Era
un balcón común de una antigua edificación de cinco pisos, justo en ochava, a
la vista de todos los transeúntes.
Por
ser paso obligatorio en el camino a mi trabajo, todos los días posaba mi vista
en su baranda de hierro negro con dibujos en forma de espiral. No tenía espacio
entre la puerta de vidrio y la baranda artesanal. Era de los llamados balcón
inglés.
Sólo
tenía colgadas, dos macetas con plantas sin flores; que contrastaban con el
negro de la baranda y el blanco de las cortinas, que cubrían la intimidad.
Me
he tropezado con alguna baldosa floja y me he llevado por delante a personas
que caminaban en sentido opuesto, sólo por admirar su belleza.
Mi
paso acompañaba el alzamiento de mi vista, llegando en momentos a aminorar la
marcha, hasta lograr que el semáforo cambie de color y así detenerme con razón,
para mirar el mágico balcón del quinto piso.
Pero
era en realidad un simple balcón. Un balcón antiguo, parte de la estructura
estética de un edificio de principio del siglo pasado.
¿Porqué
me impactaba tanto?. ¿Quién viviría en el departamento?. ¿Sería una empresa?.
Si
hasta llegué a sentarme en el bar que se encuentra en la ochava opuesta, para
poder apreciar mejor su magia.
Consulté
con el mozo del bar, si sabía quien era su propietario y la respuesta fue
negativa.
Parecía
un departamento fantasma, pues no tenía movimiento. Pero sus cortinas se veían
siempre inmaculadas.
Frente
al bar, había un puesto de venta de diarios.
¿Quién
mejor que el diariero del barrio, para saber vida y obra de alguien?.Quizá
hasta el propietario, sea un asiduo cliente.
Pero
la respuesta, también fue negativa.
Nadie
conocía al morador del departamento, que poseía el balcón que me quitaba el
sueño.
Hasta
llegué a dudar, que estuviese habitado.
Pasaron
los días y cada mañana mi vista se dirigía hacia el quinto piso, el del extraño
balcón, y cada tarde en el regreso a casa, la escena se repetía.
Una
tarde de Viernes, cansado de la ardua semana de trabajo, caminaba rumbo al
subterráneo y cuando levanté la vista en el lugar previsto, encontré el balcón,
mi balcón, cubierto con un gran cartel de venta.
Mi
sorpresa fue tan grande, que necesité unos cuantos minutos para reponerme.
Anoté
el nombre y la dirección de la inmobiliaria, para consultar sobre el destino
del departamento y develar la incógnita sobre su fantasmal propietario.
Decidí
no perder tiempo y esa misma tarde, me dirigí rumbo a la inmobiliaria, con el
fin de consultar las condiciones. Era cerca, a sólo tres cuadras.
Ingresé
y me dirigí hacia el vendedor, para realizar la consulta:
-
Si señor, ¿qué desea?.
-
Disculpe, buenas tardes, vengo por
el departamento del quinto piso, que está en venta.
-
Bueno si, es un tres ambientes,
con baño amplio, cocina luminosa y bajas expensas.
-
¿Porqué lo venden?
-
Mire, en realidad no lo se, pero
por el valor que pide, seguramente debe viajar al exterior.
-
¿Es una familia?.
-
No, es un viejito al que le debe
resultar un poco grande, un departamento de tres ambientes.
Cuando
el vendedor me comunicó el precio, quedé sorprendido. Pedían mucho menos de su
valor real y la inmobiliaria, ofrecía financiación para el comprador.
Esa
noche, pensé mucho sobre si comprar o no el departamento. Reunía todos los
requisitos y la cuota a pagar, era accesible.
El
Sábado por la mañana, me dirigí a la inmobiliaria con intención de ir a conocer
el departamento. Y así fue, pese a que el propietario no se encontraba,
procedimos a visitarlo. Era antiguo de techos altos y guardas de yeso. Faltaba
darle unos retoques de pintura y cambiar el tipo de iluminación. Me llevaron a
conocer la cocina y el baño; pero a mi me interesaba la pieza de la ochava.
Por
último, cuando habíamos recorrido todo el departamento, la persona de la
inmobiliaria, me llevó a conocer el ambiente citado.
-
Y este es el comedor, que posee tres
ventanales, uno de los cuales está en la ochava del edificio.
Fue
allí cuando me acerqué y admiré desde el balcón, la calle que siempre
transitaba. Curiosamente en la esquina, había una mujer mirando hacia arriba,
mirando el balcón del quinto piso. Pensé que sería una presunta compradora. Por
cuanto decidí apurar el trámite, que iniciado ese mismo Sábado, abonando la
seña correspondiente y agilizando los papeles, asceleraría la venta para el
Martes o Miércoles, a más tardar.
Tomé
el Domingo, para conseguir todos los requisitos y llevar a mi novia para que
conociese su exterior.
El
Lunes, en mi recorrida diaria hacia mi trabajo, miré de reojo el balcón que
lucía a pleno, pues habían quitado el cartel de venta. Entendí entonces, que
todo marchaba viento en popa.
Por
la tarde, la confirmación de la firma del boleto de venta para el siguiente día
a primera hora. Así que procedí a emprender mi camino de regreso y admirar por
última vez, el balcón. Mi balcón.
Esa
noche, no pude conciliar el sueño, pues éste, se veía entrecortado por la
imagen del balcón de la baranda artesanal negra.
Desayuné
tranquilo con mi novia y partí rumbo a la inmobiliaria. Una vez en ella, conocí
al propietario, un viejito con barba blanca y gorra a cuadros.
Al
consultarle su edad, me respondió tranquilamente.
-
Noventa años recién cumplidos, mi
hijito.
-
¿Noventa años, que bien se
mantiene?.
-
Sí hijo, noventa años bien
vividos.
-
¿Y hace mucho que vive en el
departamento?
-
Sesenta años hijo, desde que me
casé con mi difunta esposa, que en paz descanse.
-
Sesenta años, cuanto tiempo. ¿Y
porqué se va, abuelo?
-
Me voy, porque estoy cansado que
miren mi balcón, ¿sabe que voy a hacer mañana por la mañana, cuando me mude?.
-
¿No, que va a hacer?.
-
Me voy a parar enfrente, para
admirar el balcón del quinto piso, el de baranda negra.
Eduardo J. Quintana
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