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Este es un humilde sitio donde podré difundir también mis escritos. Volcaré semanalmente algunos de mis cuentos editados e inéditos para que la gente pueda disfrutarlos.

Espero les agrade.




lunes, 27 de enero de 2014

El Punto



Lo veo horas jugando con la Play Station o sentado frente a la computadora, sin realizar ejercicios físicos, ni nada que se parezca a lo didáctico y pienso en las bondades  y las penurias de la modernidad. El fin de semana pasado, Nahuel compró unos paquetes de figuritas y lo seguí `para ver como las pegaba en el álbum, que yo mismo le había regalado. No había Plasticola, las figuritas venían  con pegamento incorporado, les sacaba un protector finito y directamente las pegaba. Eso era todo. No jugaban, no competían como con aquellas figuritas Crack o con las chapitas. No había ni chupi, ni tapadita, no jugaban ni al espejito, y menos al punto. Creo que este último, fue uno de los inventos más perfectos de la historia; dos, tres o cuatro pibes a tres metros de la pared, compitiendo para ver quien se acercaba más a esa línea formada entre el piso y el frente de una casa. Un horizonte recto al cual había que acercar la figurita, con un movimiento rápido de dos dedos. 

Con la estampa, con la forma de pararse, agacharse, con el movimiento del brazo y el acompañamiento del cuerpo, uno ya se daba cuenta contra quien se medía. Por ahí, vos preparabas el pilón de figuritas, te ibas a la vereda a un desafío con el hermano de una compañera de colegio y cuando lo veías agarrar la “figu” entre la yema del pulgar y el índice, te dabas cuenta que en cinco minutos se las “pelabas todas” o te venía un cancherito, con cincuenta chapitas y en el momento de empezar, te preguntaba: ¿Vale de rastrón? Podía durarte diez minutos.
También las figuritas creaban problemas sociales, porque te venía uno con una trucha, esa que le ponían una chapita en el medio, para hacerla más pesada y la arrimaba bien a la pared. Pero cuando perdía gritaba “pierde garpa con otra” y te dabas cuenta de la picardía, dando comienzo a las hostilidades, que si el “ñato” era más pibe ganabas y si era más grande, te la tenías que comer. O en el medio del punto, armaban una “tapadita” y le pelabas diez o veinte figuritas en un sólo juego y el perdedor se iba llorando a buscar a su hermano más grande, dando rienda suelta a una rápida retirada a casa, a cubrirse detrás del forzudo de tu viejo.



El punto era un acontecimiento social de difícil explicación, una competencia inigualable de destreza y viveza. Algo que podría haberse enmarcado entre los deportes de bajo riesgo y alta intensidad, donde dos personas o más dirimen estrategias, que incluyen distancia, peso, fuerza, sentido y velocidad del viento; si el lugar es abierto o cerrado, si la superficie del piso es lisa o esmerilada. No cualquiera juega al punto. No cualquiera pone una figurita a milímetros de la pared. No cualquiera tiene la templanza, la serenidad y la astucia para jugársela en un tiro.
Lo veo horas jugando con la Play Station o sentado frente a la computadora, sin realizar ejercicios físicos, ni nada que se parezca a lo didáctico y pienso en las bondades  y las penurias de la modernidad.
Pobre, no sabe lo que se pierde.


Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

Al ángulo


Un lugar común, típico de sueños celestiales y cuentos religiosos. El sitio para que los buenos depositen su alma y estiren los años de convivencia con algunos seres queridos, separados en el tiempo y en la distancia.
Me reencontraría con mis viejos, con mi hermana, con Susana, el gran amor de mi vida
Allí estarían mis amigos y compañeros de andanzas, como el Gallego Dringue y el Maceta Guzmán, quienes formaban parte de mi vida.
Volveré a sentarme en una mesa de café para charlar de tango, de política y por sobre todo, de fútbol. Contar anécdotas de mis heroicas hazañas defendiendo el arco de Juventud de Valle Viejo, el equipo que me llevó a ser reconocido en todo el pueblo.
Allí estaba la entrada, como siempre la había soñado. Un arco con brillos, un gran cartel de bienvenida y un señor de cabellera y larga barba blanca.


Me parecía ver una escena repetida. Es que con el transcurso de los años y entrada la vejez, la teatralización de la muerte era moneda corriente en mi pensamiento.
El anciano de pelo desprolijo, me condujo a saludar al dueño de casa. Mis nervios se acrecentaron a medida que se acercaba la distancia que me separaba del sillón donde se encontraba él. Y digo él, como si se tratara de un vecino común y corriente. Él, era nada más y nada menos que el Creador.
Cuando tocó mi turno, le estreché la mano efusivamente, agradeciéndole por dejarme ingresar al cielo. Su mano resplandecía, tenía un brillo superior, una magia poco común.
Y yo sentí que algo me pasaba. Era una sensación rara, como si esa mano alguna vez la hubiese estrechado, como si ese brillo me hubiese iluminado.
Le expresé la sensación de haberlo conocido y recibí de contestación, una respuesta terminante.
-          Por supuesto que nos hemos visto, usted fue el arquero de Juventud de Valle Viejo en la final de 1956.
-          ¿Y usted cómo sabe? Le pregunté con una insolencia impredecible.
-          Porque presencié la final de ese Campeonato, que le ganaron uno a cero a Club de Ciencias.
-          ¿Estuvo allí presente?
-          Sí, fue un 25 de Noviembre, sábado por la tarde y la verdad es que salieron campeones, pero la sacaron barata.
-          Me acuerdo como si fuera hoy – le dije -si empatábamos, salían campeones ellos.
-          Por supuesto y si no fuese por su gran atajada final, la copa hubiese cambiado de mano.
Tenía razón, fue una atajada consagratoria. Desde ese día, pasé a ser un personaje conocido en el pueblo. Fue tal el idilio con la gente, que se instauró ese día, 25 de Noviembre, como “el Día del Arquero”.
Cada 25 de Noviembre, se organizaba un partido de fútbol en homenaje a aquel Campeonato de Liga. Muchas veces me preguntaron sobre la importancia de dicho triunfo.
¡Pucha si era importante!
Fue el primer Campeonato logrado por un equipo de Valle Viejo y fue el primer clásico ganado contra el vecino pueblo San Jerónimo. Un pueblo cinco veces más grande, con una rica historia futbolera y varias veces campeón de la Liga del Valle.
Si habrá sido apoteótica la victoria lograda en la final, que cada 25 de Noviembre se repetía el magnífico tiro libre de la Boga Rodríguez y la colosal estirada del arquero, “el mismo que viste y calza”. Volé con mano cambiada de derecha a izquierda. La pelota fue dirigida por la Boga, por encima de la barrera, al palo más alejado. Imagínense, 46 minutos del segundo tiempo, mi mano que le dijo no a la lógica y la parcialidad del Valle que gritó victoria.
¿Cuántas veces habré contado esta historia?
Con la mirada perdida, un sin fin de anécdotas pasando por mi cabeza y mi mano estrechada con afecto y admiración, absorbiendo el brillo impactante que provenía de su interior, como si fuera una pequeña estrella con cinco dedos que me atrapaba con una magia increíble.
Luego de la cordial bienvenida con recuerdos de mi paso terrenal, pasé a vivir en el mundo de los eternos, donde volvieron las historias entre mis amigos, que ya habían ingresado al lugar con anterioridad. La mesa del café y una silla vacía, una silla destinada a mí y otra vez, apreciar a la barra unida como en otras ocasiones.
El Gallego Dringue, Maceta Guzmán, el Zurdo Ríos, Pancho Quiroga y la silla vacía reservada para mí. Con la efusividad típica de la ausencia y la distancia, y los abrazos de hermandad de cinco amigos que volvían a juntarse; me apoderé del lugar asignado.
Volvieron a situarse en mi mente miles de recuerdos y anécdotas.
Por ser el último en llegar, traía noticias frescas del pueblo. Aunque desde allí arriba, más precisamente desde un mirador privilegiado, se podía apreciar todo.
Sentado en la mesa circular, comencé a sentir el cariño de los celestiales habitantes de ese paraíso. Como si me conocieran.
-          ¡Adiós Maestro! Gritó un veterano de pelo cano.
Saludé alzando mi mano, con cara de incrédulo y un signo de interrogación en mis ojos.
-          Te conocen todos, Paco. Me dijo El Gallego, con cara de felicidad.
-          ¿De dónde me conocen?
-          En realidad todos saben de vos, por la anécdota del la final del ’56.
-          ¿Cómo?
-          ¿Qué té extraña, Paco? Esa atajada fue única en la historia. Agregó el Maceta.
-          No fue para tanto, che. Una atajada, en una ignota final de un campeonato de Liga.
-          ¿Ignota? Acá fue muy comentada esa final.
En realidad nadie podía explicar el porque de la difusión de aquella jugada histórica para la Liga del Valle, pero totalmente ignorada por el resto del mundo deportivo.
-          ¡Maestrooo! Gritó una mujer a lo lejos.
Eran comunes las muestras de afecto, alrededor de la mesa se habían arremolinado amigos de mis amigos, mujeres y hasta algunos chiquilines.
Todos esperando nuevamente que Paco, el gran arquero Paco Bernadas, contase por enésima vez, aquella gran atajada de la Final de la Liga del Valle 1956.


“Iba el primer minuto de descuento, de los dos que había adicionado Epifanio Díaz, el gran árbitro cuyano; con el marcador uno a cero, producto de un gol conquistado por Panchito en el primer tiempo; cuando el wing derecho de Ciencia encaró por el ala izquierda de nuestra defensa y el Zurdo lo tocó de atrás, justo, justo a milímetros de la línea del área grande. No fue penal de casualidad, porque el wing, un tal Romerito, cayó dentro del área y el árbitro desde lejos corrió marcando la pena máxima. Si no era por el Juez de Línea, que señaló la falta fuera del área, Epifanio Díaz hubiese marcado penal, por suerte, le hizo caso al línea, y marcó el tiro libre.”
El silencio era total y todas las miradas apuntaban a Paco, demostrando lo interesante que resultaba la anécdota contada por el propio protagonista.
“La Boga Daniel Rodríguez, dueño de todas las jugadas importantes del partido, tomó la pelota y la colocó a cinco centímetros de la línea del área grande, mirando desde el arco hacia la izquierda. El inside de la contra era un mago con su pie izquierdo y un eximio ejecutor de tiros libres, y a decir verdad, en esa posición, era medio gol. Pero en el fútbol las lógicas no existen, por lo que formé la barrera con cuatro jugadores, a los cuales se les sumaron otros dos jugadores de ellos, que estorbaban la visual. Para ver la pelota me tuve que tirar bien contra mi palo derecho, con lo que corría el riesgo que la Boga coloque la pelota por encima de la barrera, haciendo estéril cualquier volada.”
Silencio total, no se escuchaba ningún ruido, a medida que se acercaba el desenlace de la jugada, la tensión nerviosa de los presentes, que cuando me di cuenta eran cerca de cincuenta, todos arremolinados alrededor de la mesa.
“Una eternidad resultó el tiempo entre que armé la barrera y que se ejecutó la pena. Estaba casi convencido que la pelota iría bien combada por encima de la barrera; también estaba seguro que si la pelota iba al ángulo superior izquierdo de mi arco, jamás llegaría a desviarla. Pero hay una regla, casi estúpida, que culpa al arquero si la pelota ingresa en el palo que defiende. Y digo regla casi estúpida, porque por encima de la barrera, o al palo del arquero, el gol vale igual. Entonces la secuencia propia de un tiro libre riesgoso a punto de ejecutarse. Brazos en jarra de Rodríguez; seis pasos de distancia, con una breve inclinación, la barrera armada, mi figura agazapada y todo un estadio enmudecido”
Y si de enmudecidos hablamos, ese era el estado en que estaban todos los presentes que seguían con asombro mi relato, la épica epopeya del ’56 y una atajada inolvidable.
“El silbato del árbitro y la carrera de la Boga  que toma marcha, todas las miradas puestas en esa jugada y la mía en particular fija en el balón, al que veía entre las piernas del adversario que intentaba obstaculizar mi visión. Cara interna del botín izquierdo, toque suave y la bola que comienza a girar, elevándose lentamente por encima de la barrera, sin que esta pudiera desviar la globa que siguió su camino hacia el lugar citado, el ángulo superior izquierdo. Uno, dos pasos hacia mi izquierda y la mirada fija en el lento peregrinar de la pelota, que enamorada del gol, iba a buscar inexorablemente un destino de gloria.
Segundos separaban a la pelota del gol, el mismo tiempo que separaba el silencio del griterío general.”
Aquí me detengo un instante para hacerles una pregunta. ¿Ustedes se imaginan que hubiese pasado si la lógica futbolera hubiese existido, o sea si la pelota se hubiese detenido contra la red?
Una pregunta de difícil respuesta, ya que todos los presentes estaban ahí justamente porque no había sido gol, por el simple hecho, si simple se puede llamar, de honrar al arquero héroe de la final del ’56. Obviamente nadie respondió, porque los hechos ya eran conocidos.
“La pelota llegó al arco, perfectamente dirigida y en el instante en que se producía el ingreso; mi brazo derecho estirado, porque me tiré con mano cambiada, mi mano derecha completamente abierta y con la punta de los dedos desvié la pelota al corner. Fue un click entre el silencio sepulcral y nervioso, previo al disparo y la algarabía de los hinchas de Juventud, que explotaron de emoción.”
Las sonrisas volvieron a mostrarse en el rostro de los presentes y las muestras de afecto se reprodujeron. 


Momentos después  El Gallego Dringue, Maceta Guzmán, el Zurdo Ríos, Pancho Quiroga y el gran héroe del ’56, Paco Bernadas, quedaron nuevamente en la intimidad de una mesa de amigos. Allí surgieron nuevas preguntas:
-          ¡Qué admiración te tienen, Paco! Afirmó Maceta Guzmán.
-          Nunca me hubiese imaginado, que tanto tiempo después, la gente me reconocería de esta manera.
-          Pero Paco, hay tantas cosas que nunca imaginamos y verdaderamente pasan. Respondió el Zurdo.
-          Tenés razón Zurdo, ¿Vos te imaginabas que con una atajada así, se iba a definir el Torneo del ’56? Preguntó Panchito Quiroga.
-          No la verdad, es que jamás me lo hubiese imaginado; es más les cuento una intimidad, cuando la Boga Rodríguez acarició la pelota, yo pensé que era gol y me tiré por las dudas.
-          Para la foto, asintió Pancho.
-          Claro viejo, era imposible que llegase a esa pelota, pero cerré los ojos…
-          ¿Cerraste los ojos, Paco? Preguntaron al unísono.
-          Sí amigos, para que les voy a mentir. Cerré los ojos, volé, estiré el brazo derecho, abrí bien la mano y se los juro, pero se los juro de verdad, creo que de los nervios, no sentí que la pelota me toque. Es increíble pero fue así, pensé que había sido gol de Rodríguez.
Todos se miraron en silencio, hasta que El Gallego Dringue tiró la frase:
-          Entonces viejo, fue la mano de Dios…
Nos reímos todos festejando el chiste, mientras yo besaba mi mano derecha, la mano heroica, la cual todavía tenía aquel brillo resplandeciente... 


Eduardo J. Quintana

del último libro "de fútbol y barrio"
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@ejquintana010
"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"
 
La imágenes de este cuento fueron tomadas de internet

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