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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

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domingo, 14 de julio de 2013

Defensores de San Cristóbal




-          Mira Alicia, esta foto es de tu abuela, caminando por la playa. Comentó mamá Susana, con acento gallego.
-          Uy, mira qué joven la abuelita. Expresaba su nieta, de la abuela ya desaparecida.
-          Y este, es el abuelo.
-          A ver mami. ¿Cuál es? Preguntó Fernando
-          El que está agachado y tiene la pelota. Explicó la mamá, mostrando la foto del equipo de fútbol, en el que había jugado su abuelo.
-          ¿Y jugaba bien, mami?
-          Creo que sí. ¿Por qué no se lo preguntas directamente a él?
-          Bueno mami, voy a preguntarle al abuelo. ¿Está en su pieza?
-          Sí Fernando, está  en su habitación descansando.
Y allí partió el nieto, con la foto en cuestión, en busca de las anécdotas de su abuelo.
Las fotografías son así, cuando se abre uno de esos cajones con fotos, suele ocurrir que la nostalgia se apodere de la situación y los recuerdos fluyan como el agua.
Más, si consideramos el hecho que la familia Lotártaro residía en España, más precisamente en Santiago de Compostela.
La persecución política sufrida a mediados de los setenta, obligó a la familia a tomar el inexorable camino del exilio.
Por eso aún se sienten más los recuerdos y la nostalgia de su tierra, que se veía recompensada por el viaje anual que realizaba la familia en pleno, a su querida patria.
El abuelo Ángel, pasaba horas en su habitación descansando; sus ochenta y cinco años, sumado al hecho de estar alejado de su otra hija, que residía en Nueva York; lo hacían  casi un ser apático e introvertido.
Esa apatía e introversión, comenzó cuando su esposa Beba dejó de existir como ser viviente; desde ese mismo momento, el descanso y la reclusión fueron un hecho permanente en su vida cotidiana.
Los únicos dueños de romper la monotonía del abuelo Ángel, eran justamente Fernando y Alicia, sus queridos nietos, que aunque hayan nacido en la Madre Patria, tienen raíces y nostalgias propias de cualquier argentino exiliado.
Las anécdotas del abuelo, eran un placentero pasatiempo para los chicos, ya no tan chicos.
Alicia, una señorita de 17 años y Fernando, un pibe de 15 años; tenían en su abuelo un referente constante, un tipo que pese a los 26 años de exilio, mantuvo intacto el acento de su país y sus costumbres.
La foto del equipo de fútbol, fue el disparador para una nueva anécdota. Sentado en su sillón predilecto, con el nieto varón a su lado, comenzó con la historia.
Don Ángel Lotártaro, había nacido en un pueblito de la Provincia de Buenos Aires, llamado San Cristóbal de las Sierras y desde muy pibe, se dedicó a la práctica del fútbol.
Recordemos que hablamos de las décadas del ’20 y el ’30, donde el fútbol era totalmente distinto, y en los pueblos, completamente amateur. Pero mantenía esa pasión característica del más popular de los deportes. La rivalidad entre pueblos era tanta, que cada partido era una verdadera y apasionante final.
Por eso, las anécdotas florecían constantemente, y cada partido era alimento para una historia, que Don Ángel, contaría con pasión y Fernando escucharía con atención.
Pero esa foto tenía algo de particular, fue el día de la final entre Federales de General Cornejo y Defensores de San Cristóbal, en la propia cancha de San Cristóbal de las Sierras, el pueblo del abuelo.
Se notaba que Don Ángel tenía grabada en la piel esa final y el hecho de mirar la foto, hacía cristalinizar sus ojos, demostrando los hermosos recuerdos que traía ese encuentro entre pueblos cercanos.

El abuelo tomaba la fotografía y expresaba a viva voz:
-          ¡Qué gran equipo!
Recitando como verso, la formación:
-          Celaye, Díaz y Cardona; Velázquez, Siro y Bongiovanni; Cadorna, Mussaro, Lotártaro, Escribani y Peláez.
-          ¡Por Dios qué equipazo! Repetía Don Ángel.
-          ¿Y tú, eras el nueve abuelo?
-          Sí Fernando, el nueve y el goleador del equipo.
-          ¿Eran tan buenos?
-          Sí hijo, Celaye era un arquerazo; el Flaco Díaz tenía una calidad increíble; Siro, era un perro de presa que corría los noventa minutos y los cinco de adelante, éramos uno mejor que otro.
-          ¿Y tú abue, eras bueno?
-          Mirá Fernandito, yo nunca desentonaba, pero jugaba al lado de Escribani, por lo tanto corría con ventajas.
-          ¿Tan bueno era el tal Escribani?
-          Te lo resumo así: primero Distéfano, segundo el Charro Moreno y después pegadito Félix Escribani.
-          ¿Y Maradona, abuelo? ¡Te estáis olvidando de Maradona! Esgrimió Fernando, no entendiendo como el abuelo podía cometer semejante error.
-          ¡Pero no, cómo me voy a olvidar; no lo nombro, porque aquella era otra época! Yo divido el fútbol, antes del setenta y después del setenta.
-          ¿Y por qué?
-          Por gusto futbolístico, nada más. Afirmó, el sabio abuelo.
Y en realidad tenía razón, primero por la forma que tenía el abuelo de ver el fútbol y después porque a mediados de los setenta, con el exilio, dejó de ver tan seguido fútbol argentino.
Defensores de San Cristóbal, era un pequeño club, de un pequeño pueblo de mil quinientos habitantes. Que vieron primero al fútbol como un deporte y con el tiempo lo tomaron como un espectáculo imperdible, familiar y pasional.
La cancha poseía una sola tribuna lateral, que se colmaba habitualmente en su totalidad y en el opuesto de la tribuna, se encontraba la ladera de la sierra.
En la semifinal de 1937, las mil quinientas personas, se apropiaron de la tribuna y de la ladera, creando una imagen particular; donde proliferaron los picnics y los asados, esperando el partido, que Defensores ganó ampliamente, pasando así a la final.
Dicha final se jugó al mejor de dos partidos, el primero de visitantes y el segundo, el día de la foto, en la sierra.
El partido en General Cornejo, que era un pueblo de diez mil personas, se jugó en una cancha grande, repleta de hinchas locales.  Ese día, Defensores fue acompañado por una caravana de  micros, autos, carretas, a caballo y hasta gente a pie. Cien kilómetros separaban a un pueblo del otro.
El partido terminó empatado en cero, resultado que increíblemente fue festejado por el local, porque en el último minuto de juego, el arquero de Federales, le detuvo un tiro penal al centrofoward, que era ni más ni menos que Ángel Lotártaro, el abuelo.
La desilusión de Don Ángel, duró justo una semana. Ya que al domingo siguiente, ante los mil quinientos habitantes de San Cristóbal de las Sierras y los otros tantos de General Cornejo, que llenaron la tribuna, los alambrados y la ladera de la sierra; Ángel Lotártaro, con una jugada monumental, selló el uno a cero, que sería el resultado definitivo del partido.
El abuelo miraba la foto y contaba una y mil veces, la jugada que desembocó en la vuelta olímpica.
-          Sabés Fernando, yo intuía que el partido lo ganaríamos, pero jamás pensé que con un gol de esas características.
-          ¿Y cómo fue, abue?
-          Salió jugando, como lo hacía siempre el flaco Díaz; cuando llegó casi a la medialuna, cruzó la pelota a la derecha para la entrada de Cadorna; éste con la pelota al pie, desbordó y metió el centro atrás. Yo que venía siguiendo la jugada por el centro del área, me desmarqué y cuando llegué a interceptarla, me vino alta y atrás.
-          ¿Y qué hicisteis, abuelo?
-          Hice lo único que me quedaba, tiré una media chilena y la agarré de lleno.
-          ¿Y fue gol? Preguntaba Fernando, totalmente sorprendido.
-          ¿Gol? ¡Fue un golazo, espectacular! La pelota entró pegadita al ángulo.
Los ojos del abuelo se llenaban de lágrimas de emoción, no solamente por la espectacularidad del gol, sino también por todo lo que significó para el pueblo, que por primera vez ganaba la liga. Había que ver a los héroes de Defensores, en un desfile triunfal y todo el pueblo en la calle, en un festejo inolvidable.
Por eso las anécdotas del abuelo eran tan lindas, porque las contaba con tanta pasión, que la nostalgia nos ganaba por goleada.
Unos días mas tardes, Pablo, el hijo de Don Ángel y padre de Fernando, trajo la noticia de un nuevo viaje familiar a la Argentina. Más precisamente a Buenos Aires.
El abuelo se preparó como si fuera el último viaje que realizaría en vida, a la tierra que lo vio nacer.
Es que si bien, los ochenta y cinco años los llevaba muy bien, las nanas de la vejez ya se habían hecho presente.
Viajaron para fin de año y una vez en Buenos Aires, la sorpresa fue aún mayor.
En el aeropuerto los esperaba la familia neoyorquina, su hija Matilde con sus dos nietas estadounidenses. Se confundieron todos en un abrazo, que quedará grabado en las retinas de propios y extraños.
Afincados en Buenos Aires, Fernando tiró la idea de conocer San Cristóbal de las Sierras, idea a la cual se asoció su hermana Alicia y por supuesto Don Ángel.
El abuelo parecía un pibe ansioso, tan ansioso que contó una y mil veces cada una de las anécdotas y pese a que la distancia no era mucha, el viaje se hizo interminable.
Un pueblo de mil quinientos habitantes, en veinticinco años, no tendría grandes posibilidades de cambio. La fisonomía era la misma, todas casas de bajo o a lo sumo dos pisos, un nuevo supermercado y un moderno cine.
En el lugar donde se encontraba la cancha de Defensores, se erigía una nueva plaza con un parque de diversiones. Es que el club de los héroes del ’37, ya no existía; pues con la pérdida de la categoría, en el año ’60, el viejo club había desaparecido.
Pero como homenaje a esa epopeya futbolística, habían colocado una placa de grandes dimensiones, que decía:
“En homenaje al gran equipo de Defensores de San Cristóbal, ganador de la Liga de 1937.
Celaye, Díaz y Cardona; Velázquez, Siro y Bongiovanni; Cadorna, Mussaro, Lotártaro, Escribani y Peláez.”
Allí Fernando entendió lo importante de la anécdota que su abuelo repetía, allí estaba el goleador Ángel Lotártaro, con lágrimas en sus ojos.
Para romper algo tanta nostalgia, Fernando preguntó:
-          ¿Cómo fue el gol, abuelo?
-          Mirá nene, el arco estaba acá, justo donde está la placa. Allá estaba la tribuna lateral, señalando en sentido opuesto a la sierra. El Loco Cadorna entró por allá, ves, por la punta derecha.
Fue allí, donde vio a unos pibitos jugando al fútbol y les gritó:
-          Nene, nene, ¿Me prestás un ratito el fulbo?
Los pibes, de unos doce años, le tiraron por elevación la pelota y el abuelo la bajó con el pecho, demostrando que aun le sobraba calidad.
Ante la mirada de toda la familia, le mostró a Fernando como había picado Cadorna, antes de lanzar el centro y le pidió a su nieto, que haga los mismos movimientos.
Llamó a su hijo Pablo, para que haga las veces de defensor. Tenían que correr apareados, a la par de su nieto Fernando. Cuando este llegó al fondo y envió el centro, vio como su abuelo de ochenta y cinco años, dejaba atrás en la marca a su padre.
Cuando la pelota llegó a su posición, por elevación y ante la mirada de sus hijos, su nuera, sus nietos, los chicos dueños de la pelota y mucha otra gente que se había detenido a mirar; giró en el aire y conectó una hermosa chilena, que fue a parar por encima de la placa.
Con el ruido de la caída, quedaron todos inmóviles, estupefactos, pensando lo peor.
Don Ángel, quedó acostado de espaldas en el pasto verde, intranquilizando a los presentes, pero segundos después se levantó lentamente y rengueando corrió gritando gol, hasta abrazar al émulo de Cadorna, que impactado con la maniobra, sólo atinó a seguir con la parodia de su abuelo.
La magnitud de Don Ángel y su colosal jugada, hizo correr la voz en el pueblo.
Minutos después, muchísima gente entre los que se encontraban Peláez, Mussaro y en silla de ruedas, el admirado Félix Escribani; se congregaron en la plaza para a honrar a uno de los héroes de Defensores de San Cristóbal, su número nueve, Ángel Lotártaro, el abuelo.

Eduardo J. Quintana
del libro "Pasiones de Pibe -Editorial CIEN

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