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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

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sábado, 1 de febrero de 2014

Las flores del abuelo

Esto de haber tirado las cenizas del abuelo en la cancha me trae problemas, no se si voy a poder entrar, voy a tener que tirar las flores desde la calle o como el año pasado saltar el portón que por suerte no es muy alto. Ya pasaron cuatro años, la pucha que pasa rápido el tiempo. Cuatro años que entramos con la familia al césped a arrojar las cenizas del abuelo Julio, que en realidad era mi bisabuelo, en medio del aplauso generalizado de la gente.  Algo inolvidable, sobre todo cuando el viento comenzó a pronunciarse y se formó una especie de remolino. Todos pensamos que el abuelo seguía ahí, haciendo de las suyas, gritando por el club, insultando al árbitro o simplemente sumándose a la fiesta que cada quince días se producía en las tribunas y que él tanto disfrutaba. Julio Bernal, aquel famoso cantante de tangos, era mi bisabuelo, pero en realidad, toda la familia lo llamaba “Abuelo Julio”.
Cuatro años, parece mentira. La gente no está acostumbrada a ver a un hombre con flores. Las miradas me perforaban, unas chicas cuchicheaban mirando el ramo, una pareja mayor me miraba como si fuese un marido ejemplar. El viaje en el colectivo se hizo largo, tedioso por el calor de Febrero, por que si bien el colectivo no iba lleno, llevaba algo de gente y como era sábado, el chofer lo manejaba a ritmo lento o lo hacía adrede porque iba adelantado. El tráfico era muchísimo menor al de un día de semana. Me había puesto nervioso, todos miraban mis flores. A las personas que describí antes se sumaron dos flacos, que también me miraban y hablaban algo sobre mí. Yo me hacía el gil y miraba por la ventanilla. Había empezado a transpirar y no entiendo el motivo, si no hacía más calor que cuando subí al colectivo. Traté de calmarme, esta fecha era para disfrutar con el abuelo, como cuando me llevaba a la cancha, tenía que estar tranquilo.
Cuando llegó a Barrancas, me paré y al pasar por delante de la señora que estaba con su marido me dijo:
-          ¡Qué hermosas flores!
La miré, le sonreí y toque el timbre para bajar, en ese momento uno de los flacos que había subido en Chacarita, me preguntó:
-          ¿Maestro, de quién es esa camiseta?
-          De Excursionistas…Le respondí con orgullo.
-          Te dije que era de Excursio, cabezón – le dijo el otro muchacho al compañero de asiento- ¿Es la del Centenario, no?
-          Sí, es la del Centenario...
Y la verdad, las flores eran lindas, pero la camiseta era única, de piqué como las de antes, con las rayas verticales verdes y blancas, con los cordones en el escote y el número cien dorado en la espalda. Bajé del colectivo con el pecho inflado de orgullo y caminé por Pampa hasta la esquina de Miñones, donde se erigía el Estadio Único de Belgrano, el mágico hogar del Club Excursionistas, mi otro hogar. 


Había mucho movimiento y cuando quise ingresar me lo impidieron unas personas de una empresa de seguridad privada. No levanté la perdiz, no quería discutir con las flores en la mano, caminé hasta la entrada opuesta y como en alguna otra oportunidad, salté el portón de ingreso a la “Tribuna José Hernández”, donde imaginariamente se escuchaba la hermosa música de los bombos y las trompetas. Ya adentro y sin vigilancia cerca, fue fácil. Me saqué la camiseta para no engancharla y la arrojé junto a las flores dentro del campo de juego. Subí el alambrado, pisé las púas de la parte superior y con total libertad ingresé al rectángulo, me puse la camiseta, tomé las flores y me dirigí hacia el centro del campo. Sentí que alguien me gritaba, lo ignoré. Puse una rodilla en el piso, apoyé las flores en el punto del círculo central, justo en el momento en que una nube tapaba el sol y la sombra cubría ese sector. Los gritos de la gente de seguridad se hicieron más pronunciados y estaban más cerca, en la misma posición, rodilla en el piso, cerré los ojos para presenciar la imagen del abuelo Julio, miré al cielo y grité: ¡Feliz cumpleaños abuelo querido! Arranqué un pedacito de pasto y junte un puñadito de tierra, las guardé en mi bolsillo, me persigné y justo en el momento en que el sol volvía a iluminar el centro del campo de juego y los gritos ya se hacían carne, comencé a correr. 




No lograron alcanzarme, me fui quitando la camiseta para cuidarla, subí el alambrado, pasé por encima de los hilos de púa, me corté un poquito, salté hacia la tribuna, ya no podrían atraparme, más tranquilo trepé el portón, me puse la camiseta intentando no mancharla con sangre y emprendí el regreso hacia Barrancas de Belgrano, donde me esperaría otro largo viaje en colectivo. Esta vez sin el majestuoso ramo de flores, pero con el orgullo de llevar puesta la hermosa divisa verde y blanca.
La tarea estaba cumplida. Por cuarto año consecutivo homenajeaba al abuelo en el mismo lugar donde se encontraban sus cenizas. Homenajeaba al abuelo Julio, que hoy 1ª de Febrero cumpliría 104 años. Igual que nuestro querido Excursionistas.
Ciento cuatro años de amor. Ciento cuatro años de fidelidad. Ciento cuatro años de gloria.




Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"

  La imágenes de este cuento fueron tomadas de internet

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6 comentarios:

  1. Grandioso. Excelente, querido Eduardo.

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    1. Gracias por tus palabras. Es lo que menos merece mi querido Excursionistas. Abrazo

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  2. QUE MANERA DE LLORAR, EMOCIONADÍSIMA...GRACIAS X ESTE CUENTO...

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    1. Gracias por tu emoción. Te envío un abrazo grande.

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  3. hermoso relato, destila emoción!! gracias!!

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