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lunes, 16 de junio de 2014

La Matilde y el fóbal


Qué problema tienen las mujeres con el fútbol. ¿Celos tal vez? Puede ser, no te lo voy a negar. El hombre nace con una camiseta de fútbol y no la abandona hasta que muere.
Es cierto ese dicho que dice: “El hombre puede cambiar de casa, de religión, de mujer, pero nunca de equipo de fútbol”.
No sé a quien se le habrá ocurrido, pero es así. Y eso a las mujeres les cuesta mucho entenderlo. Y si bien cada día van más chicas a la cancha, todavía sigue ese rechazo hacia el deporte pasión de multitudes. Sabés, hay solo una cosa que las mujeres aceptan del fútbol: el mundial.
Son las hinchas número uno. Saben de todo y de todos los equipos. Formaciones, camisetas, los números, quién es el goleador, cómo se enfrentan las llaves. Vos necesitás algo de estadística y ellas lo saben. Pero tanta pasión trae problemas.
Si no me crees, preguntale a Robertito.
Roberto es un muchacho amigo de mi familia, que hace como veinte años se casó con la Matilde, hija del peluquero del barrio. Desde muy pibes se pusieron de novios y fueron un emblema para los vecinos.
Imaginate esos noviazgos interminables. A cualquier lugar donde iba Robertito iba la Matilde. Parecía una sanguijuela llena de amor y compañerismo.
Tanto amor se veía solamente opacado por las peleas de cada Sábado, de cada Domingo.
Chacarita, era muy importante en la vida de Roberto. Tan importante como para dejar de lado ese amor que crecía día a día y que se vería transformado en una hermosa familia. 


Desde muy pequeño, en compañía de su abuelo y su padre comenzó a vibrar en cada estadio donde “el funebrero” se hacía presente, con la típica pasión del futbolero, ese que todo da y nada pide. Ese mismo que con lluvia, frío o sol radiante; con calor, humedad, niebla o granizo,  entrega todo su fervor por los colores de la divisa que heredó en un testamento de amor de sus familiares directos.
Un desapacible sábado de invierno o un calcinante domingo de verano encontrará a Robertito alentando a su querido funebrero, con la fiel estirpe de los seguidores implacables.
En su casa, siendo un exponente fiel de la sociedad machista; su esposa, ama de casa por excelencia, en la soledad de un día de abandono, el día que juega Chacarita. La plancha como compañera, los deberes de su pequeña hija, la ropa para lavar como algunos de los quehaceres que a diario realizaba la Matilde. Y si el mate es compartir, ese día, el día de Chacarita tenía otro sabor, el sabor de la soledad, del martirio del pensamiento, de los celos.
La Matilde es celosa de nacimiento, celosa por naturaleza y Chacarita era el principal motivo de sus celos.
Qué increíble, Roberto era tachero, eso implicaba que mujeres por su vista pasarían de a cientos y se sabe que los tacheros cuentan historias en cada oportunidad que pueden. Historias reales y de las otras. Pero la Matilde no tenía celos de esas presunciones, ella solo tenía celos fóbicos a la camiseta roja, blanca y negra. Como si Chacarita fuera la mujer que compite con el amor de Roberto.
Quizá tenga algo de razón, por eso de dejarla sola tantas veces como Chacarita lo pidiese.
Como el día que nació Valentina, su hija. Justo fue sábado por la mañana, el día del clásico con Atlanta en Villa Crespo.
La alegría del nacimiento, el llanto, los abrazos, los proyectos, las visitas y la huida del sanatorio rumbo la cancha de la calle Humbolt, a cubrir los tablones de fervientes funebreros, en busca de la felicidad plena de vencer al eterno rival del viejo barrio.
Atrás había quedado el ida y vuelta en el pasillo contiguo a la sala de parto, los nervios previos a escuchar a la partera decir que era una nena. Atrás había quedado aquel abrazo con la Matilde y el posterior encuentro con Valentina.
Ese presente con el abrazo fanático con cuanto hincha de Chacarita encuentre a su lado, cuando el nueve metió en forma impecable un tiro libre desde el vértice del área grande.
La enfermedad futbolera no tiene límites en el corazón funebrero de Robertito y la Matilde nunca lo comprendió. Luchó contra ese competidor toda su vida y la verdad perdió siempre.
Sólo cada mundial los unía en un único grito, como si la pasión interna femenina con el fútbol se encendiera cada cuatro años. A Roberto le gustaba eso que la Matilde supiera quien era el dos de Italia o suspirara con el wing de Holanda.
Obviamente si Chacarita hubiese jugado en el mismo horario que la Selección Argentina, el inconveniente hubiese sido mayor, porque no cabía duda sobre que partido tendría más importancia. Para él, no había mejor jugador en el mundo que el que se había puesto la casaca funebrera y para ella eso era inentendible. Por eso de mezclar el patriotismo con la selección, de llorar cuando la bandera nacional aparece por televisión, de ponerse la camiseta para ver el partido en vivo. En cambio Roberto vivía el fútbol distinto, en realidad para él el fútbol era Chacarita y después el resto.
Era cómico verlos mirando un partido de la Selección, ella con la celeste y blanca, y él con la camiseta de Chaca. Daban la sensación de ser una pareja despareja. Por eso no extrañó el desenlace de las cientos de peleas. Porque Roberto era tan futbolero como machista y no toleró el cambio de actitud de la Matilde, el hecho de dejar de planchar sus camisas por ver una entrevista o de recalentar la comida del día anterior porque ese día se jugaban los cuartos de final del grupo dos.
Nunca se tragó ese cambio de roles, de tener que llevar a los chicos al colegio porque a la mañana se jugaba un partido entre Brasil y Croacia.
Pero el mundial pasa rápido y las cosas se acomodan. La vida sigue y Chacarita no cambia su rutina. La Matilde volverá a sus tareas cotidianas, esas que Roberto ve con normalidad.
Quedará guardada la camiseta argentina para otra oportunidad, para otro mundial.
En cambio la casaca de Chaca colgará una y otra vez en la soga, recién lavada, para volver al ritual de ponérsela limpita cada Sábado, cada Domingo.
Ese sometimiento siempre consentido por la Matilde, parecía casi irreversible. Nadie podía suponer que podía cambiar ese estado de somnolencia libertaria que desde el mismo momento de conocer a Roberto, la Matilde había adoptado.
Ese de estar pendiente de sus actos, de aceptar como propia la soledad de los fines de semana, donde era olvidada por el fútbol.
Por eso suena extraño que a días de empezar el Mundial de Brasil, la Matilde haya decidido semejante cosa. Un avance en el pensamiento, en sus ansias de cambio, en la visión externa de una situación límite..
Era casi revolucionario pensarlo, casi utópico imaginarlo.


La Matilde, aquella sumisa esposa que despotricaba Sábado a Sábado, Domingo a Domingo contra el fútbol. Aquella de la soledad del mate sin compartir, de los deberes de su hija y de los deberes de esposa. La misma de la plancha y el lavarropa. De la comida a horario y a punto. La Matilde, el ejemplo de esposa que Roberto había añorado, una mujer para su familia, para su marido, para su hija.
Suena extraño hasta comentarlo, que justo ella, la Matilde, haya abandonado todo para viajar a Brasil a seguir a su querida Selección Argentina.
Justo ella…




Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"


Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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