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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.



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viernes, 19 de diciembre de 2025

El nieto del “Cabezón”

Un homenaje al querido Negro 

    El calor astillaba el asfalto, levantaba las baldosas y achicharraba la copa de los árboles. El sol era distinto, quizá enamorado de las montañas y del cielo celeste, o de la conjunción de ambos con la paz de las calles de Salta “La Linda”. Nunca me imaginé que, habiendo nacido en pleno centro de Rosario y vivido mis primeros quince años sobre la Avenida Génova, cada mañana al abrir las ventanas del comedor de mi casa, tendría de fondo las montañas como una fotografía maravillosa. Por razones netamente laborales mi viejo, Javier Landoni, vendedor de un laboratorio de productos para el agro, decidió pasar de su Empalme Graneros natal, a la ciudad norteña donde la empresa tenía una importante sucursal y que traería a la familia grandes beneficios económicos. La mudanza era por unos años, por lo cual alquilaron una casita en el Barrio El Portezuelo, en la entrada a la ciudad. En la casa de Empalme quedaron gran parte de las pertenencias materiales y la mayoría de los recuerdos familiares. A Salta solo habían mudado algunas cosas, ya que la mayoría eran provistas por la empresa para la cual trabajaba Javier. Thelma, mi vieja, era entrerriana y hacía veinte años que acompañaba a mi papá en sus emprendimientos. No era la primera vez que se mudaban por trabajo, antes de mi nacimiento vivieron un año en Bragado, donde mi vieja quedó embarazada y por algunos problemas en el cuarto mes de gestación, tuvieron que emprender la vuelta a Rosario. La gran diferencia con las otras mudanzas es que en esta también se había agregado el abuelo. Pocas cosas extrañábamos de la ciudad natal, entre ellas el Paraná, la pesca y sobre todo, el fútbol. Ya que, si bien Salta era una ciudad muy futbolera, con Gimnasia y Tiro, Juventud Antoniana y Central Norte, en “La Linda” no existía Rosario Central. 

    Para los Landoni había dos cosas irreemplazables e insustituibles: las reuniones con amigos y la misa de cada domingo en el “Gigante” de Arroyito. Por herencia familiar todos los integrantes de la familia eran enfermos del “Canalla” y el abuelo, el “Negro” Landoni, un viejo hincha de Central, un prócer en la familia, que no solamente vivió toda su vida ligado a la “Academia” rosarina, sino que fue partícipe voluntario y directo de aquel glorioso día en que la palomita del Aldo entró en la historia grande del fútbol. El abuelo era una enciclopedia viva de Rosario Central y si bien por su edad ya no concurría al “Gigante”, en la despedida, antes de viajar a Salta con la familia, se dio el gusto de ir a ver a su amado equipo. Las lágrimas en el rostro del “Negro” indicaban una despedida, despedida de la ciudad y también de lo que fue el amor de toda su vida, la divisa auriazul. 

    Instalados en la nueva casa, amplia, confortable, moderna y de gran gusto estético, llegó la primera cena que, inmediatamente, fue apropiada por un nostálgico silencio, de esos respetuosos, de esos irrompibles. Silencio con olor a recuerdo. Fue una noche dura, de sueño pendiente y oscuridad absoluta. El desayuno nos recibió con un pacto implícito, empezaba una nueva vida y desde ese momento comenzaríamos a disfrutarla. Javier, mi viejo, de impecable traje, se dirigiría a su nuevo trabajo; mi vieja se encargaría de las cosas faltantes en la casa, el abuelo del nuevo jardín y junto a mi hermana ingresaríamos, por primera vez, al colegio secundario estatal en nuestra nueva ciudad. Eran lógicos los nervios, nuevos profesores, nuevos compañeros, hasta nuevos tiempos. Todo era más lento y el acento más cerrado. Un largo camino entre miradas extrañas, una gota de transpiración surcaba mi frente, no demostraba temor, simplemente, para no preocupar más a mi hermana Jimena, dos años más chica, a quien acompañé hasta su aula, donde la preceptora la recibió con una sonrisa. Llegué a la mía y me presenté ante los nuevos compañeros, quienes como es normal, me recibieron con la desconfianza típica que se le tiene al novato. Era cuestión de actuar con naturalidad y dejar pasar el tiempo. Había tres pupitres libres, dos solos y uno compartido. Le pedí permiso para sentarme a su lado a un morocho grandote, estiré mi mano para saludarlo. Gesto que fue retribuido inmediatamente con el consiguiente: 

—Encantado, mi nombre es Leandro. 

—Un gusto, yo me llamo Aldo. Contesté agradecido. 

    Ese estrechamiento de manos fue un alivio. Las miradas habían sido preocupantes en un comienzo, pero un gran gesto de Leandro cambió la historia. El morocho, que tenía un vozarrón importante y un porte respetable, se puso de pie y dijo a viva voz: 

—Les presento a nuestro nuevo compañero, Aldo. 
Démosle un aplauso de bienvenida. 

    Y tras el sorpresivo aplauso, fueron acercándose chicos y chicas a saludarme ante la mirada de la preceptora y del profesor de Literatura, que acompañaban con una sonrisa complaciente. Cuando estuvo calmo, el profesor Camilo Rodríguez Milla solicitó que me presente. Me puse de pie y muy nervioso intenté hacerlo de corrido: 

—Soy Aldo Pedro Landoni, tengo diez y seis años, soy rosarino e hincha de Central.
 
    Lo que provocó una risotada general y el festejo con un gesto de mi compañero de banco, el tal Leandro. El profesor que hizo callar a todos, me dio la bienvenida, me hizo sentar y comenzó a tomar lista. 

—¿Albarracín?

—¡Presente! Se escuchó desde las primeras filas.
 
—¿Alberti? 

—¡Presente! 

—¿Barragán? 

—¡Presente! 

—¿Casale? 

—¡Presente! Levantando la mano mi compañero Leandro. 

    En voz baja le pregunto:
 
—¿Leandro Casale te llamás?
 
—Leandro Santos Casale, así me llamo

—¡Qué grande como una leyenda de Rosario!
 
—El “Viejo” Casale, un “Canalla” de ley.
 
—¿Conocés al “Viejo” Casale, Leandro? 

—Cómo no lo voy a conocer si era mi bisabuelo, yo soy el nieto del “Cabezón” Casale, el hijo de la leyenda.
 
    Me quedé estupefacto, un frío recorrió mi espalda y lo único que se me ocurrió, cuando una lágrima surcaba mi mejilla, fue preguntarle: 

—¿Puedo darte un abrazo “Canalla” de corazón? 

    Ante la reprimenda del profesor de literatura, nos levantamos y nos estrechamos en un interminable abrazo, que fue interrumpido por el grito cercano del profesor que no entendió las razones del mismo, ante la mirada atónita del curso entero. 

    No fue un día más en mi vida. Llegado el recreo, nos pusimos al día con la actualidad canalla y con la historia mil veces contada por el querido Roberto Fontanarrosa y aquella palomita recordada cada 19 de diciembre, que para la familia Casale tenía una doble razón de ser, era un día triste y a la vez de festejo, porque el “Viejo” Casale murió como todo “Canalla” quería morir, dejando el corazón en la tribuna festejando un campeonato contra la “Lepra”. 

    No fue un día más en mi vida, fue especial y salí del colegio tan contento que mis padres se asombraron. Mi actitud era la inversa a la de mi hermana, que no había pasado su mejor mañana estudiantil, pero que seguramente con la servicialidad de sus compañeros salteños, iría mejorando. Por la tarde, comenzamos a poner al día las carpetas de las diferentes materias y al terminar salimos a dar una vuelta con mis padres para conocer un poco la ciudad. En la cena, cada uno comentó sus experiencias del día. Mi hermanita preocupada contó lo difícil de su primer día de clase y cuando llegó mi turno comenté mi alegría por el buen recibimiento y la sorpresa por encontrar a Leandro Casale. 

—¿Sabés abuelo cómo se llama mi compañero de banco? 

—… (Silencio del abuelo y gesto de consentimiento) 

—Leandro Santos Casale… 

—¿Casale…? ¿Cómo el querido “Viejo” Casale? 

    El abuelo que dejó de comer y miró detenidamente a su nieto. 

—Es el bisnieto del “Viejo” Casale, abuelo. 

—¿El nieto del “Cabezón” Casale? 

—Sí, el mismo. 

—¡Qué bueno! ¿Y es “Canalla” como el “Viejo”? 

—Enfermo como nosotros. 

    La sonrisa del abuelo fue una mueca de lo importante de la situación. 

—Cómo pasan los años. 

    El “Cabezón” Casale era un pibe en aquella época y ahora recuerdo que el “Viejo” nos había contado que había venido a vivir a Salta; mirá como son las vueltas de la vida, ahora nos encontramos con que es abuelo. 

—¿Debe tener tu edad, no viejo? Preguntó Javier.

—Era un año más chico. Un año o dos, no más. ¿Vive el “Cabezón”? 

—Sí abuelo, me contó Leandro que sigue viviendo acá en Salta y que anda bien, siempre extrañando Rosario y por supuesto al “Gigante”. 

    El abuelo había convertido el silencio en una continuidad de anécdotas que incluían a todos los muchachos de la barra, incluido al “Cabezón” Casale. Jugosas historias de barrio, calle, cancha, mesa de bar, bailes y por sobre todo, algo que fue cambiando y hoy es casi una utopía: la lealtad de la amistad sin condiciones. En eso de la lealtad para el “Negro” Landoni, el “Cabezón” Casale, el “Dani”, el Pedro, el “Colorado”, el Miguelito era como una religión y si bien el “Cabezón” había abandonado la barra para afincarse en Salta, se habían reencontrado en el velorio del “Viejo” Casale, allá por Diciembre del ‘71, después que el Aldo metiera la palomita en el “Monumental” y que el “Viejo” quedara seco en la tribuna. 

—El “Viejo” fue la cábala para el triunfo y la verdad murió como todo futbolero quisiera morir, campeón, en la cancha y feliz… 

    Fue una sobremesa inolvidable, el abuelo se despachó contando toda la famosa anécdota del viaje de Rosario al “Monumental”, ese peregrinaje realizado en el colectivo de la línea 305, que había conseguido el “Rulo”, un fana amigo de Central. La contó con lujo de detalles, como jamás la había oído. Fue una situación cinematográfica, por la organización y la manera que fue perpetrado el engaño al padre del “Cabezón” Casale. 

—Ustedes tenían que haber visto la cara de felicidad de ese viejo canalla de corazón. Creo que murió contento, con la sonrisa encriptada en su rostro 

    Esa noche nos fuimos a dormir tarde, tanto mi viejo Javier, como yo, contentos de haber visto después de mucho tiempo al abuelo, al querido “Negro” Landoni, feliz de volver a vivir aquel recuerdo. Antes de meternos en nuestras habitaciones quedamos en tratar de propiciar un asado sorpresa para juntar nuevamente al “Cabezón” Casale y al abuelo. 

    Cada día la vida en Salta era más linda, más tranquila, mucho más sana. Los compañeros de escuela y los vecinos del barrio nos aceptaron como propios del lugar. La amistad con Leandro Casale siguió su curso y comenzaron los preparativos para juntar al “Negro” Landoni con el querido “Cabezón” Casale. Para ello, se juntaron a tomar un café en el centro de la ciudad Leandro, Aldo, Javier y el padre de Leandro, Don Aurelio José Santos Casale, sus dos primeros nombres en homenaje a un ídolo del “Cabezón” como Aurelio José Pascuttini y “Santos” el nombre que se había prometido llevar toda la familia. Cuatro canallas juntos, alejados de Boulevard Avellaneda y Avenida Génova. Cuatro corazones latiendo con las anécdotas centralistas. Cuatro fanáticos palpitando las frenéticas historias académicas. Hubo que poner fin a las anécdotas, para organizar un asado que, seguramente, se realizaría en lo de los Casale, que tenían un caserón con parque y quincho. 

    Arreglamos para el domingo al mediodía, no el siguiente sino el otro, porque se jugaría el clásico en el “Coloso”. Haríamos la sobremesa y con el café, veríamos la televisión juntos los Casale y los Landoni, con el “Negro” y el “Cabezón” como centros de la escena. Leandro y yo nos encargaríamos de los preparativos y los grandes de las compras. Pasaron los días y los nervios del clásico se trasladaron a Salta, pero sin la fiebre leprosa. La única hincha de Newell’s que conocía era Julieta, una hermosa pelirroja vecina de Leandro, de familia rosarina, pero intocable por su carácter rojinegro. 

    Llegó el sábado anterior al encuentro y todo estaba organizado. En mi casa, en momentos de servir la cena, le avisamos al abuelo que el domingo íbamos a un asado y pasó lo que nunca hubiésemos imaginado, nos dijo que él no iría porque no conocía a nadie. No sabíamos que hacer, mi viejo tratándolo de convencer, mi vieja enojada y él, en la negativa de concurrir al asado sorpresa. Se fue a dormir enojado, diciendo que él iba a ver el clásico en su casa, que no intentemos manejarle la vida y no sé qué otras tantas cosas más. 

    Nos quedamos con papá, mamá y mi hermana mirándonos sin saber qué hacer. Nos fuimos a dormir con esa sensación de haber fracasado en el intento de juntar a los viejos amigos. No pude pegar un ojo, hasta que tuve una idea casi imposible de rechazar. Me levanté y fui a la pieza de mis viejos a contársela. Consistía en cortar la luz de la casa, hacer un llamado por teléfono ficticio a la compañía de electricidad y que nos digan que el corte iba a ser por veinticuatro horas, como no podría ver el clásico, se iba a desesperar e iba a querer ir a la casa de los Casale. Los viejos estuvieron de acuerdo, así que pusimos manos a la obra. 

     A media mañana, con el abuelo tomando mate en el patio, mi viejo cortó la luz desde los fusibles de la calle y tomamos posiciones. El abuelo no se daba por aludido. Nos empezamos a preparar para ir a lo de Casale y el abuelo seguía en el patio. El tiempo pasaba y no había definiciones, hasta que me acerqué y le dije: 

—Nos vamos. 

—Bueno Aldo, que la pasen lindo. 

—Mirá que se cortó la luz. 

El efecto causó resultado en la cara del abuelo, que preguntó: 

—¿Llamaron a la compañía? 

—No sé, esperá que le pregunto. ¿Mamá, pregunta el abuelo si llamaron a la compañía? 

—Ahí está hablando papá, Aldo. Contesta mi vieja. 

—¿Escuchaste abuelo? 

—Sí, ahí voy… 

    Como pudiendo hacer algo para solucionar la situación eléctrica, el abuelo se acercó a mi papá preocupado. 

—¿Y qué dicen…? 

—Parece que es un transformador. Mintió mi viejo. 

El abuelo que aumenta su preocupación, se sienta en una silla callado y piensa. 

—¿Qué te pasa abuelo? Pregunta mi hermana. 

—Nada, estaba pensando dónde puedo ver el clásico, porque acá, por lo que parece, no vamos a tener luz hasta tarde. 

—Confirmado papá, es un trasformador que salió de servicio y lo tienen que reparar. 

    Mi papá había resultado un actorazo, lo único que había que hacer era mantener al abuelo dentro de casa, ya que en todo el barrio había luz y esperar su resolución. Ante su cara de preocupación y de una moderada tristeza, le dije: 

—¿Abuelo y por qué no venís al asado, mirá que nosotros vamos a ver el partido en un televisor grande? 

—¿Grande, de los nuevos? 

—Sí un plasma de cincuenta y ocho pulgadas. 

—¿Cómo un cine? 

—Claro, imaginate cómo se va a ver el triunfo “Canalla” en esa televisión. 

—¿Me pueden esperar que me cambio? 

    Las miradas de mi viejo, mi vieja, mi hermana y yo se entrecruzaron, con una sonrisa complaciente. 

—Dale viejo, mientras vamos cargando cosas en el auto. Dijo mi papá. 

—Tranquilo abuelo, que estamos con tiempo de sobra.

    Allí fue el abuelo a bañarse y cambiarse, mientras íntimamente todos festejábamos que haya salido bien. Quince minutos después el abuelo apareció en el garaje e intentaba ver por encima de la medianera si los vecinos tenían luz. 

—Vení viejo, vení adelante conmigo. Le dice mi viejo. 

    Y el abuelo, todo perfumado, se acomoda en la parte delantera del vehículo. Yo me encargo del portón, el auto que sale a la calle con el resto de la familia y baja a la acera. Allí comenzaría otra parte de la actuación de mi papá. Una vez todos en el auto, le dice a mi mamá. 

—¿Vos desenchufaste la heladera? No sea cosa que venga la luz y la queme. 

—No, la verdad que me olvidé. Dice mi mamá. 

—¿Quieren que vaya a desenchufarla? Pregunta mi abuelo 

—No, voy yo… 

    Acota mi viejo, que baja del auto y se dirige a la casa, volviendo a poner los fusibles del pilar de entrada, dando de nuevo la energía, percatándose que, en su interior, las luces hayan quedado apagadas. Ya en el auto, partimos rumbo a lo de los Casale. Eran más o menos quince cuadras la distancia que separaban los domicilios, distancia para que el abuelo investigue dónde íbamos. 

—¿A la casa de quién vamos? 

—De mi jefe del trabajo. Dijo rápidamente mi viejo. 

    Respuesta que conformó al abuelo, que realizó el corto viaje callado. Llegamos a la casa de los Casale, un hermoso chalet con un imponente jardín en la parte delantera. En la puerta estaba esperando Leandro, quien abrió el portón del garaje para que entremos directamente con el auto. Bajamos e ingresamos sin preámbulos, al jardín de atrás y al quincho, donde esperaban haciendo el asado Aurelio, el papá de Leandro, su mamá y su hermano. 

    Llegaron las presentaciones de las mujeres, de los hermanos y por último del abuelo. 

—Encantado, Landoni. 

—Un gusto, Aurelio. 

—¿Aurelio? 

—Aurelio José… 

—Vaya nombres, como un ídolo de mi juventud. Dijo mi abuelo. 

—¿Quién? Preguntó haciéndose el desentendido Casale. 

—Aurelio José Pascuttini. 

—No lo conozco ¿Qué era cantante? 

—¿Cómo cantante muchacho? Aurelio José Pascuttini es un ídolo en Rosario que integró el famoso campeón de 1971. 

    Al abuelo había pocas cosas que lo enojaban, una de ellas era no resaltar a los ídolos y el “Flaco” Pascuttini lo era. 

—Venga Don Landoni, coma algo de la picada que preparé. Le dijo Aurelio. 

    Las mujeres fueron al jardín y nosotros los más pibes fuimos a recorrer la casa, que era hermosa y enorme. Cada uno de los hermanos Casale tenía una habitación con vista al jardín. 

    El abuelo estaba preocupado por el televisor que estaba en el quincho, que no era como se lo habíamos pintado. Cuando volvimos con los chicos, me preguntó: 

—¿Aldito, esa es la televisión donde vamos a ver el partido? 

—No abuelo, ahora te la muestro. 

    Había llegado el momento, nos miramos con mi viejo y con Aurelio e hicimos un movimiento de cabeza afirmativo. Con Leandro teníamos la tarea de llevar al abuelo al living con la excusa de mostrarle el televisor. Mi viejo y Aurelio, separaron un poco la leña del fuego para que no se pase el asado y fueron hasta el interior de la casa para percatarse que el “Cabezón” Casale estuviese en el sillón mirando un partido de la Champions. 

     Cuando todo estaba en orden le dije a mi abuelo: 

—Vení abuelo, vení que te muestro el televisor grande. 

—¿Ahora? Pregunta mientras armaba un pancito con salamín y queso. 

—Sí, comé eso y vamos ahora que ya está el asado. 

    Refunfuñando como era normal en el abuelo, se levantó picoteando un quesito, tomó del brazo a su nieto y caminó por el jardín acompañado del otro lado por Leandro. Cuando entró a la cocina su vista se posó en el reloj que estaba en la pared, al lado de la alacena. 

—¿Y ese reloj? Preguntó el abuelo 

—¿Qué reloj? Contesté 

—Ese que tiene el escudo de Central… 

    Mientras lo señalaba con el dedo yo lo apuraba para ingresar al living, allí de frente un impresionante plasma con un partido de fútbol lo esperaba y delante del televisor, un confortable sillón donde estaban sentados mi viejo, Aurelio y en el centro el “Cabezón” Casale, el hijo de la leyenda. El abuelo, anonadado por las imágenes se sienta a su lado, entre el “Cabezón” y mi viejo, sin percatarse quien era. 

 —Buenos días. Saluda el “Cabezón”. 

—Perdón, buenos días. El abuelo que se pone de pie y estira la mano que el “Cabezón” estrecha fuerte. Las miradas se cruzaron, los recuerdos vagos parecían florecer.
 
—Un gusto, Casale… 

—Encantado Landoni. ¿Casale dijo…? 

    Creo que con el cruzamiento de apellidos. Creo que el entrecruzamiento de miradas. Creo que los latidos del corazón excitado, hicieron lo suyo. 

—¿El “Cabezón” Casale? 

 —El mismo 

—¿El hijo del “Viejo” Casale? 

—Exacto 

—Soy el “Negro” Landoni. ¿No te acordás de mí? 

—El “Dani”, el “Valija”, el Miguelito, el “Colorado” y el “Negro” Landoni. ¿Cómo me voy a olvidar de ustedes? 

El acto seguido fue un fuerte apretón, en un interminable abrazo “Canalla”. 

—¿Ustedes sabían esto? 

—Sí abuelo, Aurelio José se llama Aurelio José Santos Casale porque es “Canalla”, Leandro se llama Leandro Santos Casale, todos en honor al “Viejo” y su leyenda. 

—¿Todos canallas? 

—Hasta la médula, querido “Negro”. 

    Con esa contestación el “Cabezón” tomó del hombro al “Negro” Landoni y le dijo: 

—Vení que te voy a mostrar algo. 

    El abuelo quedó impactado, todos quedamos impactados. La casa tenía un escritorio, un estudio con una enorme biblioteca en una de sus paredes, la otra era un ventanal que daba al jardín. Luminoso, con una hermosa vista a una fuente. 

    Las lágrimas surcaron el rostro del “Negro”. La emoción se apoderó de todos nosotros. El grito comenzó despacio, tímido y fue subiendo como las palpitaciones de los corazones canallas de las familias. Lo comenzó el “Negro” Landoni 

—¡Central…Central…! 

Lo seguimos todos, al unísono, como hermanos de sangre. 

—¡Central…Central…! 

    Las otras dos paredes impactaban más que los libros y la naturaleza. Una con camisetas y fotos. La otra: una gigantografía de Aldo Pedro Poy gritando el famoso gol del 19 de diciembre de 1971, aquel que signó la vida del “Viejo” Casale, aquel que hizo aún más grande a Rosario Central… 

    Mi Central…

 
Eduardo J Quintana
Del Libro "Corazón Futbolero y otros cuentos"

IG: eduardo.quintana961

Facebook y Twitter: @ejquintana010


jueves, 19 de septiembre de 2024

Con la disculpa implícita

 

Dedicado al querido Hernán

 

Por alguna razón histórica, filosófica, semántica o bien costumbrista, en muchas oportunidades, el segundo nombre de una persona se grafica en una sola letra. Sobran los ejemplos; pocos conocen que significa la letra “B” de Juan B. Justo o la “V” de Joaquín V. González. Tampoco es que sea una cuestión de vida y, por ende, esa realidad no influye en la existencia cotidiana del pueblo.

Leandro N. Alem es otro caso emblemático y son pocos los que reconocen la “N” de Nicéforo para el prócer radical de fines del siglo XIX. Saber o no saber la historia de un ignoto segundo nombre no es una cuestión de estado; ni siquiera cambia algo de la estructura de la persona que lo porta.

Hernán P. Cappellini llevaba la virtud del acertijo y la cruz de la duda. De allí la pregunta reiterada:

-       ¿La “P” es de Pedro o de Pascual…?

De niño era llamado Peter, porque Hernán lidiaba con esa letra “P”, y ante la insistencia de una tarde de verano de un grupo de compañeros y compañeras que preguntaban y conjeturaban sobre el origen lingüístico de la “P”, admitió una pequeña mentira que se transformó en apodo.

El fútbol complicó aún más las cosas, porque en las formaciones Cappellini figuraba como Hernán P. Cappellini y los hinchas conjeturaron sus propias ideas sobre el origen de la letra. Pero siempre hay un día revelador en la vida de una persona de bien y ese día fue un domingo.

La carrera de goleador y jugador exitoso en Huracán de Chabás lo hizo salir de su pueblo natal y pasar por el fútbol casildense antes de llegar a la majestuosa Rosario. Y el periodismo local lo recibió con las consultas del caso. La fama y los goles lo hicieron caer en un psicólogo a quien le contó la verdadera etimología de la letra que marcaría su vida…

Alguna vez, don Juan José Capellini y doña María Clara Samaniego formaron pareja. De esa pareja llegó un embarazo totalmente deseado y agradecido. Pero el destino quiso que no llegara a dar a luz. Don Cappellini se enojó con la Virgen, por la falta de amparo cristiano. Ese enojo hizo maldecir una y mil veces.

Meses después, el ginecólogo le informó a María Clara que estaba embarazada nuevamente. La felicidad fue tal, que dicen quienes estuvieron presentes que se abrazaron eternamente. Fue allí cuando la futura madre le hizo prometer a Juan José que le pediría disculpas a la Virgen y realizaría una promesa que guardaría hasta el día del nacimiento. Y así fue…

El psicólogo escuchaba atentamente a su paciente y prometiendo guardar el secreto profesional, consultó.

-       ¿Y dónde se entrelazaría esa promesa con el problema que te ha traído aquí?

Allí vino la segunda parte de la historia…

Durante el embarazo, ya sabiendo el sexo del feto, se pusieron de acuerdo con los nombres. El primer nombre lo eligió María Clara, que adoptó seguir con la tradición de los Samaniego, que, durante generaciones, se llamaron Hernán.

Conocidos hacendados chabasenses, los Samaniego llevaron durante generaciones el primer nombre de Hernán. Como el embarazo era catalogado de riesgo y por consejo médico sería el último de la joven, el hijo de María Clara y Juan José sería llamado Hernán.

Con una atención plena, el psicólogo seguía la alocución del futbolista analizado, anotando algunas cosas sueltas y buscando el consejo adecuado.

El segundo nombre, aquel que marcaría la vida social y futbolística del hijo de Cappellini, fue guardado hasta el día del nacimiento y la inscripción en el Registro Civil. Cuando estuvo frente a la empleada estatal y sin siquiera dudar, Juan José dejó sellado el futuro de su primogénito.

El misterio iba a ser develado en la próxima frase. Fue allí cuando el psicólogo le preguntó a Hernán:

-       ¿Quiere un café goleador?

Ante la respuesta afirmativa de Cappellini y con el pocillo de café humeante en la mano derecha, llegó la revelación que el profesional esperaba con ansias.

Mi papá, delante de la empleada y ante el llenado de la planilla correspondiente, realizó la pregunta:

-       ¿Primer nombre…?

-       Hernán. Respondió Juan José.

-       ¿Segundo nombre…?

-      

La empleada que mira al reciente papá a los ojos y le reitera la pregunta:

-       ¿Segundo nombre…?

-       Perdón. Responde Juan José.

-       Le pregunto por el segundo nombre. Reitera la empleada del registro.

-       El segundo nombre es Perdón.

-       ¿Cómo perdón…?

-       Sí, es una forma de pedirle disculpas a la Virgen.

-       ¿Cómo disculpas a la Virgen?

Ahí, Juan José, le contó a la empleada aquella pérdida del embarazo, su enojo con la Virgen, el perdón que quedó explícito con el nuevo estado de gravidez y posterior nacimiento e implícito en la partida de nacimiento de Hernán Perdón Cappellini.

Develado el misterio ante el psicólogo y recibido el consejo profesional, Hernán se retiró a entrenar con su club. Su profesionalismo hacía que el entrenamiento sea algo imposible de postergar y eso, sumado a su olfato goleador, lo hacía un jugador amado por los hinchas de cada club en el cuál brilló.

Pero hubo un día en que la idolatría de su club de origen cambió.

La Copa Santa Fe juntó a Rosario Central y Huracán de Chabás en un partido tan clave como luchado. Faltando un par de minutos y con el resultado empatado en cero, Hernán P. Capellini con un frentazo al ángulo superior del arquero zapatudo, sentenció el pase de ronda del “canaya” y la eliminación del Globo. Hernán pidió perdón, pero no alcanzó. El pueblo chabasense se ensañó con uno de sus hijos futbolísticos y no le perdonó por años el hecho de haber sido eliminados con un gol del centrodelantero nacido y criado en la localidad. Lo consideraron como traición, pese al reiterado pedido de perdón…

La carrera de Hernán P. Cappellini siguió su curso exitoso y, pese a aquel entredicho con los hinchas zapatudos, en cada declaración demostraba su amor y agradecimiento al club que lo formó, insistiendo que su carrera deportiva finalizaría en el Estadio Chiquito Domínguez, con toda su gente.

Pasaron siete años para que Hernán P. Cappellini cumpliese su promesa. La mitad de Chabás se revolucionó y la otra mitad mostró respeto. El fútbol se beneficiaba con la vuelta del goleador.

El Club Atlético Huracán nació un 5 de julio de 1930 y por su vida futbolística pasaron muchos jugadores importantes. Fue campeón de la Liga Casildense en varias oportunidades, pero con la llegada del hijo pródigo, el club entró en un positivismo que lo llevaría a crecer y ganar grandes cosas.

Un momento emotivo se generó cuando entró al vestuario y vio su camiseta blanca con vivos rojos y el número nueve en su espalda, que siguió con la motivadora arenga y finalizó cuando hizo su ingreso a la cancha. Visiblemente emocionado juntó sus manos pidiendo disculpas por aquel gol de la eliminación y grande fue su sorpresa cuando en una de las populares se desplegó una bandera que esgrimía dos palabras que englobaban la vida del goleador: “PERDÓN CAPPELLINI”

Una frase que había nacido de una promesa, que se había legalizado en un Registro Civil y que debería haber sido guardada bajo el juramento hipocrático, que solo se puede romper a través del amor a los colores de un corazón zapatudo…



Eduardo J. Quintana

Cuento inédito

IG: eduardo.quintana961

Facebook y Twitter: @ejquintana010

miércoles, 24 de julio de 2024

Rocío y el gol

 

Formar una pareja no es cosa de todos los días; consolidarla en estos tiempos es casi una fantasía que logran muy pocas.

Rolo y Ceci eran justamente eso, una pareja consolidada en todos sus aspectos. Diez años de casados, ambos con buen trabajo, casa propia, un auto cada uno y muchos amigos que se preguntaban qué podría haber ocurrido para tomar semejante decisión echando por la borda tanto tiempo de amor.

Es que eran inseparables y, a la luz del resto, la pareja perfecta. Eran la envidia de las chusmas del barrio, el fin que cualquier pareja perseguía. La única diferencia era el fútbol. Cecilia era simpatizante de Huracán, por herencia paterna y sentido de pertenencia al barrio más porteño de todos, Parque de los Patricios. La quemera había nacido en Rondeau y La Rioja, a un par de cuadras del parque.

Rolando se crió en Barracas y, como mucha gente de ese barrio, era hincha de Racing Club de Avellaneda. Si bien eran dos grandes del fútbol argentino, no eran acérrimos rivales. Simplemente, eran sufridos clubes nacidos en barriadas obreras a principio del Siglo XX.

Tanto Ceci como Rolo eran seguidores de sus equipos. Ella con toda su familia se situaba en la platea Masantonio. Él era tipo de tribuna popular, de barra de amigos y de fidelidad plena a la celeste y blanca. Pero el fútbol los dividía solamente los días de partido, que a veces coincidían y otras veces no.

Pero ese amor por la Academia que sentía Rolo hizo que, con el devenir del fútbol femenino, comenzara a seguir partido a partido a “Las Pibas” del primer equipo de Racing. Y no es que eso molestara a Ceci, pero sí sentó la primera gran diferencia entre ellos. A Rolo le gustaba el fútbol femenino y a Ceci no. Rolo tenía a su ídola en el fútbol jugado por mujeres y Ceci no sabía ni cómo formaba su querido Huracán.

¿Quién era la ídola de Rolo? Se preguntarán la gran mayoría. Su ídola era la temible centrodelantera Rocío Alejandra Bueno. Pero muchos la tienen varios escalones más abajo que Milito y Licha; para él no. Rolo la siente ídola y como tal la defiende a ultranza.

Volviendo a la pareja perfecta, nadie, pero absolutamente nadie, podía imaginar el motivo de la separación. Porque esa era la noticia, Rolo y Ceci se habían separado. No había otro hombre, ni otra mujer, ni siquiera problemas familiares. Tampoco discusiones.

Todo comenzó con un simple portarretrato. Una mesa con varios cuadritos de los distintos ídolos de Huracán y Racing en partes iguales y sin espacio para nada más. Cuando Racing le ganó el clásico a Independiente, a Rolo se le ocurrió armar un nuevo cuadrito con una foto de Rocío Bueno con el gesto de homenaje a su ídolo, Lisandro López. Pero para poner ese retrato, tuvo que correr el de Javier Pastore y, al encimarlo con el del Loco Houseman, cayó y se le rompió el vidrio. Rolo lo tomó como un accidente y lo volvió a poner encima de la mesa, con el vidrio rajado.

Nada hacía prever las consecuencias de dicho acto. Pero cuando volvió Ceci y se dio cuenta de la rotura, no tuvo mejor idea que, como venganza, hacer desaparecer el cuadro de Rocío.

Todo siguió con normalidad y nada hacía vaticinar el desenlace final. Porque era algo menor y sabiendo cómo se llevaban Rolo y Ceci, se solucionaba con una charla. Por eso el entorno familiar y los amigos se sorprendieron de sobremanera y se pusieron a investigar los motivos que llevaron a la disolución de la pareja.

El problema fue la pared de la habitación que hacía las veces de living. Cuando chusmearon que el motivo era una simple pared, pensaron en desidia de Rolo de no arreglar una cañería rota. Pero no, no había problemas de humedad.

Todo ocurrió una noche, cuando Ceci volvió del Ducó donde el Globo había perdido su partido. Rolo la esperaba con la comida preparada y todo el amor del mundo. Fue allí cuando Ceci se dirigió a la habitación y gritó:

-       ¿Qué es esto, Rolo…?

A los gritos, insultando fuerte y agresivamente, se acercó a Rolo pidiendo explicaciones.

-       ¿Qué hiciste, Rolo? ¿Qué hiciste…?

Y sin mediar palabra le asestó una bofetada, tomó su campera, su cartera y se fue del departamento.

Allí quedó Rolo, solitario y con su cachete rojo.

Allí quedó Rolo sentado en el sillón de la habitación, admirando la pared en cuestión.

Allí quedó Rolo admirando los tres metros de ancho por tres de alto de esa hermosa figura que, con el brazo derecho levantado y el izquierdo doblado, apoyando su dedo índice en la sien, grita el gol de la victoria con el manto celeste y blanco en el pecho y el escudo en el corazón.

Allí estaba Rolo, frente a frente con Rocío y el gol…


Eduardo J. Quintana

Cuento inédito

IG: eduardo.quintana961

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domingo, 18 de diciembre de 2022

Decisión tomada

 

Ni bien el árbitro italiano pitó el final del partido semifinal y ya consumado el 3 a 0 sobre Croacia, nos abrazamos con Mariela y lloramos. No había muchas cosas que nos hiciesen tan felices en estos tiempos difíciles y el fútbol era parte de ese cable a tierra que necesitamos para sobrevivir épocas socialmente complicadas.

En ese abrazo y cruces de miradas, salió un repentino: ¿Vamos…?

Ese vamos implicaba muchas cosas: Vamos y nos olvidamos los problemas. Vamos y gastamos los ahorros de hace tantos años para cambiar el auto. Vamos y traemos la tercera Copa.

Vamos…

 

En Argentina nací, tierra del Diego y Lionel. De los pibes de Malvinas, que jamás olvidaré…

 

El miércoles por la mañana nos pusimos en campaña para actualizar el pasaporte, averiguar por los pasajes y la estadía. El tema más difícil era conseguir las entradas. El jueves contrarreloj todo estaba solucionado y el vuelo saldría el mismo viernes por la mañana.

Solo había un tema pendiente, el pedido de permiso de los días en el trabajo. El martes, el jefe me los había negado, el miércoles se repitió la historia, el jueves hablé con José María, mi amigo médico, y conseguí dos certificados por 24 y por 72 horas. El jueves comencé con “presuntos síntomas” y el viernes, mensaje mediante, avisé qué, por prescripción médica, pasaría 24 horas de reposo.

 

No te lo puedo explicar, porque no vas a entender, las finales que perdimos cuantos años la lloré…

 

La Selección Argentina jugaría el domingo, su sexta final. Salvo aquella en Uruguay de 1930, había estado presente en las otras cinco. En el Monumental 1978 y en México 1986, presencié las vueltas olímpicas, en Italia 1990 y Brasil 2014 los subcampeonatos. Ahora a suerte y verdad presenciaría junto a mi esposa la sexta final con Francia en Catar.

Había visto levantar la copa a Daniel Passarella y a Diego Maradona. Soñaba con ver a Lionel Messi, sin dudas el mejor jugador del Siglo XXI. Tenía el póster con la Copa América alzada en manos del diez y soñaba con cambiarla para que dicha copa sea la del mundo.

 

Pero eso terminó porque en el Maracaná, la final con los brazucas la volvió a ganar papá…

 

Salvo la Copa ganada en el Mundial 1978, que se jugó de local, las demás fueron con mucho sacrificio económico. Para México, sin Mariela y junto a otros cuatro amigos, vendimos flores en una esquina, pirotecnia para las fiestas, helados en verano y todo lo que tuvimos a nuestro alcance para cubrir el viaje, las entradas y la estadía.

Para Italia ´90, todo fue distinto. El país vivía una situación extremadamente difícil, hiperinflación, nuevo gobierno y con Mariela, matrimonio. Habíamos guardado la luna de miel para ir a Nápoles. Teníamos familia italiana y aprovechamos para quedarnos todo el torneo. Fue el Mundial del sufrimiento, de Diego, el Cani y los penales atajados por Goyco.

La quinta final fue en el año 2014, en Brasil y allí viajamos con la familia completa, Mariela y nuestros dos hijos, siempre con la ilusión intacta y con un gran equipo. Nos quedamos en la puerta y lloramos mucho. Creímos merecer levantar la Copa que se nos negaba desde hacía mucho tiempo.

 

Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar. Quiero ganar la tercera, quiero ser campeón mundial…

 

Ganaba bien en mi trabajo y tenía un buen pasar, pero un viaje como este, a un lugar tan lejano dejaba secuelas económicas innegables. Pero ya estaba todo armado, valijas, viaje, estadía, entradas, el engaño en el trabajo, con la cubierta de un par de compañeros, que sabrían la situación y un cúmulo de ilusiones postergadas a través del tiempo. Era el momento exacto y había que estar presentes.
El viernes a la mañana partimos en un vuelo de treinta horas, con escalas en San Pablo, Barcelona y Estambul. Llegar a Doha, descubrir otra cultura, amucharte en la euforia y disfrutar.

 

Y al Diego, desde el cielo lo podemos ver, con Don Diego y con La Tota alentándolo a Lionel…

 

El día de la final esperada llegó. El imponente “Estadio Lusail” se fue llenando de alegría, de emociones fuertes, de esperanzas compartidas. El celeste y blanco se fue adueñando de gran parte de las gradas. Con Mariela mirábamos todo, hasta cuando en un lapso del partido nos enfocaron en la pantalla gigante, para todo el mundo. Nuestra Selección ganó el partido con sufrimiento, pero merecidamente y todo el planeta tuvo ese momento esperado, cuando Lionel Messi levantó la Copa. Lo queríamos por él, por su familia, por su Rosario y por todos los argentinos.

El abrazo con Mariela otra vez por pantalla gigante, me expuso ante el mundo, ante nuestros amigos, ante el barrio y ante mi jefe. Ya no tendría trabajo a la vuelta, pero tendría en el corazón grabada la tercera Copa y les juro que nada importaba…


(Foto extraída de Internet)


Eduardo J. Quintana

Cuento inédito

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martes, 13 de diciembre de 2022

El plan de Marcos

 

-          Yo les dije que podía salir mal…

Fue la única frase que deslizó Marcos en todo el día. Su bronca era incontenible, su desazón proporcional al problema causado a sus amigos.

Minutos antes del partido con Holanda y que, a la postre, clasificó a la Selección Nacional a semifinales, Marcos fue a la panadería a comprar facturas para acompañar los mates en el partido y se encontró con “Don Ventura”.

-          ¿Cómo le va vecino?

-          Bien Don Ventura –mientras su mano derecha se tomaba el testículo izquierdo- ¿Va a ver el partido?

-          Por supuesto y si gana, y pasa a la semifinal, viajo a Catar.

Fue un baldazo de agua fría para Marcos. Don Ventura, se llamaba Jorge Gómez, tenía alrededor de sesenta años y fue apodado en el barrio como aquel personaje de mediados del siglo pasado de una película llamada “Fúlmine”, protagonizada por Pepe Arias, un queridísimo actor argentino. Así lo había bautizado el barrio, por decenas de acciones infortunadamente negativas. Él parecía no sentirse afectado, ni entender el significado de lo que rodeaba su apodo.

Marcos caminó los ochenta metros de la panadería a su casa en otra órbita, con la mente en blanco, sin poder determinar la magnitud de lo que había escuchado de la boca de Don Ventura: “si gana, y pasa a la semifinal, viajo a Catar”

Lo habló con sus amigos del barrio, hicieron todo lo que un “cabulero” haría, se vistió igual, se sentó en el mismo lugar, comió las facturas, tomó mate, solo varió una cosa: escribió en un papel “Jorge Gómez – Don Ventura” y lo metió en el freezer.

El “si gana y pasa a la semifinal” dicho por Don Ventura podría ser un boomerang y había que contrarrestarlo. El “si gana y pasa a la semifinal, viajo a Catar” sería cosa de estudiarlo, consumado el partido con Holanda.

En cuatro horas, todo el pueblo festejaba la victoria por penales y el paso a la siguiente ronda. Eran solo dos pasos para la gloria, pero esa gloria podría ser pisoteada por las desventuras de Don Ventura, si viajaba. Aquel “Fúlmine” de la película, este “Fúlmine” en Catar.

El lunes, Marcos tenía diseñado el plan que era muy arriesgado, pero infalible. Él personalmente se acercaría a Don Ventura, para averiguar el día y el número de vuelo, se lo transmitiría a Yiyo, uno de sus mejores amigos, para que prepare algo que demuestre que viajaría en el mismo vuelo. Marcos, nuevamente, sería quien le acercaría la propuesta de llevarlo al Aeropuerto de Ezeiza, el mismo día que a su amigo.

En la autopista, a la altura de los bosques, Titi con su moto, aparearía al auto, me mostraría un arma de juguete e instaría a desviarme del camino hacia la arboleda. Una vez allí le pondríamos una bolsa en la cabeza y le sacaríamos el pasaje, para destruirlo inmediatamente. Después al baúl y de allí a casa de Yiyo, que tenía el garaje vacío y una habitación donde tenerlo unas horas, hasta que salga el último vuelo a Catar.

Llegamos al garaje de Yiyo, quien abrió el portón automático para ingresar directamente. Una vez en el interior, bajaron a Don Ventura y lo llevaron a la habitación que estaba preparada con un sillón esposas y cadenas. Ventanas tapadas con papel, luz muy tenue y un ventilador de techo que removía el aire. Le quitaron la bolsa de la cabeza, le colocaron una mordaza y una venda en los ojos. Lo dejaron solo.

 

-          Yo les dije que podía salir mal…

-          No entiendo –acota Titi- cómo se nos pudo pasar por alto.

-          Boludos, somos tres boludos.

Con esa aseveración de Yiyo, llegó el silencio. No se escuchaba nada, el lugar era hermético. Según los cálculos de Marcos, irían treinta minutos del segundo tiempo y no había noticias. Ni siquiera nos habían permitido tener una radio. Una potente explosión de júbilo, que traspasó los muros, marcaba que, la semifinal de la Copa del Mundo, había finalizado con victoria de la Selección Argentina frente a Croacia

Habían conseguido cumplir el objetivo, Don Ventura, el negativo del barrio, no viajó a Catar y no había cometido ninguna de sus tropelías maléficas.

El sueño de jugar la sexta final de la Copa del Mundo para el país, justificaba todas las acciones programadas y si no hubiese sido por el GPS de Don Ventura, Yiyo, Titi y Marcos, estarían festejando el triunfo fuera de la celda…



(Foto extraída de Internet)


Eduardo J. Quintana

Cuento inédito

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