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sábado, 5 de abril de 2014

Diferencias sociales



Hay muchos recuerdos que un adulto puede tener de su infancia. Recuerdos familiares, de la escuela primaria, del barrio donde uno vivía, de los amigos y de los juegos.
Si tuviese que enumerar cada uno de ellos, podría pasar horas, porque de la familia y de los amigos uno tiene recuerdos que salen de la memoria a borbotones. Cumpleaños, vacaciones, salidas, pueden dar lugar a inolvidables anécdotas. El barrio, la escuela, los compañeros, llenarían hojas de relatos interminables.
Con los juegos de la infancia se podría hacer un libro. Las miles de batallas con soldaditos, tanques y escuadrones imaginarios conquistando el jardín. El yo-yo, el balero, el dinenti, el Scalectric, por Dios, que barbaridad la plata que se gastaba armando autitos para correr carreras. A medida que pasaba el tiempo, los autos eran más sofisticados y ocurría algo que con los años iba a comprender, el que tenía más guita, el ricachón de la barra, tenía el auto más veloz y que salvo algún sabotaje, no perdía carrera alguna.
Ese mismo cheto ricachón, era el que traía la camiseta original de su equipo de fútbol, que eran normalmente parecidas y sin publicidades. Nosotros los “normales” cuando nos regalaban para el cumpleaños, reyes o el día del niño una camiseta, la cuidábamos tanto, que duraba años. En cambio el ricachón traía la original, la suplente y también la de algún cuadro del ascenso.
No existían las camisetas del Real o el Barcelona, ni tampoco se compraban tantas camisetas como torneos se jugaban en el año, porque había un Campeonato Metropolitano largo y un Nacional. No cambiaban las publicidades, simplemente, porque no existían. Cada equipo llevaba los colores propios en toda la camiseta.
Después, cada cuatro años, se jugaba el Mundial, del cual se veían nada más que los partidos de tu propia selección, y las finales. Y ojo que a la escuela no se faltaba. Me acuerdo que para el Mundial 74, vi nada más que la goleada contra Haití, después los otros partidos, los escuchábamos por radio, en la voz del gordo Muñoz.


Ahora tenés diez canales transmitiendo partidos a la vez. Los pibes saben como se llama el nueve de República Checa o el dos de Senegal. En aquella época conocíamos las camisetas de las selecciones, cuando salían las figuritas del mundial. O sabíamos quien era quien en una selección, por los álbumes. Ahora entrás a Internet y en cualquier buscador ponés Moldavia y te dice como forma.
Ser hincha del ascenso era toda una epopeya. Para saber algo del tema, tenías que escuchar a Bullrich los sábados por Rivadavia o comprar la Sólo Fútbol los martes. Ahora te pasan Cambaceres y Almagro, un lunes en horario central.
El fútbol, como todos los juegos de los pibes, cambió en la gran ciudad; quizá se sigan manteniendo algunas tradiciones en el interior, pero acá se perdieron los potreros, los juegos de la calle, las kermeses y tantas otras cosas simples. Hoy si un pibe no va a un club, no puede jugar al fútbol y ni hablar de los juegos, por ejemplo, son cada vez menos los chicos que juntan figuritas.
Nunca me voy a olvidar el dicho de mi viejo – Si juntase toda la plata que gasté en figuritas, te hubiese comprado la pelota. Y era verdad, creo que un álbum lleno sale el valor de dos o tres pelotas de cuero.
Pero el logro no era económico, ni siquiera el valor de tener una pelota de fútbol, era el orgullo de llenar el álbum, a pesar de las diferencias sociales, culturales y de gusto.
Si hasta el día de hoy, nadie sabe por qué a los once años me peleé con el cheto Santiso y hasta el día de hoy podemos pasar uno delante de otro y ni mirarnos. Ni mi esposa, ni la suya; ni nuestros hijos, ni amigos en común, se imaginan el motivo de nuestra eterna pelea. Y la cosa viene desde lejos...Vaya si viene desde lejos.
Con Santiago Santiso nos conocimos en el Jardín de Infantes, compartimos el mismo banquito, la misma mesa en el desayuno y hasta pasábamos horas jugando en mi casa con juegos humildes o en su casa con el moderno Scalectric o el telescopio importado del norte.
La gran diferencia entre las familias era el estrato social. Los Santiso eran la familia más rica del barrio. El padre, Don Alfonso era el dueño de una importante fábrica de alambres y materiales para la construcción. Obviamente la mamá de Santiago, Evangelina, era la típica mujer coqueta del barrio, de peluquería y té a las cinco. En cambio mis viejos eran laburantes, papá trabajaba en una fábrica de estufas y mamá era zurcidora. Juntando el sueldo de ambos, no llegaban a cubrir lo que Evangelina gastaba en ropa.
Durante años todo eso no me importó y es más, disfrutaba del dinero de los Santiso en cada merienda o en las invitaciones a los cumpleaños, donde comía los exquisitos sándwiches de miga, prohibitivos en mi casa.
A medida que pasaron los años y las estufas empezaron a importarse, la diferencia se fue incrementando y mientras nosotros veraneábamos en Las Toninas, los Santiso viajaban por Europa.
Pero con Santiago éramos como hermanos y todo indicaba que la unión duraría de por vida. Casi toda la primaria la hicimos como compañeros de banco, de estudio, de fútbol y hasta de novias. Porque no era raro que la piba que empezaba saliendo conmigo, después saliera con él y viceversa.
En el barrio muchos pensaban que éramos hermanos. Por eso, a todos extrañó nuestra pelea. Se habló de una traición con la maestra de Lengua, de un robo de joyas en su casa, de una pelea a trompadas por una compañerita de sexto grado. Se hablaron muchas cosas.
Hasta se comentó en el barrio que Santiago y yo nos peleamos por su hermana, que me andaba atrás y yo no le daba bolilla. O también fue vox pópuli que en la final del intercolegial del 74, no me dio una pelota que pudo significar la victoria y mi condición de goleador.
Nada de eso es cierto y el verdadero motivo de la pelea, lo tenemos guardado en partes iguales. Por lo de las diferencias sociales y eso que uno se guarda, los de los viajes, la camiseta último modelo, la pelota Pintier o los autitos Scalectric, que nunca perdían una carrera, porque tenían los motorcitos más caros y veloces y las gomas de mejor calidad.
Aquel año 1974, el que signó la pelea eterna, fue el año del Mundial de Alemania, el de “La Naranja Mecánica” de Cruyff, el de Alemania de Müller, de Polonia de Lato y el de Argentina con un triunvirato de directores técnicos, con el Ratón Ayala, Perfumo, Quique Wolf, entre otros cracks.
Obviamente, como en cada Mundial, Argentina se convulsionó y aparecieron las banderas en los balcones y las camisetas. Ni tengo que explicar que la de Santiago Santiso era una original, con el número de la Oveja Telch en la espalda. Cuando salió el álbum de figuritas, con gran sacrificio fui juntando una por una.
Mi viejo, todos los días me traía un paquete, sumado a otro que me ganaba cuando le hacía las compras a una vecina, más las que ganaba al “chupi”, hacían que mi álbum se vaya llenando poco a poco.
Demás está decir que antes que empiece el Mundial 74, Santiso tenía cinco álbumes casi llenos y digo casi, porque como en todas las colecciones, había una figurita difícil.


Un desconocido país como Zaire, tenía un ignoto jugador llamado Mukombo. Se decía que la figurita de Mukombo venía autografiada de puño y letra. Las cajas de figuritas (antes venían en cajas de cien paquetes) pasaban por las manos de Santiago Santiso, ante la envidia de sus compañeros y Mukombo no aparecía. Había pasado el Intercolegial del error de Santiso y se estaba terminando el Mundial, que para Argentina pasó rápido, sin pena, ni gloria y las figuritas iban a pasar a la historia, como tantas otras. Para esa época ya mi viejo se había cansado de gastar plata en vano y Santiso llenaba el álbum número once. En esa semana en que se definiría el destino del Mundial, donde todos esperábamos con una goleada de Holanda sobre el país anfitrión, justo ese viernes antes de entrar a la escuela, gasté mis ahorros de trabajo en un paquete de figuritas y al abrirlo, como una luz celestial, como un regalo del cielo, como un toque con la varita mágica, estaba allí, primero, con una casaca amarilla, su rostro negro, con su sonrisa blanca, con una firma garabateada en color azul, el gran héroe del Mundial...Mukombo.


Me temblaban las manos, me puse a llorar, empecé a correr y a gritar: ¡Mukombo! ¡Mukombo! y cuando me detuve lo abracé, abracé a ese negro como si fuera el que me hubiese dado el pase de gol en el intercolegial y hubiese convertido el gol del campeonato que aparte me hacía goleador. Abracé a Mukombo como si hubiese sido el gestor del gol de la victoria, en la final del Mundial. Entré en andas de mis compañeros, abrazado a Mukombo, con gritos, aplausos y papelitos.
Entré haciendo la “v” de la victoria, ante la mirada atónita de Santiago Santiso y sus once álbumes casi llenos.
Fui héroe por un rato y a pesar de la amistad con Santiso y su billetera llena de jugosas ofertas, me sentí Robin Hood. Por eso de las diferencias sociales, sus camisetas nuevas, sus viajes a Europa, su fábrica de alambres, su calculadora último modelo, sus sándwiches de miga, tomé con mi mano derecha la figurita de Mukombo, la besé, la di vuelta, le puse Plasticola y la pegué.
Después Alemania fue campeón, el mundial terminó y las figuritas pasaron a la historia. Obviamente el álbum no lo llené, pero yo tenía a Mukombo.


Eduardo J. Quintana
@ejquintana010

 
del último libro "de fútbol y barrio"

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"Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"
 
La imágenes de este cuento fueron tomadas de internet


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