Bienvenidos



Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.



Espero les agrade.








viernes, 6 de diciembre de 2013

El festejo del Mudo Sarlenga



-          No viejo, pero les digo que él era distinto. ¿Te acordás Chulo?
-          ¡Cómo me voy a olvidar Betito, si gracias a él, tuve la máxima satisfacción que me dio el fútbol!
-          Yo también gocé muchachos, ese momento que cuenta el Chulo, lo gocé como nunca.
La vieja y repetida historia del “Mudo” Sarlenga, recorrió todos los bares capitalinos y hasta fue nota de un importante medio periodístico nacional.
Nadie olvidará aquel día de lluvia; nadie, incluido el “Mudo” Teófilo Sarlenga.
La verdad, que con todos los inconvenientes y operaciones que había soportado de pibe, era verdaderamente un día para no olvidar, por tanta emoción vivida.
Es que la lluvia hacía estragos en la humanidad de los veintidós jugadores y el árbitro Máximo Solarriaga. No era común que un partido se desarrollase bajo semejante diluvio.
Pero hay una teoría, los clásicos jamás deben suspenderse, y ese día se llevó a cabo dicha teoría.
Los años de profundas diferencias entre los dos pueblos vecinos se dirimían ahí, en una cancha de fútbol. La Liga del Noroeste, poseía clásicos inolvidables, San Carlos – Belgrano, Estrella Fugaz – Martiniano Veiga; pero el clásico entre Justiniano Duncan y el Sportivo Verá, era casi centenario.
Y si uno piensa que entre Justiniano Duncan, un pueblito de tres mil habitantes y Dique Verá, el vecino de tan sólo tres mil doscientos diqueños, existían sólo tres kilómetros de distancia, imaginará los diversos motivos que generaba tal enfrentamiento.
“Los duncanos”, apropiándose de las fuentes de trabajo del mismísimo Dique o “los diqueños” utilizando las aulas de la Escuela Nº 32, “Saturnino J. Duncan”.
Enfrentamientos por mujeres, por dinero; por cuanto motivo sea compartir un lugar común.
En Dique Verá se encontraba el Balneario Municipal y en Justiniano Duncan, la Sala de Primeros Auxilios.
Todo era disputa, y si de disputa se trataba, el fútbol no se quedaba atrás.
Los últimos diez clásicos habían sido ganados por Dique Verá y de esos diez enfrentamientos, cinco terminaron a las trompadas.
Ese día de lluvia torrencial, no sólo se dirimían historias amorosas, deudas económicas o problemas limítrofes. Ese día del diluvio, no sólo se jugaban cuestiones sentimentales o el partidismo del Intendente, un “diqueño” de pura cepa; sino que se definía la Liga del Norte.
Sportivo Verá, puntero invicto del campeonato, defendía el título e iba en busca del penta campeonato. Su escolta, el Club Recreativo Justiniano Duncan, visitaba a su eterno adversario, ubicado sólo a una unidad de la punta.
La mínima diferencia seguramente se debería constatar en la cancha, aunque el pueblo “duncano” esperaba que su eterno adversario, recibiera los favores del Intendente.
Para evitar suspicacias, el Doctor Jaime Nardoza, intendente reelecto por quinta vez al frente de la Municipalidad que aglutinaba ambos pueblos, contrató los servicios de un importante árbitro provincial: Máximo Solarriaga.
El estadio General Nardoza (legendario militar bisabuelo del Intendente), estaba completo, los medios gráficos calcularon aproximadamente cuatro mil personas. Tres mil doscientos “diqueños” y ochocientos estoicos hinchas del Justiniano.
Ya desde temprano, el aguacero fue impresionante y las graderías, los alambrados, los techos aledaños, los árboles y hasta los camiones que transportaron a los hinchas duncanos, se vieron enteramente colmados.
En el Sportivo Verá jugaban los legendarios Antonieti y Lozano, que poco tiempo después formaron el ala izquierda de un importante equipo de la Capital. Justamente el wing izquierdo, Lozano, era el goleador del campeonato.
En cambio en Justiniano Duncan, eran once laboriosos e ignotos jugadores, que pasaron inadvertidos para el fútbol profesional.
Todos, menos justamente Teófilo Sarlenga.
Pobre Teófilo, había pasado las mil y una durante su infancia y su adolescencia; hasta había viajado a la Capital para operarse las cuerdas vocales; pero nada, jamás pudo decir una sola palabra.
“El Mudo” era suplente del Bachi Botaro, el goleador del Justiniano. Pero el muy adoquín, faltando tres fechas para el final, le ensartó un tremendo ñoqui al juez, por lo que fue suspendido por dos años.
El partido siguiente lo reemplazó Pedro Santoro, que hizo el gol del triunfo y en el festejo, el “salame” se desgarró. Allí surgió la oportunidad del Mudo Sarlenga.
Ya desde el inicio, tanto el barro como el árbitro lograron su cometido, generaron un partido trabado. El empate era victoria para el Sportivo y al Justiniano sólo le quedaba una opción, ganar.
Encima de males a los diez minutos de juego, el Flaco Solórzano, nuestro half derecho se cortó con un botellazo que cabeceó, proveniente de un centro tirado desde la tribuna local, con una de tinto medio llena; teniendo que abandonar la cancha raudamente, rumbo al Hospital de Justiniano Duncan.
La cosa aún empeoró cuando se desgarró nuestro wing derecho, el Piti Monsalvo.
Iban veinte minutos de juego y el Justiniano había realizado las dos variantes permitidas.
Para continuar la mala racha, faltando dos para terminar el primer tiempo, un mal despeje del Turco Solchaga, fue a parar al pié izquierdo del zurdo Lozano, quien implacable selló el 1 a 0.
Así fueron al descanso, con el marcador por la mínima diferencia a favor del cada vez más puntero del campeonato, el Sportivo Verá.
Hay que imaginar el festejo de los “diqueños”, que a medida que pasaban los minutos, cada vez parecían más. Hasta la sonrisa y los gestos demagógicos que dibujaba el Intendente, desde el Palco de Honor.
No había dudas, la cosa para Justiniano Duncan, sonaba a mera hazaña, sólo un milagro cambiaría la historia, que parecía escrita de antemano.
Para proseguir con una tarde negra, a los cinco del segundo, en un rapto de impotencia el Turco Solchaga, nuestro “golquiper” le puso una terrible tranca al hábil Antonieti, situación que fue aprovechada por Solarriaga, el juez más bombero que conocí en mi vida, para dejarnos con diez hombres.
El Chulo González, con el buzo de arquero, tomo la posta del Turco y la verdad lo hizo bastante bien.
Uno a cero, con diez hombres, sin cambios y chapoteando en un verdadero fangal, la historia parecía imposible de revertirse.
Pero en el fútbol, siempre hay un pero. La única vez que pasamos la mitad de cancha, el pibe Farías, uno de los ingresados, colgó la pelota en un ángulo, y a cobrar.
Uno a uno y la cosa pintaba distinta, tan distinta que los gritos que se escuchaban provenían de la tribuna colmada del visitante, que en la cancha eran franca minoría.
¡Justiniano, Justiniano! El aliento bajaba como una ola imaginaria, desde la tribuna, y contagiaba a los jugadores visitantes.
Los “diqueños”, aspirando a mantener el empate, se amontonaron atrás formando dos hipotéticas líneas de cinco jugadores.
Jugando gran parte del segundo tiempo en cuarenta metros, con el heroico ataque del Justiniano y la estoica defensa del Sportivo, comenzaron a producirse los roces arteros, fricciones intencionales y foules innecesarios.
En uno de los tantos avances del diezmado conjunto visitante, el “Mudo” Sarlenga ingresó al área, encaró a los centrales, provocando que ambos, al mismo tiempo, lo levantaran arteramente por el aire. Tal fue el golpe, que el Mudo con un clásico gesto de grito sin voz, cayó provocando un desparramo de barro, agua y pasto.
Acto seguido, el Morsa Casano fuera de sí, le puso un mandoble en la cara al “fullback” derecho y el muy atorrante de Solarriaga, que ya les dije era un bombero, le muestra la roja. Y para completarla, del penal al Mudo, ni hablar.
Partido liquidado, diría un conocido relator. Los muy perros del Intendente y sus secuaces, festejaban alborozados un empate casi sellado.
La cosa cada vez era más cuesta arriba para los de Justiniano Duncan. Once contra nueve. En realidad, doce contra nueve y las piernas que ya no respondían.
Por eso decía al comienzo, que jamás el pueblo “duncano” olvidará ese día. El pueblo y el mismísimo Sarlenga; que a los cuarenta y tres minutos del segundo tiempo, a los ochenta y ocho del partido, con la cancha totalmente embarrada, con las piernas que le temblaban de cansancio, con toda la fiesta local armada, arrancó desde su campo dejando rivales y guadañazos en el camino, dribleando con la pelota corta haciendo patito, amagando hacia uno y otro lado. Todo un campo lo separaba del arco del Sportivo Verá, un campo interminable. Y cuando salió el arquero, suavemente, la picó por encima de su cabeza, describiendo una hermosa parábola, que terminó con el balón entrando lentamente en el arco local.
Nunca nos vamos a olvidar de ese día, un inolvidable día para Justiniano Duncan.
Un inolvidable día para Teófilo Sarlenga y su loca carrera rumbo a la historia, emulando a un imaginario héroe en una desapacible tarde de fútbol.
La inolvidable imagen del festejo del Mudo Sarlenga gritando el gol de su vida, como un verdadero soprano.

Eduardo J. Quintana
del último libro "de fútbol y barrio"

Conseguilo en librerías o en forma virtual en libreriaimaginaria@hotmail.com
Visitá https://www.facebook.com/pages/De-fútbol-y-barrio
@ejquintana010


domingo, 4 de agosto de 2013

La vocación de Britos




Recuerdo esa imagen mientras me hamacaba en los juegos del Parque Chacabuco, con la mirada fija en los altos edificios de la calle Asamblea, con sus balcones llenos de macetas. Estructuras modernas, de diversas características, con infinidad de colores y reflejos que hacían el deleite de los estudiosos. Tenía nueve años y pasaba horas enteras mirando edificios, iglesias, museos. Los otros chicos jugaban a la guerra, al papá y a la mamá; al doctor y yo jugaba a ser ingeniero.
Ingeniero Civil, esa era mi verdadera vocación. Aprendí a revocar a los once años, cuando mi papá llamó a unos albañiles para refaccionar nuestra casa y yo pasaba horas enteras a su lado alcanzándole las herramientas, llenándole lo baldes de mezcla.

Ahora fijo la mirada en aquellos obreros que están trabajando bajo el sol en la terrible torre que están haciendo sobre la calle Miñones. Deben estar por el piso ocho o nueve, quitando las maderas de la loza. Ya hay partes donde están alzando las paredes, mientras el sol les pega de frente.

Cuando entré al secundario, obviamente a una escuela técnica, fui un alumno aplicado al máximo. Sabía positivamente que para ser un gran ingeniero, primero tendría que estudiar mucha matemática, física y debía aprender a dibujar, a proyectar. Demás está decir que Taller era mi materia preferida y a medida que llegó la especialización, más a mis anchas estaba. Los años iban pasando y mi vocación se iba reflejando en mis notas escolares.

Seguramente ese de jean y camisa con gorro blanco debe ser el arquitecto que está revisando la nueva loza o bien puede ser el ingeniero o el dueño de la constructora, que con lápiz y anotador en mano está verificando que esté todo en orden. Es increíble, va subiendo piso por piso, revisando cada parte de la estructura de hormigón, que envidia me da saber que podría ser tranquilamente yo quien estuviese en su lugar.

Nunca me voy a olvidar el día que me recibí de Maestro Mayor de Obras, la alegría que tenían mis viejos. Fui el mejor promedio. Sabía que era el preferido de todos los profesores. Mi carrera universitaria empezaba a delinearse detrás de la perseverancia. Mientras mis amigos jugaban al fútbol o hacían algún otro deporte, yo leía libros de construcción, libros de cálculos y comencé a interiorizarme y a estudiar sobre la construcción medieval.

Cada uno de los edificios que se esgrimen en el horizonte de Belgrano tienen lo suyo, hay torres muy modernas con esos espejos tornasolados que resaltan aún más con el reflejo solar, hay diferentes tipos de tanques de agua, hay balcones enterizos compartidos, hay balcones individuales y hasta los hay, horriblemente, sin balcones.
Cada arquitecto viene con su librito bajo el brazo, cada constructora se adapta a las necesidades del inversionista, pero todos, absolutamente todos los edificios, ya sean de varios pisos, torres o simples casas de bajo, tienen lo suyo.

Cuando estaba en cuarto año de ingeniería, con una beca que me otorgó el gobierno, viajé a España, Italia y Grecia para estudiar las distintas corrientes y estilos de construcción. Ingresar al Coliseo, a la Capilla Sixtina, al Partenón e imaginar tanta historia resumida en paredes de concreto, no tiene ni precio ni explicación.
Cuando volví de esa gira mi cabeza había hecho un clic, no sólo porque había conocido parte de la historia de la arquitectura antigua, sino porque también había conocido el amor. Una napolitana llamada Giuliana, guía en uno de mis viajes, hermosa ella, morocha de ojos verdes que vino a vivir conmigo al país para forjar un futuro en conjunto y que también caminó a mi lado en mi crecimiento profesional.
El estudio fue mi vida misma y Giuliana fue el broche de oro a esos años de progreso, hasta que un día nuestra relación se opacó y decidió retornar a su Nápoles natal.

El sol comenzaba su declive, una leve brisa corría de sur a norte, más o menos transcurría el minuto treinta y cinco y mis ojos quedaron varados en el horizonte imaginando el eclipse que produciría el sol con el edificio en construcción que ya empezaba a vaciarse, cuando de repente un estallido de voluntades estoicas que gritan Goool….Goool… y comenzaron los abrazos y las muestras de gratitud, y el técnico que me grita:
-          Dale Cholo, llevale agua a los pibes que están cansados

Y allí entré corriendo con el bidón en mano, a saciar la sed de los jugadores que exhaustos daban hasta la última gota de sudor para ganar el partido.
La vida me golpeó; las mujeres, la bebida, el juego, la soledad, las malas juntas, dejaron trunca mi carrera de ingeniero que abandoné cuando se fue Giuliana. Y acá estoy ahora dándole una mano a mi querido Verde de Bajo Belgrano, haciendo de saciador de sed, que les digo también es una vocación, desde la mismísima época de la esclavitud cuando el aguatero saciaba la sed de los gladiadores, que combatían en los circos de Roma y todo su imperio……
Mientras el sol se escondía detrás de la obra en construcción y desde las tribunas se escuchaba el resonante… Cursionistas…Cursionistas!!!!



Eduardo J. Quintana
del libro "Cenizas de la vida" 



Conseguilo en librerías o en forma virtual en libreriaimaginaria@hotmail.com
Seguime en @ejquintana010



domingo, 19 de mayo de 2013

"de fútbol y barrio"



Prólogo

Eduardo Quintana nos invita a jugar un partido de barrio con los amigos, con la propuesta que es para mí un llamado de la infancia; yo me relaciono con el ingeniero Andrés Pinto, mi amigo de toda la vida. Moti, es el hombre que siempre está conmigo, mi amigo de todos los tiempos y él, todos los días, cuando lo escucho, cuando me llama o cuando vamos a comer, siempre tengo la impresión que me va a invitar a jugar. Donde juegan “Los Mellizos Martínez”, donde está “Doña Nieves”, la curandera del barrio, donde está el querible “Manco Ávalos” o el “Mudo Sarlenga”,  donde están los personajes del café, donde Eduardo Quintana puede mezclar con facilidad el barrio y el mundo. Nuestro mundo, nuestras historias, nuestras buenas historias; que parecen sólo de fútbol, pero que en definitiva, en este libro, son también la vida, de lo mejor y lo peor de las personas, porque a veces nos equivocamos en algún pase, a veces nos equivocamos con algún amigo o con alguna mujer, que no merecen que nos equivoquemos, en esas cosas piadosas, humanas, falibles, irregulares, difíciles de medir, está el secreto de estas buenas historias, que Eduardo cuenta para abrirnos a un barrio más, a un mundo más, a unos amigos que a veces se enojan, que a veces se ríen, que muchas veces lloran, que otras veces pelean y juegan el partido muy bien o muy mal, pero que siempre están en la esencia del barrio, de la cultura popular, de los afectos y de ese código de amistad que el fútbol y la vida, nunca nos dejan perder de vista.

Por eso cada vez que hablo con mi amigo Moti, siempre siento que me está invitando a jugar aquel partido, con los de la esquina siguiente y ahí aparecen todos los personajes que Eduardo Quintana convoca en el barrio, en el fútbol, en la vida y en el recuerdo de aquellos amigos que nunca nos dejaron solos “cinchando en la tormenta de un querer”.


Alejandro Apo

martes, 14 de mayo de 2013

Fin de la Feria del libro


Finalizó la Feria del libro. Personalmente fue muy positiva. Firmé muchos libros y me contacté con mucha gente del medio. Me reencontré con Eduardo Sacheri y pasé, junto a los visitantes, momentos muy cálidos.
Quiero destacar algo muy valioso: la calidez, la educación, el esmero, la comprensión y por sobre todo el trabajo del grupo de chicas que manejaban el Stand 3024, perteneciente a la Fundación El Libro.
Gracias...

miércoles, 24 de abril de 2013

39° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires



Lunes 13 de Mayo - 15 horas

Día de cierre

39° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

Presentamos y firmamos "de Fútbol y Barrio"




 El libro se encuentra en venta hasta la finalización de la Feria, al valor promocional de $ 50.00

Stand 3024 "Libro de las provincias" - Salón Ocre

Ingreso por Plaza Italia - Av. Santa Fe 4201

Los esperamos