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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.



Espero les agrade.








martes, 2 de abril de 2013

Herencia de soledad



El viento leve golpeaba el vidrio, que reflejaba la mirada fija del pasajero al horizonte.
Ese mismo horizonte interminable e indescifrable traía recuerdos de inmensidad. Fue allá en 1982 cuando este hombre de veinte años, correntíno de nacimiento, llamado por sus padres Ernesto; cumplió cuanto su conciencia patriótica solicitaba.
Fue allá un 2 de Abril cuando la alicaída dictadura daba sus últimos manotazos para intentar reencontrarse con la sociedad. Manotazos que llevaron a la guerra a miles de jóvenes, algunos por obligación militar y otros por obligación moral.

Ese fue el caso de Ernesto; quien vivía  y trabajaba en la ciudad de Goya, Provincia de Corrientes, desde allí abandonó todo para defender a su patria. Su familia, su novia, su empleo en el Correo, su futuro, todo absolutamente todo por defender su bandera, su territorio, una porción de tierra en manos foráneas desde un siglo atrás.
La mirada en el horizonte, el pasar por la ventanilla árboles y postes de luz a gran velocidad, con la misma velocidad que surcaban por su cabeza los recuerdos.
El viaje en avión hacia Puerto Argentino, la llegada a la inmensidad de las Islas Malvinas desoladas y frías. Como si fuera otro país, como si el clima y la fisonomía dieran la razón a los invasores en que el territorio, su colonia no nos pertenecía.

Soldados y mas soldados, tantos como para imaginar una gran batalla en defensa de quien sabe que. Defender a la patria, sí, defender a sus gobernantes, no.
El transporte se detuvo igual que el raudo pasar de los árboles, pero la vista seguía fija en el mismo horizonte, el micro cargó otra persona, prosiguió el viaje y otra vez los postes a gran velocidad y los recuerdos.
La espera, frío, viento y lluvia. La trinchera un lugar común por mas de un mes, su compañero, un chaqueño espectacular. Jarros de café, chocolates y cigarros, que llegaban a las islas donados por un pueblo que entregó todo por sus héroes.

La espera, tensa espera y las noticias sensacionalistas y fantasiosamente exitistas con barcos hundidos, aviones derribados y muy poco tiempo para encontrarse cara a cara.
En un momento dado, el sol desapareció y se tornó nublado ese mismo horizonte que Ernesto miraba fijo, el viento era mas intenso y ya los árboles, no solo pasaban a gran velocidad por su vista, sino que sus copas se bamboleaban en un simbólico baile. El viaje se hacía interminable.
La espera había finalizado, ya estaban los invasores en las playas. La superioridad arengó a la tropa como si se aproximara un combate con guerrilleros centroamericanos, pero lamentablemente enfrente tendrían soldados británicos apoyados por todo el primer mundo y la diferencia se hizo visible ya que en pocos días aplastaron a la defensa y con ello demostraban la falta de profesionalismo de las tropas que integraba Ernesto. Allí estaba el Papa pidiendo por la paz y suplicando por el fin de tan desiguales hostilidades.
El camino se hizo sinuoso y la lluvia se apropió de horizonte, ya la visibilidad no era igual y las gotas surcaban el vidrio de arriba hacia abajo. No faltaba mucho para llegar a destino.
El previsible final se acercaba, ya no estaba su compañero de trinchera, muerto por una esquirla, producto de la incesante artillería británica. La soledad era cada vez mayor, tan grande como pequeña era la posibilidad de quedar con vida. Llegó el final, el final de la guerra y la caída de la dictadura en Argentina.

Las banderas blancas sirvieron no solo para rendirse a los pies británicos, sino también para festejar la retirada militar del poder.
Una señal y una voz explica que falta poco para la terminal, un viaje cómodo aunque poco querido, un final pedido en toda una vida dedicada al prójimo.
Prisioneros de guerra, en primera instancia; veterano de guerra como título definitivo y de por vida. Título con el cual Ernesto jamás pudo conseguir empleo, con el que fue discriminado, título por el que perdió su carácter y su identidad.

Veterano de guerra, denominación que le permitió recibir una medalla y un diploma.

La misma medalla que colgó en su chaqueta, como forma de autovaloración, como síntoma de tarea cumplida.
Se divisa en el horizonte por el parabrisas el fin del recorrido. Cada uno procedía a prepararse para el descenso final.
Quince años después en su ciudad natal, sin trabajo, sin familia, sin ganas de vivir recibió una bala mortal de sus peores enemigos: la indiferencia de la gente y su interminable soledad. Su revolver hizo cuanto no pudo hacer el enemigo, quince años atrás.
Y el viaje terminó, al bajar un personaje de barba les dio la bienvenida al cielo, su nuevo lugar.


Eduardo J. Quintana 
del libro 
"Momentos de Utopía" 

domingo, 24 de marzo de 2013

Ángel del infierno



Noche de intenso calor, cama de dos plazas, ventilador de techo en tercera velocidad y un sueño profundo. Sueño retrotraído a otras épocas, sueño en paz pero con violencia interior; un calabozo, llantos, gritos desgarradores, música fuerte, olor nauseabundo y soledad, esa palabra que se hizo vida en Eduardo, este cincuentón longilíneo de larga barba y pelo cano. Viudo, desde el setenta y pico, padre frustrado de un niño que se gestaba en el vientre de su mujer, cuando este perdió su rastro; cuando engrosó la negra lista de personas buscadas por los organismos de derechos humanos.
Desaparecidos ambos del mundo de las utopías alocadas y de las otras, aquellas de la igualdad y la libertad. Desaparecidos del mundo de las alegrías y de las tristezas. Desaparecidos sin razón.
Y Eduardo en la búsqueda incesante de una respuesta que jamás apareció, esa respuesta a su ingrata pregunta: ¿Porqué ellos y no yo?.
Sueños violentos dentro de la paz de la noche, pesadillas del tiempo a cada hora y por sobre todas las cosas el sueño de no ser.
Noche de verano, noche de impaciencia, malestar, odio y venganza.
Recuerdos de oscuros lugares, de terribles palizas, submarinos y picanas.
Recuerdos del Ángel; comandante del terror. Apodos e imágenes borrosas de un rostro joven, de gesto angelical; impartiendo órdenes de ejecución, terminando con una y hasta con dos vidas a la vez.
Eduardo, el pobre Eduardo, ignoto en la multitud de corazones solitarios y destrozados, pero único a la hora de recordar su vida y su tragedia.
Sólo por pensar distinto, Solo por querer otro mundo.
El Ángel, todopoderoso de antaño, dueño del destino que implicaba que el pobre Eduardo viviera otra vida, en un mundo completamente distinto al que imaginaban en la lucha codo a codo con su esposa Mabel.
El Ángel, gestor de desgracias ajenas, internó a muchísimas personas en un complejo mundo de soledad y apatía.
Corta noche de Enero, sudor a flor de piel, nervios a instancias del pasado.
Las sombras de la noche recorrían cada rincón de la memoria de Eduardo.
Vuelta y otra vuelta, la almohada compañera implacable de los raptos de violencia, las sábanas yacían como nubes de algodón entre tantas espinas y el tiempo que se detiene con imágenes irreproducibles, aunque la noche siga su curso. Y el Ángel siempre allí, con su mirada vengativa, dando y quitando vidas, emulando al gran Dios.
El Ángel, luchador de la tiranía y organizador del exterminio de culpables e inocentes. El Ángel de la muerte; juzgado por la Justicia de turno, libre por obra y gracia del poder dependiente, preso por decisión de un pueblo que no olvida.
Veinte años después y la corta noche de verano que se hace interminable.
Interminable como la agonía de la vida de cientos y cientos de personas que pensaban distinto, tan solo eso.
Sábado de sol profundo, desayuno solitario como cada mañana, día de descanso y noche de amigos.
Eran ellos; los amigos de toda la vida, los que paliaban tanta soledad quienes invitaron ese sábado a Eduardo a tomar algo en un bar de Recoleta.
Ante la insistencia de estos, aceptó el convite, se arregló para la ocasión y partió rumbo al encuentro. 
Noche calurosa de verano, una mesa redonda y cuatro amigos a su alrededor festejando quien sabe que, quizá su amistad, quizá el hecho de estar juntos.
Noche de verano, ruido y música de alto volumen, en un rincón junto al amplio ventanal un grupo de personas comparten otra ronda de amigos, como en otras tantas mesas.
Noche de charlas y tragos, de alegrías y anécdotas, noche como otras tantas de acompañamiento del solitario Eduardo.
En un momento, comenzaron los insultos, gente que abandonó sus propias mesas para retirarse en señal de desagravio, gente que encaró hacia la mesa del ventanal para insultar a uno de sus integrantes.
Cuando el lugar quedó prácticamente vacío y casi sin poder comprender que había ocurrido, el mozo que atendía la mesa se acercó y solicitó las disculpas del caso, explicando que la gente había reconocido a un represor del pasado inmediato.
Todas las miradas apuntaron a Eduardo, quien nervios de por medio, cambió los gestos de su rostro.
Su mirada se dirigió a la mesa del represor como presagiando algo malo.
Sus amigos trataron de calmarlo y hasta intentaron retirarlo del lugar, encontrando por supuesto su respuesta negativa, demostrando actuar mas tranquilo que sus propios acompañantes.
Y llegó el instante crucial, Eduardo se levantó de su silla para poder visualizar la cara del presunto represor, que por la distancia era imposible de reconocer.
Dirigió sus pasos hacia la mesa, en forma pausada pero decidida, sin acatar el pedido de sus amigos.
La tensión fue incrementándose a medida que disminuía la distancia entre Eduardo y la mesa conflictuada.
Infructuosas fueron las súplicas de sus amigos, quienes temían por la integridad y por sobre todas las cosas por la actitud que tomaría Eduardo cuando se enfrente al presunto represor.
Interminable fue el espacio que los separaba, la oscuridad acompañaba la incógnita; tres, dos, un metro y otra vez cara a cara.
El Ángel, mirada penetrante y provocativa, cara angelical y un cerebro diabólico.
Frente a frente Eduardo versus el asesino de su esposa y su hijo, frente a frente Eduardo y el ladrón de su ilusión.
Un metro de distancia, miradas furtivas casi sin pestañear, miradas con odio y sed de venganza.
El desenlace era esperado por los amigos de ambos, el Ángel se levantó de su silla y con tono desafiante preguntó:
- ¿Qué miras, te debo algo?
- Miro tu cara angelical, miro tus ojos y veo mi pasado, y que me debés; me debés solamente una esposa, un hijo y la felicidad de toda una vida.
Pero quedate tranquilo que yo no te voy a insultar, solo me acerqué para decirte algo que quiero que te grabes, esta va a ser la única vez que nos veremos frente a frente, porque hay una cosa de la que estoy seguro, el día que muera mi cuerpo y mi alma descansarán allá en el cielo con Mabel, el nene y los ángeles de verdad; en cambio vos te vas a pudrir allá abajo. Seguro pibe, vos vas a ser El Ángel pero del infierno.
Dio media vuelta, abrazó a sus amigos y partió a disfrutar su primera noche de libertad.
Había vengado su pasado, había aniquilado el terror de su mente.
Noche de intenso calor, noche de verano, noche de libertad.

Eduardo J. Quintana 
del libro
"Momentos de Utopía" 

domingo, 27 de enero de 2013

Aquel Puente



La imagen latente de un pibe feliz, subiendo peldaño a peldaño la escalera que me separaba de la vertiginosa altura del puente sobre las vías.
La mística sensación de verme en la distancia más cercana al cielo y la emoción de sentir el tren, pasar por debajo a un ritmo más lento, ante la proximidad de la estación.
Tan imponente resultaba la altura que me separaba del tren, como larga me parecía la formación ferroviaria que surcaba las vías de mi Barrio, desde Once, con destino Lejano Oeste.
Han pasado muchos años de aquella epopeya que significaba escalar el puente de Rojas.
Han pasado centímetros de distancia entre la altura de aquel precoz hombrecito aventurero y este maduro cuarentón.
Pero el Barrio es el mismo y el puente no ha cambiado su fisonomía general, salvo algo de pintura, el deterioro del piso o la mayor iluminación que emana desde dos modernas torres reflectoras, para prevenir la mayor peligrosidad, producto de esta nueva sociedad, sobre todo, en lugares de poco tránsito.
Aquel puente, este puente y la sensación de ver un puntito en el horizonte ferroviario, que aumenta su dimensión con el giro del segundero.
La mágica sensación de vivir el temblequeo propio al paso de la formación, allá abajo.
Y el puente, hoy, no tan alto.
Aquel puente, este puente sobre las vías, en la calle Rojas, de mi Barrio Caballito.