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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.



Espero les agrade.








domingo, 22 de junio de 2014

Las sanatas del tío Rubén



-          Cuando jugué la final del Metropolitano del 69, los defensores no tuvieron forma de pararme. Es más, hasta hice echar de la cancha al dos de ellos.
Atentos como siempre los chicos miraban y escuchaban al tío Rubén, que era una especie de líder en contar anécdotas. Su palabra generaba miles de preguntas y cada pregunta tenía una respuesta, que a los oídos de los chicos, sonaba sensata.
El tío Rubén, como ellos lo llamaban, era una de esas típicas personas que sabían sobre todos los temas. Si se hablaba de ingeniería, él había estudiado en la Facultad, si hablaban de autos el opinaba como un experto mecánico, si hablaban de flores y plantas, él había tenido viveros; pero por sobre todas las cosas si hablaban de fútbol, él había sido un eximio jugador de primera división.
Su paso por la categoría máxima lo había hecho en un equipo del interior y su fama la había adquirido en el exterior, donde pasó gran parte de su juventud.
Mostraba orgulloso sus recortes de diarios donde se recordaba su nombre o donde aparecía entre la muchedumbre dando la vuelta olímpica.
Los chicos y ya no tan chicos solían sentarse a su lado y escuchar las miles de anécdotas, como haberle hecho un gol a Amadeo Carrizo o haberle realizado un caño al mismísimo Pelé.
-          El venía con pelota dominada y como nosotros íbamos ganando uno a cero, el técnico me mandó a apretar en el mediocampo. Cuando me enfrentó con su endiablada gambeta, con mi tranquilidad habitual, le birlé la pelota y la llevé hacia el costado izquierdo de la cancha. Quedé de espaldas y sentí sus brazo apoyado en mi espalda, pisé la pelota la amasé, giré sobre ella y la toqué por debajo de sus piernas, dejándolo completamente desairado.
La cara de sorpresa de quienes lo escuchaban era tal, que nadie especulaba con realizarle alguna pregunta y ni hablar de dudar de sus anécdotas. Es que el tío Rubén hablaba con tanta seguridad y detallaba tan bien cada jugada que no daba lugar a duda alguna.
-          Este recorte es de ese partido, acá la gente ingresó a la cancha y me levantó en andas.
Y era verdad, en los hombros de alguien que estaba en medio de la multitud, sobresalía una persona con el torso desnudo. Pero la foto era tan vieja que no se distinguía bien. Ante la duda Javier preguntó:
-          ¿Y ese es usted?
-          ¿Tenés alguna duda? Contestó con vehemencia el tío Rubén
-          No, no, solo que no se distingue bien...
Era así, no podía quedar lugar a la duda, porque este héroe futbolístico tenía una respuesta para cada pregunta e inspiraba respeto ante las dudas.
Es así que ante la pregunta de Tincho infló su pecho.
-          ¿Tío Rubén, jugó en algún Mundial?
Hizo un silencio, se levantó del sillón donde se encontraba, suspiró, esbozó una sonrisa complaciente, tomó su pipa, la encendió y respondió:
-          Claro Tincho, el Mundial del 54



Un silencio sepulcral de respeto acompañó su respuesta. Encima, para ser aún más respetado por los chicos fumaba en pipa y no sé porqué, la pipa inspira ese no se qué, ese pensamiento de que quien la fuma, es un tipo serio.
-          ¿En el Mundial 54, y dónde fue?
-          En Bélgica.
Palabra santa, si el tío Rubén dijo que jugó el Mundial del Bélgica, era cuestión de escucharlo.
-          Fue ahí donde sufrí una seria lesión en la rodilla. Justo en la final con Alemania.
Era verdad que Rubén, perdón el tío Rubén tenía una lesión en la rodilla izquierda, que hacía casi indispensable el uso de bastón permanente.
Su renguera era evidente y mientras la pipa reproducía la imagen de una vieja locomotora de vapor con su humo espeso, los chicos se acomodaban para escuchar la mejor de las anécdotas.
-          Estuvimos concentrados previamente dos meses, en una base militar de Neuquén, con un régimen militar de horarios, visitas y entrenamientos.
La cara de los chicos era tal, que parecían estatuas. El único ruido provenía de un reloj a péndulo.
-          Nos levantábamos a las siete de la mañana, desayunábamos y el técnico nos daba una pequeña charla táctica.
-          ¿Veían videos?
-          No Javier, en aquella época no había videos, lo que se conocía era por ver a las selecciones en vivo, en el Sudamericano o en algún viaje a Europa, pero nadie sabía nada de las selecciones de Asia y África. Aunque los africanos eran bastante troncos y los asiáticos muy fríos. Solo había que temerle a los europeos y a los brasileros.
Desde el primer Mundial en 1930 los resultados se alternaron entre brasileros, uruguayos, argentinos, alemanes, italianos y en una oportunidad cada uno ingleses y franceses.
Siempre hay sorpresas.
-          Los dos meses de concentración fueron tediosos e interminables. El régimen que se aplicaba era el militar. Nos levantábamos a las siete de la mañana, desayunábamos mate cocido con pan tostado y mermelada. Y después, a entrenar.
Contado de esa forma, más que un entrenamiento futbolístico parecía militar.
-          Entrenábamos haciendo ejercicios físicos en plena naturaleza y sin nada de elementos modernos. Al mediodía volvíamos a bañarnos, almorzar y a hacer una linda siesta.
Quién hizo el Servicio Militar, sabe que ese tipo de actividades eran comunes. Pero los chicos nada sabían, o sea que todo el relato les resultaba asombroso, tan asombroso que permitía extenderlo tanto como el tío Rubén quisiera.
-          Así, era el exilio en Neuquén. Nos levantábamos de la siesta a las cuatro de la tarde y otra vez a entrenar. Dos meses con estricto régimen de comidas y entrenamientos, como para llegar al Mundial y ganarlo.
Recién cuando terminaba alguna explicación, los pibes esbozaban alguna pregunta.
-          Tío Rubén. ¿Cómo viajaron a Bélgica?
-          En barco hijo, en barco
-          ¿Y fueron muchos días?
-          Sí chicos, muchos días viendo solamente agua y cielo alrededor. El barco se llamaba “Santa Esmeralda” y lo teníamos todo completo para la delegación. Era un espectáculo, entrenábamos en la cubierta, como si fuera un gimnasio al aire libre.
-          ¿Y dónde desembarcaron?
-          Ehh.....En Bélgica, creo…


Ese tipo de dudas generaban preguntas inmediatas, que con un silencio, gesto adusto y una pitada de pipa enseguida disipaba.
-          Tío Rubén. Cuéntenos como fue el Mundial
-          Miren, el Mundial de Bélgica se caracterizó por el buen fútbol. Pelota al pié, precisión, y goleo. Como nosotros éramos todos cracks, nos sacamos rivales de encima enseguida. Primero fue Escocia, cuatro a cero, con dos goles míos. Después Polonia, uno a cero. Más tarde vino el cuco del torneo Turquía, le hicimos siete, con cuatro goles míos. Pasamos a la siguiente ronda y eliminamos a Francia e Italia. Ese fue mi mejor partido, hice tres goles.
-          ¿Tres goles a Italia? Preguntó Tincho.
-          Sí señor, tres goles a Italia. Uno de tiro libre, uno de penal y el tercero de chilena.
-          ¿De chilena...? ¡Qué bueno! Gritó Javier.
Los pibes denotaban felicidad en su cara. Un gol de chilena no se hace todos los días, por lo tanto merecía una acotación distinta.
-          Fue un centro bombeado de la derecha, lo pasó al marcador y como me quedaba muy arriba, tiré la chilena y salió bien.
Tío Rubén lo contaba como algo normal, pero un gol de chilena era algo épico.
-          Toda la prensa habló de mi actuación, de mi golazo de chilena y tanto hablaron que cuando llegamos a la esperada final con Alemania, duré en la cancha diez minutos.
-          ¿Por qué tío Rubén, lo echaron?
-          Sí me echaron los alemanes. Iban nueve minutos y me hicieron una falta al borde del área grande. Cuando acomodé la pelota para darle al arco, ya sabía que iba a ser un golazo de antología.
Contaba toda la acción como si fuera una batalla, cada detalle era minuciosamente descripto para que cada pibe estuviese en el lugar, ahí donde la pelota hacía la parábola perfecta.
-          Le di con cara interna del botín izquierdo y la pelota dio un recorrido casi perfecto, hasta llegar al ángulo superior izquierdo del arquero, que aunque se tiró con mano cambiada, nunca llegó a tocarla.


Otro épico gol contado por el Tío Rubén, es más, si uno cierra los ojos en medio del relato, y dedica el tiempo a escucharlo, podría sumergirse en el partido y gritar gol.
-          Salimos a festejarlo junto al banderín del córner y en ese momento, cuando todos mis compañeros estaban encima, sentí el terrible pinchazo en el tobillo izquierdo y ya no pude levantarme más.
-          ¿Qué se fracturó el tobillo? Pregunto el pequeño Sergio.
-          Me desmayé y cuando desperté estaba en un Hospital de Bruselas. Me habían operado el tobillo y habían extraído una pequeña bala.
-          ¿Por eso usa bastón, Tío Rubén?
-          Sí hijo, a partir de ese día nunca más pude caminar bien y obviamente el fútbol pasó a ser algo del pasado.
-          ¿Y quién salió campeón del mundo?
-          Nadie, se suspendió el partido por los incidentes, nunca encontraron al que disparó y se declaró el Mundial sin definición.
El timbre sonó en un par de oportunidades, en lo mejor del relato que no valía la pena que sea interrumpido. El papá de Tincho venía a retirar a su hijo, como cada padre haría lo propio con los suyos.
El pequeño Tincho caminaba con su papá rumbo a su hogar, pensativo, con cara de haber escuchado algo interesante.
-          ¿En qué pensás Tincho?
-          En el pobre tío Rubén.
-          ¿Por qué pobre tío Rubén? Repreguntó su padre
-          Porque no pudo jugar más al fútbol. Contestó Tincho.
-          ¿Qué se lesionó?
-          Sí papi, en el Mundial de Bélgica.
-          ¿Qué Mundial de Bélgica, hijo...?


Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"


Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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lunes, 16 de junio de 2014

La Matilde y el fóbal


Qué problema tienen las mujeres con el fútbol. ¿Celos tal vez? Puede ser, no te lo voy a negar. El hombre nace con una camiseta de fútbol y no la abandona hasta que muere.
Es cierto ese dicho que dice: “El hombre puede cambiar de casa, de religión, de mujer, pero nunca de equipo de fútbol”.
No sé a quien se le habrá ocurrido, pero es así. Y eso a las mujeres les cuesta mucho entenderlo. Y si bien cada día van más chicas a la cancha, todavía sigue ese rechazo hacia el deporte pasión de multitudes. Sabés, hay solo una cosa que las mujeres aceptan del fútbol: el mundial.
Son las hinchas número uno. Saben de todo y de todos los equipos. Formaciones, camisetas, los números, quién es el goleador, cómo se enfrentan las llaves. Vos necesitás algo de estadística y ellas lo saben. Pero tanta pasión trae problemas.
Si no me crees, preguntale a Robertito.
Roberto es un muchacho amigo de mi familia, que hace como veinte años se casó con la Matilde, hija del peluquero del barrio. Desde muy pibes se pusieron de novios y fueron un emblema para los vecinos.
Imaginate esos noviazgos interminables. A cualquier lugar donde iba Robertito iba la Matilde. Parecía una sanguijuela llena de amor y compañerismo.
Tanto amor se veía solamente opacado por las peleas de cada Sábado, de cada Domingo.
Chacarita, era muy importante en la vida de Roberto. Tan importante como para dejar de lado ese amor que crecía día a día y que se vería transformado en una hermosa familia. 


Desde muy pequeño, en compañía de su abuelo y su padre comenzó a vibrar en cada estadio donde “el funebrero” se hacía presente, con la típica pasión del futbolero, ese que todo da y nada pide. Ese mismo que con lluvia, frío o sol radiante; con calor, humedad, niebla o granizo,  entrega todo su fervor por los colores de la divisa que heredó en un testamento de amor de sus familiares directos.
Un desapacible sábado de invierno o un calcinante domingo de verano encontrará a Robertito alentando a su querido funebrero, con la fiel estirpe de los seguidores implacables.
En su casa, siendo un exponente fiel de la sociedad machista; su esposa, ama de casa por excelencia, en la soledad de un día de abandono, el día que juega Chacarita. La plancha como compañera, los deberes de su pequeña hija, la ropa para lavar como algunos de los quehaceres que a diario realizaba la Matilde. Y si el mate es compartir, ese día, el día de Chacarita tenía otro sabor, el sabor de la soledad, del martirio del pensamiento, de los celos.
La Matilde es celosa de nacimiento, celosa por naturaleza y Chacarita era el principal motivo de sus celos.
Qué increíble, Roberto era tachero, eso implicaba que mujeres por su vista pasarían de a cientos y se sabe que los tacheros cuentan historias en cada oportunidad que pueden. Historias reales y de las otras. Pero la Matilde no tenía celos de esas presunciones, ella solo tenía celos fóbicos a la camiseta roja, blanca y negra. Como si Chacarita fuera la mujer que compite con el amor de Roberto.
Quizá tenga algo de razón, por eso de dejarla sola tantas veces como Chacarita lo pidiese.
Como el día que nació Valentina, su hija. Justo fue sábado por la mañana, el día del clásico con Atlanta en Villa Crespo.
La alegría del nacimiento, el llanto, los abrazos, los proyectos, las visitas y la huida del sanatorio rumbo la cancha de la calle Humbolt, a cubrir los tablones de fervientes funebreros, en busca de la felicidad plena de vencer al eterno rival del viejo barrio.
Atrás había quedado el ida y vuelta en el pasillo contiguo a la sala de parto, los nervios previos a escuchar a la partera decir que era una nena. Atrás había quedado aquel abrazo con la Matilde y el posterior encuentro con Valentina.
Ese presente con el abrazo fanático con cuanto hincha de Chacarita encuentre a su lado, cuando el nueve metió en forma impecable un tiro libre desde el vértice del área grande.
La enfermedad futbolera no tiene límites en el corazón funebrero de Robertito y la Matilde nunca lo comprendió. Luchó contra ese competidor toda su vida y la verdad perdió siempre.
Sólo cada mundial los unía en un único grito, como si la pasión interna femenina con el fútbol se encendiera cada cuatro años. A Roberto le gustaba eso que la Matilde supiera quien era el dos de Italia o suspirara con el wing de Holanda.
Obviamente si Chacarita hubiese jugado en el mismo horario que la Selección Argentina, el inconveniente hubiese sido mayor, porque no cabía duda sobre que partido tendría más importancia. Para él, no había mejor jugador en el mundo que el que se había puesto la casaca funebrera y para ella eso era inentendible. Por eso de mezclar el patriotismo con la selección, de llorar cuando la bandera nacional aparece por televisión, de ponerse la camiseta para ver el partido en vivo. En cambio Roberto vivía el fútbol distinto, en realidad para él el fútbol era Chacarita y después el resto.
Era cómico verlos mirando un partido de la Selección, ella con la celeste y blanca, y él con la camiseta de Chaca. Daban la sensación de ser una pareja despareja. Por eso no extrañó el desenlace de las cientos de peleas. Porque Roberto era tan futbolero como machista y no toleró el cambio de actitud de la Matilde, el hecho de dejar de planchar sus camisas por ver una entrevista o de recalentar la comida del día anterior porque ese día se jugaban los cuartos de final del grupo dos.
Nunca se tragó ese cambio de roles, de tener que llevar a los chicos al colegio porque a la mañana se jugaba un partido entre Brasil y Croacia.
Pero el mundial pasa rápido y las cosas se acomodan. La vida sigue y Chacarita no cambia su rutina. La Matilde volverá a sus tareas cotidianas, esas que Roberto ve con normalidad.
Quedará guardada la camiseta argentina para otra oportunidad, para otro mundial.
En cambio la casaca de Chaca colgará una y otra vez en la soga, recién lavada, para volver al ritual de ponérsela limpita cada Sábado, cada Domingo.
Ese sometimiento siempre consentido por la Matilde, parecía casi irreversible. Nadie podía suponer que podía cambiar ese estado de somnolencia libertaria que desde el mismo momento de conocer a Roberto, la Matilde había adoptado.
Ese de estar pendiente de sus actos, de aceptar como propia la soledad de los fines de semana, donde era olvidada por el fútbol.
Por eso suena extraño que a días de empezar el Mundial de Brasil, la Matilde haya decidido semejante cosa. Un avance en el pensamiento, en sus ansias de cambio, en la visión externa de una situación límite..
Era casi revolucionario pensarlo, casi utópico imaginarlo.


La Matilde, aquella sumisa esposa que despotricaba Sábado a Sábado, Domingo a Domingo contra el fútbol. Aquella de la soledad del mate sin compartir, de los deberes de su hija y de los deberes de esposa. La misma de la plancha y el lavarropa. De la comida a horario y a punto. La Matilde, el ejemplo de esposa que Roberto había añorado, una mujer para su familia, para su marido, para su hija.
Suena extraño hasta comentarlo, que justo ella, la Matilde, haya abandonado todo para viajar a Brasil a seguir a su querida Selección Argentina.
Justo ella…




Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"


Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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domingo, 16 de marzo de 2014

Un amor y nada más



Cuando me preguntan cuál es mi lugar en el mundo, siempre respondo “El Coliseo de Valle Grande” sin pensarlo, sin estudiar la respuesta, sólo por el dictado de mi corazón y el legado de mis viejos. Ese sitio signado en mi vida por acumulación de minutos y pasión, era ni más ni menos que el alambrado lateral de la cancha del Club Social y Deportivo Estudiantil de Valle Grande, el equipo más grande del universo, mi club.
Cada domingo luego de las pastas de la vieja, mi lugar en el mundo me esperaba para pasar una tarde de sol, de lluvia, una tarde de fútbol. Ver el partido desde el alambrado quita perspectiva, es verdad, pero te acerca mucho más a los jugadores, al juego, a la pelota y por sobre todo al juez de línea. Tenía a dos de punto: a Juan Carlos López y a Maximiliano Cúneo. Ya me conocían, me saludaban cuando llegaban, sabían de mis puteadas, de mis pedidos; conocían mis gritos y sobre todo admiraban mi pasión. Me había hecho un personaje conocido, ahí junto al alambrado y entre alegrías y tristezas del Estudiantil me manejé siempre igual, con una pasión inusitada que rozaba la locura.


En mi vida particular fuera de la cancha, era un ser tranquilo, muy sereno y sumamente romántico. Hacía tiempo que estaba sólo y sabía que una novia me vendría bien. Pero se cumplía la regla que cuando buscás y necesitás no se acerca nadie. Por eso cuando conocí a Jazmín, me enamoré a primera vista, fue en un barcito del centro cuando unas amigas me presentaron a esa rubia perfecta, que recién se había afincado en el pueblo y provenía de la Capital. Me gustó ni bien la vi, me enamoré ni bien le di un beso y sentí el roce de sus rizos rubios y el perfume de su piel. Simplemente me enamoré.
Muy pocas veces me había sentido así con el corazón flechado, el romanticismo me serenaba. Mis amigos decían que me ponía como un boludo; por eso resultó muy raro lo que me pasó el domingo en el Coliseo, junto al alambrado, en ese lugar que había elegido desde pibe para ver al Estudiantil. Y digo que fue raro, porque pese a mi fanatismo nunca había tenido problemas graves como lo tuve ese día. Se habían dado varias circunstancias, los jueces de líneas eran desconocidos y el que estaba junto a la línea de cal de mi lado era un gringo, alto de ojos claros y una soberbia poco común en el pueblo. El árbitro el conocido y temible Félix Avenamar Iturraspe, árbitro nacional de enorme trayectoria y múltiples clásicos en su lomo. Garantía de imparcialidad.
Jugábamos contra Gimnasia y Tiro de Vladimir Pinto, un pueblo cercano que si bien no era el clásico, era un partido picante. Todo se desarrollaba normalmente y el primer tiempo el rubio juez de línea, del cual no conocía el nombre, marcó el ataque de Gimnasia y lo hizo con solvencia, pero en el segundo tiempo a los veinticinco minutos, cuando el flaco Salsari remató al arco clavándola en un ángulo, el “linesman” levantó el banderín cobrando un offside totalmente inexistente y allí empezó todo.


Comencé a putear al gringo de una forma tal, que dos veces giró la cabeza para mirarme, cosa que respondí con gestos y más insultos. Se había puesto nervioso de tal forma que Félix Avenamar Iturraspe se acercó y algo le murmuró porque me miró y me hizo un gesto de silencio que fue respondido con un repertorio de puteadas. Todo siguió igual, el juez de línea errando en jugadas claves y yo completamente nervioso, insultando, gritando y gesticulando. Tal fue el ida y vuelta con el linesman, que en un momento Félix Avenamar Iturraspe se acercó al alambrado, mi lugar en el mundo y me gritó:
-       Si no se calla suspendo el partido
Y cuando lo tuve cerca, a tiro, cometí un grave error, algo que jamás había hecho en mi vida y de lo que me arrepentí en ese mismo instante, le lancé un “gargajo” que pegó de lleno en su rostro. Nunca vi algo igual, se limpió con la remera, salió corriendo y en tres trancos llegó al alambrado, lo subió como un mono y saltó hacia el otro lado. Cuando estábamos frente a frente comenzamos con los golpes que fueron apaciguados por los mismos hinchas que pararon la pelea y alejaron a Félix Avenamar Iturraspe que suspendió el partido a los cuarenta y dos minutos.
Me retiré avergonzado y directamente me fui a casa. Mi reacción no tenía justificación y lo sabía perfectamente. Me di un baño, me metí en la pieza y medité el error. En un pueblo chico todos se sabe y si bien la gente del Estudiantil había aplaudido mi gesto, la suspensión del partido trajo sentimientos encontrados. Ante los hechos acaecidos, nunca recordé que tenía que encontrarme con Jazmín en el centro, por cuanto una hora después el timbre y el llamado de mi vieja me alertaron que Jazmín y una pareja de amigos estaban en la puerta, Ya estaba duchado, así que me cambié y salí. La rubia charlaba en el jardín con mi mamá y mi papá que no se habían enterado todavía de lo ocurrido en “El Coliseo de Valle Grande” En realidad, ninguno de los cinco lo sabía y charlaban del día estupendo y de la futura salida. Saludé a mis viejos, le di un beso a Jazmín y le pedí disculpas.
Fuimos los cuatro a la Parque Independencia y luego al cine. Al finalizar la película, fuimos a tomar algo y luego a acompañar a las chicas a sus respectivas casas. Cuando llegamos al chalecito de Jazmín, en la parte residencial del pueblo y en el momento que la iba a saludar con un cálido beso, la puerta se abrió apareciendo la madre en escena. Me presenté educadamente ante su mamá, una mujer muy bella de similares características a su hija, saludo que devolvió afectuosamente con una invitación a pasar a tomar un cafecito. Obviamente, no tuve alternativa, Jazmín me gustaba mucho y el amor todo lo puede.
Ingresamos a la casa, muy bien ambientada, con muy buen gusto y mucho dinero invertido. Pasamos a un gran patio trasero lleno de plantas y flores, con una hermosa pileta y un quincho admirable. Nos sentamos junto a una mesa de hierro forjado y vidrio, mientras la madre preparaba el café. A los pocos minutos se acercó a saludar la hermana de Jazmín, tan bella como la madre y la hija. La simpática rubia llamada Tatiana, dos años menor que Jazmín y muy parecida, con una simpatía plena se sentó con nosotros y se puso a charlar:
-       ¿Papá está?
-       Sí contestó Tatiana, se esta bañando. Parece que hoy no tuvo un buen día.
Instantáneamente Jazmín se levantó y fue hacia el interior de la casa.
-       Ahí fue a ver a papá, ella es la única que lo calma cuando no tiene un buen día. Es su preferida.
Contaba Tatiana los pormenores de amor y preferencia entre padre e hija. Minutos después aparecía la mamá con una bandeja con los cafecitos y unas facturas.
-       ¿Y Jazmín? Preguntó la madre
-       Fue a buscar a papá, seguramente ya viene.
Y mientras esperábamos a la otra parte de la familia seguimos charlando, cuando un ratito después salió de la casa Jazmín que al pasar me dio un dulce beso, ante la cara de alegría de su madre y su hermana. Al mismo tiempo que hacía su aparición en el patio trasero que daba al garaje, donde estaba estacionada una cuatro por cuatro de poco uso, el padre de Jazmín, ante mi sorpresa y su cara que se desfiguró inmediatamente. Félix Avenamar Iturraspe era el padre de Jazmín, esa rubia divina de la que me había enamorado perdidamente.
Un amor fugaz que apenas duró un poquito más que lo que tardé en levantarme y encarar una loca carrera para saltar el portón de garaje, ante los manotazos que me tiraba el árbitro.
Un amor fugaz y nada más…

Eduardo J. Quintana

@ejquintana010


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sábado, 1 de febrero de 2014

Las flores del abuelo

Esto de haber tirado las cenizas del abuelo en la cancha me trae problemas, no se si voy a poder entrar, voy a tener que tirar las flores desde la calle o como el año pasado saltar el portón que por suerte no es muy alto. Ya pasaron cuatro años, la pucha que pasa rápido el tiempo. Cuatro años que entramos con la familia al césped a arrojar las cenizas del abuelo Julio, que en realidad era mi bisabuelo, en medio del aplauso generalizado de la gente.  Algo inolvidable, sobre todo cuando el viento comenzó a pronunciarse y se formó una especie de remolino. Todos pensamos que el abuelo seguía ahí, haciendo de las suyas, gritando por el club, insultando al árbitro o simplemente sumándose a la fiesta que cada quince días se producía en las tribunas y que él tanto disfrutaba. Julio Bernal, aquel famoso cantante de tangos, era mi bisabuelo, pero en realidad, toda la familia lo llamaba “Abuelo Julio”.
Cuatro años, parece mentira. La gente no está acostumbrada a ver a un hombre con flores. Las miradas me perforaban, unas chicas cuchicheaban mirando el ramo, una pareja mayor me miraba como si fuese un marido ejemplar. El viaje en el colectivo se hizo largo, tedioso por el calor de Febrero, por que si bien el colectivo no iba lleno, llevaba algo de gente y como era sábado, el chofer lo manejaba a ritmo lento o lo hacía adrede porque iba adelantado. El tráfico era muchísimo menor al de un día de semana. Me había puesto nervioso, todos miraban mis flores. A las personas que describí antes se sumaron dos flacos, que también me miraban y hablaban algo sobre mí. Yo me hacía el gil y miraba por la ventanilla. Había empezado a transpirar y no entiendo el motivo, si no hacía más calor que cuando subí al colectivo. Traté de calmarme, esta fecha era para disfrutar con el abuelo, como cuando me llevaba a la cancha, tenía que estar tranquilo.
Cuando llegó a Barrancas, me paré y al pasar por delante de la señora que estaba con su marido me dijo:
-          ¡Qué hermosas flores!
La miré, le sonreí y toque el timbre para bajar, en ese momento uno de los flacos que había subido en Chacarita, me preguntó:
-          ¿Maestro, de quién es esa camiseta?
-          De Excursionistas…Le respondí con orgullo.
-          Te dije que era de Excursio, cabezón – le dijo el otro muchacho al compañero de asiento- ¿Es la del Centenario, no?
-          Sí, es la del Centenario...
Y la verdad, las flores eran lindas, pero la camiseta era única, de piqué como las de antes, con las rayas verticales verdes y blancas, con los cordones en el escote y el número cien dorado en la espalda. Bajé del colectivo con el pecho inflado de orgullo y caminé por Pampa hasta la esquina de Miñones, donde se erigía el Estadio Único de Belgrano, el mágico hogar del Club Excursionistas, mi otro hogar. 


Había mucho movimiento y cuando quise ingresar me lo impidieron unas personas de una empresa de seguridad privada. No levanté la perdiz, no quería discutir con las flores en la mano, caminé hasta la entrada opuesta y como en alguna otra oportunidad, salté el portón de ingreso a la “Tribuna José Hernández”, donde imaginariamente se escuchaba la hermosa música de los bombos y las trompetas. Ya adentro y sin vigilancia cerca, fue fácil. Me saqué la camiseta para no engancharla y la arrojé junto a las flores dentro del campo de juego. Subí el alambrado, pisé las púas de la parte superior y con total libertad ingresé al rectángulo, me puse la camiseta, tomé las flores y me dirigí hacia el centro del campo. Sentí que alguien me gritaba, lo ignoré. Puse una rodilla en el piso, apoyé las flores en el punto del círculo central, justo en el momento en que una nube tapaba el sol y la sombra cubría ese sector. Los gritos de la gente de seguridad se hicieron más pronunciados y estaban más cerca, en la misma posición, rodilla en el piso, cerré los ojos para presenciar la imagen del abuelo Julio, miré al cielo y grité: ¡Feliz cumpleaños abuelo querido! Arranqué un pedacito de pasto y junte un puñadito de tierra, las guardé en mi bolsillo, me persigné y justo en el momento en que el sol volvía a iluminar el centro del campo de juego y los gritos ya se hacían carne, comencé a correr. 




No lograron alcanzarme, me fui quitando la camiseta para cuidarla, subí el alambrado, pasé por encima de los hilos de púa, me corté un poquito, salté hacia la tribuna, ya no podrían atraparme, más tranquilo trepé el portón, me puse la camiseta intentando no mancharla con sangre y emprendí el regreso hacia Barrancas de Belgrano, donde me esperaría otro largo viaje en colectivo. Esta vez sin el majestuoso ramo de flores, pero con el orgullo de llevar puesta la hermosa divisa verde y blanca.
La tarea estaba cumplida. Por cuarto año consecutivo homenajeaba al abuelo en el mismo lugar donde se encontraban sus cenizas. Homenajeaba al abuelo Julio, que hoy 1ª de Febrero cumpliría 104 años. Igual que nuestro querido Excursionistas.
Ciento cuatro años de amor. Ciento cuatro años de fidelidad. Ciento cuatro años de gloria.




Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

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martes, 24 de diciembre de 2013

La blancura de la novia


Dedicado a ella (ella sabe quién es)


En la relación con el tiempo cada día parecía contener menos horas y el desenlace parecía precipitarse raudamente. La espera de años entraba en sintonía con los nervios y la alteración de los mismos hacía que cada noche sea distinta en pensamientos, pero afín en la dificultad para conciliar el sueño. Parecía culminar un año redondo, el casamiento estaba cerca y su querido All Boys peleaba los primeros puestos del torneo apertura y faltando seis fechas contaba con chances de salir campeón. Qué año para casarse. Qué año para acercarse a una vuelta olímpica, la primera de la historia en la categoría superior, para alegrar a toda Floresta.
Días intensos de calor sofocante como corresponde para la época y una historia de amor que nació hace tiempo, más precisamente cinco años atrás, la historia de amor de pareja, porque la otra era de nacimiento, era de herencia, de corazón, porque ella y All Boys se amaban desde la gestación, porque sus padres eran del Albo y los abuelos nacieron en Floresta, adoptando a All Boys como su único equipo. Por eso se disfrutaba más esta gran campaña que los codeaba con los grandes y con la gloria deportiva. Su pasión no tenía límites y aunque los preparativos arreciaban y su novio no era amante del fútbol, no perdía oportunidad para concurrir a cada cancha donde el Albo se hacía presente, siempre con su grupo de amigos.
El noviazgo, que como dije, entraba en el quinto año, no era muy común, es más, muchos de sus amigos se preguntaban cómo había resistido a través del tiempo siendo tan distintos. Él era muy romántico, cosa que a ella le fascinaba, culto, inteligente, estudiante de teatro; un tipo muy instruido. Ella también estudiaba teatro (allí se habían conocido) pero tenía como prioridad el fútbol. Al principio hubo cortocircuitos, en épocas del ascenso del Nacional B a Primera, no había salidas los sábados, ya que viajaba a seguir a All Boys a todos lados y los viajes al interior en esa divisional eran frecuentes.


Quizá la mayor discusión la tuvieron un 23 de Mayo, día del cumpleaños de su novio, que se reunió con la familia, mientras ella estaba en el Gigante de Arroyito acompañando al Albo en esa epopeya que fue la promoción ganada a Rosario Central y el ascenso a Primera División. Fue tanta la euforia de los festejos que en el regreso fueron con toda la familia al Estadio Islas Malvinas, dejando el cumpleaños para otra ocasión. En la pelea posterior, en la echada en cara por el faltazo, ella fue muy clara: “Vos cumplís una vez al año, All Boys vive esto una vez cada tanto”. Frase que casi sepulta un noviazgo de más de dos años y que logró separarlos por una semana. Una semana de festejos.
El amor es así, hay veces que no entiende de razones pasionales, el amor entre personas; porque el otro, el futbolero, sólo entiende lo que dicta el corazón…
Estaba claro que ella y All Boys eran un sólo corazón. Por eso lucía orgullosa la camiseta albinegra, por eso su nombre estaba siempre asociado al Albo, por eso esa noche cuando se acostó, cuando abrazó la almohada, cuando empezó a girar buscando una posición para dormir, supo que el Sábado sería distinto y así fue. All Boys jugó su partido de visitante y lo ganó uno a cero. Con la serie de resultados de los punteros y sus seguidores, llegó a la última fecha con chances de salir campeón. El sueño estaba a pasos de ser cumplido. Vuelta olímpica un fin de semana, boda en el próximo y una nueva vida comenzaría.
Pero esa semana comenzaron los conflictos típicos de fin de año, la final se pospuso y con ella la incertidumbre. La probabilidad que jueguen el viernes siguiente era similar a que jueguen el sábado, día del casamiento. Decisión que el Comité Ejecutivo tomó el Martes: All Boys - Vélez Sarsfield en el estadio de Floresta, Sábado 19 horas. El mundo que se vino abajo en segundos y la respiración que se entrecorta y se junta con el interminable llanto. Nadie podría entender su pasión, su amor por All Boys, su sentimiento por el barrio que la vio nacer y por el fútbol que mamó de pequeña. Nadie podría consolar su corazón. Pocas veces se sumerge la vida en una sensación de esta naturaleza y sólo el ser humano futbolero entiende de estas vicisitudes, incomprendidas por el mundo.
Por eso cuando llegó el sábado y se vistió de blanco para cumplir su gran sueño se sintió feliz. Cuando vio que su familia la acompañaba, cuando vio a todos sus amigos con cara de felicidad, cuando entró al Estadio Islas Malvinas, supo que iba a cumplir cuanto el corazón mandaba. All Boys y nada más…


La transpiración se había adueñado de su ser y nunca pudo encontrar una posición que la relajara de su pesadilla, por eso muy temprano decidió levantarse y allí estaba colgado el hermoso vestido blanco, esperándola para cumplir su sueño real. Al pasar frente a él, lo acarició y prosiguió rumbo al baño. Frente al espejo vio su rostro feliz, con sus dos manos tomó el escudo de All Boys que se encontraba en la camiseta albinegra con la que había dormido y lo besó.
El amor es así, hay veces que no entiende de razones pasionales, el amor entre personas, porque el otro, el futbolero, sólo entiende lo que dicta corazón.
Y su corazón era Albo…


Eduardo J Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

   
La imágenes de este cuento fueron tomadas de internet


  
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