de los vehículos que trasladaba a los jugadores del equipo verde y rojo había chocado contra un camión y si bien no había víctimas fatales, sí heridos graves.
Giragós buscó denodadamente los nombres de sus ex compañeros y encontró que el más comprometido quien estaba internado en terapia intensiva era Kemal Hasan Turán.
Llamó telefónicamente al club para ponerse a disposición y por la tarde viajó a Gálvez para apersonarse al hospital donde estaban internados sus compañeros.
Una simple charla con el presidente del club que lo conocía de chico, alcanzó para saber el estado de salud de los cuatro hospitalizados que quedaban. El Sapo Míguez, el Juancho Migliosa y el Tito Vértiz estaban fuera de peligro. El único comprometido era el Turco Turán, que tenía los riñones destrozados y casi con seguridad deberían transplantarlo. El mayor problema era encontrar un órgano compatible.
Apesadumbrado fue a visitar a sus padres, aquella rencilla futbolera no le debería impedir ayudar a su compañero. Lo planteó en su casa y sus padres mucho más compenetrados con la “causa armenia” le aconsejaron lo contrario.
Volvió a Bell Ville pensando mucho, no entraba en su cabeza dejar pasar la oportunidad de ayudar a un ser humano con problemas de salud.
Su conflicto interno fue mayor cuando se enteró que era el único de todos los integrantes del club que tenía compatibilidad con el Turco Turán.
Las vueltas de la vida, el destino impuesto o como quiera llamarse unía el camino de acérrimos contrincantes en el fútbol y enemigos mortales en el campo histórico.
Esa noche al apoyar la cabeza en la almohada, Giragós ya sabía cual sería su decisión. Por eso durmió tranquilo, profundo y despertó feliz. Desayunó, entrenó con su equipo, habló con su técnico y con el presidente de su club, explicó las razonables causas de su próxima ausencia, aceptó sus riesgos y viajó con sus cosas a Villa Gobernador Gálvez.
Allí le comunicó su decisión a sus padres, habló con la esposa del Turco Turán, se sometió a los médicos y cerró una herida casi centenaria.
Todo salió bien. Rescindió el contrato con el club de Bell Ville y en noventa días estaba entrenando nuevamente.
Seis meses después con la verde y roja en el pecho, Giragós salió jugando desde el fondo, con esa elegancia característica de los cracks, levantó la cabeza tocó la pelota al Turco Turán, quien se esmeró para devolvérsela redonda. La redonda volvió al pie derecho de Giragós, quien la pisó, observó el panorama y puso un pase en profundidad al wing derecho, ante los aplausos de la gente y de la historia…



 Eduardo J. Quintana 
Texto inédito 
@ejquintana010
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sábado, 2 de abril de 2016

Tiempo de venganza


Transcurrieron las horas, los días, los años.
Transcurrió gran parte de la vida deambulando sueños, imaginando frases, recordando.
La herida de un puñal clavado en su corazón desde aquella trágica locura de Malvinas. Patriotismo a flor de piel y la sed de venganza que fue aplacándose con el transcurso del tiempo,  para dar paso a la razón, a la sensatez del pensamiento.
Aquella tarde de Mayo de 1982, a tanta distancia, con el frío insular dentro de las venas y la visión casi traumática de ver cerca la muerte.
Román era así, un pibe tierno y apasionado. Un tipo lleno de vida.
Pero por sobre todo era un pibe. Un típico alumno de esa secundaria que recién había terminado. Un hombre hecho a golpes y en un tiempo menor al que necesitan los jóvenes para desarrollar ciertos cambios. Un hombre con el llanto y el miedo a flor de piel.
Un tipo que un día sábado estaba viendo feliz, junto a sus amigos, a su querido Gallo de Morón y a la semana estaba inmerso en el delirio maniático de un borracho de capa y espada.
Lejos, tan lejos de su barrio, de sus padres, de sus amigos, de su fútbol y muy cerca de una vida irreal, provocadora y estéril.
Del calor de su barra de amigos, al frío de las balas que hacía estragos en la humanidad del moralmente diezmado ejército infantil.
Del abrazo fraternal con su padre, a la huida casi cobarde dejando un tendal de compañeros muertos a la vera de un sendero de escarchas, que se clavan en la humanidad virtual de Román. El cañoneo incesante, la vida misma que acaba de asestarle un duro revés, al ver a su compañero de carpa y trinchera, agonizar frente al filo de la bayoneta imperial.
La terrible rendición, la humillación de ver arriar su bandera, nuestra bandera, de su propia tierra. El despegue a una vida donde la derrota más crítica, más desleal, la produjo la propia sociedad.
Por eso quizá su sed de venganza, su intento de devolverle al presunto enemigo algo de su propio veneno, sintiendo como propio cualquier golpe asestado en la mejilla de un inglés.
El paso del tiempo, la vida misma. La reconstrucción de sus sentimientos, trajo un sin fin de ocasiones para disfrutar la vida de otra forma.
Conocer a Vanesa, enamorarse de su belleza, de su sentido del humor y su visión de la vida, apaciguó íntimamente el dolor. El pensar siempre en las mismas escenas, el oír el ruido tenaz del repiqueteo de las balas a su alrededor, el despertarse en las noches llorando, agitado, con una bayoneta clavada en el pecho.
Vanesa fue y es eso en su vida, la visión de un campo sin muertos y lleno de margaritas en flor. El abrazo, el beso apasionado sin huir en la adversidad. Vanesa es eso y más.
Vanesa es Deportivo Morón. Es el amor y la vivencia de volver a sentir que el gol es algo sublime. Es la muchedumbre en una tribuna feliz de tener un sentimiento común, el de amar y sentir que ese amor tiene el contrapunto de la devolución.
Por eso Vanesa es única. Porque la conoció allá en el difícil 84, en la cancha de El Porvenir, cuando los corría la policía.



Imágenes repetidas, esta vez con balas de goma. La cara de esa morocha asustada, que huía sin camino cierto. Esa camiseta blanca y roja inmersa en un cuerpo majestuoso y el aterrador miedo que la depositó en sus brazos, para siempre.
Fueron amigos muchos meses. Novios y amantes. Hasta que un día decidieron unir sus vidas, fue en el año 86, cuando se jugaba el Mundial de México.
Ella había llegado a su vida en un momento justo, como si fuese alguien enviado por el superior para poder contenerlo y llenarlo de amor.
El recuerdo de Malvinas seguirá latente por siempre, pese a Vanesa y a sus hijos.
Nunca podrá borrar de su mente los episodios vividos, las muertes, las horas dentro de la trinchera húmeda, fría y nauseabunda. Jamás quitará de sus retinas la cara del Correntino, mirándolo desconsolado con la herida sangrante en su pecho. Fue como una película de terror que uno nunca olvida. Los resabios de venganza quedaron atrás y no hubo motivo alguno para calmar dicha sed. Y cuando digo que no hubo motivos, lo expreso en tiempo pasado.
Así como Vanesa llegó de la nada, casi sin quererlo a la vida de Román, para llenar ese espacio de soledad que dormía en su corazón, hubo otro hecho que cambió su vida.
Justamente ese hecho ocurrió sentado junto a ella, en el sillón de su casa.
Fue un 22 de Junio de 1986 y si bien se recordará como un día histórico en la vida de los argentinos, fue un día particularmente emocionante para Román. Esa noche por razones que el médico no pudo determinar, una intensa fatiga pulmonar se apoderó del ex combatiente, a quien increíblemente le dictaminaron un día de descanso laboral. Justo ese día.
La  mañana pasó con sueño profundo, pero el sueño de un pasado que no ansiaba volver.
Vivía un sueño en presente. En la pantalla los jugadores se preparaban para la batalla futbolística. Por un lado la Selección de Inglaterra, Lineker y compañía enarbolando la insignia colonial. Por el otro, entonando el himno como grito de venganza y esperanza, el Diego y sus muchachos.
La respiración se agitó aun más, al ver la imagen del “más grande” entonando la canción patria. Allí apareció la cara del Correntino, pidiendo piedad. Las filosas bayonetas y los trajes súper modernos contra el frío.
Ver la bandera allá en lo alto, flameando libre y sin prejuicios de tercer mundo. Sentir en sus oídos el incesante cañoneo y la mano del teniente que ordenaba retirada, como la mano que se elevaba allá en lo alto, donde sólo Dios llega y la pelota que entra mansamente para abrazarse a la red. No era venganza, era demostrarles que Argentina existía y no era un cuento de perdedores.

Por eso, los ojos del general inglés que penetraban en el corazón de Román pidiendo rendición, ante los pies del león ingles. Ahí, justo ahí, por televisión y ante todo el mundo, un halo de luz blanca ingresó al Estadio Azteca e iluminó al “diez”. La pelota como una imaginaria paloma de la paz, proyectó la sensación de ser la elegida y comenzó a rodar atada a su pie izquierdo. Las patadas, como machetes filosos abriendo camino en los pastizales insulares, pasaban cerca pero no lastimaban y el mundo se empezó a abrir, como si se rindiera ante tanta majestuosidad. Ahí, justo ahí, por televisión y ante todo el mundo, caían ingleses como muñecos de nieve derretidos por el sol. Ahí, justo ahí, enfrentó al arquero, se abrió hacia la derecha y la tocó suave y sutilmente. Tan suave, como se escuchaba rugir al león herido de muerte, tan sutil como la estrella fugaz que pasa sin estridencia, por el cielo oscuro e inmenso. El corazón de los críticos se detuvo, la sensación de piedad inglesa hacía mella ante los ojos del Correntino que empujaban la pelota. La bandera otra vez arrugada, como aquella tarde de Rattin en Wembley y el grito de millones de americanos sedientos de aplastar en un estadio de fútbol, aunque sea, algo de la tiranía de los poderosos. El grito de gol hasta la extenuación y un pequeño vestigio de venganza, que le dio el fútbol y no le dieron los políticos de turno. Por el Correntino y otros cientos de pibes. Por la sociedad que lo hizo a un lado. Porque el fútbol es pasión y la pasión embriaga las ideas. Por la magnificencia del gol. Por el llanto de Román  y su abrazo con Vanesa. 
Por ello, por su abrazo con Vanesa...   


Eduardo J. Quintana 
@ejquintana010
Del libro "de fútbol y barrio"



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  "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

 
Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
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