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sábado, 11 de junio de 2016

El día del ascenso

Las sirenas aturdían a la multitud, que se había congregado alrededor de nuestros cuerpos inmóviles, tendidos en el asfalto húmedo.
Recuerdo que era un día Jueves, lluvioso, desapacible, con una niebla espesa, que provocó que no viera la luz roja del semáforo y el consecuente impacto con un colectivo que cruzaba en forma transversal. Eso sí, recuerdo el impacto, y no recuerdo más nada.
Hay un hueco en la historia entre el momento del choque y la acción de escuchar las voces de los médicos, intentando infructuosamente mi recuperación.
Todos mis miedos estaban centrados, en no saber cual era la situación de mi novia Mariela, que por efecto del golpe, había sido transportada por una ambulancia, a un sanatorio cercano.
Sentí como varios brazos subían mi cuerpo a una camilla y como varios de esos mismos brazos, me introducían dentro de una ambulancia preparada para terapia intensiva.
Allí tomé conciencia de la gravedad de mi estado, y de la magnitud del choque. Comencé a sentir los pinchazos en mis brazos, el oxígeno puro que provenía de un respirador artificial y las voces de los médicos, entremezcladas con el bip-bip del monitor que controlaba los pulsos de mi corazón.
Yo tenía gran parte de mis sentidos intactos, pero no podía abrir los ojos, ni mover mi cuerpo; escuchaba cada palabra, la sirena de la ambulancia, el ruido del monitor, pero mi cerebro enviaba la señal de movimiento y estos no se llevaban a cabo.
La ambulancia se detuvo y en esos instantes escuché a los médicos decir, que Mariela se encontraba bien y fuera de peligro. Eso realmente me trajo una satisfacción interna, que no podía expresar, pero que se reflejaba en un alivio por dentro.
Ya en el sanatorio, comenzaron los preparativos para la operación; en la cual, según los médicos, correría serio peligro de muerte.
Podía morirme, estaba latente la muerte, y corría con la ventaja y la desventaja de saberlo.
Pero no podía morirme.
No podía morirme, porque no me había despedido de mis viejos. No podía morirme, porque le había prometido casamiento a mi novia Mariela.
Pero mi mayor preocupación, era que no podía morirme sin ver ascender a Excursionistas.
¡Sí, el Sábado, mi Excursionistas jugaba la final para el ascenso a Primera División!.
Por primera vez en el profesionalismo, el Verde del Bajo Belgrano, de ganar, jugaría en “Primera A”. Y yo, justamente un hincha de toda la vida, un fanático seguidor de la divisa verdiblanca, no lo podría ver.
No me podía morir justo ahora, sin vivir la mágica sensación de ver a Excursio, jugar en la Bombonera.
No me podía morir, si toda la vida esperé esta oportunidad.
Pero la muerte estaba allí, cerca, tan cerca que llenaron mi cuerpo de cables y me hicieron media docena de exámenes para preparar la operación, que alargaría mi vida.
Por un momento me dormí internamente, con el miedo propio de no poder despertar, de ya no sentir la sensación de vivir.
El largo sueño se vio truncado por el llanto acongojado de mamá y papá, que tomaban mis manos inmóviles y rogaban a Dios por mi vida.
No sabía como explicarles cuanto los quería y que les estaría eternamente agradecido, por cuanto me habían dado. El llanto de mi madre era continuo, en cambio mi papá sollozaba más espaciadamente.
Pobre papi, justo la  semana que Excursio subiría a primera, yo lo enclaustraba en el sanatorio.
Pobre mami, ella me tuvo en su vientre y ahora suplicaba por mi vida.
Durante esa noche de Jueves, madrugada de Viernes; desfilaron por la sala de Terapia Intensiva, mis tíos, mis hermanos, los padres de Mariela y mi barra de amigos.
Indirectamente, me despedían y yo los escuchaba atentamente.
Eran todas loas hacia mi persona, esas típicas alabanzas que se hacen a los muertos.
Pero yo no estaba muerto, sentía y vivía como cualquier ser humano, sólo que no podía expresarlo.
Estaba presente mi amigo Toto. ¡Que tipo bárbaro “el Toto”!, yo sabía que me quería un montón y que sabía que pensaría en un momento así. Unos minutos después, tomó mi mano y me dijo:
-          No te podés morir ahora, hermano.
Entendí su súplica. El Toto quería decir: “No te podés morir ahora, que Excursio puede ascender”.
Pero fue más diplomático, seguramente porque mi vieja estaba en la sala y no quería que sufra.
Si pudiera transmitir mi pensamiento y mis deseos, seguramente el Toto iría a la cancha, el próximo Sábado, para alentar por mí a Excursionistas.
Me volví a dormitar internamente, y esta vez se extendió hasta la hora de la operación.
La viví toda; sentí la anestesia para dormir mi cuerpo ya dormido, el ruido constante de los monitores, el bisturí yendo y viniendo, las interconsultas médicas sobre la gravedad de mis heridas internas. Estaban trabajando en mi cabeza y la operación parecía más complicada de lo previsto.
En un momento determinado, mi corazón comenzó a fallar y los médicos trabajaron con aparatos sobre él, ante el bip inconstante del monitor, que demarcaba que mi corazón ya no tenía la fortaleza de siempre.
Las voces empezaron a entremezclarse y sobre todo a alejarse de mi audición.
Por primera vez en mi vida, comencé a asustarme. No podía morirme.
De repente, comenzó una siesta que duró todo el día.
Desperté, con la voz de los médicos comentando lo difícil de la operación, que había demandado ocho horas de trabajo y que no había salido bien.
Escuché el llanto conmovedor de mis padres, cuando el médico explicó el desenlace de la operación.
Me daban como máximo 24 hs. de vida, sólo 24 hs., o sea que yo sabía que moriría el Sábado. Mi estado era irreversible.
Con la muerte tan cerca, pasaron por mi cabeza muchas cosas, entre ellas la final que jugaría Excursionistas por el ascenso.
Esa mañana de Sábado, comenzó un largo peregrinar de familiares y amigos.
Un momento me conmovió más que el resto, cuando entró a la sala mi novia Mariela y se abrazó a mí llorando desconsoladamente. Se echaba culpas por el accidente; pues ella me había pedido ir a dar una vuelta, pese a las inclemencias del tiempo.
Si pudiese escucharme, le diría cuanto la amo.
Como me hubiese gustado casarme con ella y por sobre todo, le pediría que no me olvide.
Aunque me gustaría que sea libre rápidamente de la cruz de mi muerte, para que rehaga su vida.
¡Pasaba el tiempo y yo seguía con vida!. ¡Cómo me gustaría saber la hora!.
Me imaginaba que el Toto y los pibes estarían en la cancha, alentando a Excursionistas.
Yo sin poder moverme, hacía fuerza para la victoria. En ese momento, escuche decir a mi viejo que eran las cuatro de la tarde. O sea que según mis cálculos, había terminado el primer tiempo; ¿cómo iría mi Excursio, ganaría o perdería?, ¿quién sabe?.
Otra vez volvió el sueño y las voces que se alejaban. Otra vez esa horrible sensación y el sonido de los médicos trabajando sobre mi cuerpo.
Y el llanto de mis padres, entremezclado con el de mi novia.
¿Cuánto tiempo habría pasado?. ¿Yo, habría muerto?. ¿Cómo iría el partido?.
Muchas preguntas sin respuestas y las fuerzas que se apagaban. Las voces cada vez se alejaban más y el llanto general era cada vez más intenso.
El final se acercaba. En un instante determinado, ingresaron un grupo de personas, las distinguía por sus voces.
Ahí estaba el Toto, a quien internamente le decía.
-          Vení Toto,............ ¿qué pasó?.
E inesperadamente el Toto, como presintiendo mi llamado, se acercó a mi oído y me dijo:
-          ¡ Ascendimos hermano, Excursionistas es de primera!
Y mi grito interno, mi grito de corazón, ¡Excursionistas, Excursionistas!.
Y el llanto que se hizo general, en cada uno de los presentes.
Los brazos de mi novia que me abrazaban con amor y las manos de mi madre que acariciaban mi rostro; ambas invadidas por la congoja y el dolor que significaba mi despedida.
Ese sueño que se aproximaba nuevamente y las voces del llanto que se alejaban definitivamente, dando paso a mi vida eterna.
Justo el día que Excursionistas, llegaba a primera división.


 Eduardo J. Quintana
Del libro "Cenizas de la vida - Cien años de amor a Excursionistas"
@ejquintana010


"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"

Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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