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sábado, 1 de noviembre de 2014

Una pesadilla que quema

Brisa matinal, sol naciente, verde césped, características de un paisaje porteño. El amanecer en los Lagos de Palermo es un espectáculo hermoso y allí estaba Chiche sentado en un banco de plaza, tirando piedritas de ladrillo rojo, repiqueteando, haciendo patito o sapito, o como quieran llamarlo, alterando las aguas quietas del espejo palermitano. Había salido con sus amigos y con ellos mismos iba a hacer tiempo para juntos ir a la cancha. Esa tarde Huracán jugaba uno de los clásicos más importantes del año, una final, por eso con el termo y el mate, con el coche del Pato y un par de docenas de medialunas, el desayuno al aire libre era lo más recomendable para pasar la mañana sin acercarse a su casa.


El sol iba levantando la temperatura de la mañana, sus rayos en la cabeza cansada de Chiche provocaban un sueño muy usual en los jóvenes de esta época. Cuan largo era se acostó en el banco de la plaza y antes de cumplirse el minuto de ojos cerrados, sus ronquidos comenzaron a escucharse a varios metros a la redonda. Se lo notaba nervioso, se movía, soñaba, tenía pesadillas.
Un sueño basado en imágenes de partidos jugados por Huracán con Brown de Adrogué y Villa San Carlos, con Instituto, Talleres y Sportivo Belgrano de San Francisco. Imágenes mezcladas con un tiro libre del Inglés Babington y una gambeta del Loco Houseman, con una charla técnica de Ángel Cappa y una cabriola del Totigol. Una foto del Turco García al lado de una de Tucho Méndez.
Y de repente aparecían las tribunas del Genacio Sálice y las torres de iluminación del Norberto Tomaghello y el verde césped del Eva Perón de Junín. Sueño oscuro que tendía a ser una pesadilla permanente. Trasladarse a momentos impensados, lugares olvidados, tiempos pasados, gentíos, popular y muchedumbre. Parque de los Patricios, barrio y carnaval. Sueño profundo con la presencia de la verde y blanca del Taladro, la celeste y blanca del Decano y la rojiblanca del Tatengue.
Interminables viajes a Misiones, Corrientes y Mendoza escabullidos entre neutrales sin camiseta, con el tatuaje del Globo escondido bajo la manga de mi buzo azul. El Ducó a pleno en tantas noches de batallas futboleras con Douglas, Crucero o el Lobo jujeño; con toda la mística de una centenaria historia de amor y pasión quemera.


Se lo notaba nervioso, se movía, soñaba, tenía pesadillas. Oscuros sueños de derrotas inimaginables con cambio de técnico a mitad de camino y la sinuosidad propia de las divisionales de ascenso, con equipos que hacen valer la localía y te muerden la pelota hasta en el vestuario. Un sueño que mostraba un Globo que levantaba vuelo en las últimas fechas a base de corazón y buen fútbol. Que dejaba rivales en el camino subiendo en la tabla de posiciones, acercándose a los puestos de ascenso.
Hay clubes en que las cosas salen fáciles. Para ser de Huracán hay que tener un corazón indestructible. Todo es difícil, todo es complicado, todo cuesta el doble y a doble o nada llegó el final y ese final iba a quedar marcado para la historia. Una definición mano a mano con Independiente, en una final en cancha neutral. Más que un sueño era pesadilla, un momento casi irreal donde el Rey de Copas también estaba jugando las chances de ascenso rememorando una vieja final del 94, en la que los de rojo habían salido airosos. Pero esta vez era distinto, la onda era otra, la esperanza era mayor.
El sol pegaba a pleno en la humanidad de Chiche y sus ronquidos eran muy sonoros, tanto como para que Tato se acerque y lo zamarree.
-       Eh loco, pará de roncar que  te vas a quedar afónico
Y totalmente sobresaltado, Chiche grita:
-       Noooo, Noooo, Nooooo
Mira a su alrededor con sus ojos inyectados en sangre y comenta
-       ¡Qué pesadilla por Dios…! Soñé que Huracán se iba al descenso y hasta jugaba una final con Independiente
Ante la carcajada general, Chiche acota.
-       Menos mal que fue una horrible pesadilla.
Se levantó del banco, fue a un bebedero, tomó agua, se lavó la cara y se puso la camiseta de Huracán. Llevaba tatuado en la piel un Globo con la leyenda “El Sexto Grande” y partió con sus amigos rumbo al Nuevo Gasómetro, donde Huracán jugaría el clásico contra el Ciclón. Otro más, del más porteño de los clásicos.


Solo había vivido una pesadilla, una horrible pesadilla en la cual, como siempre, triunfaron el amor por los colores y la pasión por un grande como el Club Atlético Huracán, el de Parque de los Patricios, el que se codea con los grandes de Primera División. La que nunca debió abandonar…



Eduardo J. Quintana
Inédito
@ejquintana010

"Difundir la Literatura Futbolera para volver a pensar en jugar a la pelota"


Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet

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2 comentarios:

  1. Muy bueno. Ojalá traiga suerte y mañana se termine "LA PESADILLA" AGUANTE EL GLOBO

    Sebastián

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    1. No trajo suerte, pero el sentimiento del hincha por los colores no se negocio. Abrazo de gol !

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