Me
desperté sobresaltado, no era un sábado más. Sudoroso, mal dormido, con la boca
reseca y demás está decir, preocupado. Preocupado porque pasamos del derrotismo
propio del pueblo desilusionado, a un exitismo difícil de manejar.
No
sé cómo explicar mi estado de ánimo. Podría definirlo como estado de ansiedad:
“Afección
por la que una persona tiene preocupación y sentimientos de miedo, terror o
intranquilidad excesivos”
Eso
era lo que vivía...
Mi
esposa no estaba y llegaría a casa a la hora del partido. Solo, me fui a
caminar y despejarme. Era imposible. Los balcones adornados con banderas
celestes y blancas, los autos circulando por la avenida tocando bocina y la
gente con camiseta de la selección, era mayoría. Imposible abstraerse.
No
duré mucho caminando, entre el calor y los nervios tomé la decisión de volver
al departamento. Al entrar, me encontré con uno de los vecinos con quien más
confianza tenía.
-
Toto ¿Cómo estás?
-
Bien Daniel, menos nervioso que otras
veces -contestó mi vecino- después de lo de México y Doña Chicha, estoy más
tranquilo.
No
reaccioné inmediatamente, treinta segundos tardé en hilvanar a Doña Chicha con
la vecina del edificio.
Doña
Chicha, era una mujer nacida en Luque, Paraguay. Su nombre era Ramona Azucena
Zunilda Salcedo Benítez, Doña Chicha para todos los vecinos. Una mujer dedicada
al prójimo. Tiraba las cartas, curaba el empacho, deshacía nudos, entre tantas
cosas supersticiosas. Se la conocía por hacer siempre el bien y en la mayoría
de las ocasiones, gratis. Sus proezas la hacían una mujer querida en el vecindario.
No
dudé, ingresé al edificio y me dirigí a golpearle la puerta, que abrió al
instante.
-
Daniel, buenos días. ¿Qué lo trae por
acá?
-
Hola Doña Chicha, ¿Cómo anda usted?
-
Bien, muy bien. ¿Usted?
-
Bien Doña Chicha, esperando nervioso el partido
de la selección.
-
Tranquilo Daniel, es un partido de
fútbol
-
Es verdad. ¿Puedo hacerle una consulta?
-
Cómo no, pase un momento.
Fueron
quince minutos de reflexión y consejos. Me pidió que mantenga en secreto todo
cuanto me dijo y que, la eficacia, dependería de la energía que le aplique. Me
fui raudamente al departamento y realicé lo recomendado por Doña Chicha.
Cuando
comenzó el partido estábamos mi esposa y yo sentados en los mismos lugares que
en el partido con México. Los chicos estaban en casa de sus amigos siguiendo la
cábala.
El
partido fue disfrute y sufrimiento, fue buen fútbol y goles. El 2 a 1 fue tan
corto como contundente y los cuartos de final serán contra “La Naranja Mecánica”
el próximo viernes.
María
José se levantó de su sillón y me preguntó:
-
¿Te sirvo algo fresco, Dani…?
-
Dale -le contesté entre eufórico y relajado-
¿Compraste algo para comer?
-
Sí, ahora traigo.
Y
mientras repetían los goles y mostraban los festejos de la gente en las calles
argentinas, María José abre la puerta superior de la heladera para sacar hielo.
Con
la apertura del freezer, se descomprimió y asomó violentamente la cabeza del “peluche
canguro”, de mi hija, que había puesto apretujado a pedido de Doña Chicha.
El
efecto la cábala tuvo un rotundo éxito y eso valía cualquier grito, cualquier
desmayo, cualquier golpe y hasta los tres puntos que le aplicaron, en la guardia
del hospital, a la pobre de María José, que jamás se imaginó lo que vendría al
abrir el freezer.
El
golpazo iba a pasar y habría que pensar como sería el partido con Países Bajos…
Cuestión
de cábalas y seguir los consejos de Doña Chicha…
Cuento inédito
IG: eduardo.quintana961
Facebook y Twitter: @ejquintana010
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