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viernes, 15 de junio de 2012

¡A la final...!


Dedicado a Nito
A veces me pongo a pensar, en las vueltas que tiene la vida y llego a la conclusión, que los momentos hay que vivirlos. Vivirlos en presente, sin pensar en el futuro.
Y no es que no tenga esperanzas, al contrario; pero los golpes de la vida, me han signado estas pautas de pensamiento.
Cada vez que me reuno con mis amigos, me doy cuenta de lo importante que fue aquel día, en cancha de Platense. Fue, driría, una bisagra en mi vida y también en la de mis propios amigos.
¿Por qué los incluyo? Porque en cada reunión realizada en casa de cualquiera de los cuatro o en otro lugar, y por el mero hecho de juntarnos, daba motivo para que cuente aquella desventura amorosa.
Como pasó el otro día en lo de Tito, otra vez la historia contada desde mi boca. Esa desventura que me marcó para siempre.
Tanto el Tito, como Roby y Nano, sabían que yo era un ganador nato con las mujeres y que representaba el símbolo del galán. Pero aquella tarde en cancha de Platense, todo se dio vuelta; al punto de replantearme seriamente mi vida amorosa.
Ella se llamaba Martha, Martha con hache. Por supuesto para todo mi entorno era “La Martha”. Una rubia inmortal y celestial de rizos ensortijados a media espalda, ojos brillantes verdes mar y un ir y venir verdaderamente descomunal.
Con “La Martha” todo empezó como una aventura, una hermosa aventura que duró exactamente un año. Doce meses a full, completamente enamorados.
Por lo menos de mi parte, enamorado como nunca lo había estado.
Pero ese amor tenía como contrapartida muchas cosas. La primera y fundamental, una norma en mi vida, era que “La Martha” no me impedía cumplir con un ritual sabatino, el ritual más importante en mi vida, ir a ver a mi querido Tigre.
La barra era Tigre, mis amigos eran Tigre, mi familia era Tigre.
Había nacido tres a cuadras de la cancha y me crié mamando la azul y roja del Matador.
Nada era más importante en mi vida, que el Club de Victoria, hasta que llegó “La Martha”, mi rubia divina.
Tan divina era, que cumplía la segunda premisa fundamental, en mi vida amorosa; me dejaba bien parado en cualquier situación. Porque era bella, inteligente, seductora y muy, pero muy sincera.
Por lo menos eso creí durante los doce meses de amor incondicional. Nos veíamos todos los días de la semana, excepto los Sábados por la tarde, cuando la dejaba por mi otro gran amor, Tigre.
Ella tomaba la situación del fútbol con total amplitud y comprensión, sumado a que los Sábados, trabajaba en la peluquería, comolo hacía todos los  días de la semana.
El único sueño pendiente que “La Martha” no me cumplió, era verla vestida con la camiseta azul y roja. Jamás pude convencerla. No gustaba del fútbol o por lo menos eso aparentaba en público.
Tito, Roby y Nano, mis hermanos de la vida, la adoraban porque ella indirectamente los seducía.
La rubia era tan particular, que podía atraer a cuanto hombre se pusiese enfrente, sin ser infiel a su pareja. Pero no había caso, nunca logré que luciera la histórica casaca del Matador, como tampoco logré que sea mi compañera en la cancha. No tranzaba, y si bien con los grandes de la “B”, así como el clásico con Platense eran peligrosos; el resto de los partidos eran tranquilos y Tigre llevaba tanta gente, que nos sentíamos protegidos.
Tigre era muy grande, tanto en cantidad de público, como en mi corazón.
Tan grande, que no lo comparaba con nada del mundo.
Mi vida se había encaminado con “La Martha”, de forma tal de pensar, que había encontrado la mujer de mi vida, esa mujer ideal con quien me casaría y tendría hijos. Algo que jamás nadie hubiese imaginado. Hasta había fantaseado casarme con la camiseta de Tigre y antes de ir a la iglesia, como seguramente nos casaríamos un Sábado, pasar por el estadio donde jugara Tigre. Si era local, mejor. Pero el solo hecho de imaginármelo, ya era tema de discusión interna.
Ella parecía más formal, más de Iglesia, vestido blanco y fiesta. En cambio yo, quería otra cosa.
Pero como la relación tenía solo un año, había tiempo para convencerla y que cambie de opinión.
Por todos estos detalles que cuento, es que los muchachos me piden que relate la repetida historia, cada vez que nos encontramos. Y el Sábado pasado, luego de ir a la cancha, nos reunimos todos a comer un asado en la casa de Roby, que a su vez había invitado a un grupo de amigos y amigas de su trabajo. Cuando promediaba la cena y como era característico, me hicieron narrar la historia con “La Martha”.
Eso, que ya habían pasado cinco años, pero el recuerdo era tan real, que merecía el enésimo acto. Todos miraban y escuchaban atentos. Había que ver las caritas de las chicas, cuando contaba lo previo a aquel Sábado increíble. Es que en realidad, lo más importante de la historia se reflejaba en ese fin de semana.
Por supuesto, si Tigre se enfrentaba con Platense en Saavedra, allí fuimos todos, cada uno con su respectiva camiseta, su gorra azul y roja, y la bandera que decía “La Barra del Langa”.
Porque así me llamaban “El Langa Sarmiento”. Mis viejos me habían puesto de nombres José María;  José María Sarmiento.
Fui “Pepe” de chiquito, hasta que se cruzaron las primeras chicas y el éxito trajo aparejado el nuevo apodo,... “El Langa”.
Llegamos temprano al estadio de Saavedra y rápidamente toda la tribuna visitante, se fue poblando. Con los pibes, nos juntábamos con la barra brava y cuando había que ir al frente, no escatimábamos recursos boxísticos.
Nos dieron un baile terrible. Cómo habrá sido el baile, que en un momento me puse a pensar, “yo estoy acá perdiendo el tiempo, comiéndome este bailongo, cuando podría estar con “la Martha, mi rubia divina”.
Había visto perder a Tigre; pero así, por esa diferencia y contra “la bosta de Platense”, nunca jamás.
Estaba con mucha bronca; diría más que bronca, impotencia. Por eso cuando comenzaron las escaramuzas de pelea, encaramos todos juntos hacia la puerta que dividía las tribunas.
Ellos no se daban por enterados de nuestra sed de venganza. Eran todo fiesta; saltaban y cantaban. “Borombombom, borombombom, le dicen Tigre y es un gato comilón”; o la hiriente, “Que nacieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán”. Todo el repertorio futbolero.
Cuando repartíamos piedrazos a diestra y siniestra, veo que “el Roby” le dice algo “al Tito” y su vez “al Nano”. Y encaran hacia mí, como queriéndome detener.
-          ¡Viene la yuta, viene la yuta!. Apuntaba el Roby.
-          Vamos Langa, rajemos de acá. Gritaba el Nano, mientras los tres me llevaban a la rastra.
Yo estaba tan caliente, pero tan caliente, que quería pelearme hasta con la policía......
Pero ellos parecían arrugar, cosa que todavía me enfurecía más.
Luché contra las piedras y el esfuerzo que hacían mis amigos para hacerme retroceder.
Tanto, que logré zafarme y correr hacia donde estaban los de Platense y la policía......
Me subí a la reja que separaba las tribunas, exponiéndome, pero con la intención que todos me sigan.  Nunca arrugaba y más de una vez, cobré para el campeonato. Pero ese día, ese Sábado, ese maldito clásico, fue el peor de mi vida.
Cuando estaba arriba, bien arriba de la reja, encabezando la rebelión.....La vi......
Estaba en el paravalancha de la “tribunita de mierda” que da a la General Paz. Era ella...... Con su camiseta blanca y marrón. Con un mugriento gorro que dejaba ver sus largos rulos rubios.
Era ella que cantaba “le dicen Tigre y es un gato comilón”.
Era ella, la mujer de mi vida, la futura madre de mis hijos, la más traicionera de las mujeres que yo haya conocido en mi vida.
Porque eso,  eso que para ella era pasión pura, para mí era traición.
Allí quedé inerte, inmóvil, apabullado, sentado encima de la reja divisoria.
Mi futuro, hecho trizas por una traición y mi amor, mi amor pisoteado.
Porque podría haberle perdonado una infidelidad con otro hombre, o hasta con otra mujer.
O que me hubiese dicho que no me amaba, que no me quería ver nunca más.
Pero eso jamás, jamás se lo voy a perdonar a la Martha.
¡Porque a la final,.........la muy turra era Calamar!


Eduardo J. Quintana  - (del libro "Pasiones de Pibe")

 

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