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lunes, 20 de agosto de 2012

Un simple balcón


Era un balcón común de una antigua edificación de cinco pisos, justo en ochava, a la vista de todos los transeúntes.
Por ser paso obligatorio en el camino a mi trabajo, todos los días posaba mi vista en su baranda de hierro negro con dibujos en forma de espiral. No tenía espacio entre la puerta de vidrio y la baranda artesanal. Era de los llamados balcón inglés.
Sólo tenía colgadas, dos macetas con plantas sin flores; que contrastaban con el negro de la baranda y el blanco de las cortinas, que cubrían la intimidad.
Me he tropezado con alguna baldosa floja y me he llevado por delante a personas que caminaban en sentido opuesto, sólo por admirar su belleza.
Mi paso acompañaba el alzamiento de mi vista, llegando en momentos a aminorar la marcha, hasta lograr que el semáforo cambie de color y así detenerme con razón, para mirar el mágico balcón del quinto piso.
Pero era en realidad un simple balcón. Un balcón antiguo, parte de la estructura estética de un edificio de principio del siglo pasado.
¿Porqué me impactaba tanto?. ¿Quién viviría en el departamento?. ¿Sería una empresa?.
Si hasta llegué a sentarme en el bar que se encuentra en la ochava opuesta, para poder apreciar mejor su magia.
Consulté con el mozo del bar, si sabía quien era su propietario y la respuesta fue negativa.
Parecía un departamento fantasma, pues no tenía movimiento. Pero sus cortinas se veían siempre inmaculadas.
Frente al bar, había un puesto de venta de diarios.
¿Quién mejor que el diariero del barrio, para saber vida y obra de alguien?.Quizá hasta el propietario, sea un asiduo cliente.
Pero la respuesta, también fue negativa.
Nadie conocía al morador del departamento, que poseía el balcón que me quitaba el sueño.
Hasta llegué a dudar, que estuviese habitado.
Pasaron los días y cada mañana mi vista se dirigía hacia el quinto piso, el del extraño balcón, y cada tarde en el regreso a casa, la escena se repetía.
Una tarde de Viernes, cansado de la ardua semana de trabajo, caminaba rumbo al subterráneo y cuando levanté la vista en el lugar previsto, encontré el balcón, mi balcón, cubierto con un gran cartel de venta.
Mi sorpresa fue tan grande, que necesité unos cuantos minutos para reponerme.
Anoté el nombre y la dirección de la inmobiliaria, para consultar sobre el destino del departamento y develar la incógnita sobre su fantasmal propietario.
Decidí no perder tiempo y esa misma tarde, me dirigí rumbo a la inmobiliaria, con el fin de consultar las condiciones. Era cerca, a sólo tres cuadras.
Ingresé y me dirigí hacia el vendedor, para realizar la consulta:
-          Si señor, ¿qué desea?.
-          Disculpe, buenas tardes, vengo por el departamento del quinto piso, que está en venta.
-          Bueno si, es un tres ambientes, con baño amplio, cocina luminosa y bajas expensas.
-          ¿Porqué lo venden?
-          Mire, en realidad no lo se, pero por el valor que pide, seguramente debe viajar al exterior.
-          ¿Es una familia?.
-          No, es un viejito al que le debe resultar un poco grande, un departamento de tres ambientes.
Cuando el vendedor me comunicó el precio, quedé sorprendido. Pedían mucho menos de su valor real y la inmobiliaria, ofrecía financiación para el comprador.
Esa noche, pensé mucho sobre si comprar o no el departamento. Reunía todos los requisitos y la cuota a pagar, era accesible.
El Sábado por la mañana, me dirigí a la inmobiliaria con intención de ir a conocer el departamento. Y así fue, pese a que el propietario no se encontraba, procedimos a visitarlo. Era antiguo de techos altos y guardas de yeso. Faltaba darle unos retoques de pintura y cambiar el tipo de iluminación. Me llevaron a conocer la cocina y el baño; pero a mi me interesaba la pieza de la ochava.
Por último, cuando habíamos recorrido todo el departamento, la persona de la inmobiliaria, me llevó a conocer el ambiente citado.
-          Y este es el comedor, que posee tres ventanales, uno de los cuales está en la ochava del edificio.
Fue allí cuando me acerqué y admiré desde el balcón, la calle que siempre transitaba. Curiosamente en la esquina, había una mujer mirando hacia arriba, mirando el balcón del quinto piso. Pensé que sería una presunta compradora. Por cuanto decidí apurar el trámite, que iniciado ese mismo Sábado, abonando la seña correspondiente y agilizando los papeles, asceleraría la venta para el Martes o Miércoles, a más tardar.
Tomé el Domingo, para conseguir todos los requisitos y llevar a mi novia para que conociese su exterior.
El Lunes, en mi recorrida diaria hacia mi trabajo, miré de reojo el balcón que lucía a pleno, pues habían quitado el cartel de venta. Entendí entonces, que todo marchaba viento en popa.
Por la tarde, la confirmación de la firma del boleto de venta para el siguiente día a primera hora. Así que procedí a emprender mi camino de regreso y admirar por última vez, el balcón. Mi balcón.
Esa noche, no pude conciliar el sueño, pues éste, se veía entrecortado por la imagen del balcón de la baranda artesanal negra.
Desayuné tranquilo con mi novia y partí rumbo a la inmobiliaria. Una vez en ella, conocí al propietario, un viejito con barba blanca y gorra a cuadros.
Al consultarle su edad, me respondió tranquilamente.
-          Noventa años recién cumplidos, mi hijito.
-          ¿Noventa años, que bien se mantiene?.
-          Sí hijo, noventa años bien vividos.
-          ¿Y hace mucho que vive en el departamento?
-          Sesenta años hijo, desde que me casé con mi difunta esposa, que en paz descanse.
-          Sesenta años, cuanto tiempo. ¿Y porqué se va, abuelo?
-          Me voy, porque estoy cansado que miren mi balcón, ¿sabe que voy a hacer mañana por la mañana, cuando me mude?.
-          ¿No, que va a hacer?.
-          Me voy a parar enfrente, para admirar el balcón del quinto piso, el de baranda negra.

Eduardo J. Quintana 
(Inédito) 

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