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martes, 23 de febrero de 2016

Ya nadie lo llama Catriel



Cuando Eva quedó embarazada hizo un trato con su marido. Si era niña Lautaro le pondría nombre y si era varón, el mismo lo elegiría ella. La elección estaba tomada y no saldría de Celeste o Catriel.
 Los primeros estudios asignaron un alto porcentaje que sea varón, confirmación que llegó rápido y permitió que sea Catriel el nuevo integrante de la familia. El nombre de Celeste, elegido por Lautaro, quedaría para otra oportunidad. Los meses de gestación pasaron rápidamente y la familia se agrandó tras las cuarenta semanas hermosas de embarazo. Catriel Rodríguez, el nuevo integrante, nació en un parto natural con algo más de tres kilos. El hecho de ser el primer hijo lo llenó de gustos, creciendo sano y a pasos agigantados. Cuatro años después vino al mundo Celeste y el amor de padres y abuelos se dividió. Pero alguien de la familia jamás pudo separar los tantos: El abuelo Beto.
Para el padre de Eva, Catriel era único y verdaderamente su predilección quedaba en evidencia en cada momento. El fútbol los unió desde que el nieto tuvo su primera pelota y los acompañó en el crecimiento. Los papis, si bien no comulgaban con las diferencias que el abuelo Beto hacía con sus nietos, sabían que Catriel estaba en buenas manos. Lo acompañaba a entrenar todos los días y en cada partido los fines de semana. Los compañeros de equipo que en un principio se jactaban de los cuidados del abuelo, a medida que lo fueron conociendo, lo fueron adoptando. Los padres le fueron teniendo cada vez más confianza y el abuelo Beto comenzó a ser algo pintoresco en cada partido en que el equipo, en el cual atajaba Catriel, jugaba. El viejo hacía de aguatero, de remisero, de médico y hasta de técnico alterno. Los jueces ya lo conocían porque sus gritos se escuchaban en todo el largo y ancho de la cancha; siempre parado detrás del arco donde atajaba Catriel, a quien llenaba de consejos y críticas constructivas. Así el niño se convirtió en una joven promesa y con los años en un arquero reconocido por el fútbol. El abuelo Beto había fallecido poco después de su debut en primera división viendo plenamente cumplido su sueño, dejando un enorme legado: ese fenómeno debajo de los tres palos llamado Catriel Rodríguez o simplemente el Abuelo Rodríguez. Así como se lee, así como coreaba la gente en los estadios. El pequeño con el hermoso nombre Catriel, por el cual su madre había luchado, había dado paso al gran Abuelo Rodríguez, uno de los mejores guardametas del fútbol. Un homenaje que se vio reflejado en el amor que abuelo y nieto se dedicaban en todo momento. Un acto reflejo hacia aquel día donde los niños en un vestuario le gritaban al arquerito socarronamente “Abuelo”, que con todo el valor y el temple del mundo recibía con beneplácito ese apodo que lo marcaría para toda la vida.
Fue ese día bisagra en la vida del niño, ese día de sol pleno y sofocante, ese día que el polvo se levantaba como brisa y el agua era una incansable compañera. Sí, ese fue el día elegido por el destino para que un nieto le rinda un homenaje eterno a su querido abuelo. Ese día en que con el afán de protegerlo del sol, el abuelo con su paraguas abierto le daba sombra a su pequeño nieto. Ese día justo en que Catriel se convertía en héroe y comenzaba su exitosa carrera rumbo a la fama,
Hoy cuando anda por la vida firmando autógrafos ya nadie lo llama Catriel, le dicen “El Abuelo”, como aquel viejo del paraguas y la sombra, de los gritos y los consejos. Aquel del amor eterno…


Eduardo J. Quintana


  Texto inédito 
@ejquintana010


 "Difundir la Literatura Futbolera para pensar en volver a jugar a la pelota"


Las imágenes que ilustran este cuento, fueron tomadas de Internet
 
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